Momia

Detalle de momia

Detalle de una mortaja de una momia del Museo Arqueológico Nacional.

– Madrid, 7 de marzo de 2015.

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Figura íbera

Figura ibera

Una de las fotos que más me gusta de mi última visita al Museo Arqueológico Nacional es la de este exvoto íbero del que, desgraciadamente, no he podido localizar ficha ni dato alguno.

La visita-sesión de fotos por el MAN también significó el estreno oficial de mi “nuevo” -llevo con él algo menos de dos meses- objetivo, un OM 50mm totalmente manual cuya luminosidad (f1,8) supone un salto cualitativo importante en mi modesto equipo, que espero aprovechar en la Semana Santa que ya se aproxima.

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Jpg a pelo de la criaturita, tirado con el objetivo de kit de la EM10.

El ángel que llora

Ángel en el Retiro

La primera vez que fui a Madrid ya era mayor de edad. La verdad es que, más allá de algún edificio emblemático y alguna que otra fuente -ejem-, no me había preocupado demasiado por saber qué aspecto tenía la capital de mi país. Según la sabiduría popular, la ciudad bonita por antonomasia en España es Barcelona. En la inevitable confrontación entre las dos grandes urbes, suele ser Madrid la que se lleva la peor parte. A ojos del que no ha ido nunca, la capital aparece como una ciudad despersonalizada, un centro administrativo sin alma. Un kilómetro cero desprovisto de encanto.

Pasé la mayor parte de aquel viaje mirando hacia arriba, no sólo por la escasa altura de una, sino por la sorpresa que me causaba cada edificio, cada monumento y diríase que cada esquina. Ese aire algo clásico, esa belleza sobria, ese carácter un tanto ecléctico sin terminar de enfilar hacia el exceso. El centro de Madrid posee un lugar que admirar en prácticamente cada paso que das. Madrid no tiene icono emblemático, sencillamente porque dispone de diez mil donde elegir. Porque la identidad estriba en el conjunto, en cada calle, en cada plaza, y no se reduce a una catedral o a un nombre en concreto.

Desde entonces habré pisado esa ciudad una docena larga de veces, y cada vez que voy y tengo un ratito para perderme por ella no termino de descubrir nuevos detalles, nuevos lugares, cosas en las que no me fijé la vez anterior; estatuas, monumentos, edificios. Sitios, no sólo que fotografiar, sino que disfrutar. Donde la belleza no se reduce a una simple cuestión de estética. Plazas y parques por donde puedes haber deambulado por varias ocasiones sin dejar de hacer nuevos descubrimientos. Porque Madrid no sólo tiene de todo, sino que lo tiene para todos. Y el hecho de no tener un monumento típico, un autor consagrado o una iglesia de visita absolutamente obligada te obliga a callejear sin dejar de captar nuevas imágenes que conforman un catálogo inabarcable que no siempre sale en los libros. A descubrir nuevos detalles como, por ejemplo, este ángel que llora.

– Madrid, 25 de agosto de 2010.

Desde mi cielo

Panorámica Santiago Bernabéu

Fusilo impunemente el título de un libro tan triste como moñas puesto que no hay frase que defina mejor esta foto, ni la sensación de estar ahí arriba, en lo más alto del templo de los héroes. Yo imagino que para el que pase por delante todos los días o el que acuda puntualmente cada dos semanas, poner un pie en el Bernabéu tendrá la misma emoción que entrar en la parroquia -o no-. Pero para los que hemos crecido alejados del coliseo blanco, la sola visión de la fachada de hormigón acelera el pulso, espolea la imaginación, invita a soñar con esas imágenes y esos goles que mayormente sólo hemos visto por la tele.

La primera vez que vi el Bernabéu fue de lejos y de refilón, al pasar un autobús entre dos calles. La primera vez que entré dentro del Bernabéu fue después de convencer a unos amigos para hacer el tour; puedo jurar que tengo fotos con cada póster, cada panorámica y cada columna, y que si no besé el suelo como Juan Pablo II al bajar de los aviones fue por pura vergüenza. La primera vez que vi un partido en el Bernabéu fue de la selección española -ups- pero recordaré hasta el día que me muera el escalofrío al entrar, asomarme a una de las gradas y pensar que, sencillamente, era como un millón de veces más impresionante de lo que había imaginado.

Desde entonces he estado varias veces, unas más abajo, otras más arriba, pero siempre con esa sensación sobrecogedora, más pendiente del propio estadio que del mismo partido. Porque el Bernabéu es un campo que puedes pasar horas mirando, un campo que te hace sentir inmensamente pequeño, un campo a la altura de un club que, un día no muy lejano, hizo parecer diminutos a todos los que osaban ponerse a su lado. El Bernabéu es un lugar con el que soñar despierto, ansiando ir como un musulmán peregrina a la Meca. Y por eso yo digo que cuando me muera, si me he portado bien, no me busquen en las alturas. El cielo está un poco más abajo. El mío, al menos.

– Madrid, 25 de enero de 2014.