Breves apuntes sobre el acoso escolar

Hace tiempo -meses, en realidad- que tenía pensado escribir algo sobre el tema del acoso escolar. Debido a lo ocurrido en los últimos días con el suicidio de un joven transgénero me animo a plantear unos puntos que sólo pretenden sacar a la luz algunos de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de tratar un caso de este tipo desde los institutos:

1. El acoso escolar es un tema complejo que no se soluciona simplemente expulsando a los agresores -ése suele ser el primer paso, pero no la solución; además, a los agresores no se los puede expulsar eternamente-. Hay que entender que tras el o los agresores suele haber un grupo más o menos numeroso que silenciosamente los respalda o al menos no hace nada por evitarlo. Y tras este grupo, hay un estigma social o un gran desconocimiento -como en el caso que nos ocupa- que es en realidad el origen de todo.

2. Hay que atacar el desconocimiento desde su base, y hay que hacerlo, por supuesto, con educación. Educación en el instituto pero también en casa, porque no hay que olvidar que los principales modelos de los niños son sus padres. Hay que dar ejemplo a los críos, no sólo educándolos desde el respeto y enseñándoles que no hay que insultar ni pegar a nadie -eso lo hacen más o menos todos- sino dando un paso más allá, como no permitir una sola broma o desterrar palabras que denoten machismo, homofobia o transfobia.

3. En el instituto hay asignaturas que tocan estos temas, como Ética o Educación para la Ciudadanía. Estas asignaturas tienen los siguientes problemas: se suelen impartir con materiales anticuados que no evolucionan al mismo ritmo de las sociedad, presentan un currículo que es sistemáticamente atacado y/o modificado por la administración, y apenas tienen profesores especialistas que las impartan. Lo que me lleva al siguiente punto:

4. En el mejor de los casos estas asignaturas las impartirá el de Filosofía -si es que hay profesor de Filosofía en el instituto-, en el menos malo alguien del departamento de Ciencias Sociales y en la mayoría de ocasiones se encasquetarán al primero que pase por allí y que necesite completar horario, ya sea de Música o de Inglés. ¿Se imaginan los problemas que puede generar que alguien no especialista en Matemáticas imparta esta asignatura? Pues eso es lo que pasa habitualmente, y lo que se permite, con Ética y Educación para la Ciudadanía. Y aquí ya se depende de la buena voluntad del profesor en sí, de sus ganas de actualizarse y de aprender por su cuenta.

5. Porque es que, y esto es importante, nadie nos forma como colectivo para tratar casos de acoso o de identidad de género, como nadie en realidad nos ha formado de forma oficial para enfrentarnos al cóctel de emociones que sacude a un alumno cualquiera de Secundaria. Una licenciatura (o un grado) en el que no se toca nada de Pedagogía y un Máster o un CAP absolutamente vacíos de contenido son el bagaje que llevamos cuando nos metemos por primera vez en un aula. Aprendemos a base de experiencia, de consejos de los compañeros, de ensayo y error. Y ante determinadas situaciones, nos sentimos desorientados y desbordados. Sólo podemos recurrir a la única persona del instituto que se ha formado específicamente para comprender y saber tratar al adolescente.

6. Esta persona es el orientador. En mi instituto hay uno. Uno. ¿Sabéis cuántos alumnos hay? Mil. Sí, mil. Mil alumnos a los que aconsejar, tratar, diagnosticar y detectar problemas a tiempo antes de que vayan a peor. Mil.

7. Yo no tengo tantos; sólo 130. 130 nenes y nenas a los que no había visto nunca y a los que sólo ahora, después de tres meses, puedo decir que empiezo a conocer. Soy de la afortunadas en este sentido, tengo compañeros que por su disposición de grupos y carga lectiva asociada a cada asignatura pueden fácilmente doblar el número de alumnado. La de Ciudadanía, sin ir más lejos, ve a su clase una hora a la semana. Lo que pretendo decir con esto es que algunos casos de acoso se detectan desde el propio Equipo Educativo, pero otros nos pasan por alto sencillamente porque no conocemos tan bien a los chicos para detectarlos.

8. En mis grupos se están tratando actualmente dos casos de acoso. Uno lo detectó la propia tutora, leyendo entre líneas una redacción libre enviada durante una de las pruebas de Evaluación Inicial, en una muestra de sensibilidad que a mí me dejó admirada. Del otro nos informó la propia madre, revelándonos que la persona que todos pensábamos que era la mejor amiga de su hija, a quien se ve charlar animadamente con ella en todas las clases, es en realidad su acosadora. En ambos casos se puso inmediatamente en marcha el protocolo de actuación diseñado por la Junta de Andalucía, y actualmente desde Orientación y Jefatura se trabaja en una titánica labor de zapa y desgaste, de tirar de la madeja y de horas de charla, para averiguar lo sucedido. Porque resulta que en un caso la cría no quiere hablar -saber lo que ha pasado realmente siempre resulta muy difícil- y, en el otro, el acoso sale fuera de los ámbitos del instituto.

9. Ésa es otra: el acoso persigue al acosado, incluso cuando suena el timbre de clase. Leo que Alan se cambió de localidad, y no me extraña, porque Amanda Todd también cambió de instituto. El acoso continúa en las redes sociales, el acoso continúa por móvil, el acoso continúa en las calles si hablamos de un instituto situado en un barrio o un pueblo pequeño. El acoso, a veces, tiene el beneplácito de la propia sociedad.

10. Por eso el acoso no se puede vencer desde casa ni desde el instituto, sino desde todos los frentes a la vez. Padres, profesores, sociedad implicados en no dejar pasar ni una más, ni un desprecio más, ni un término despectivo más, ni una agresión más. En mi opinión, también sería necesario endurecer las medidas -alguien me dijo una vez que debería ser el acosador el obligado a cambiarse del instituto, costeando su familia los gastos de transporte originados- de los protocolos de actuación. Y desterrar tópicos sobre asuntos como la transexualidad con la formación obligatoria para el profesorado y más charlas de concienciación y talleres para el alumnado. Sólo así estaremos preparados para enfrentarnos a esta lacra y asegurarnos de que un caso como el de Alan no vuelve a repetirse.

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