La muerte a la derrota.

Cuando uno repasa diversos acontecimientos de la Historia de España se da cuenta de con cuánta frecuencia encontramos intervenciones divinas en asuntos que nada tienen que ver con el cielo -aunque sí bastante con el infierno-. Aquí, como siempre, está todo inventado. Desde que el emperador romano Constantino hiciera del cristianismo su caballo de batalla tras tener una alucinación muy oportuna y ver en el cielo un crismón, así como con brillo de neón, con la leyenda In hoc signo vinces porque con Dios, ya lo dijo otro emperador, Carlos V, se habla en latín-. Desconozco con cuánta frecuencia el de allá arriba decidió empuñar las armas por otras tierras, pero lo que es seguro es que en España, desde antes de ser España, a santos, santas y vírgenes por igual no les tembló el pulso a la hora de bajar al suelo y alistarse para la causa. Eso, o que el español es un tío tan humilde que no le importa ceder a las divinidades el mérito de las victorias; como dijo Zeus en La Odisea, pero al revés.

Aquí tenemos de todo. Tan pronto aparece uno de los doce apóstoles en persona rebanando cabezas de moros en la batalla de Clavijo, como es la virgen de Covadonga la que echa una mano al buen Pelayo en la liza homónima. O te encuentras al madrileño San Isidro haciendo de Labordeta en mitad de Despeñaperros, guiando a Alfonso VIII y compañía. Parece que no somos felices si no podemos resolver una guerra solitos, sin ayuda de tal o cuál santo; como queriendo demostrar que hubo una época -ahora está claro que no- en la que Dios, como se suele decir, era español.

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