Leones

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«Bendito sea Aquél que otorgó al iman Mohamed
las bellas ideas para engalanar sus mansiones.
Pues, ¿acaso no hay en este jardín maravillas
que Dios ha hecho incomparables en su hermosura,
y una escultura de perlas de transparente claridad,
cuyos bordes se decoran con orla de aljófar?
Plata fundida corre entre las perlas,
a las que semeja belleza alba y pura.
En apariencia, agua y mármol parecen confundirse,
sin que sepamos cuál de ambos se desliza.
¿No ves cómo el agua se derrama en la taza,
pero sus caños la esconden enseguida?
Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas,
lágrimas que esconde por miedo a un delator.
¿No es, en realidad, cual blanca nube
que vierte en los leones sus acequias
y parece la mano del califa, que, de mañana,
prodiga a los leones de la guerra sus favores?
Quien contempla los leones en actitud amenazante,
(sabe que) sólo el respeto (al Emir) contiene su enojo.
¡Oh descendiente de los Ansares, y no por línea indirecta,
herencia de nobleza, que a los fatuos desestima:
Que la paz de Dios sea contigo y pervivas incólume
renovando tus festines y afligiendo a tus enemigos!»

– Ibn Zamrak. Poema escrito sobre la taza de la fuente de los leones.

 

 

– Granada, 25 de agosto de 2013.

Bulla

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Bulla es una aglomeración. También tener prisa. En el contexto que están ustedes viendo, es lo que también están viendo. Un puñao de gente que se planta delante de un paso semanasantero, en algunos casos para acompañarlo, y en otros, incluso, para entorpecerlo.

De vez en cuando vienen inocentes de fuera -extranjeros, sobre todo- y los ves rascándose la cabeza mientras intentan desentrañar lo que están observando, cual antropólogo perdido en una selva cualquiera. Aparentemente es más fácil aprender Física Cuántica que entender que la Semana Santa tiene casi tanto de tradición como religión; yo diría que más. Cualquiera que esté más o menos enterado sabe que bajo los pasos hay casi tantos ateos como enchufados en la Junta de Andalucía. Bueno, quizá no tantos.

La bulla es una manifestación de esa parte de tradición, a veces un poco gamberra, que sobrevive sin problemas junto a las piadosas saetas o a los pies despellejados de los penitentes más devotos. Una bulla es una intromisión en el sacrosanto cortejo procesional, intromisión permitida con más o menos benevolencia y tolerada a fuerza de muchos años y muchas noches de grupos de amigos reuniéndose con el único objetivo de plantarse delante del paso. En el caso más amable se trata tan sólo de ir caminando de espaldas frente al susodicho, y en el menos es el santo de turno quien tiene que ir empujando, y en esas lides tan sólo los bulleros más profesionales y duchos pueden meterse en el fregado sin arriesgarse a que le dé un patatús.

Una muestra más de cómo lo religioso se entrelaza íntimamente con lo más puramente apócrifo.

– Torredonjimeno, Jaén, 21 de abril de 2010.

Desmontando mitos: cuando Castilla deshizo a España.

“La tierra está desnuda junto al cielo”. Hace unos días leí esa frase referente a Castilla, y desde entonces se repite periódicamente, como un eco. Hablar de la orografía de Castilla sin caer en el tópico de la meseta infinita y la inacabable planicie es difícil. La metáfora de la tierra desnuda junto al cielo es probablemente lo más original y exacto que haya leído; no puedo evitar evocar con el aire romántico de un viajero decimonónico mis propios viajes atravesando esa tierra en cueros bajo el cielo infinito.

El caso es que esa frase forma parte de una tremenda hipérbole con la que Fernando García de Cortázar comienza su capítulo dedicado al mito de Castilla en su libro dedicado a los mitos de España. En un inicio que pasa, punto por punto, por todos los tópicos de la arcaica e imperialista meseta, desnudándolos hasta el punto de que rozan el ridículo. Pero he aquí que una de esas hipérboles te llega y te toca el alma. Dice mucho de Castilla, como tótem, que no se pueda ironizar sobre ella sin rozar la verdad, y no se pueda tampoco analizar la verdad sin caer, un poco, en el mito.

Dijo el importante geógrafo Élisée Reclus, y así lo recoge Manuel de Terán en su obra sobre la Geografía de España, que Castilla es la España por excelencia. Esta identificación está tan extendida que todos hemos caído en ella en algún momento de nuestras vidas. Quizá desde un punto geográfico tenga cierto sentido, aunque me cuesta pensar que el turista extranjero relacione más España con la meseta castellana que con las playas de la costa levantina o andaluza donde probablemente veranea.

La meseta es más una entidad geopolítica que un producto de la formación geológica de Iberia. Una meseta para dominarlos a todos, habrá pensado más de uno en la periferia. Una meseta de tierras y mentes yermas, catolicismo ardiente, atraso secular casi genético, orgullo de raza hidalga. La meseta que supuestamente nos define a los que vivimos en el verde norte, el cosmopolita levante o las suaves ondulaciones de los campos de olivos sureños. La meseta de los Cides y los Quijotes.

Vista de Segovia, de Zuloaga.
Vista de Segovia, de Zuloaga.

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