Conversos de Al Ándalus: los mawali o muladíes

Hay quien dice que la aparición de las religiones es lo más dañino que nos ha podido pasar jamás. Yo me pregunto si estas mentes preclaras sabrán que la creencia religiosa no sólo es inherente al hombre, sino que nos define como especie, y es uno de los hitos que marcan la diferenciación entre el mono del que nacimos y el Sapiens Sapiens en el que nos convertimos. Un ser capaz de albergar un sentimiento de veneración hacia algo superior es un ser poseedor de pensamiento abstracto y, por ende, un ser que merece colgarse la etiqueta de humano.

No obstante, puedo entender su línea de razonamiento. Por religión, el hombre ha hecho miles de barbaridades; también las ha hecho por poder, por dinero o por deporte, pero pedir la quema de los estadios de fútbol sólo porque un aficionado reventó a patadas a otro no es mainstream ni mucho menos retuiteable. Evidentemente el impacto que han tenido las tres grandes religiones en el mundo no es comparable por su magnitud a ningún otro fenómeno; y las personas capaces de lanzarse de cabeza para matar por la cruz, la estrella de David o la media luna, innumerables.

Como otra cara de esta extrema fidelidad a la fe tenemos a las personas que bien por iniciativa propia, bien por amable sugerencia -que podía ir desde el beneficio económico a la abierta amenaza-, decidieron dejar la religión de sus padres para abrazar cualquiera de las otras dos. El caso más conocido es el de los judíos que se convirtieron al cristianismo, llamados conversos. El especial caso de la comunidad judía ha hecho que las conversiones masivas de Islam o cristianismo a su religión hayan sido prácticamente inexistentes. Sin embargo, encuentro que es poco conocida la situación real de los cristianos que, tras la fulgurante expansión musulmana, decidieron abrazar la fe de Mahoma. Hablamos de los mawali, aunque en España se les conoció con el nombre de muladíes.

Mahoma, sunnitas y chiíes

Lo que se nos enseña al español medio en el cole sobre el Islam es más bien escaso, lo que es una pena, porque nos ayudaría a derribar algunas de las falsas concepciones y miedos que tenemos respecto a los musulmanes. Que Mahoma fue un señor de La Meca que se vio expulsado a Medina para volver más tarde, triunfante y victorioso, lo sabemos todos. Que el calendario musulmán empieza en nuestro 622, para ellos año de la Hégira (traslado de Mahoma a Medina), también. Incluso que hay dos corrientes principales dentro del Islam, los chiítas y los sunníes: de los primeros tenemos una imagen de barbudos fanáticos y de los segundos pues no sabemos mucho.

Lo que no se nos cuenta -o no profundizando demasiado- es que estos acontecimientos deben mucho a la lucha de poder entre la aristocracia árabe y el profeta musulmán. Mahoma predicaba la igualdad, y esto de predicar la igualdad, sea el siglo que sea, está terriblemente mal visto -que se lo digan a un tal Jesús-.

El caso es que el Islam acabaría imponiéndose y todas las clases, altas y bajas, incorporándose a la nueva religión. Pero ni siquiera así la oligarquía árabe dejaría de aspirar al control. Con muchos nombres de difícil escritura de por medio y algún que otro disgusto del que no vamos a hablar, se terminarían diferenciando tres corrientes: los sunnitas, árabes imperialistas centrados más en la política que en el rezo; los chiítas, más ortodoxos y celosos de su culto; y los jariyíes, a los cuáles se les fue totalmente la pinza y reclamaban la igualdad total entre todos los componentes de la umma -comunidad de fieles-. ¡Será posible!

Una conquista (casi) imparable.

La expansión del Islam fue un fenómeno absolutamente fulgurante y sin parangón. Pensemos que a la muerte de Mahoma en el 632 ya se había conquistado media Península Arábiga: y en el 711 un tal Tariq estaba llamando a las puertas de la ibérica.

Mapa descriptivo como pocos, elaborado por Proyecto Clío.

Hay varias razones por las que se produce esta expansión tan acelerada, y no nos interesa profundizar en todas; baste mencionar el carácter sincrético de la religión musulmana, que aglutinó elementos de la Arabia preislámica -la famosa Kaaba- con otros de la cultura judeocristiana. También supo aprovecharse de las divisiones internas de los lugares que conquistaba, ofreciendo condiciones mejores a las que soportaba la doliente población. Por eso tenemos hechos que pueden ser paradójicos, como que los cristianos de la tendencia monofisita -contrarios a la ortodoxia oficial- apoyaran a la conquista de la cristiana Siria, o que los cristianos coptos hicieran lo mismo en Egipto.

Pero el caso más sintomático lo tenemos en nuestro propio país. Aquí, la mayoría hispanorromana sometida a la élite visigoda ayudó, en algunos casos con su indiferencia y en otros con su intervención directa, a las tropas de Tariq y Musa ibn Nusayr. Los judíos, cansados del viraje antisemita en la política gótica, también. La capital, Toledo, se rindió sin apenas oponer resistencia, desaparecido su rey Rodrigo en el Guadalete. Y la mayoría de la población, que veía con agrado las buenas condiciones que les prometían sus nuevos amos, eligió el que les pareció el camino más sabio: convertirse.

Conversos y clientes

Teóricamente el converso al Islam pasaba a ser integrado en la umma con exactamente los mismos derechos que el resto de fieles. Este principio fue una de las razones de las conversiones masivas y de la fácil y rápida aceptación de la religión fundada por Mahoma a lo largo de la expansión musulmana. Otro factor importantísimo para la asimilación fue el respeto que el Islam propugnaba hacia los dimmies o “gente del libro”: es decir, judíos y cristianos (entiéndase que el libro susodicho era el Antiguo Testamento, que las tres religiones reconocen). Los dimmies poseían, también en teoría, libertad de culto y un trato justo por parte de las autoridades islámicas.

Bajo el nuevo régimen, que en principio fue el Emirato dependiente de Damasco, la población autóctona que optara por no convertirse debía pagar dos impuestos: el territorial o jarach, y el personal o chizya; éste último desaparecía en caso de de decidirse a abrazar la fe musulmana. Condiciones similares se dieron en todos los territorios ocupados por el Islam.

¿Qué ocurrió? Que de la teoría a la práctica siempre hay una gran diferencia. Como sabemos, el gran esplendor de Al Ándalus se vivió bajo la dinastía Omeya, fuertemente vinculada a la doctrina sunní. Los altos cargos los ocuparon miembros de la aristocracia árabe, y los conversos o muladíes jamás dejaron de estar mal vistos por estos. Si bien ese desprecio nunca fue tan nocivo como sería posteriormente el de los cristianos viejos a los nuevos, la situación de los muladíes distó mucho de la igualdad total que repiten como papagayos los artífices del mito de la tolerancia. Los muladíes no pasaron de ser mawalis o clientes: siempre expuestos a más cargas fiscales y con menos derechos que sus antiguos conquistadores.

Ya en el emirato independiente habían empezado las revueltas de muladíes con Al Hakam II. Pero fue el mismo fundador del califato andalusí, Abd al-Rahman III, quien tuvo que hacer frente a la que quizá fue la sublevación muladí más importante: la de Omar, muladí de Bobastro, que se levantó en armas para intentar dignificar la situación de los hispanos conversos al Islam. La revuelta de Bobastro fue sofocada, y tras eso, Abd al-Rahman III decidió cortar todo vínculo espiritual con la Bagdad de los abasíes y proclamarse definitivamente Califa, iniciando la etapa más brillante de la historia de Al Ándalus.

El bueno de Abd al-Rahman III o el mayor caso de “porque yo lo valgo” de la Historia.

Etapa brillante que culminaría, entre otras cosas, por los violentos conflictos entre diversos grupos étnicos que aspiraban a disputar el poder a la aristocracia árabe. En la base de todo la doctrina de nuestros viejos amigos los jariyíes, aquellos que reivindicaban la total igualdad de la umma. Aquellos que habían sido ignorados por las otras dos grandes corrientes, irónicamente, por la misma razón por la que en el año de la Hégira el profeta Mahoma fue exiliado a Medina.

Y otro día, ya si eso, hablamos de los mozárabes.

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6 thoughts on “Conversos de Al Ándalus: los mawali o muladíes

  1. Me encanta que el 90% de las guerras de religiones sean, en su 90%, guerras de poder o de lucha entre pueblos, y que la religión importe un pimiento.

    PD: Soy tu #mediefan

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  2. La capacidad de pensamiento abstracto puede ser un requisito para considerar al ser humano como diferente de los animales (o no; pensemos en los experimentos de comunicacion con chimpancés desde hace décadas), pero que el hecho de tener religión sea la confirmación de que somos humanos, parte del error de que la religión sea la única forma de pensamiento abstracto. Y además nos llevaría al absurdo de que el que no tiene religión no merece la condición de humano.

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    • En el estudio de la Prehistoria la religión se considera un indicio más del nacimiento del ser humano precisamente porque, aunque no sea la única forma de pensamiento abstracto, sí es una de las pocas que nos pueden dejar un vestigio perdurable.

      Efectivamente hay humanos que no tienen religión, al igual que existen humanos que sólo comen vegetales y eso no elimina el hecho incuestionable de que el sapiens sapiens es un ser omnívoro 😉 La religión -entiéndase religión no en un sentido estricto y actual de la palabra, sino como la forma de relacionarse con la muerte- caracteriza a la mayoría de las sociedades humanas, configurando sus costumbres, sus manifestaciones artísticas o sus formas de enterramiento, incluso aunque algunos de sus integrantes no profesen esas creencias.

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      • Bueno, el patriarcado, la heterosexualidad, los sacrificios o la violencia también configuraron la prehistoria, pero hoy por hoy no se puede decir que sean un elemento definitorio ni consustancial al ser humano.
        La religión tampoco lo es en mi opinión, a no ser que aceptemos por religión esa definición tan amplia como la capacidad para reflexionar sobre la mortalidad… pero entonces también podríamos decirlo del arte, de las matemáticas e incluso de la gramática compleja que usamos los humanos.
        En ese sentido, cualquier constructo que podamos sublimar merecería ser llevado a los mismos altares que la religión, en cuanto a elementos definitorios de la especie.

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