¡Están locos, estos reyes! Locura en la realeza española, desde Isabel de Portugal a Carlos II

La idea de este artículo surgió mientras investigaba sobre la vida -la muerte, mejor dicho- de nuestro viejo amigo don Carlos para mi serie de entradas sobre la leyenda negra. Si hacen ustedes memoria, recordarán que, lejos de la imagen del joven gallardo que le atribuye la famosa ópera de Giuseppe Verdi, el retoño de Felipe II era un ser un tanto extraño cuya dispar conducta nos hace pensar, varios siglos después, que estaba como una auténtica regadera.

Escudriñando el árbol genealógico del desafortunado don Carlos, nos daremos cuenta de que el suyo no es un caso ni mucho menos aislado. Hay entre los Austria y sus antecesores, los Trastámara y los Avís, tantos antecedentes de locura que casi sorprende que al pobre Felipe le saliera algún hijo normal. Y es que los zumbados se cuentan a pares a lo largo de toda la línea sucesoria; desde Isabel de Portugal a Carlos II, encontramos más de un rey -y más de dos,- que, más que con corona, gobernaron con un embudo en la cabeza.

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La leyenda negra: martillo de herejes, espada de Roma

Hace relativamente poco, escuché -por segunda vez en mi vida- a un extranjero recién llegado a vivir a España asombrarse de la poca religiosidad del españolito de a pie. A esta persona le sorprendía profundamente que todos los domingos sus amigos y vecinos no se colocaran sus mejores galas para desfilar en masa hacia la iglesia más cercana. Al parecer, la imagen que tienen de nosotros allende fronteras y mares es la de todo un pueblo o un barrio metido puntualmente en la parroquia más cercana, como en un capítulo de Los Simpson. Como sabrá el lector nacido entre los límites territoriales de España, esta imagen, mayormente, no se corresponde con la realidad.

Tampoco hace falta estrujarse mucho la sesera para saber de dónde viene este mito del español capillita y adicto al confesionario. Las raíces católicas de España son obvias, y el impacto que han dejado en la cultura popular también. Desde manifestaciones de gran trascendencia turística como la Semana Santa, hasta el pertinente bautizo o comunión, que incluso familias que no han pisado un templo en años organizan, más que por afán religioso, por conveniencia social. Si a eso le añadimos el gran altavoz que siguen teniendo los obispos -sobre todo cuando dicen memeces que escandalizarían a su jefe el Pontifex-, algún giro conservador del gobierno democráticamente elegido, la relativa cercanía de cuarenta años de nacionalcatolicismo y nuestro pasado como martillo de herejes, luz de Trento y otras chorradas semejantes, tenemos el cuadro compuesto. España aparece a ojos del foráneo como la más católica de las naciones, donde hasta el niño se toma el Colacao disuelto en agua bendita.

Y en este mito tiene mucho que ver parte de la leyenda negra. La Inquisición, las expulsiones de musulmanes y hebreos, y la imagen eternamente siniestra del más católico de los reyes, Felipe II, nos han colocado el sambenito de ser un país dirigido desde los púlpitos desde más o menos los tiempos de Pelayo. Es innegable el poder que la Iglesia católica ha tenido -y sigue teniendo- en la política española, pero esa visión de la españa ultracatólica conviene matizarla. A ello me dispongo en el que será el último de esta serie de artículos.

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La leyenda negra: el demonio del sur

Llegamos al fin al auténtico meollo de la Leyenda negra. Y es que aunque ya hemos visto que esta serie de exageraciones y odio mal justificado tuvieron su origen en la expansión aragonesa por el Mediterráneo, y que abarca temas tan variados como la Conquista de América, la Inquisición o la Guerra de Flandes, si hay una figura que todos imaginamos automáticamente al escuchar el término “leyenda negra” es la de ese hombre rubio, algo bajito, siempre vestido de negro, de faz severa. El Rey Católico, Felipe II. El hombre que para sus enemigos encarnó todas las perversiones del espíritu español; el fanático católico, el implacable imperialista, el asesino, el -incluso- parricida e incestuoso. Serie de bondades que hicieron que se le apodara, muy gráficamente, el demonio del sur.

Aquel hombre de aspecto más nórdico que meridional, rubio de ojos azules, producto de la mezcla de varias razas, ha sido para muchos el símbolo de una España cuya imagen se confundía con la de Castilla, grave, austera, sin sonrisa.

– Antonio Domínguez Ortiz, Historia de España de Alianza.

Hace unos meses tuve la ocasión de observar un hecho curioso. Una de las aproximadamente diez mil cuentas de divulgación histórica que sigo en Twitter creó un hashtag -disculpen que no recuerde el nombre- de contradicciones y curiosidades. Lo que uno espera de un seguidor de una cuenta de este tipo es un nivel mínimo de conocimientos históricos; sin embargo, navegando entre las aportaciones al tag -casi todas curiosas y graciosas- me encontré, no podía faltar, con el que señalaba la contradicción de que el prudente Felipe II hubiera denominado Armada Invencible a la escuadra que acabaría pegándosela frente a las costas británicas.

Inmediatamente realicé mi aportación señalando el verdadero origen del término, y que España se llamó, sencillamente, la Gran Armada o Armada a secas. No recuerdo cuántos retuits obtuvo mi mensaje, pero muchos menos que la supuesta contradicción histórica que jamás fue.

Me resultó curioso que tal cosa ocurriera en el ámbito de personas supuestamente interesadas en la Historia, pero que desconocen un dato tan básico. Si recordáis la anécdota con la que abría esta serie de artículos, veremos que éste parece ser otro más de nuestros rasgos. Preferir el mito a la realidad, escudarnos en la historia romántica mil veces repetida antes que informarnos con datos y textos.

Y si hay un rey cuya imagen haya quedado enturbiada por el mito, ése es sin duda Felipe II. El último de los Austrias Mayores.

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La leyenda negra: América y la Brevísima

El vídeo que encabeza la entrada se hizo relativamente famoso el año pasado, por lo que puede que ustedes ya lo hayan visto; si no lo han hecho, les emplazo ahora mismo a hacerlo. Más allá de la opinión que me merezca el alcalde de Mijas (en Youtube hay vídeos de otras intervenciones suyas, menos gloriosas) lo cierto es que aquel día estuvo tremendamente inspirado y dio una respuesta absolutamente soberbia a un discurso que sólo manifiesta -“Descubrimiento“ es un término imperialista y por eso planteamos sustituirlo por ”Villa Romana”…¿en serio?– una profunda falta de cultura.

Lo triste es que esta falta de cultura no sea exclusiva del concejal que habla en el vídeo ni del grupo al que representa -por si a alguien le interesa, una coalición entre el grupo Los Verdes y un partido llamado Alternativa Mijeña en cuya página web pueden ver que se presentan con una doble nomenclatura, Artehnatiba Miheña, imagino que redactado en un supuesto idioma andaluz-. Lo triste es que esta falta de razonamiento crítico ante la Historia y de falta de capacidad de contextualización de la mayoría de la población española. De eso, me temo, no tiene culpa nadie salvo los profesores.

Reconozco que aún no he terminado de entender por qué esta virulencia y esta capacidad de ofensa cuando se habla del llamado Descubrimiento. Me explico: a mí se me enamora el alma cuando veo una falcata. La cultura ibera, su divergencia, su heterogeneidad -desde la riqueza de los turdetanos (zona de la actual Sevilla) hasta el relativo atraso neolítico de los gemnetas (Baleares)- sus rasgos celtas en el norte… Todo lo relacionado con los iberos es fascinante, y no sé cuántas horas habré pasado mirando fijamente la réplica de la Dama de Baza que saluda a los viajeros que entran al Aeropuerto de Granada. Ella y su prima hermana, la Dama de Elche, son los más famosos vestigios de los que quizá pudieran ser llamados habitantes primigenios de estas tierras, si antes no hubieran existido culturas tan desconocidas -tanto que no sabemos realmente dónde estuvieron exactamente situadas- como Tartessos, amén de las colonizaciones griegas y fenicias. Un auténtico sustrato de pueblos que convivían, comerciaban, se peleaban y configuraban lo que un señor llamado Heródoto denominó -prácticamente por primera vez- Iberia.

Y sin embargo, este sustrato inicial, esto que podríamos llamar, generalizando bastante, los primeros españoles -al menos en etapa histórica- acabó siendo absorbido por un pueblo mucho más avanzado tecnológica y militarmente, después de que Iberia se convirtiera en uno más de los campos de batalla entre ellos y otro pueblo antagónico, también muy desarrollado. Algunos pacíficamente, otros manu militari, la mayoría de pueblos iberos fueron siendo conquistados y aculturados por los más imperialistas de los imperialistas: el Imperio romano.

Y aun así, me la juego a que jamás habrán visto a un español reprochándole a un italiano romano oriundo del monte Capitolino -pues el resto casi que también es territorio conquistado- el genocidio perpetrado con la rica cultura ibera.

Entre otras cosas, porque nos obligaría a plantearnos… ¿qué han hecho por nosotros los romanos?

Con la desintegración del Imperio romano (y en parte siendo culpables de ella) vinieron los que tradicionalmente se llamaban pueblos bárbaros. Ellos nos trajeron la Edad Media con todo lo que ello significa; a los visigodos les debemos, entre otras cosas, algo tan arquitectónicamente fundamental como el arco de herradura, invento que erróneamente se ha atribuido durante mucho tiempo a los árabes. A las invasiones del norte de África se les deben tantas cosas que no cabrían en una sola entrada. Y después llegarían los pueblos cristianos del norte, para devolvernos lo más importante de todo: naturalmente, hablo del jamón.

¿Con esta introducción tan larga qué quiero decir? Que quien no ha conquistado Iberia, Hispania, llámenla como quieran, es porque no ha querido. Que de esas sucesivas conquistas, emigraciones e inmigraciones se configura el actual pueblo español. Y que incluso el más patriota podría reconocer que, fusilamientos y carga de los mamelucos aparte, las ideas que trajeron los franceses de S. M. José I de España habrían supuesto un gran adelanto para nuestro país, -siempre y cuando hubieran dejado su horrible comida al otro lado de los Pirineos-.

¿Qué les debemos a todos ellos, tartesios, iberos, cartagineses, fenicios, griegos, romanos, visigodos, vándalos, árabes, andalusíes, beréberes, almorávides, almohades, asturleoneses, aragoneses, navarros, castellanos, nazaríes…?

Lo que somos

Y por esta simple razón, se me escapa la virulencia y la falta de contexto con la que últimamente se aborda el Descubrimiento y Conquista de América. Pues al igual que el españolito de hoy no podría negar ninguna de sus herencias sin hacer el ridículo, América, en su totalidad y heterogeneidad, se debe actualmente casi tanto a las influencias europeas y africanas como al sustrato indígena -originario, por cierto, de Asia-. América, como España, no habría sido lo que es hoy sin las sucesivas oleadas de pueblos, primero invasores, luego inmigrantes. Para bien o para mal.

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La leyenda negra: Flandes y la Apología de Guillermo de Orange

En verano de 2010 la selección española de fútbol ganaba su primer Mundial frente a una revitalizada Holanda que nada pudo hacer frente a la hegemonía balompédica de España. En la víspera al partido, y entre análisis con más o menos rigor, reportajes mil y nervios -muchos nervios- más de uno señaló la ironía que se produciría en cuanto ambos equipos saltasen al campo y sonaran sus respectivos nacionales: el Wilhemus, himno holandés, hacía mención al rey del que esa noche sería el país rival.

Aquí el Wilhemus con letra (y traducido):

Y aquí el momento en el que Robben, Sneijder, Van Persie y compañía lo farfullan con el convencimiento típico de los futbolistas cuando están muertos de miedo (je):

Evidentemente el tal Wilhemus del himno no es otro que Guillermo de Orange. Sí, el que luchó contra España en la guerra de Flandes, y además escribió un texto, la Apología de Guillermo de Orange, que sería la base de nuestra leyenda negra. ¿Y qué hace el tipo éste presumiendo de ser leal al rey? Pasen y vean.

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La leyenda negra: orígenes e introducción

Para introducir el peliagudo asunto de la leyenda negra, nada mejor que recurrir una anécdota absolutamente deliciosa y esclarecedora narrada por Joseph Pérez en su obra dedicada al tema, que describe con precisión la mentalidad hispana y nuestra incapacidad -voluntaria- para abandonar ciertas preconcepciones mentales. Cuenta Pérez que el 1 de julio del año 1998 se vivió en la Cámara de los Lores de Londres un hecho absolutamente insólito: los allí reunidos, con los hispanistas ingleses sir Hugh Thomas y sir John Elliott entre ellos, rindieron homenaje al que a fin de cuentas había sido rey de Inglaterra, Felipe II, presentándolo como “uno de los monarcas más europeos de la Historia”. Repito por si alguien no capta la miga del asunto: la cámara alta del país que había sido enconado enemigo de nuestro rey prudente reconociendo su valía más allá de la imagen -que ellos contribuyeron a crear- de ese rey fanático, cruel y ambicioso.

Famoso retrato de Antonio Moro. El gesto severo y la cara de pocos amigos es porque venía, literalmente, de armar la de San Quintín.
Famoso retrato de Antonio Moro. El gesto severo y la cara de pocos amigos es porque venía, literalmente, de armar la de San Quintín.

Y mientras en la Pérfida Albión los hijos de la Gran Bretaña homenajeaban a uno de los monarcas más importantes de la Casa Austria, ¿qué ocurría en nuestra entrañable piel de toro? Pues, siempre según Pérez, que varios intelectuales de izquierda se negaban a leer el libro de otro prestigioso hispanista británico, Geoffrey Parker, que desde el rigor y el análisis de las fuentes desmontaba varios de los mitos asociados con Felipe II. Así nos han criado y así somos. Para darnos de comer aparte.

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Desmontando mitos: la tolerancia de la Ál-Andalus multicultural

La historia ya se la saben. Desde el año 711 hasta 1492 la Península Ibérica, en mayor o menor parte, vive ocho siglos de dominio musulmán que nos legan algunos de los períodos más brillantes de ésta nuestra piel de toro. Esplendor político, con el Califato de Córdoba, uno de los estados más importantes de la época; y esplendor cultural, como por ejemplo con el Reino Nazarí, que recoge toda la herencia andalusí y la inmortaliza en obras como la sin igual Alhambra. Así, cuando el último rey musulmán emprende el camino de salida con lágrimas en los ojos -y yo le entiendo perfectamente- es tal la huella dejada por la cultura árabe/andalusí que aún la percibimos hoy en día.

Hasta ahí, bien.

No obstante, resulta que el mito va más allá. A menudo se asocia la imagen legendaria de Al-Ándalus con las palabras “crisol de culturas”, o, aún peor, el concepto moderno tolerancia. En escuelas e institutos se transmite con absoluta ignorancia una imagen bucólica, más sacada de Las mil y una noches que de la realidad, de una España musulmana donde judíos, cristianos y musulmanes vivían en paz y armonía.

Una imagen muy bonita que tiene como único defecto ser absolutamente falsa.

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