Techo de nubes

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– Jaén, 28 de diciembre de 2014.

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Un día de locos

Fernando III el Santo

Da la casualidad de que hoy es 12 de octubre. El gobierno, por aquello de que palabras como Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad quedan feas y poco retuiteables, se ha inventado un chorrihashtag, #DiaDeTodos, con el que se pretende dar una imagen más acorde al contexto, que case más con los vídeos de gatitos y fotos de cafés del Starbucks. Intento inútil, porque el patriotismo español es poco tuiteable y la bandera rojigualda luce mejor en un mástil que en el Instagram. No, la batalla de las redes sociales la perdimos hace tiempo; afortunadamente en varios siglos de Historia ganamos bastantes más, y si no que le pregunten al señor de ahí arriba.

Pero yo, además, me sublevo ante esa chorrimemez del Día de Todos. Y un carajo, Día de Todos. Yo no quiero que el 12 de octubre sea el día de todos. Nunca lo ha sido. El 12 de octubre fue el día en el que un señor que no se llamaba Rodrigo de Triana gritó “¡Tierra!” al descubrir un continente que ya había sido descubierto, en una flota al borde del amotinamiento, a cargo de un almirante en el que sus hombres nunca habían confiado y que había cometido un error de cálculo que casi le cuesta la vida. El 12 de octubre fue el día en el que ese puñado de señores, lo suficientemente chalados para embarcarse en la locura máxima de don Cristóbal, cambiaron la historia de Europa. Aquel 12 de octubre no fue un día de todos: fue un día de locos.

Emulando a aquellos hombres, el 12 de octubre no debe de ser el Día de Todos; sólo de los que estamos lo suficientemente locos para seguir proclamando orgullosamente que fuimos, somos y seremos españoles. Es el día de los que no tememos perder followers. Es el día de los que nos pasamos por el forro las lecciones morales sobre patriotismo de los que llevan la bandera de su región tatuada en el culo. Es el día de los que vemos más allá de un cacho tela al viento y pensamos en España como un proyecto común en el que aún merece la pena creer. Es el día de los que seguimos amando España con sus pequeñas vilezas, con sus culturas y sus lenguas y sus historias y sus tradiciones. Es el día de los que no nos escudamos en la #MarcaEspaña para sentirnos ausentes a los problemas que sacuden al país, como si nosotros no formáramos parte de ellos. Es el día de los que sabemos que un español no se sienta a llorar y quejarse; un español aprieta los dientes, mueve el culo, arrima el hombro y pelea hasta que vence o se cae muerto. Nuestros antepasados lo hicieron con espadas, picas y arcabuces; nosotros podemos hacerlo con información, solidaridad y voto responsable.

Hoy no es el Día de Todos, ni debe de serlo. Quizá sólo sea el día de la mitad de la población española, o incluso menos. A los demás sólo hay que guardarles el máximo respeto: a los que luchan por otros proyectos, a los que hacen de la apatía su propia patria, o a los que prefieren escudarse en la socarronería para pretender que nada de lo que ocurre a su alrededor es culpa suya. Ellos tendrán, y a cientos, sus propios días de fiesta; sus propios días de cuerdos. Yo me quedo con el 12 de octubre. Porque estoy un poco loca y porque España nunca fue país para cobardes.

– Jaén, 12 de agosto de 2014.

Las torres eternas de Jaén

Siempre hay un momento de la infancia en el que surge la fascinación por algo, y en el caso de la Catedral de Jaén yo no sería ni preadolescente, pero tenía unos tíos que habían comprado una casa en la sierra de Jabalcuz. Desde la ventanilla trasera del coche, ascendiendo por aquella cuesta, vi por primera vez las torres de la catedral surgiendo de entre el racimo de viviendas de aspecto destartalado. Asomaban y volvían a esconderse, y creo recordar que en algún punto las casas abrían para permitir mostrar en todo su esplendor la monumental fachada barroca.

Fachada barroca, construcción renacentista y pasado gótico; mezcla total de estilos como la Catedral de Granada, aunque al contrario que ésta -que parece encajada a duras penas entre las sinuosas calles de la maravillosa alcaicería granadina; sólo la apertura de la Plaza de las Pasiegas dota de cierto empaque a un conjunto que jamás llega a alcanzar la monumentalidad- la Catedral de la Asunción surge sin que nadie ose hacerle sombra, destacándose con claridad en el perfil de la ciudad jiennense, perfectamente visible a varios kilómetros de distancia. Encarando al Ayuntamiento, poder civil y religioso enfrentados en una lucha sin fin, sin gloria y quizá sin sentido.

También es por antonomasia una de las catedrales del misterio: dentro hay quien dice haber visto el espectro de un niño, y hace unos años se encontró un misterioso cadáver justo frente a su puerta. Lo único cierto es que en ella se conserva y venera la enésima reliquia de Cristo, en este caso la Santa Faz. Todas las semanas mi abuela, como tantos otros, iba y venía andando del pueblo para rendirle tributo; peregrinos de tradiciones que se resisten a morir, al igual que una vez alguien erigió catedrales como la de Jaén con el fin último de que duraran para siempre.

– Jaén, 28 de septiembre de 2013.