La leyenda negra: orígenes e introducción

Para introducir el peliagudo asunto de la leyenda negra, nada mejor que recurrir una anécdota absolutamente deliciosa y esclarecedora narrada por Joseph Pérez en su obra dedicada al tema, que describe con precisión la mentalidad hispana y nuestra incapacidad -voluntaria- para abandonar ciertas preconcepciones mentales. Cuenta Pérez que el 1 de julio del año 1998 se vivió en la Cámara de los Lores de Londres un hecho absolutamente insólito: los allí reunidos, con los hispanistas ingleses sir Hugh Thomas y sir John Elliott entre ellos, rindieron homenaje al que a fin de cuentas había sido rey de Inglaterra, Felipe II, presentándolo como “uno de los monarcas más europeos de la Historia”. Repito por si alguien no capta la miga del asunto: la cámara alta del país que había sido enconado enemigo de nuestro rey prudente reconociendo su valía más allá de la imagen -que ellos contribuyeron a crear- de ese rey fanático, cruel y ambicioso.

Famoso retrato de Antonio Moro. El gesto severo y la cara de pocos amigos es porque venía, literalmente, de armar la de San Quintín.
Famoso retrato de Antonio Moro. El gesto severo y la cara de pocos amigos es porque venía, literalmente, de armar la de San Quintín.

Y mientras en la Pérfida Albión los hijos de la Gran Bretaña homenajeaban a uno de los monarcas más importantes de la Casa Austria, ¿qué ocurría en nuestra entrañable piel de toro? Pues, siempre según Pérez, que varios intelectuales de izquierda se negaban a leer el libro de otro prestigioso hispanista británico, Geoffrey Parker, que desde el rigor y el análisis de las fuentes desmontaba varios de los mitos asociados con Felipe II. Así nos han criado y así somos. Para darnos de comer aparte.

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Los misterios del Darro

Carrera del Darro

Discurre junto a la Alhambra sin hacer demasiado ruido, en caudal constante pero, la mayoría de las veces, no demasiado abundante -con sonadas excepciones como el año pasado, cuando el fragor de las aguas se escuchaba en lo alto de la Torre de la Vela-. El Darro es cien por cien granadino y está tan integrado que nadie le hace demasiado caso, muchos ignoran su importancia en el abastecimiento de la monumental alcazaba y hasta el hecho de que lo están pisando cuando pasean por Plaza Nueva, Puerta Real o a la vera del Corte Inglés.

El Darro es protagonista de una de las estampas más emblemáticas de Granada pese a que gran parte de su curso transcurre en las tinieblas. Su embovedado, ya proyectado en tiempos de los Reyes Católicos, cambió completamente la fisonomía de una ciudad que, a partir del primer tercio del siglo XX, dejó de estar partida por su río -con los problemas de salubridad que ello conllevaba- aunque perdió, eso sí, la magia de sus desaparecidos puentes -en la imagen, si la identificación de fotos no me ha jugado una mala pasada, pueden ver el de Cabrera-.

Como cada metro cuadrado de una ciudad rica en misterios, el embovedado del Darro tiene el suyo propio, con nombres y apellidos: el Duende del Darro, cuya aparición data de 1935, cuando -según las crónicas- durante tres días y tres noches la vecindad estuvo aterrorizada por unos misteriosos quejidos. Quejidos que surgían directamente de los inicios de la bóveda, junto a la iglesia de San Gil y santa Ana, y que quizá inflamaron la imaginación de un párroco que dijo haber visto un fantasma lavándose en el río. Ya fueran alaridos de este espectro tan inusualmente limpio o no, nada se supo del origen de los sonidos que salían de la bóveda, pese a la batida que se organizó para intentar hallar la explicación racional del misterio. El duende y su recuerdo desaparecieron en las sombras del embovedado, como las propias aguas que se ocultan a su bajada de la Alhambra para ir a unirse al río Genil.

– Granada, 6 de enero de 2014.

Esperándola del cielo #ArqueológicoYA

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Dicen algunas encuestas que la Carrera del Darro es la calle más bonita del mundo; no sé si será verdad, pero a buen seguro habrá pocas con tantos atractivos y tantos puntos en los que fijarse. Desde el río embovedado que serpentea al pie de las casas, hasta las torres de la Alhambra que asoman por encima de los tejados, pasando por edificios como la Iglesia de San Pedro y San Pablo -de estilo mudéjar-, hay tanto a lo que atender que es habitual que uno acabe perdiéndose algo. Precisamente frente a esa iglesia está el edificio de la foto. Bajando desde el Paseo de los Tristes es fácil fijarse en el balcón tapiado, característico de la Casa de Castril, actual Museo Arqueológico y Etnológico de Granada.

La Casa de Castril es un edificio típicamente renacentista atribuido a Sebastián Alcántara, uno de los discípulos aventajados de Diego de Siloé -arquitecto de la Catedral de Granada-. Su fachada, profusamente ornamentada, muestra una representación de la Torre de Comares que hace referencia a la familia de los Zafra, cuyo miembro más destacado, Hernando de Zafra, recibió de los Reyes Católicos -de los que era secretario-, la merced de construir una casa mirando a la Alhambra tras la Toma de la ciudad. Alguno de sus descendientes haría uso de esa prerrogativa, y así surgió la Casa de Castril, escenario de una de las más curiosas leyendas de Granada.

El nieto del citado secretario, también Hernando, vivía con su única hija Elvira, a la que esperaba procurar un matrimonio provechoso. A la citada muchacha no se le ocurrió otra cosa que caer prendada de un miembro de la familia de los Quintanillo, enemigos enconados de su padre. Estando Elvira en su habitación con un pajecillo que le había traído noticias del indeseado amado, Zafra irrumpió llevándose la equivocada conclusión que pueden ustedes imaginar. Ni corto ni perezoso, el noble hizo ahorcar al paje en el balcón. Cuando Luisillo, que así se llamaba, pidió justicia, Hernando de Zafra le respondió que podía quedarse “esperándola del cielo”. Tras su muerte, el balcón fue tapiado y las contundentes palabras grabadas sobre él. Hasta hoy.

En primavera del año 2010, el Arqueológico de Granada fue cerrado temporalmente por obras. Casi cuatro años después, nada se sabe de esas reformas que mantienen uno de los principales museos de la ciudad indefinidamente cerrado a propios y extraños. Nadie en Granada parece saber cuándo volverá a abrir sus puertas la Casa de Castril. Quizá las palabras de Hernando de Zafra fueran más proféticas de lo que él intuía. Quizá nosotros, como el desgraciado Luisillo, también tengamos que resignarnos a esperar del cielo una justicia que no parece pasar por los despachos de los políticos.

– Granada, 2010.