Series históricas: Templarios

Reconozco que acogí con entusiasmo la noticia de que Canal de Historia -ya sabéis, el de los aliens– produciría una serie sobre los templarios ambientada en la Península Ibérica. Y es que la incursión de este canal en el mundo de las series no ha podido ser más positiva: Vikings -de la que soy fiel seguidora- y The Bible -a la que aún no he podido echar el guante, pero de la que me llegan referencias muy buenas- han sido todo un éxito. Con estos antecedentes, se comprende que me frotara las manos al pensar que se emularía el éxito de los de Ragnar Lothbrok, pero esta vez con los legendarios caballeros de la Orden del Templo como protagonistas.

Esto es humildad y no lo de Xavi Hernández.
Esto es humildad y no lo de Xavi Hernández.

Reconozco, también, que mi primera toma de contacto con Templarios fue una total, absoluta y profunda decepción.

Y es que resulta que Templarios no es una serie.

No es una serie como Vikings. No hay personajes demasiado perfilados, no hay diálogos, no hay un argumento como tal. Pese a lo que asegura con cabezonería tanto la página web del Canal de Historia como todas las referencias que he podido encontrar, Templarios es una serie documental con recreaciones al estilo de Memoria de España. Eso sí, un documental muy bien hecho, y con una voz en off espléndida que ayuda a meterse en situación. Pero un documental.

Pasado el bajón de ver que el producto que había estado esperando durante tanto tiempo no era lo que se había anunciado, lo cierto es que no me costó engancharme a Templarios, cuya primera temporada -seis episodios- se hace realmente corta.

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Historia de una desconexión

Ponte en situación: estás tan tranquilo, tienes diez minutos, una hora o toda la tarde libre. Te dispones a pasarlos resolviendo una tarea pendiente, viendo una peli, leyendo un libro o rascándote la panza. Todo está en calma; no se escucha una mosca, estás en paz con el mundo y el imbécil de tu vecino ya ha soltado el taladro. Que ya era hora, por cierto.

Y en ese momento bucólico, en ese instante de unión espiritual con el universo, en ese anhelado minuto de…

Piticlín

Anda, mira, si me ha llegado un tuit.

Tirirí

Cuchi. Un whatsapp.

Bip

¿Y éste para qué demonios me abre ahora una conversación en Facebook? Quiere dinero, fijo. Fijísimo.

Total. Que coges el móvil, miras el Whatsapp, contestas el tuit, abres Facebook. Y ya que estás, revisas el álbum de fotos que ha subido un amigo tuyo después de venir de la playa -no olvides dar me gusta a la imagen donde se ve su cabeza de lejos sobre las olas, con la barriga fofa del abuelito en primer plano-. Mientras tanto te entran dos tuits más, que contestas medio distraído. Porque ya que hemos cogido el teléfono, abrimos Instagram para ver cuántos corazones tiene la foto de los macarrones que nos hemos comido al medio día -para eso te esforzarse en disponer el queso rallado con forma de corazón-. Te siguen hablando en Facebook -sí, quería dinero-. Comentas “¡guapa!” a una foto que ha subido una amiga con el subtítulo “qué feaaaaa”. Alguien se ha unido a la conversación en Twitter, y las menciones se suceden mientras estás ocupado escribiendo un “jajaja” en todos y cada uno de los dieciocho grupos de Whatsapp a los que estás lamentablente unido. Entre todas las líneas de información intrascendente que se suceden en la pantalla de tu sufrido móvil, descubres que un famoso acaba de fallecer, así que vas corriendo a la Wikipedia para poder decir algo que suene erudito y sesudo junto al inevitable tag de #DEP. Que tú no eres menos que nadie.

De repente tus menciones en Twitter se empiezan a suceder a una velocidad endiablada; el pajarito está afónico de tanto piarte que tienes nuevos mensajes. Con horror descubres que has sido involucrado en una Conversación con Menciones Múltiples entre tres o más usuarios y un sudor frío te recorre la nuca sabiendo que es el final. Te has dejado coger desprevenido. Has cometido un error y lo vas a pagar caro con cada segundo de tu apreciado tiempo.

Y cuando te quieres dar cuenta, se te ha ido la tarde y no has hecho nada, absolutamente nada, de lo que tenías planeado.

¿A quién no le ha pasado?

Pues a mí ya no. Ya no más.

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