Hay futuro

No estaba siendo una buena semana. Nunca lo es si se empieza con la noticia de que un compañero ha sido asesinado y a la sociedad le importa un carajo. A eso se le sumaba que el ambiente en el insti estaba caldeado por otros temas, que los niños andaban revolucionados, que la primavera la sangre altera y que, madre mía, qué ganicas tengo de pillar el finde y perderme.

Sí. Estaba siendo una semana asquerosamente mala. De esas en las que algunas tardes, al volver a casa, te planteas si de verdad es esto lo que quieres hacer el resto de tu vida. Porque te quedan muchos años, piensas. Y si ya hay alumnos que se encaran contigo porque los cambias de sitio, imagínate en un futuro. Y si ya hay padres que vienen a hablar contigo porque no les gusta el grupo en el que has puesto a trabajar a su hijo, agárrate que vienen curvas. Y si ya hay casos de alumnos con enfermedades mentales sin medicar que se tap… sí, bueno. Mejor lo dejo.

Era una semana para olvidar, pero es lo que tiene esto. Que trabajas con personitas que en un 90% -a pesar de la mala educación, y la desmotivación, y demases- no buscan hacerle daño a nadie. Que reaccionan a la amabilidad, que devuelven cualquier muestra de cariño, que sonríen, que inventan y que absorben como esponjas sin que uno se dé cuenta. Y esos seres pensantes tienen la capacidad de levantarte el ánimo de una forma asombrosa.

Como pasó aquel día de finales de semana.

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Historia de una desconexión

Ponte en situación: estás tan tranquilo, tienes diez minutos, una hora o toda la tarde libre. Te dispones a pasarlos resolviendo una tarea pendiente, viendo una peli, leyendo un libro o rascándote la panza. Todo está en calma; no se escucha una mosca, estás en paz con el mundo y el imbécil de tu vecino ya ha soltado el taladro. Que ya era hora, por cierto.

Y en ese momento bucólico, en ese instante de unión espiritual con el universo, en ese anhelado minuto de…

Piticlín

Anda, mira, si me ha llegado un tuit.

Tirirí

Cuchi. Un whatsapp.

Bip

¿Y éste para qué demonios me abre ahora una conversación en Facebook? Quiere dinero, fijo. Fijísimo.

Total. Que coges el móvil, miras el Whatsapp, contestas el tuit, abres Facebook. Y ya que estás, revisas el álbum de fotos que ha subido un amigo tuyo después de venir de la playa -no olvides dar me gusta a la imagen donde se ve su cabeza de lejos sobre las olas, con la barriga fofa del abuelito en primer plano-. Mientras tanto te entran dos tuits más, que contestas medio distraído. Porque ya que hemos cogido el teléfono, abrimos Instagram para ver cuántos corazones tiene la foto de los macarrones que nos hemos comido al medio día -para eso te esforzarse en disponer el queso rallado con forma de corazón-. Te siguen hablando en Facebook -sí, quería dinero-. Comentas “¡guapa!” a una foto que ha subido una amiga con el subtítulo “qué feaaaaa”. Alguien se ha unido a la conversación en Twitter, y las menciones se suceden mientras estás ocupado escribiendo un “jajaja” en todos y cada uno de los dieciocho grupos de Whatsapp a los que estás lamentablente unido. Entre todas las líneas de información intrascendente que se suceden en la pantalla de tu sufrido móvil, descubres que un famoso acaba de fallecer, así que vas corriendo a la Wikipedia para poder decir algo que suene erudito y sesudo junto al inevitable tag de #DEP. Que tú no eres menos que nadie.

De repente tus menciones en Twitter se empiezan a suceder a una velocidad endiablada; el pajarito está afónico de tanto piarte que tienes nuevos mensajes. Con horror descubres que has sido involucrado en una Conversación con Menciones Múltiples entre tres o más usuarios y un sudor frío te recorre la nuca sabiendo que es el final. Te has dejado coger desprevenido. Has cometido un error y lo vas a pagar caro con cada segundo de tu apreciado tiempo.

Y cuando te quieres dar cuenta, se te ha ido la tarde y no has hecho nada, absolutamente nada, de lo que tenías planeado.

¿A quién no le ha pasado?

Pues a mí ya no. Ya no más.

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Fobia en las gradas

Ayer el futbolista del FC Barcelona Dani Alves, en un gesto que probablemente pasará a los anales de imágenes memorables del fútbol español, contestó al ofensivo lanzamiento de un plátano despellejándolo y comiéndoselo, tan pancho, mientras sacaba un corner. La reacción de Alves, un señor al que, como madridista que soy, guardo tanto aprecio como al actual Ministro de (in)Cultura, me parece de una frialdad encomiable, una dignidad absoluta, una contundencia que marcará un antes y un después.

Engullendo tranquilamente el que pretendía ser fruto de la indignidad, el lateral brasileño envía un mensaje claro, a las antípodas de lo que consiguió aquella memorable pataleta de Eto’o: no ofende quien quiere. Sino quien puede.

Andaba yo penando el sábado en la grada del Nuevo Los Cármenes -porque penar y ser aficionado del Granada CF son sinónimos absolutos-, cuando escuché algo curioso. Usualmente se describe a las gradas como masas de gente irracionalmente enfervorizadas y vociferantes, y lo cierto es que esta realidad lo es sólo a medias. Salvando ejemplos muy concretos, la mayoría de las gradas en las que he tenido a bien aposentar el trasero son sectores más bien tranquilos, donde la gente suele rumiar callada sus miserias o sus éxitos sin que tan sólo un esporádico canto, unos aplausos, una queja al árbitro, un uy o un ay rompan el meditabundo silencio del abnegado hincha.

Esto, por supuesto, tiene sus contrapuntos. Al igual que cada corte solía disponer de su bufón, en cada sector suele haber un payasete o payasetes. Normalmente es ese hombre joven, habitualmente acompañado de sus colegas, cuyo propósito en la vida parece ser dar muestra a voces de su falta de educación y cultura balompédica. Sustituyan colegas por familia, y encontrarán otro subtipo de la irracionalidad. También está el abuelo inmune a la vergüenza y al miedo que añora el fútbol de barro y bigotes, y clama al cielo por todos y cada uno de los jugadores del actual equipo. Aunque escasos, también están los bufones de sexo femenino: siempre recordaré un Granada – Elche de Segunda División donde dos muchachas envueltas en camisetas de Leo Messi se desgañitaban hasta tal punto que pensé que les daba un soponcio.

El sábado tuve la inmensa suerte de estar situada entre dos de estos bufoncillos de grada, el uno justo a mi izquierda, el otro en el asiento de detrás. Uno del tipo yayo quejica con nietos, el otro todo un padre de familia, un hombretón que sentaba cátedra ante la mirada de sus dos hijos y rechazaba estoicamente las galletas que trataba de alcanzarle su mujer -probablemente para que mantuviera la boca ocupada-. En mitad de una de esas actuaciones tan voluntariosas como desesperantes a las que nos tiene acostumbrados el delantero marroquí Youssef El-Arabi, el padre de familia soltó su perla cultivada de sabiduría futbolística.

(Traduzco directamente del granadino, eliminando los lavín, los foh y las alusiones a determinada parte de la anatomía masculina que a buen seguro no interesan al lector.)

Qué malo es el moro éste, claro que a quién se le ocurre ir a buscar un delantero a Marruecos.

En este momento podemos pararnos y plantearnos dos posibilidades.

a) Que el hombre de detrás fuera en realidad un Maldini del fútbol africano y supiera que la Selección marroquí es un equipo con una trayectoria bastante pobre, con escasas participaciones en el Mundial de fútbol y sólo una Copa Africana de Naciones en comparación con las 7 de Egipto.

O que lo acabara de mirar en la Wikipedia, como he hecho yo.

b) Que en realidad lo que estaba intentando expresar es que a santo de qué van a venir los marroquíes a jugar al fútbol, cuando lo suyo es hacernos llegar las codiciadas tarjetas de Al Jazeera Sports que muchos hogares españoles esperan como agua de mayo.

Justifique y razone su respuesta.

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Microsexismos

Lo que estáis a punto de leer es un pequeño experimento que he llevado a cabo entre varias mujeres que conozco.

Permitidme que os ponga en contexto: hace unos meses, en una entrada de un blog cuyo nombre no recuerdo (típico enlace que te llega por Twitter), una chica contaba tres experiencias en las que, sin llegar al acoso sexual -o a lo que está establecido como acoso sexual denunciable- se había sentido humillada y ultrajada. Varias amigas y yo la leímos a la vez y para mí resultó una conmoción darme cuenta de que no sólo yo reconocía algunas de esas situaciones, sino que ellas también lo hacían.

Porque, sí. A mí me habían pasado cosas pero no había hablado de ello. ¿Por qué? La pregunta más exacta sería: ¿para qué? Por un lado, no puedes solucionar esa sensación de malestar que ya se queda contigo. Por otro, está la vergüenza –“¿pero cómo ibas vestida cuándo te pasó eso?”-. Por otro… ¿no es natural que los hombres nos piropeen por la calle? ¿No es incluso comprensible que, ay pobrecitos, se les vaya un poco la mano en el lavabo de alguna discoteca?

Nos lo repiten continuamente: es nuestra culpa, ellos no lo pueden evitar. El hombre es un animal permanentemente en celo, la mujer es quien debe cuidarse de no provocarlo. Y si se pasan, no es problema suyo. Es que tú has dado falsas señales.

¿Es así, cierto?

El tema quedó más o menos olvidado, hasta que escribí mi entrada sobre macarrones y machismo. A raíz de uno de los comentarios, que minimizaba la importancia de las situaciones que he descrito, volvió a surgir el debate en el grupo de tuiteras con las que diariamente hablo. Y me surgió una duda: ¿cuántas de nosotras habíamos pasado por situaciones semejantes?

De esto nació lo que yo llamé simplemente el Experimento, para el cuál distribuí entre mis contactos un pdf que empezaba más o menos como esta entrada, y continuaba así:

Muchas veces sólo se da importancia a las situaciones extremas; muchos hombres -y algunas mujeres- no son conscientes de hasta qué punto puede molestar, sobre todo en edades tempranas, escuchar determinadas cosas, que te toquen si no has dado permiso, verte tratada como un simple trozo de carne. Lo cierto es que a veces sólo percibimos determinadas situaciones cuando las vivimos en nuestras carnes. La triste realidad es que nosotras mismas ni siquiera hablamos a menudo de esto, porque en muchos casos hay vergüenza e incluso culpa.

En aquel momento yo no sabía -me informaron un par de días después- de que ya había una web dedicada a recopilar este tipo de situaciones: se llama Micromachismos y recomiendo completamente su lectura.

Aun así, y como el Experimento ya estaba en marcha, he recogido los resultados y os presento 17 experiencias sufridas por diversas mujeres cuando contaban de entre 10 a 28 años. Redactadas con diversos estilos y variadas extensiones (hay una que es especialmente larga pero no tiene desperdicio), en diferentes localidades (situadas en España, salvo una ocurrida en Chile), pero todas con un denominador común: la agresión invisible, la agresión que no importa, la agresión que no se denuncia. La agresión que ni siquiera se considera agresión, porque la víctima es la culpable.

Una cosa más: titulo el post Microsexismos y no Micromachismos porque creo que, aunque en otras circunstancias bien distintas -y quizá en menor volumen- los hombres también pueden ser víctimas de situaciones donde son menospreciados. Si alguno lee esto y quiere compartir su experiencia en los comentarios, es completamente bienvenido.

Puede que otros lo lean y piensen que no es para tanto. Les invito a releer nuevamente cada experiencia y ponerse en su lugar. No quizá como un hombre acosado por una mujer -ya sabemos que muchos dirían que se prestan voluntarios; aunque sospecho que la realidad no sería tan bonita como ellos bravuconamente piensan- sino como una persona acosada por otra persona más fuerte físicamente y que sabes que un determinado momento puede obligarte a actuar en contra de tu voluntad. Poneos en la situación de esa víctima y, por favor, explicadme si es o no para tanto.

Y sin más, las dejo hablar a ellas:

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Roberto se quiere suicidar

Roberto se quiere suicidar. O al menos eso le escucharon farfullar el otro día en casa. “Voy a matarme”, exclamó dramáticamente mientras cogía el mando de su recién estrenada Play Station 4. “Esta vida es un asco”, agregó, a modo de aclaración, antes de encender la consola y empezar un partido en el último juego de la franquicia FIFA.

Roberto está disconforme con su vida y no me preguntéis por qué. Viene de un entorno familiar sin grandes problemas, vive sin estrecheces, tiene una buena casa, unos buenos padres, unos buenos hermanos e incluso un buen perro. Tiene ordenador propio, varias consolas, tablet, móvil y una habitación para él solo. También tiene amigos, aunque la mayor parte del tiempo sólo los vea a través de una pantalla. Tiene un balón que apenas coge y una bicicleta que ya se está oxidando. Tiene absolutamente todo lo que un chico de su edad puede desear, pero para él no es suficiente.

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De perros y piedras

Tengo un perro. Probablemente se hayan dado ustedes cuenta, ya es mi imagen por defecto en varias redes sociales. Tener un perro está bien, entre otras cosas, porque te ahorra el trago de elegir qué foto pones de avatar en Twitter, Facebook o Whatsapp; eliges una del perro y punto. Es una más de las ventajas infinitas que supone meter un can en tu casa: por ejemplo, antes de que Dios inventara las cámaras digitales, cuando había que esperar a que el carrete se acabara para ir a revelarlo y ver las fotos de tu fiesta de cumpleaños, los afortunados dueños de perro no teníamos ese problema. Envidiadnos.

A lo que yo iba. Mi perro. La verdad es que no es el mejor perro del mundo. Probablemente tampoco sea el mejor perro del pueblo donde vivo, y somos 3.000 habitantes, así que el listón está bajo. Nunca ha rescatado a una niña de un granero en llamas -entre otras cosas porque aquí sólo hay secaderos de tabaco-, ni me ha defendido de unos matones -en honor a la verdad hay que aclarar que jamás me han atacado ningunos matones- y como no ha entrado jamás un ladrón en casa, no sé qué haría en tan comprometida situación. Deduzco que seguir durmiendo como un tronco, porque está sordo como una tapia y ni se enteraría.

Mi perro -a estas alturas debería haber aclarado ya que es una perra– nunca ha sido ni el más listo ni el más guapo -tampoco es feo- ni hacía trucos de circo, ni conseguí enseñarle siquiera a que se tumbara -o sea, tumbarse sabe, y a las mil maravillas, pero no a mi voluntad-. Tampoco levanta demasiados halagos, porque mi perra, llamémosla con propiedad, era un cuerpo redondo con dos orejas cuando la vi por primera vez, y así creció, grandota y panzuda, a pesar de todos los paseos, todas las dietas y todos los piensos -especiales para perros obesos, para perros obsesos castrados, y para perros obesos castrados adictos al sofá- que le hemos suministrado.

Mi perra en su estado natural.
Mi perra en su estado natural.

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El efecto menéame y el efecto de una frase

La cosa va así:

He tenido muchísimos blogs a lo largo de mi vida. Algunos compartidos, la mayoría en solitario, ninguno lo ha leído ni el Tato. Actualmente soy co-autora del probablemente mejor blog que puede encontrarse sobre la cantera del Real Madrid, intento mantener un fotolog que normalmente alcanza picos de tres visitas por post (una es la de mi madre, a la que aprovecho para mandar un saludo. ¡Te quiero, mamá!), y escribo en un tuiter (alias @naru) donde tras casi siete años (dentro de 7 días los cumplo según Tuitutil, que nunca pensé que fuera a ser útil para algo) tuiteando he alcanzado la barbaridad de setecientos y pico followers, pico que es variable según el día -hoy digo que Lass Diarrá es el mejor mediocentro del mundo y gano diez de una tacada, y mañana digo que el Granada va a meter muchos goles y obviamente los pierdo; o sea, lo normal-. De vez en cuando digo algo que hace gracia y me lo retuitea mucha gente (creo que no he llegado ni a cien retuits) pero vamos, para que ustedes se entiendan, normalmente nadie me hace mucho caso y veo normal que así sea porque no digo nada interesante o que otros no hayan dicho ya. Honestidad ante todo.

Hace tres años me llamaron por primera vez para cubrir una sustitución en un instituto (hablo aquí de la experiencia) y lógicamente a todos mis amigos les despertó la curiosidad y quisieron saber cómo lo llevaba, si algún alumno me había mordido y ese tipo de preguntas que todo el mundo suele hacerte cuando eres docente. Alguien se inventó el término “profeaventuras” para las batallitas que iba contando, y como era un poco cansino andar siempre repitiendo las cosas por distintas redes sociales, me abrí un blog. Un blog que no es éste, aunque los artículos son (casi) los mismos. Un blog donde contaba mis cosas del día a día, mis experiencias de profe novata y esos secretos que nadie se atreve a preguntar, como si es verdad que se hacen sacrificios rituales en la sala de profesores -debo de decir que yo en la sala de profesores he visto y escuchado cosas que nadie creería, pero si las contara os tendría que matar, así que no hablaremos de ello. Hoy-.

Entre la Junta de Andalucía y el gobierno central, ambos igualmente queridos por mi persona, nos mandaron a casi 5.000 interinos a la calle, por lo que se me acabaron las anécdotas y las profeaventuras diarias. Decidí darle un ligero cambio al blog, ejemplificado en una mudanza de blogger a wordpress, con un nuevo diseño muy majete y un tono bastante más general. Tuve que limar alguna de las entradas anteriores, alguna directamente la borré -la de los sacrificios rituales- comenté alguna serie, alguna chorrada y ahora me ha dado por hablar de Historia porque para eso es mi blog y hablo en él de lo que quiero -mientras no sea delito-.

Normalmente me leen cuatro gatos muy contados. De mis setecientos y pico followers, normalmente me retuitean o enlazan el artículo de entre dos a cinco, la mayoría sólo porque me quieren mucho, como mi amiga @ElaBlackriver, co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid. A veces he tenido algún pico de lectores importante, como con este artículo que escribí en un momento de cabreo tras el informe PISA de las narices, que fue bastante RT. Adjunto una captura de pantalla con el histórico de posts con más visitas para que veáis el nivel (no cuento la entrada de Spartacus porque doy por hecho que más de uno habrá caído en ella por error, al ser una serie conocida y tal).

Estadísticas_del_sitio_‹_Profeaventuras_—_WordPress

Como veis aquella entrada no llegó a las 200 visitas y ya entonces me pareció un locurón. Cuando hablo de Historia no me leen ni 100 personas, lo que veo muy normal porque la brevedad, como ya habéis comprobado, no forma parte de mis virtudes.

A lo que iba.

Como podéis comprobar si hacéis scroll y tiráis p’abajo, últimamente estaba enfangada en un tema que me apasiona, la leyenda negra. No es que espere cambiar el mundo, pero al menos tener algo que enlazar cuando el próximo 12 de octubre vuelva a leer tonterías. Cuando escribo un artículo de historia lo hago a conciencia, y cuando digo a conciencia quiero decir con al menos tres libros de consulta sobre la mesa. Lo reviso unas diez mil veces antes de publicarlo, con el objetivo de que ninguna frase pueda malinterpretarse. Y obviamente de vez en cuando se me cuela algún gazapo. Porque oigan, nadie es perfecto. No, ni siquiera los licenciados en Historia (estamos ahí ahí pero no).

Esta semana me habría tocado investigar sobre Colón y el pecado original que aparentemente arrastramos los españoles desde hace 500 años, pero dio la casualidad de que llevo más de una puñetera semana sin apenas moverme de la cama por problemas de espalda y ayer que pude sentarme a escribir me apetecía hablar de otra cosa. De una cosa que llevo un tiempo comentando con mis amigas por determinadas circunstancias desagradables que nos han ocurrido de una forma más o menos reciente y que nos han hecho pensar que el machismo ha avanzado. Lo enlacé con situaciones que había vivido en clase y ya tenía un post. No lo revisé mucho (dos o tres veces, lo mínimo en mí) porque era una opinión. De hecho el quid del post es el relato de cómo he vivido unos 10 años equivocada. O sea: no puedo pretender llevar menos la razón. No puedo arrepentirme más de cómo yo pensaba que la discriminación iría quedando atrás con el paso natural de las generaciones. Y lo digo. Varias veces.

Le di al botón de publicar pensando que me leerían los cuatro gatos y medio de siempre.

En ese momento mi amiga @dagasutil, que también me quiere mucho y está al quite de todo, y por cierto también es co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid existente, me advirtió de que estaba confundiendo feminismo con hembrismo. Yo le contesté que el concepto de hembrismo lo conocí hace dos días (fui a buscar si estaba en el DRAE pero en ese momento justo estaba caído el servidor del Diccionario) que obviamente tengo muy claro lo que es el feminismo desde el punto de vista histórico y que no era la intención dar a entender que feminismo buscara la superioridad. Ahí consideré aclarado el tema y no creí necesario revisar la entrada porque no pensaba que fuera a leerla nadie más. Después @dagasutil y yo estuvimos debatiendo con el que considero una de las mejores personas que puede encontrar uno en tuiter, @ivanof_ivan, autor del que probablemente sea el mejor blog sobre historia y cantera del Real Madrid, sobre el de avance o no del machismo y si a veces los medios de comunicación hablan muy parcialmente de este tema y si algunos hombres, como a él le ha pasado, se ven injustamente tildados de machistas (en su caso por cederle el asiento a una mujer).

Tras esto, me tomé mi dosis de analgésicos, que falta me hacían, y me fui a dormir.

Esta mañana al levantarme he visto que alguien más había compartido el post. Tenía dos comentarios en tuiter que me han llamado la atención: uno diciendo que había un párrafo que sobraba y otro diciendo que había quedado muy “womensplaining”, cosa que admito que he tenido que preguntar lo que significaba. Yo he contestado diciendo que es mi opinión en mi blog y que no considero que ninguna opinión sobre, a lo que, tras insistirme que sí, he dado por zanjado el tema porque a mí nadie me dice lo que tengo que escribir en mi espacio web personal. Todo esto, en medio de la calle y sin tener la más remota idea de cuántas personas habían visitado o no el post.

Al llegar a casa, poder encender el ordenador y entrar por casualidad al panel de wordpress me he encontrado con decenas de comentarios y he empezado a adivinar por dónde iban los tiros cuando alguien ha mencionado la palabra “menéame”. Conozco el efecto menéame pero nunca había imaginado que acabaría siendo víctima de él. Aunque la mayoría de comentarios eran, tengo que decirlo, bastante respetuosos, casi todos me acusaban de no tener claro lo que era el feminismo. Después de hacer un sondeo en tuiter varias personas me han señalado dónde estaba el error. En esta frase:

Nunca he sido feminista. Nunca he creído que los hombres deban ser menos que nosotras.

Vale.

Más de dos mil palabras de post y UNA FRASE, UNA, arma la de Dios.

Analicemos la frase:

Nunca he sido feminista PUNTO Nunca he creído que los hombres deban ser menos que nosotras PUNTO. No estaban relacionadas. No pretendía dar a entender que el feminismo equivalga a luchar por la superioridad de la mujer. Quizá debía haber expresado mejor ese párrafo, no lo pongo en duda, pero vuelvo a explicar que no pensaba que nadie que no me conociera fuera a leerlo.

El caso es que, entre más de 2000 palabras, UNA FRASE podía ser interpretada en un sentido o en otro. Y pese al que EL RESTO DEL POST demostraba claramente que tengo de machista lo mismo que de socia culé, al menos una veintena de comentaristas decidieron interpretarlo de la peor forma e indignarse.

Y lo más curioso es que todo ese párrafo lo escribí para ahorrarme los más que previsibles calificativos de “feminazi”, etc, que suelen asaltarme en tuiter cuando menciono el tema. O como ha resumido muy acertadamente un comentarista que firma como David:

Has querido librarte de avinagradas acusaciones masculinas de feminazi,y por tu correcto uso de las comas has acabado con un ejército de feministas aclarándote los términos.

Tal cual.

Después de cansarme repitiendo a todo el mundo lo mismo, he hecho caso a mi amiga @MissRakelU91, que por cierto ha escrito un poema precioso de San Valentín, he copiado el texto aclarando el error en la entrada del post y ahí, más o menos, se ha calmado un poco la Furia.

Y ahora vamos al tema.

Ustedes, salvo las personas mencionadas y algún otro comentarista, no me conocen un pimiento.

Ustedes no saben quién soy, cómo soy, qué pienso, a quién defiendo, con qué me indigno. Ustedes no saben más de lo que he contado en el anterior post porque ustedes hasta hace unas horas no conocían la existencia de este blog. Y sin embargo, por una frase malinterpretada, ustedes se creen con derecho a juzgarme.

Me han juzgado como persona, como mujer, como estudiante de Historia y de Máster y, lo que más me duele, como docente. 

Por una frase.

Me he tomado la molestia de contestar -o intentarlo, puesto que no dejan de llegar- todos los comentarios. Todos, menos uno, con educación. Alguno con mi característica malafollá. Algunos comentaristas han respondido para aclarar, para acotar, para aceptar el malentendido. Puesto que por alguna razón WordPress no me deja responderles, desde aquí les doy las gracias. La mayoría, sin embargo, no lo han hecho.

Y no se tomen como revanchismo, sino simple aprendizaje -simple muestra de hasta qué punto asusta que más de diez mil personas que no te conocen de nada lean tus palabras- voy a hacer una recopilación de todo lo que se me ha dicho o de lo que se me ha acusado por una, repito, frase mal interpretada o por el resto del contenido del post. Pueden comprobarlo en los comentarios (que por cierto, son moderados por el spam, pero los apruebo todos).

– Medio idiota (Twitter).

– Se me acusa de “trazas de machismo inducido”.

– Tonta (el autor se ha disculpado por la agresividad de su primer mensaje, lo que agradezco).

– Inocular esas creencias [confundir feminismo con hembrismo].

– Se me acusa de no conocer el concepto de feminismo habiendo impartido CSG (con la autora de este mensaje también ha quedado el malentendido aclaro, también se lo agradezco).

– Se me echa en cara cómo puedo decir que nunca he sido feminista siendo una licenciada con máster (?).

– Se me acusa de ser “el típico pagafantas” (¡!).

– De nuevo se pone en duda mis conocimientos para impartir CSG (pero la persona se toma la molestia de leer los comentarios y comentar inmediatamente para aclarar que ha entendido el malentendido, lo que le honra aún más).

– Se pone en duda si sé lo que es el feminismo y se me acusa de dar cancha a los que piensan que equivale no a igualdad sino a superioridad.

– Se me acusa de criminalizar a los hombres porque me hayan dicho cosas yendo por un barrio chungo (?).

– Se me acusa de adoctrinar por impartir una asignatura establecida por el currículo de la ESO.

Y el mejor comentario de todos, del que extracto la mejor parte (educadamente lo he mandado a freír monas, como pueden ustedes comprender). Las negritas son mías:

Las horribles experiencias que ustedes han tenido sobre ser servidos en el ultimo momento por sus abuelas, de ser miradas mal o sobadas en los transportes públicos o por haber experimentado algunos inconvenientes por causa de su condición de mujeres me hacen pensar que son unas lloricas, eternas victimas profesionales, incapaces de reconocer las muchas razones que tienen para ser felices estando agradecidas y continuamente ocupadas en magnificar cualquier carencia por pequeña que sea.

Todo esto con la perplejidad de gente que da la casualidad que sí me lee en Twitter y me conoce, como @Matiasea_, al que por cierto deberían leer si son aficionados del Granada, @Rokko69_RM, al que siempre es un gustazo leer en Varikyno, @ChiquiPalomares que además de ser una cuenta que hay que seguir por defecto al entrar a Twitter resulta que tiene un libro muchísimo más interesante que lo que estáis leyendo ahora y que deberíais ir a comprar YA (son 0,89 céntimos, tacaños).

Y por supuesto, de mi amiga @lady_valkyria, que es co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid.

Sí, llevo todo el post intentando aprovechar el efecto menéame para publicitar a gente que me sigue en Twitter y ha hablado conmigo de este tema a lo largo del día de hoy, y así intentar sacar algún provecho de tanta acusación falsa y tanto insulto de señores y señoras que no me conocen de nada. Tanta puesta en duda sobre mi formación académica, sobre mi trato a los alumnos/as y sobre mi labor como profesional de la enseñanza.

También he sacado provecho de las experiencias interesantísimas que han compartido la mayoría de los que se han parado a leer los comentarios anteriores antes de prejuzgar, y comparto los enlaces que me han dejado Vicente (vídeo sobre una sociedad homosexual), Antonio (la conversación que deberías tener con tus hijos), Heli (sobre el concepto de femininazismo), y CristinaNeliel (todo su comentario es recomendable, pero además deja un anuncio sexista al que muchos no dan importancia). A todos ellos, gracias.

Porque al final de todo se aprende.

En el momento previo a publicar este post (20:48h) , la entrada de la discordia ya lleva más de 11.000 visitas, con unos 36 comentaristas, de las cuales unas 13 personas malinterpretaron mi frase pero sólo 3 contestaron conciliadoramente al ofrecer yo la explicación.

Y las conclusiones de este post las sacáis vosotros, que se os da mejor que a mí.

Ahora vais y lo meneáis.

Sobre machismo, patriarcado y los macarrones de mi abuela

ACTUALIZACIÓN: en vista de que por alguna razón hay gente leyéndose esto me veo en la necesidad de editar con una aclaración que ya he copiado y pegado (pido perdón por la descortesía, porque lo es) a quien me lo señala en los comentarios:

Antes de nada me gustaría aclarar que no confundo feminismo con lo que por lo visto se denomina hembrismo. Para mí como historiadora el feminismo es un movimiento social que tiene su fin en la igualdad de derechos. Me han comentado varias personas que hay un párrafo que puede inducir ese error, pero simplemente pretendía concatenar varias ideas para “curarme en salud” ante posibles ataques de machistas acusándome de “feminazi” (ya lo han hecho). Es un error de expresión mío, o mejor dicho, falta de cuidado al redactar un párrafo de lo que consideraba un simple post de opinión de un blog que sólo leen mis amigos cercanos. Lo lamento.

No obstante, queridos transeúntes que hoy por alguna razón transitáis por un blog que, como señalo, sólo leen mis cercanos, me resulta terriblemente curioso que por una simple frase que puede ser interpretada de ambas formas (con continuidad y sin continuidad; en realidad sólo hacía una concatenación de ideas, como ya he dicho, por curarme en salud) se me esté insultando, cuestionando mi formación y -aún peor- mi desempeño como docente cuando si se lee de forma reflexiva el resto del post está claro que me posiciono claramente a favor de la igualdad y que intento que mis jóvenes alumnos y alumnas lo hagan.

Sin más, el post original:

(Esta semana tocaba hablar de los mitos del Descubrimiento/Conquista de América, pero ciertos problemas de salud me han tenido más en fuera de juego que David Villa, así que tengo poca o ninguna gana de embarrarme con los conquistadores, Theodore de Bry y la Brevísima. En su lugar ofrezco una opinión, prescindible como todas las mías, de algo que sin embargo me preocupa bastante más que nuestras leyendas negras, rosas o multicolores.)

No recuerdo que edad tenía cuando aconteció la anécdota que me dispongo a contar, una de esas imágenes de la infancia que se han quedado grabadas a fuego en mi memoria. Imagínense la típica reunión familiar en casa de la abuela, con sus hijos, sus cónyuges y la patulea de molestos críos (yo entre ellos) correteando toda la mañana de aquí allá. Imaginen la hora de la comida, todos sentados, hambre canina, aparece mi abuela llevando una fuente de, lo recuerdo como si fuera ayer, macarrones con su carne picada y su chorizo.

Mi abuela, que en paz descanse, no permitió hasta el día de su muerte que nadie le arrebatara su papel de matriarca. Era su casa, cocinaba ella, servía ella. Y sólo sus hijos del sexo masculino tenían derecho a hacer ademán de contradecirla. Faltaría más.

Fue ése el día en el que me di cuenta, probablemente porque tenía los ojillos clavados en la carne picada y el choricillo, porque tenía más hambre que el perro de un ciego, qué se yo. Me di cuenta, salivando como estaba, que mi abuela sirvió la comida en un estricto orden: primero sus hijos varones, después mis primos varones (desde el que era mayor que yo hasta el que era menor que yo), después su única hija mujer. Y ya después el resto. Para cuando llegó a mí, ya no quedaba nada del condumio que tanto me había hecho rugir el estómago. Para cuando sirvió a la menos preferida de sus nueras (también conocida como la señora que me dio a luz) su ración era sustanciosamente menor que la de cualquiera de mis tíos.

Y así fue siempre.

Probablemente os estéis preguntando a santo de qué viene esto. Quizá la escena que acabo de describir la has vivido tú mismo. Quizá la sigues viviendo. Quizá te parece una chorrada. Quizá no. Quizá te preguntes por qué siempre estoy hablando de comida (tienes derecho a hacerlo).

Quizá te des cuenta de que esta anécdota sólo refleja el final de una época y de una mentalidad, los que yo creía últimos coletazos de una sociedad donde el hombre, de la edad que fuera, estaba naturalmente por encima de la mujer y tenía derecho a alimentarse mejor, a vestirse mejor, a cobrar más, a recibir mejor educación. Últimos coletazos, digo, porque esta mentalidad machista fue muriendo a medida que menguaba el poder de la matriarca y las comidas familiares se diversificaban en casa de hijas y nueras. A medida que se ampliaba la familia, a los niños siempre se les servía primero, los adultos recibían su plato de comida de forma equitativa y aleatoria y todo el mundo veía normal que los primos con pene y los primos con vagina jugáramos a los mismos videojuegos.

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La vida 2.0

Hace muchos años -no tengo el valor de contarlos- cuando empezó a popularizarse la presencia de cibercafés en España, recuerdo que una de las aficiones principales de cualquier pandilla de amigos -la mía, mismamente- era quedar “para ir al cíber” y desde allí, cada uno en un ordenador o por parejas, entrar a lo que genéricamente se conocía como “el chat”, porque entonces nos parecía realmente novedoso eso de estar hablando con un señor de la Conchinchina desde un local cutre junto al bar de Paco.

Entretenimiento adolescente a finales de los años 90.

El chat, en la mayoría de los casos, solía ser el mítico IRC, y la diversión, que ahora me parece absurda, solía seguir el mismo patrón. Uno abría el mIRC, se conectaba a los socorridos canales correspondientes (#granada en nuestro caso, #sexo en el de los adolescentes de corte más salidorro) e iniciaba aleatoriamente conversaciones con los nicks que más curiosos nos parecieran de la siguiente forma:

– hola
– hola
– como estas?
– bien y tu?
– tb

Y así hasta el infinito.

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Tres imágenes y dos preguntas (sin respuesta).

Hay imágenes que marcan a toda una generación. Estoy segura de que, si pregunto a mis padres, podrán decirme dónde estaban y qué hacían el día que cayó el Muro de Berlín, el día del atentado contra Carrero Blanco o el 20 de noviembre de 1975. Un profesor de carrera nos relataba con una escaloriante precisión el brutal terror que le recorrió el cuerpo cuando, recibiendo una clase práctica de la autoescuela, escuchó en la radio del coche que Tejero andaba pegando tiros en el Congreso.

Puede que algunos de estos sucesos no les afectaran personalmente -es obvio que la muerte de Franco supuso un radical giro en la Historia de España- pero de alguna forma les marcaron. No les perjudicó -ni benefició- directamente pero jamás lo olvidarían. No volvieron a ser los mismos.

De la misma forma, hay tres sucesos, tres hechos, que se imprimieron a fuego en la generación de los nacidos a mediados de los ochenta y que ninguno de nosotros podrá olvidar. Sucesos que nos afectaron -en su mayoría- indirectamente, pero que dejaron una profunda huella en nuestra forma de ser y pensar.

Asesinato de Miguel Ángel Blanco

Julio del 97. Yo tenía once años y ETA era tan sólo un concepto nebuloso. Estaba pasando los días en la casa de mi abuela en el pueblo, soportando el insoportable verano jiennense con la pequeña y rudimentaria piscina, casi alberca -sin depuradora, y donde el chorreón de lejía diario era el único mantenimiento que recibía el agua-, que teníamos en un rincón del patio cubierto de jazmines.

Fue antes de la época del móvil e Internet, cuando toda la familia solía reunirse en el salón a ver las noticias. Los mayores en los sillones y yo tirada en el suelo, probablemente leyendo. Fue en alguno de esos días tórridos y extraordinariamente largos cuando escuché por la tele que los de ETA habían secuestrado a un señor y amenazaban con matarlo si no acercaban los presos al País Vasco. O algo así.

No sé cómo me di cuenta de que aquella noticia no era una noticia más. Que no era un atentado más. Puede que en la ansiedad con la que toda mi familia seguía el caso por cada boletín de noticias. Puede que en las concentraciones espontáneas que empezaron a surgir por toda España.

Puede que fuera cuando al fin Miguel Ángel fue hallado muerto y los pelos se me pusieron de punta al ver a tanta gente reunida, manos al cielo y con una simple y aceptable reivindicación: PAZ. O que ocurriera al día siguiente cuando, tras la misa, en la placita de aquel pueblo jiennense vi a gente llorar a lágrima viva por un concejal vasco asesinado en un lugar del que ni siquiera había escuchado hablar antes.

Tenía once años y era poco lo que sabía de la maldad, pero aprendí durante aquellos días de agosto. Aprendí lo que era la crueldad. Me di de bruces con la realidad -con la realidad cruda del mundo, tan distinta de los cuentos, tan distante de los tebeos infantiles- al enterarme de que unos tipos habían mantenido preso a otro para luego dispararle un tiro en la nuca, como si fuera un animal, como si fuera uno de esos conejos a los que una vez vi desnucar en la calle de abajo.

Aprendí lo que era la injusticia, pero también la indignación. Tuve un primer contacto con la solidaridad, con la valentía. Y me sentí por primera vez parte de un mismo colectivo, de un mismo pueblo, que exigía justicia desde Ermua hasta Jaén.

Atentado de las Torres Gemelas.

11 de septiembre de 2001. Tenía quince años, para dieciséis, eran las tres de la tarde y, huelga decirlo, acababan de terminar Los Simpsons. Por indudable influencia de la familia amarilla, todos los telediarios de mi adolescencia tienen el logo de A3 y la voz de Matías Prats Jr.

Aquel mediodía, Matías Prats leyó los titulares -destacaba el caso Gescartera, primera plana en la época- y acto seguido anunció que estaban llegando imágenes de un incendio en una de las Torres Gemelas de Nueva York. Recuerdo la emoción del momento y que estuve a punto de levantarme para avisar a mi madre, que estaba en el pasillo hablando con la vecina. No lo hice, me quedé sentada, y vi las imágenes que pasaron a la Historia. El “Dios santo” de Matías. “La otra torre, la otra torre”. La toma de conciencia de que estábamos presenciando, en riguroso directo, un atentado de proporciones gigantescas.

Aquel día puede que sintiera el mismo escalofrío de terror que, años antes, había recorrido el espinazo de quien se acabaría convirtiendo en mi profesor de facultad. Fue la certeza de estar contemplando algo que cambiaría el mundo, y al mismo tiempo ese miedo, mezclado con una profunda intertidumbre, a lo que pasaría el día de mañana.

Si con Miguel Ángel Blanco aprendí lo que era la crueldad, aquel 11 de septiembre aprecié su auténtica magnitud. Llegué a obsesionarme hasta cierto punto con el atentado, recopilando reportajes en cintas VHS, con la obsesión de intentar comprender por qué alguien podía acabar con la vida de tres mil personas, de golpe y porrazo. No lo conseguí, evidentemente. Pero puede que aquel día se gestara mi pasión por la Historia.

Atentado del 11M

11 de marzo de 2004. Tenía dieciocho años y estaba en 1º de carrera. Era un jueves como otro cualquiera. Aún recuerdo las clases que tuve aquel día, y también que decidí saltarme la última de ellas para llegar antes a casa.

Por esa razón, el autobús que pasaba por el Campus de Cartuja iba medio vacío. Pero había algo más. En ese autobús, en el que iban una decena de personas, reinaba un artificial y sepulcral silencio, silencio como jamás lo había escuchado, un silencio que me hizo sospechar -no llevaba radio encima, no había oído nada dentro de la facultad, y aún quedaba mucho tiempo para los móviles con acceso a Internet- que algo iba mal.

Tengo grabado el trayecto a casa, mirar a la gente a los ojos y aumentar mi certeza de que algo había ocurrido. Y por encima de todo puedo rebobinar, como en una cinta de vídeo, el momento en el que abro la puerta, llevando la cartera en la mano -lo sé porque unos segundos más tarde la tiraría, con rabia, sobre la mesa-, y lo primero que veo es la televisión encendida con un puñado de hierrajos retorcidos.

Huelga explicar qué fue el 11M, qué significó, qué ocurrió después. Para mí fue como encontrarme el terror el casa, como entrar a mi habitación y ver allí a un desconocido. No conocía a nadie que se viera directamente afectado por la tragedia, pero me convertí en una bola de odio que durante una semana vagó por foros y webs varios, llena de resentimiento y sin poder dormir bien. Aún puedo notar parte de ese odio, aunque atemperado por los años. Aún conservo intacto el escepticismo, el asco total que me embargó al ver cómo los políticos usaban la muerte de más de doscientos compatriotas para ganar votos.

Fue como un largo viaje. Un día descubrí la realidad. Otro, el lado más atroz del ser humano. Entré en la carrera buscando un por qué, y un 11 de marzo me di cuenta de que la verdadera pregunta no era ésa, sino cómo solucionarlo. Me pasé el resto de mis años de facultad intentando encontrar la respuesta. Aún, podría decirse, sigo en ello.

Aunque empiezo a sospechar que no la tiene.