El lugar al que siempre hay que volver

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Por razones sentimentales, y a pesar que estoy inmersa en la edición de fotos de mi segunda patria, hoy toca instantánea de la primera.

Supongo que un granadino hablando de la Alhambra no es lo más original del mundo. Supongo que alguien hablando de la tierra en la que nació y que lleva dentro, tampoco. Y eso que yo nací en Granada por casualidad. No había nada en mi familia que me vinculara con la ciudad nazarí. Quizá por eso fui a venir al mundo aquí. A la vera del Genil y a la vista de nuestra reina y señora. La que lleva ocho siglos vigilando desde su colina una tierra por la que a veces -y esto no es un halago- no parece pasar el tiempo.

Canta uno de mis grupos preferidos, los asturianos Warcry, que “si tengo que morir sea un día de lluvia y mirando hacia el mar”. Morir, me temo, es algo que tenemos que hacer todos. La lluvia en Granada es un fenómeno menos anecdótico de lo que la gente piensa, pero tampoco me importaría que hiciera sol. Sustituyan el mar por el Darro o el Genil y yo sería feliz, pero me parece que no hay tantos hospitales con esas vistas, y si sucede inesperadamente no creo que en semejante tesitura esté yo para apreciar exquisiteces. Me conformo con que me metan bajo tierra para siempre  en el cementerio situado significativamente cerca de la Alhambra. Como si ni después de muertos los granadinos quisieran separarse de la vieja señora, altiva y roja, que habrá siempre de vigilarnos.

 

– Granada, 25 de agosto de 2013.

Leones

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«Bendito sea Aquél que otorgó al iman Mohamed
las bellas ideas para engalanar sus mansiones.
Pues, ¿acaso no hay en este jardín maravillas
que Dios ha hecho incomparables en su hermosura,
y una escultura de perlas de transparente claridad,
cuyos bordes se decoran con orla de aljófar?
Plata fundida corre entre las perlas,
a las que semeja belleza alba y pura.
En apariencia, agua y mármol parecen confundirse,
sin que sepamos cuál de ambos se desliza.
¿No ves cómo el agua se derrama en la taza,
pero sus caños la esconden enseguida?
Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas,
lágrimas que esconde por miedo a un delator.
¿No es, en realidad, cual blanca nube
que vierte en los leones sus acequias
y parece la mano del califa, que, de mañana,
prodiga a los leones de la guerra sus favores?
Quien contempla los leones en actitud amenazante,
(sabe que) sólo el respeto (al Emir) contiene su enojo.
¡Oh descendiente de los Ansares, y no por línea indirecta,
herencia de nobleza, que a los fatuos desestima:
Que la paz de Dios sea contigo y pervivas incólume
renovando tus festines y afligiendo a tus enemigos!»

– Ibn Zamrak. Poema escrito sobre la taza de la fuente de los leones.

 

 

– Granada, 25 de agosto de 2013.