Dale limosna, mujer

Granada al pie de Sierra Nevada

Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada. Si es usted granadino me juego la vida -me iba a jugar el portátil, pero me parecía excesivo- a que ha visto esta frase impresa en aproximadamente medio millón de azulejos a lo largo de su existencia. Si tiene usted un amigo granadino, me la juego a que se lo ha escuchado decir un centenar de veces, porque somos un pelín pesados. Que no les engañen: el verdadero origen de nuestro pique con los sevillanos es que aún no hemos conseguido decidir qué pueblo es más rematadamente chovinista.

Dale limosna, mujer. Casi todos ignoran quién fue el autor de esos versos -yo lo he mirado en Internet, la verdad- y casi nadie se pregunta por qué ha de ser la mujer la que dé limosna -pero no es ése el motivo de esta entrada-. Dale limosna, mujer, repetimos orgullosos como si el ciego siguiera siendo el único que necesita piedad en esta bendita y maldita ciudad; agujero negro de esperanzas juveniles, paro galopante, industria que va desapareciendo poco a poco y un tejido empresarial centrado en una hostelería que vive casi exclusivamente de la llegada del foráneo.

Dale limosna, mujer. Porque se han olvidado todos de ella. Porque languidece al pie de su sierra, como un juguete que alguien hubiera dejado abandonado. Zaherida por políticos indignos, sin la ayuda de los de fuera y el empuje de los de dentro. Condenada, en parte por una decisión interesada que atentaba contra su Historia, en parte por ese carácter granadino que jamás tiene otra iniciativa propia que la de echar balones fuera. Dale limosna mujer y apiádate de ella, porque un día fue grande y cada vez se va aletargando más, como ese enfermo que simplemente se resigna a morir.

Danos limosna, mujer. Porque los granadinos, en honor a la verdad, siempre hemos sido un poco ciegos.

– Granada, 28 de febrero de 2014 (día de Andalucía).