Desde mi cielo

Panorámica Santiago Bernabéu

Fusilo impunemente el título de un libro tan triste como moñas puesto que no hay frase que defina mejor esta foto, ni la sensación de estar ahí arriba, en lo más alto del templo de los héroes. Yo imagino que para el que pase por delante todos los días o el que acuda puntualmente cada dos semanas, poner un pie en el Bernabéu tendrá la misma emoción que entrar en la parroquia -o no-. Pero para los que hemos crecido alejados del coliseo blanco, la sola visión de la fachada de hormigón acelera el pulso, espolea la imaginación, invita a soñar con esas imágenes y esos goles que mayormente sólo hemos visto por la tele.

La primera vez que vi el Bernabéu fue de lejos y de refilón, al pasar un autobús entre dos calles. La primera vez que entré dentro del Bernabéu fue después de convencer a unos amigos para hacer el tour; puedo jurar que tengo fotos con cada póster, cada panorámica y cada columna, y que si no besé el suelo como Juan Pablo II al bajar de los aviones fue por pura vergüenza. La primera vez que vi un partido en el Bernabéu fue de la selección española -ups- pero recordaré hasta el día que me muera el escalofrío al entrar, asomarme a una de las gradas y pensar que, sencillamente, era como un millón de veces más impresionante de lo que había imaginado.

Desde entonces he estado varias veces, unas más abajo, otras más arriba, pero siempre con esa sensación sobrecogedora, más pendiente del propio estadio que del mismo partido. Porque el Bernabéu es un campo que puedes pasar horas mirando, un campo que te hace sentir inmensamente pequeño, un campo a la altura de un club que, un día no muy lejano, hizo parecer diminutos a todos los que osaban ponerse a su lado. El Bernabéu es un lugar con el que soñar despierto, ansiando ir como un musulmán peregrina a la Meca. Y por eso yo digo que cuando me muera, si me he portado bien, no me busquen en las alturas. El cielo está un poco más abajo. El mío, al menos.

– Madrid, 25 de enero de 2014.

De rocas y recuerdos

matalascañas

Hay un año en el que todo cambia, creo yo. En el que dejas de ser un adolescente tardío – adulto joven (llámenlo como quieran) y pasas a convertirte en una persona mayor de pleno derecho, de las que ven engordar una cuenta de banco y pagan facturas. Hay un momento en el que te ves haciendo cosas que nunca pensaste que harías, vives en lugares que no habrías sabido situar en el mapa y te acostumbras a una vida que será para siempre la tuya.

Y cuando tratas de volver a esa fase anterior que has dejado, a los restos de esa etapa post-adolescente que incluyen bares que ahora no pisarías ni obligado, actitudes de las que desdeñas y amigos que quizá nunca lo fueron, descubres que ese cambio ha sido total e irrevocable. Que ni volverás a ser la misma persona, ni remotamente querrías volver a serlo.

No me gustan las playas ni me gustaba aquel sitio. Quizá por ello no llevé la cámara, limitándome a inmortalizar un plano con el móvil, en blanco y negro para mayor gloria retro, que por alguna razón subí a Flickr. Allí lo he encontrado hoy, y parece curiosa la cantidad de recuerdos que puede despertar una simple roca que sobresale en la orilla, con un espléndido sol convirtiendo el mar en una superficie plateada.

Al final me lo acabé pasando bien. Y acabó siendo un buen año. Quizá el mejor.

– Matalascañas, 17 de marzo de 2012.