Vida de profesor: las TIC

Cuando estás preparándote para ser profesor -mejor dicho: cuando asumes que vas a ser profesor- te dices que vas a hacer las cosas distintas. Que no va a ser como el típico profe rollo que llegaba, se sentaba y empezaba a leer apuntes. Que vas a huir de todo lo tradicional. Y como perteneciente a la generación que empezó pronto a mamar de lo digital, ya te ves a ti mismo en un aula, proyectando una presentación que haría palidecer la de cualquier Keynote de Apple, haciendo saltar vídeos y canciones, y hasta utilizando juegos (gamificación, creo que lo llaman) para entusiasmar a la chavalada.

Después, entras en tu primer instituto.

La primera vez que lo hice, el 2011, me encontré con que ninguna de mis aulas tenía pizarra digital. Conseguí que me asignaran una de las pocas aulas TIC disponibles para dar una optativa mortal de 2º, una vez al mes intentaba que algún compañero me cambiara esa hora para poder enseñar vídeos y fotos a un bachillerato, y mis 3º de ESO tuvieron que conformarse con la pizarra de tiza de toda la vida.

La segunda vez, a finales de ese mismo curso, resultó que todas las aulas tenían proyector, pero para ponerlo en marcha hacía falta iniciar un largo trámite que incluía llamar a la conserje para que te diera una llave con la que entrar a una pequeña habitación en la que subir los plomos, y terminaba pidiéndole a los alumnos que se giraran en redondo, porque el bicho estaba instalado al fondo de la clase. Todo el proceso solía consumir unos 10 minutos y alteraba a los alumnos (podéis imaginar el follón de sillas y mesas), por lo que huí de lo digital al segundo intento.

La tercera vez, ya en 2014, cada una de mis clases estaba provista de una flamante pizarra táctil digital con su ordenador corriendo Guadalinex. En una de las clases, el ordenador estuvo todo el curso estropeándose cíclicamente, de forma que al final opté por llevar mi propio portátil (que pesa un poquito) con un alargador de jack de audio para las asignaturas en las que lo sentía imprescindible. En los demás grupos también hubo problemas, aunque de menos envergadura. Los arreglos se demoraban un par de meses. Mínimo.

El año pasado, ostenté el dudoso honor de comprobar, el primerísimo día de clase a la primerísima hora, que el proyector de uno de mis 1º de ESO no funcionaba. Se dio aviso a una empresa de Sevilla -ah, las maravillas de la externalización- para que pasaran a recogerlo o nos dijeran un lugar donde mandarlo. Vinieron a recogerlo… en mayo. Obviamente no hubo TIC en esa clase durante todo el curso. En otro 1º, el ordenador no arrancaba de vez en cuando. En mi único 3º, el proyector estaba situado en un lateral del aula, por lo que los chicos tenían que cambiar de sitio para verlo y no era cómodo para dar clase con él. Además, para que el audio funcionara, había que enchufar un cable que al final tuvimos que guardar bajo llave, porque alumnos de otros cursos -o incluso profesores- entraban a llevárselo para sus aulas -que no disponían del dicho cable y por tanto de sonido-.

Este curso, de la algo más de media docena de clases que llevaré impartidas, más de la mitad han sido sin TIC por diversos fallos -ordenador que no arranca, pizarra digital rota-. En ningún caso he conseguido que funcionara el sonido. Hoy mismo el coordinador TIC estaba trabajando a machamartillo para resolver problemas informáticos, muchos de ellos derivados de la manera de hacer chapuzera de la Junta de Andalucía -ver este magnífico hilo de @laguiri para conocer a mi nuevo archienemigo: las pizarras SMART-.

Agrego además otros datos que igual son de vuestro interés:

Nunca he conseguido poner un DVD legal en alguno de los pocos equipos que aún cuentan con lector. El año pasado probé Netflix, pero Guadalinex no lo soportaba. Ergo, siempre que tengo que poner una película o vídeo tiene que ser pirata. Se ha dado la paradoja de verme buscando y bajando alguna película recóndita que tengo comprada en DVD o alguna serie que pago por ver en Netflix.

– Hablando de Guadalinex. Soy una gran fan del software abierto en general y Linux en particular (durante años fui usuaria, primero de Ubuntu, después de Linux Mint). Sin embargo a veces me pregunto si de verdad éste es el sistema operativo idóneo desde el momento en el que necesita mil complementos para correr algunas webs que resultarían muy útiles. Complementos que, claro está, sólo puede instalar el root. El mismo root que suele estar ocupado correteando por los pasillos, agobiado entre mil incidencias.

– Tampoco he conseguido jamás ejecutar correctamente el material digital que las editoriales entregan junto con los libros, y que incluyen, en teoría, presentaciones, animaciones y hasta mini juegos que entusiasmarán a nuestro alumnado. En muchos casos están pensados para Windows. Si tienen versión Linux, Guadalinex nunca ejecuta el autorun. Eso por no hablar del formato físico: DVDs que no se leen en las nuevas pizarras SMART o que, directamente, no se leen en ningún sitio.

– ¿Gamificación? El año pasado durante algún puente descubrí Classcraft y me encantó. Configuré una clase, sus premios, lo adapté a la metodología que ya seguían. Llegué entusiasmada el primer día a clase para descubrir… ¿Adivináis qué? Sí: que no funcionaba en mi ordenador con Guadalinex porque el navegador estaba obsoleto y faltaba algún plugin o complemento. Todo el trabajo al garete.

Y, a pesar de eso… Utilizo las TIC diariamente. Preparo a diario presentaciones digitales -en mi tiempo libre, por supuesto-. Busco clips de audio y de vídeo aun a riesgo de que hoy no funcione el sonido. Voy todo el día con el pendrive enganchado del cuello. Cuelgo materiales en mi blog de profe. Tengo plan A, plan B y hasta plan Z (las presentaciones de Keynote, por ejemplo, las exporto hasta en tres formatos por lo que pueda pasar).

Y rezo. Cuando entro todos los días a una clase, rezo para que el ordenador/proyector/pizarra digital/altavoces de turno quiera funcionar, para que el cacharro reconozca mi pendrive a la primera, para que el wifi funcione si lo necesito… En definitiva, para que todas las horas que invierto cada tarde en preparar material que me convierta en una innovadora profesora TIC no resulten ser, al final del día, tiempo perdido.

Vida de profesor: lo bueno y lo genial

Continúo con la valoración general de mi trabajo que empecé hace dos entradas. Esta vez toca el turno al lado bueno de la balanza:

– El trabajo de profesor es ameno. Salvo excepciones, la mayoría de las mañanas se te pasan volando. La intensidad de la que hablaba en la anterior entrada también significa que no haya apenas espacio para el aburrimiento, y que de hecho muchas veces te sorprenda el timbre y ni los alumnos ni tú os hayáis dado cuenta de que acababa la clase (me ha pasado este curso, y varias veces).

– El trabajo de profesor puede ser divertido, imaginativo, dinámico. Tienes total libertad para impartir las clases como a ti te dé la gana, por lo que puedes echar a volar tu imaginación. Hay mil y una formas de dar clase; puedes introducir el aprendizaje cooperativo, el aprendizaje por proyectos, los recursos multimedia, juegos de rol, teatro. Porque…

– …La imaginación de los críos no tiene límite. Y si eres capaz de encontrar las herramientas para espolearla, te lo vas a pasar como un enano (y ellos más). Yo este curso he sustituido los habituales ejercicios de boli y libreta por actividades de role-playing o pequeños teatros cuyos guiones escribían los propios alumnos. Y nos hemos reído muchísimo al tiempo que aprendían.

– A pesar de lo que diga la corriente catastrofista que impera en cuanto sale alguna noticia relacionada con la educación, el 99% de los chavales que abarrotan un instituto son buena gente. Pueden ser mejores o peores estudiantes, pueden estar más o menos interesados, pueden dar más o menos la lata en clase, pero es raro encontrar a un chico con mala baba y la etiqueta “futuro delincuente juvenil” colgada de la chepa. No, no tienen la misma actitud que teníamos nosotros respecto a nuestros profesores, pero eso no quiere decir que no sea posible, y fácil, llevarse bien con ellos. Tan sólo se necesita un poco de buena voluntad, empatía y respeto. Los casos de agresiones son lo suficientemente aislados para convertirse en portadas de periódicos.

Trabajar de profe te hace mejor persona. Sí, porque te permite cultivar una serie de cualidades como la asertividad, la paciencia, la creatividad. Exponerte todos los días a cuatro o cinco clases de treinta adolescentes hace que, poco a poco, vayas perdiendo el miedo al ridículo o al qué dirán los demás. También aprendes a mantener la calma, a controlar los nervios en la mayoría de situaciones. Todas las herramientas que has incorporado en el aula después se trasladan a la vida diaria, donde resultan ser muy útiles.

– Tus años de profe interino te permiten conocer ciudades donde nunca has estado y pueblos donde jamás hubieras estado. Durante un curso entero puedes explorar los contornos del destino donde hayas caído ese año. Tu familia y amigos, por supuesto, encantados de la vida.

– También te permite conocer gente. Compañeros de distintos institutos que por una razón u otra acaban formando parte de tu vida. Profesores con los que compartes horas de recreo, guardias, claustros, evaluaciones, y de los que acabas aprendiendo muchísimo.

– El horario, si exceptuamos el trabajo que hacemos en casa, no es malo, ni depende de los caprichos del jefe de turno. Los dos meses de vacaciones permiten desconectar y recargar las pilas para el nuevo curso.

– Cuando das clase a una media de 100-120 alumnos por año es inevitable que conectes de forma especial con algunos de ellos, que tengas repercusión en tu forma de ser o de pensar y que años después todavía te recuerden como alguien que les influyó a la hora de tomar determinado camino en su vida. Y eso mola. Mucho.

– Cosas como estas:

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Viñeta de un cómic que me ha hecho una de mis alumnas de 1º de ESO

Y, finalmente, la razón principal: porque trabajas formando al futuro de este país. Algún día yo estaré criando malvas mientras alguno de los chicos y chicas a los que he dado clase dirigirán sus propias empresas, atenderán a enfermos en su consultorio, formarán parte de investigaciones, o sencillamente serán felices y extenderán esa felicidad a los que les rodean. Educar a las personas que continuarán nuestra labor cuando nosotros ya no estemos es una responsabilidad muy grande, e inculcarles los valores que forman parte de las Ciencias Sociales -tolerancia, multiculturalidad, autocrítica, conocimiento, respeto- mi forma de contribuir a construir un mundo mejor.

Vida de profesor: lo malo, lo regular y lo peor

Como ya dije en la anterior entrada, es común que gente que ha terminado o está terminando la carrera -o incluso los propios alumnos- me pregunten si ser profesor es una buena salida o si merece la pena buscar trabajo de cualquier otra cosa antes que coger una tiza y aventurarse a entrar al aula.

Es una pregunta de difícil respuesta, que por supuesto depende de la situación personal de cada uno. Merece la pena valorar, sin embargo, los que a mi juicio son los pros y los contras de ser profesor. Y como al empezar a redactarla me ha quedado una lista bastante larga, vamos a empezar con estos últimos: los aspectos más negativos de la profesión docente.

– El camino para llegar a ser profesor es una auténtica carrera de fondo. Tened en cuenta que casi todo profesor con plaza ha pasado por estas fases: preparación inicial de oposiciones (mínimo un año), entrada en la bolsa de sustituciones y espera de la primera llamada (si hay mucha mucha suerte puede producirse en unos meses, pero lo normal es que se tenga que esperar otro año o más), primer año (con suerte) de sustituciones, segundo año (siendo muy optimista) cogiendo vacantes de curso completo y acercándote a casa. Tirando por lo bajo, un recién licenciado o graduado que quiera trabajar de profesor se pasará un par de años estudiando y esperando su primera llamada. No incluyo a los pocos que consiguen aprobar las oposiciones a la primera, sin tiempo de servicio, por ser tan escasos como heroicos.

– Pero la lucha por la estabilidad no acaba cuando uno se convierte en funcionario con plaza; en realidad, tu odisea particular dando vueltas por tu región acaba de empezar. El profesor recién aprobado obtiene primero un destino provisional que suele ser más o menos cerca de casa, pero que no puede mantener por muchos años por no ser una plaza fija. En un período determinado de tiempo (que puede ser de muchos, muchos años) obtiene su plaza definitiva, normalmente allá en la quinta puñeta. Y desde ese momento empieza la lucha por acercarse de nuevo a Ítaca, esta vez mediante irrisorios Concursos Generales de Traslados donde a veces la posibilidad de trasladarse es mínima o directamente nula. Por si fuera poco, siempre existe la posibilidad de tener que salir del centro desplazado porque supriman tu plaza, aunque teóricamente no deberían enviarte demasiado lejos. La estabilidad en nuestro gremio es una quimera que no se consigue pasados muchos, demasiados años.

– Establecerse en un lugar concreto o formar una familia son, por tanto, decisiones que un profesor no puede tomar con la misma tranquilidad que otros trabajadores con un sueldo más o menos asegurado, a no ser que esté dispuesto a llevar tras de sí a los hijos (y la pareja, y exista esa posibilidad) o resignarse a verlos sólo los fines de semana. En caso contrario, se da la que suele ser la situación habitual en todos los institutos donde he trabajado: compañeros y compañeras siendo padres rozando los 40 o más allá. Antes es imposible.

– No recibimos ninguna compensación por tener que desplazarnos a 400 km de nuestro lugar de residencia. No nos pagan tampoco la comida si tenemos que quedarnos a comer cerca del instituto por un claustro, o por una sesión de evaluación, o para una reunión con padres. Al contrario que otros trabajadores, se da por hecho que el profesor debe costearlo absolutamente todo de su bolsillo. 

– Se hace muy duro ir rebotando de pueblo en pueblo, de instituto en instituto, de piso de alquiler en piso de alquiler. Es una pequeña tortura que se repite todos los años, y para la que a veces apenas tienes unos pocos días (o menos) simplemente para buscar un sitio donde dormir. Es agotador montar y desmontar casa todos los cursos, repetir el viaje para llevar y traer ropa de verano y de invierno, dar de alta y baja contratos de luz, agua, Internet. Esto alcanza su paroxismo durante el año (o los años) que te toque hacer sustituciones. He conocido a compañeros que se han recorrido hasta cuatro institutos por curso, en algunos teniendo que residir en hostales ya que nadie les quería alquilar sin saber cuánto tiempo duraría su baja. Yo, afortunadamente, siempre he hecho sustituciones largas.

– Se hace aún más duro estar lejos de los tuyos, de tus amigos, de tu familia, de tu ciudad, de tu casa. Verles sólo los fines de semana o cada varias semanas si vives muy lejos. Estar completamente solo en un pueblo desconocido. Y saber que ésta será la situación que te espere durante varios años.

– Entrando en materia de la profesión en sí, el primer choque con la realidad de la educación suele ser brutal. Para mí lo fue, y volví a un instituto como profesora apenas diez años después de haberlo abandonado como alumna. Olvídate de lo que recuerdes de tu época de estudiante: ya no sirve. Los castigos que valían entonces ya no sirven de nada ahora, la forma en la que te daban clase empieza a ser anacrónica y poco efectiva, los alumnos jamás te van a tratar como tú tratabas a tus profesores. No es ni mejor ni peor; simplemente distinto. Muy distinto.

– Los IES están, en general, bien dotados respecto a las TIC, pero su mantenimiento es deficiente. Que no se te rompa un proyector, una pizarra digital o un ordenador del aula, porque muy probablemente no volverás a verlo hasta el curso siguiente. Después está la calidad o configuración de los ordenadores en sí: equipos sin lector de CD cuando la mayoría de libros digitales siguen viniendo en ese formato, configuraciones de Guadalinex que incluyen navegadores prehistóricos que no son capaces de correr las webs que necesitamos consultar (he intentado introducir Classcraft en mi clase, por ejemplo, pero no funciona) y un largo etcétera que te dificulta eso tan necesario de innovar.

– Los padres tienen escaso o ningún control sobre sus churumbeles. Es muy frustrante ver a una madre acongojada frente a su propio hijo, o que otra venga a pedirte a ti consejo sobre lo que hacer con su vástago de apenas 12 años, que se le está poniendo rebelde. Es tremendo.

La educación que se recibe en casa ya no es la misma que recibí yo. A día de hoy sigo teniendo que explicar a mis alumnos por qué no se ponen los pies encima de la silla, por qué no se puede sentar uno encima de la mesa o por qué no hay que comer en clase. Por pasillos y escaleras van en avalancha, sin pararse en las puertas si son estrechas, sin mirar si no hay nadie pasando, sin ceder el paso a nadie, sea otro alumno más pequeño o el mismísimo director del instituto. O te apartas o te llevan por delante: en mi centro a una profesora mayor la tiraron por las escaleras.

La tolerancia a la frustración de mis alumnos es mínima por no decir inexistente. No conciben aguantar para ir al servicio en el recreo (hablamos de forma habitual, no en caso de emergencia o menstruación inesperada). En mi centro hay dos pausas de recreo, una de veinte minutos y otra de diez, y aún así es común que pille a alumnos comiendo en clase porque tienen hambre y no pueden aguantar. Ya ni hablamos de estudiar, de hacer deberes o de mantenerse callados al menos durante los exámenes; da para post aparte.

– La alta ratio que se está viviendo últimamente en algunos IES, al menos andaluces, sobre todo a partir de 3º ESO en adelante. Es absolutamente imposible ofrecer una atención personalizada cuando tienes a treinta alumnos por aula. Sí, ya sé que en nuestros tiempos los grupos eran así o aún más numerosos (cuarenta y cinco compañeros fuimos en un curso) pero entonces veníamos educados de casa.

La alta atención a la diversidad (bien) que se nos exige y los escasos medios y apoyo (mal) que contamos para hacerlo. Tengo en cursos altos a alumnos que apenas saben escribir o entender lo que leen. Tengo alumnos que rozan la deficiencia mental. Tengo alumnos con problemas graves de conducta. Tengo alumnos con situaciones terribles en casa. Tengo alumnos que vienen sin dormir o sin desayunar. Tengo treinta situaciones y niveles distintos por clase y a todos se supone que he de atenderlos adecuadamente en todo momento. Desgraciadamente, no me puedo multiplicar ni clonar.

– El agotamiento físico y mental. El trabajo de profesor tiene un buen horario, pero es intenso. ¿Son sólo seis horas? Correcto, pero son seis horas dándolo todo, concentrados desde el minuto uno al sesenta. Salvo las guardias en las que no pringo o los escasos huecos, no tengo apenas momento de respiro en toda la mañana. Ni Twitter, ni periódicos, ni pausa del café propiamente dicha (ir a la cafetería del instituto en el recreo incluye abrirse paso entre la marea de alumnos que están haciendo lo propio, lo que desde luego no es muy relajante que digamos). No puedo bajar la guardia un solo momento de los que dura una clase; literalmente a veces no puedo ni siquiera pasar lista tranquilamente hasta los minutos finales, cuando los suelo poner a hacer ejercicios. Sí, son pocas horas, pero son horas de una intensidad altísima, que te dejan completamente agotado al final de la jornada y, desde luego, dificultan cualquier trabajo intelectual posterior (como pueda ser estudiar).

El estrés. No siempre te llevas trabajo a casa, pero siempre te llevas problemas. A lo largo del día tienes muchos momentos en el instituto, unos buenos y otros malos, y es probable que en algún momento de la tarde pienses en cómo podrías haberlo hecho mejor. A los alumnos les sorprendería saber hasta qué punto una mala contestación, un parte de disciplina, una discusión o una mala clase pueden fastidiarnos toda la tarde o incluso el fin de semana. A final de trimestre, y, sobre todo a final de curso, los niveles de cansancio y estrés (tanto de ellos como de nosotros) dificultan aún más las clases.

Las lamentables condiciones ambientales en las que se trabaja, al menos en Andalucía. He trabajado en institutos donde en invierno profesores y alumnos dábamos clase con el abrigo puesto. Y es absolutamente intolerable que clases de veinte o treinta chavales tengan que pasar seis horas al día en condiciones de humedad y calor que ningún oficinista toleraría. Me resulta inconcebible que en todos los edificios públicos exista hoy en día aire acondicionado excepto en los institutos. Y que nadie se lo plantee.

¿Sigues queriendo ser profesor? Bien: todo el puñetero mundo sabrá hacer tu trabajo mejor que tú. Desde tu cuñao el que no terminó ni la ESO a tu primo el ingeniero o el abogado, pasando por tu colega el que vende pollos o tu mejor amiga la dependienta del Zara. Todos, sin excepción, todos tienen la receta mágica para mantener el orden en clase, para hacer que los chavales se interesen por tu asignatura, para tratar a los padres. Si eres profesor de idiomas, además tendrás que soportar las continuas comparaciones con academias privadas donde ni de coña permitirían el número de alumnos por clase a los que tú enseñas todos los días  (llevando tu radio CD cascado en la mano, por supuesto, porque los libros digitales con las audiciones no funcionan bien o no se pueden poner en el modernísimo ordenador de aula sin lector).

Y después de todo esto: de estar a dos o tres horas en coche de tu familiar sanguíneo más cercano, del coste de mantener una casa en tu pueblo de acogida y otra en el lugar del que eres y al que un día esperas regresar, de ver a tus hijos por Skype entre semana, de haberte partido los cuernos estudiando sin obtener plaza, de tener que pararle los pies a energúmenos a quienes ni sus propios padres soportan, de asarte de calor en aulas masificadas, de ir a trabajar afónico, de que Paco el de la charcutería te dé una clase magistral sobre cómo enseñar Inglés (“¡ej que no los ponéis a hablar!”, ¡póngalos a hablar usted, buen hombre, a ver si puede escucharles y corregirles a todos a la vez!), de salir cada día del instituto con la garganta destrozada, de pelearte por enésima vez para que tus alumnos se coman el bocadillo en el recreo… Vendrán y te dirán: “¡hay que ver qué bien vivís los profesores!”.

Y llegará un tiempo en el que ni siquiera contestarás o lo harás con una ironía, sencillamente por no mandarlos al mismísimo carajo.