Catorce años

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Yo tenía catorce años la primera vez que me pusieron en brazos al animalito de ahí arriba. Hoy, la que cumple catorce años es ella.

Diría eso tan manido de cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro. Pero, francamente, nunca he aspirado a que un solo ser de nuestra raza posea la mitad de la nobleza que mi amiga de cuatro patas.

Catorce años de lealtad inamovible, de alegría desbordante, de paseos interminables, de piedras y pelotas y pelusas correteando por el suelo. Catorce años de un hocico buscando la palma de tu mano en los malos momentos; acompañándote a pie, en coche, en la bodega de un barco o incluso en la cabina de un avión. La tranquilidad de escuchar siempre su respiración cerca, sabiendo que no estás sola. Sencillamente, catorce años de amistad inquebrantable.

– Granada, 2 de marzo de 2008.

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Los arcos de la historia

Arcos de la Mezquita de Córdoba

Me fascinan las catedrales, qué le vamos a hacer. Lo expresaba maravillosamente Ken Follett en el prólogo de sus Pilares de la Tierra -me importa un pimiento lo comercial que sea; moriré defendiendo que ese libro es una puñetera maravilla- donde hablaba de cómo la fiebre catedralicia le había picado hasta acabar escribiendo la historia de una. Esa misma fascinación la vemos hoy en día en los ojos de cualquiera -cristiano, musulmán, ateo, budista o del Madrid- que mire hacia arriba en el interior de alguno de estos colosales edificios.

Las catedrales constituyen uno de los ejemplos más preciosos de la voluntad humana. Templos, no ya a un dios, sino al esfuerzo y el sacrificio. Iglesias construidas con un objetivo principal en mente: perdurar. Y perduran, perduran durante siglos, hasta cuando sus creadores, sus mecenas, sus casas y sus palacios hace tiempo que se convirtieron en polvo. Perduran, encerrando entre sus paredes algunas de las obras maestras del arte de la época; cuadros que fueron pintados para colgar de sus sacristías, esculturas talladas para sus retablos, frescos que nos observan de forma inquietante sobre las piedras envejecidas del altar.

Son además los pocos edificios capaces de contar su propia historia. Por la gran duración de sus obras y reformas, diferentes estilos se concatenan en la gran mayoría de ellas; zonas sin terminar y torres a medio alzar, dan testimonio silencioso de ciudades en capa caída, de reinos empobrecidos, de arquitectos que murieron sabiendo que su proyecto jamás sería concluido.

En pocos lugares es tan palpable este eclecticismo como en la Catedral de Córdoba. De templo protocristiano a gran mezquita del Califato, devuelta por Fernando III al redil del cristianismo. Cruces junto a arcos polilobulados, un crucero entre la sala de oración, el mihrab conviviendo con las capillas. La tradicional estampa de los arcos bicolores esconde la historia de los que la construyeron, de los que la conquistaron, de los que la remodelaron. Una historia escrita en cada arco y cada minarete disfrazado de campanario; una historia que, como pretendieron sus escritores, podrá leerse durante siglos.

– Córdoba, 16 de abril de 2014.