Vida de profesor: lo malo, lo regular y lo peor

Como ya dije en la anterior entrada, es común que gente que ha terminado o está terminando la carrera -o incluso los propios alumnos- me pregunten si ser profesor es una buena salida o si merece la pena buscar trabajo de cualquier otra cosa antes que coger una tiza y aventurarse a entrar al aula.

Es una pregunta de difícil respuesta, que por supuesto depende de la situación personal de cada uno. Merece la pena valorar, sin embargo, los que a mi juicio son los pros y los contras de ser profesor. Y como al empezar a redactarla me ha quedado una lista bastante larga, vamos a empezar con estos últimos: los aspectos más negativos de la profesión docente.

– El camino para llegar a ser profesor es una auténtica carrera de fondo. Tened en cuenta que casi todo profesor con plaza ha pasado por estas fases: preparación inicial de oposiciones (mínimo un año), entrada en la bolsa de sustituciones y espera de la primera llamada (si hay mucha mucha suerte puede producirse en unos meses, pero lo normal es que se tenga que esperar otro año o más), primer año (con suerte) de sustituciones, segundo año (siendo muy optimista) cogiendo vacantes de curso completo y acercándote a casa. Tirando por lo bajo, un recién licenciado o graduado que quiera trabajar de profesor se pasará un par de años estudiando y esperando su primera llamada. No incluyo a los pocos que consiguen aprobar las oposiciones a la primera, sin tiempo de servicio, por ser tan escasos como heroicos.

– Pero la lucha por la estabilidad no acaba cuando uno se convierte en funcionario con plaza; en realidad, tu odisea particular dando vueltas por tu región acaba de empezar. El profesor recién aprobado obtiene primero un destino provisional que suele ser más o menos cerca de casa, pero que no puede mantener por muchos años por no ser una plaza fija. En un período determinado de tiempo (que puede ser de muchos, muchos años) obtiene su plaza definitiva, normalmente allá en la quinta puñeta. Y desde ese momento empieza la lucha por acercarse de nuevo a Ítaca, esta vez mediante irrisorios Concursos Generales de Traslados donde a veces la posibilidad de trasladarse es mínima o directamente nula. Por si fuera poco, siempre existe la posibilidad de tener que salir del centro desplazado porque supriman tu plaza, aunque teóricamente no deberían enviarte demasiado lejos. La estabilidad en nuestro gremio es una quimera que no se consigue pasados muchos, demasiados años.

– Establecerse en un lugar concreto o formar una familia son, por tanto, decisiones que un profesor no puede tomar con la misma tranquilidad que otros trabajadores con un sueldo más o menos asegurado, a no ser que esté dispuesto a llevar tras de sí a los hijos (y la pareja, y exista esa posibilidad) o resignarse a verlos sólo los fines de semana. En caso contrario, se da la que suele ser la situación habitual en todos los institutos donde he trabajado: compañeros y compañeras siendo padres rozando los 40 o más allá. Antes es imposible.

– No recibimos ninguna compensación por tener que desplazarnos a 400 km de nuestro lugar de residencia. No nos pagan tampoco la comida si tenemos que quedarnos a comer cerca del instituto por un claustro, o por una sesión de evaluación, o para una reunión con padres. Al contrario que otros trabajadores, se da por hecho que el profesor debe costearlo absolutamente todo de su bolsillo. 

– Se hace muy duro ir rebotando de pueblo en pueblo, de instituto en instituto, de piso de alquiler en piso de alquiler. Es una pequeña tortura que se repite todos los años, y para la que a veces apenas tienes unos pocos días (o menos) simplemente para buscar un sitio donde dormir. Es agotador montar y desmontar casa todos los cursos, repetir el viaje para llevar y traer ropa de verano y de invierno, dar de alta y baja contratos de luz, agua, Internet. Esto alcanza su paroxismo durante el año (o los años) que te toque hacer sustituciones. He conocido a compañeros que se han recorrido hasta cuatro institutos por curso, en algunos teniendo que residir en hostales ya que nadie les quería alquilar sin saber cuánto tiempo duraría su baja. Yo, afortunadamente, siempre he hecho sustituciones largas.

– Se hace aún más duro estar lejos de los tuyos, de tus amigos, de tu familia, de tu ciudad, de tu casa. Verles sólo los fines de semana o cada varias semanas si vives muy lejos. Estar completamente solo en un pueblo desconocido. Y saber que ésta será la situación que te espere durante varios años.

– Entrando en materia de la profesión en sí, el primer choque con la realidad de la educación suele ser brutal. Para mí lo fue, y volví a un instituto como profesora apenas diez años después de haberlo abandonado como alumna. Olvídate de lo que recuerdes de tu época de estudiante: ya no sirve. Los castigos que valían entonces ya no sirven de nada ahora, la forma en la que te daban clase empieza a ser anacrónica y poco efectiva, los alumnos jamás te van a tratar como tú tratabas a tus profesores. No es ni mejor ni peor; simplemente distinto. Muy distinto.

– Los IES están, en general, bien dotados respecto a las TIC, pero su mantenimiento es deficiente. Que no se te rompa un proyector, una pizarra digital o un ordenador del aula, porque muy probablemente no volverás a verlo hasta el curso siguiente. Después está la calidad o configuración de los ordenadores en sí: equipos sin lector de CD cuando la mayoría de libros digitales siguen viniendo en ese formato, configuraciones de Guadalinex que incluyen navegadores prehistóricos que no son capaces de correr las webs que necesitamos consultar (he intentado introducir Classcraft en mi clase, por ejemplo, pero no funciona) y un largo etcétera que te dificulta eso tan necesario de innovar.

– Los padres tienen escaso o ningún control sobre sus churumbeles. Es muy frustrante ver a una madre acongojada frente a su propio hijo, o que otra venga a pedirte a ti consejo sobre lo que hacer con su vástago de apenas 12 años, que se le está poniendo rebelde. Es tremendo.

La educación que se recibe en casa ya no es la misma que recibí yo. A día de hoy sigo teniendo que explicar a mis alumnos por qué no se ponen los pies encima de la silla, por qué no se puede sentar uno encima de la mesa o por qué no hay que comer en clase. Por pasillos y escaleras van en avalancha, sin pararse en las puertas si son estrechas, sin mirar si no hay nadie pasando, sin ceder el paso a nadie, sea otro alumno más pequeño o el mismísimo director del instituto. O te apartas o te llevan por delante: en mi centro a una profesora mayor la tiraron por las escaleras.

La tolerancia a la frustración de mis alumnos es mínima por no decir inexistente. No conciben aguantar para ir al servicio en el recreo (hablamos de forma habitual, no en caso de emergencia o menstruación inesperada). En mi centro hay dos pausas de recreo, una de veinte minutos y otra de diez, y aún así es común que pille a alumnos comiendo en clase porque tienen hambre y no pueden aguantar. Ya ni hablamos de estudiar, de hacer deberes o de mantenerse callados al menos durante los exámenes; da para post aparte.

– La alta ratio que se está viviendo últimamente en algunos IES, al menos andaluces, sobre todo a partir de 3º ESO en adelante. Es absolutamente imposible ofrecer una atención personalizada cuando tienes a treinta alumnos por aula. Sí, ya sé que en nuestros tiempos los grupos eran así o aún más numerosos (cuarenta y cinco compañeros fuimos en un curso) pero entonces veníamos educados de casa.

La alta atención a la diversidad (bien) que se nos exige y los escasos medios y apoyo (mal) que contamos para hacerlo. Tengo en cursos altos a alumnos que apenas saben escribir o entender lo que leen. Tengo alumnos que rozan la deficiencia mental. Tengo alumnos con problemas graves de conducta. Tengo alumnos con situaciones terribles en casa. Tengo alumnos que vienen sin dormir o sin desayunar. Tengo treinta situaciones y niveles distintos por clase y a todos se supone que he de atenderlos adecuadamente en todo momento. Desgraciadamente, no me puedo multiplicar ni clonar.

– El agotamiento físico y mental. El trabajo de profesor tiene un buen horario, pero es intenso. ¿Son sólo seis horas? Correcto, pero son seis horas dándolo todo, concentrados desde el minuto uno al sesenta. Salvo las guardias en las que no pringo o los escasos huecos, no tengo apenas momento de respiro en toda la mañana. Ni Twitter, ni periódicos, ni pausa del café propiamente dicha (ir a la cafetería del instituto en el recreo incluye abrirse paso entre la marea de alumnos que están haciendo lo propio, lo que desde luego no es muy relajante que digamos). No puedo bajar la guardia un solo momento de los que dura una clase; literalmente a veces no puedo ni siquiera pasar lista tranquilamente hasta los minutos finales, cuando los suelo poner a hacer ejercicios. Sí, son pocas horas, pero son horas de una intensidad altísima, que te dejan completamente agotado al final de la jornada y, desde luego, dificultan cualquier trabajo intelectual posterior (como pueda ser estudiar).

El estrés. No siempre te llevas trabajo a casa, pero siempre te llevas problemas. A lo largo del día tienes muchos momentos en el instituto, unos buenos y otros malos, y es probable que en algún momento de la tarde pienses en cómo podrías haberlo hecho mejor. A los alumnos les sorprendería saber hasta qué punto una mala contestación, un parte de disciplina, una discusión o una mala clase pueden fastidiarnos toda la tarde o incluso el fin de semana. A final de trimestre, y, sobre todo a final de curso, los niveles de cansancio y estrés (tanto de ellos como de nosotros) dificultan aún más las clases.

Las lamentables condiciones ambientales en las que se trabaja, al menos en Andalucía. He trabajado en institutos donde en invierno profesores y alumnos dábamos clase con el abrigo puesto. Y es absolutamente intolerable que clases de veinte o treinta chavales tengan que pasar seis horas al día en condiciones de humedad y calor que ningún oficinista toleraría. Me resulta inconcebible que en todos los edificios públicos exista hoy en día aire acondicionado excepto en los institutos. Y que nadie se lo plantee.

¿Sigues queriendo ser profesor? Bien: todo el puñetero mundo sabrá hacer tu trabajo mejor que tú. Desde tu cuñao el que no terminó ni la ESO a tu primo el ingeniero o el abogado, pasando por tu colega el que vende pollos o tu mejor amiga la dependienta del Zara. Todos, sin excepción, todos tienen la receta mágica para mantener el orden en clase, para hacer que los chavales se interesen por tu asignatura, para tratar a los padres. Si eres profesor de idiomas, además tendrás que soportar las continuas comparaciones con academias privadas donde ni de coña permitirían el número de alumnos por clase a los que tú enseñas todos los días  (llevando tu radio CD cascado en la mano, por supuesto, porque los libros digitales con las audiciones no funcionan bien o no se pueden poner en el modernísimo ordenador de aula sin lector).

Y después de todo esto: de estar a dos o tres horas en coche de tu familiar sanguíneo más cercano, del coste de mantener una casa en tu pueblo de acogida y otra en el lugar del que eres y al que un día esperas regresar, de ver a tus hijos por Skype entre semana, de haberte partido los cuernos estudiando sin obtener plaza, de tener que pararle los pies a energúmenos a quienes ni sus propios padres soportan, de asarte de calor en aulas masificadas, de ir a trabajar afónico, de que Paco el de la charcutería te dé una clase magistral sobre cómo enseñar Inglés (“¡ej que no los ponéis a hablar!”, ¡póngalos a hablar usted, buen hombre, a ver si puede escucharles y corregirles a todos a la vez!), de salir cada día del instituto con la garganta destrozada, de pelearte por enésima vez para que tus alumnos se coman el bocadillo en el recreo… Vendrán y te dirán: “¡hay que ver qué bien vivís los profesores!”.

Y llegará un tiempo en el que ni siquiera contestarás o lo harás con una ironía, sencillamente por no mandarlos al mismísimo carajo.

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Vida de profesor: introducción

Alguien me preguntó hace tiempo si había abandonado definitivamente el blog. La respuesta es no, pero es año de oposiciones, y eso quiere decir que ocupo la mayor parte de mis tardes con la preparación de clases y el estudio; no es que no tenga tiempo libre, pero he de priorizar entre las distintas opciones de ocio.

Llevo meses con una idea en mente: una serie de pequeños artículos sobre el día de un profesor. Intentando ser lo más realista posible, huyendo de dramas y de exageraciones, y agrupado por temáticas. El de hoy tiene la intención de servir de introducción y dejar claro algunos aspectos esenciales de mi trabajo.

– Empecemos por lo más importante: me gusta ser profesora. No me veo haciendo otra cosa. Nunca he hecho otra cosa. No conozco otro trabajo que éste. Desde mi punto de vista, mi labor es transmitir el conocimiento y ayudar a formar a un puñado de jovenzuelos que, por suerte o desgracia, representan el futuro de este país. No existe para mí mayor responsabilidad, mayor orgullo y -a veces- mayor suerte.

– Mi horario se divide en dos: regular y no regular. El regular consta de veinte horas lectivas y cinco horas no lectivas, de las cuáles tres son guardias, una corresponde a la programación de actividades educativas y otra a la reunión de departamento. El horario no regular corresponde a aquellas actividades que no tienen ubicación fija en el horario semanal, pero que han de ser computadas. Un ejemplo son las sesiones de evaluación, que computan como una hora semanal aunque en realidad las hagamos todas juntas una vez al trimestre. En total tengo treinta horas de permanencia obligatoria en el centro.

¿Se trabaja mucho o poco? Depende. Yo he decidido que voy a ser realista desde el principio, así que ahí va: sólo muy puntualmente tengo que corregir algo por las tardes, porque he aprendido a aprovechar al máximo el tiempo libre (huecos) entre clase y clase, las guardias y hasta los recreos. También domino lo suficiente mi temario para no tener que prepararme demasiado la materia que voy a impartir. ¿Qué me ocupa más tiempo por las tardes? Pues principalmente la búsqueda de recursos audiovisuales, la realización de presentaciones para la pizarra digital o proyector, y todos esos pequeños detalles que no son realmente necesarios pero sí hacen más amena la clase. En otras palabras: son cosas que podría no hacer, dejándome las tardes completamente libres (si exceptuamos el estudio), pero que elijo realizar en una continua búsqueda de mejora. Soy, claro está, consciente de que hay compañeros que no tienen más remedio que marcharse cada tarde a casa con toneladas de libretas, exámenes y ejercicios varios, pero no es mi caso.

– El trabajo de profesor es más exigente físicamente de lo que podríais pensar. Obviamente no somos obreros o mineros, pero tampoco oficinistas al uso. Algunas clases exigen pasar bastante tiempo de pie, esquivando mochilas entre las mesas. Algunos institutos son auténticos laberintos, y entre clase y clase cargamos con varios kilos de libros y material arriba y abajo. En el instituto donde trabajo este año se da la peculiaridad de estar dividido en varios edificios, uno de los cuáles se encuentra en la acera de enfrente y tras una cuesta arriba muy larga y pronunciada. Yo por suerte no doy clases allí, pero imaginad a los compañeros que deben estar cambiando continuamente entre uno y otro, y esto sin ningún margen entre clase y clase.

– Evidentemente, la parte más castigada de nuestro cuerpo es la garganta y las cuerdas vocales, y no es raro ver a compañeros completamente afónicos en algún momento del curso. Yo me he hecho adicta a la Lizipaína, los caramelos Hall’s y hasta los Pictolín. Y la leche calentita con miel, en según qué épocas del año, que no falte tampoco.

A menudo gente que está planteándose escoger esta vía tras sus estudios me pregunta si el trabajo merece la pena o no. En resumidas cuentas, sí y mucho, pero hablaremos largo y tendido de esto en la próxima entrada.