La leyenda negra: Flandes y la Apología de Guillermo de Orange

En verano de 2010 la selección española de fútbol ganaba su primer Mundial frente a una revitalizada Holanda que nada pudo hacer frente a la hegemonía balompédica de España. En la víspera al partido, y entre análisis con más o menos rigor, reportajes mil y nervios -muchos nervios- más de uno señaló la ironía que se produciría en cuanto ambos equipos saltasen al campo y sonaran sus respectivos nacionales: el Wilhemus, himno holandés, hacía mención al rey del que esa noche sería el país rival.

Aquí el Wilhemus con letra (y traducido):

Y aquí el momento en el que Robben, Sneijder, Van Persie y compañía lo farfullan con el convencimiento típico de los futbolistas cuando están muertos de miedo (je):

Evidentemente el tal Wilhemus del himno no es otro que Guillermo de Orange. Sí, el que luchó contra España en la guerra de Flandes, y además escribió un texto, la Apología de Guillermo de Orange, que sería la base de nuestra leyenda negra. ¿Y qué hace el tipo éste presumiendo de ser leal al rey? Pasen y vean.

¡Que viene el duque de Alba!

El retrato del duque de Alba tradicionalmente atribuido a Tiziano, aunque hoy se cree que es obra de Antonio Moro.

Dicen que, aún hoy, en los Países Bajos las madres asustan a sus hijos cuando se portan mal amenazándoles con el duque de Alba, equiparándole a nuestro entrañable coco -el monstruo del acervo popular, no el personaje de Barrio Sésamo-. Sus razones tienen, no digo yo que no; las mismas que cualquier país que se haya considerado ocupado y reprimido por otro, supongo. La verdad es que no imagino a una madre española advirtiendo a su hijo de que viene un francés a organizar un fusilamiento y de paso cocinar una horrible tortilla sin patatas -crimen de lesa majestad- pero imagino que cada país tiene sus peculiaridades.

A lo que iba. Todo lo relacionado con Flandes -incluido el hecho de que hoy los flamencos como tales no sean holandeses, sino belgas- es una historia bastante embrollada con la que sería cruel torturar al lector, así que resumo: Carlos V había recibido ese territorio como parte de su herencia borgoñona, formando a partir de ese momento parte de su Imperio. Felipe II, como ustedes saben, no heredó el título de emperador pero sí los dolores de cabeza que aparejaban: entre ellos, Flandes.

Como consecuencia de las tesis de Lutero, los Países Bajos -hay que acotar que históricamente se conoce como Flandes a lo que hoy es el Benelux– habían quedado divididos en dos: las provincias católicas y las provincias protestantes, ambas con un incipiente sentimiento nacional muy difícil de manejar. Felipe II dejó a su media hermana, Margarita de Parma, como gobernadora -inciso: hay que ver lo que dieron de sí los bastardos de Carlos V, ¡qué genes más bien aprovechados!-. No fue una mala decisión, porque Margarita era flamenca, pero sus colaboradores no hicieron una política muy hábil y al final, como se veía venir, Flandes se acabó sublevando. 

Sería arriesgado etiquetar la guerra de Flandes como una más de las guerras de religión que durante toda la Edad Moderna asolaron Europa -sí, los españoles no eran los únicos que mataban en nombre de un dios; sé que es sorprendente pero es así-. En principio empezó como un conflicto político, pues a Felipe II, como todo rey, no le sentaba demasiado bien que sus súbditos desobedecieran sus órdenes. Para intentar meter a los rebeldes en vereda, tomó la decisión que ustedes ya conocen: enviar al duque de Alba.

Dicen que la Historia la escriben los vencedores, y cierto es. Sólo así se puede explicar que los mismos españoles asociemos a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel con una especie de bárbaro comeniños y asesino despiadado. El duque de Alba es uno de los mejores generales españoles de todos los tiempos: vencedor de Mühlberg, conquistador de Túnez, gobernador de Milán y Nápoles, hombre fuerte de Felipe II en Portugal. Era, además, un hombre sumamente culto. Hoy en día es fácil criticar su actuación, y le podemos culpar -como ha hecho el historiador Ricardo García Cárcel en su obra dedicada a la leyenda negra- de no haber sabido valorar las peculiaridades que la región flamenca arrastraba, utilizando una estrategia inadecuada. Pero se le envió a sofocar una rebelión. Y eso intentó.

El duque de Alba creó un tribunal, el Consejo de los Disturbios, para detener, procesar y ejecutar a todos los que hubieran levantado las armas contra el rey. Más de mil personas fueron ejecutadas por rebeldes, entre ellas los condes de Egmont y Hornos, dos personajes importantes que incluso habían combatido junto a las tropas del Imperio. Una torpeza, visto a posteriori. Una atrocidad, vista desde nuestra mentalidad; algo bastante normal -que palidece incluso si se compara con la entonces atroz guerra de religión en Francia, con la Matanza de San Bartolomé como punto culminante- en la época. El duque de Alba no fue ni más ni menos sangriento que los demás generales de su tiempo, aunque la literatura le haya consagrado como un hombre cruel.

La Apología de Guillermo de Orange

El amigo Guillermo, también retratado por Antonio Moro, que estaba en todas el buen hombre.

Guillermo de Nassau o de Orange había sido un firme colaborador de Carlos V -de su brazo fue a abdicar el señor Emperador- y de Felipe II, hasta que el Consejo de los Disturbios ejecutó a su amigo Egmont. De las mismas fechas data el Wilhemus con el que encabezo la entrada: en este himno Guillermo parece justificarse sosteniendo que siempre sirvió con honor al monarca español -luego, más adelante, se acuerda de nuestras familias-. Es cierto, pero la realidad es que Guillermo de Orange ya se había erigido como el cabecilla de los rebeldes luteranos flamencos: la Unión de Utrecht que, al contrario que los católicos -la Unión de Arras-, se negó a firmar la paz con el rey Felipe. Y aquí es donde entra en juego la hábil propaganda flamenca.

Felipe II era el señor natural de Flandes. En una época donde el derecho divino de los reyes aún se tomaba en serio, desobedecer al legítimo señor de uno era una cosa muy, muy seria. Ni siquiera el hecho de que Felipe fuera católico y sus súbditos protestantes servía de justificación: al revés.

En la Edad Moderna se puso de moda el principio cuius regio, eius religio, aplicado en la reforma anglicana, que dictaba que el pueblo debía profesar la misma religión que su príncipe. Una mamarrachada en nuestra opinión, pero algo bastante importante entonces. Así se explica, por ejemplo, que al abandonar el catolicismo Enrique VIII de Inglaterra, todo su pueblo dejara automáticamente de ser católico -compárese con la mentalidad medieval, donde tenemos a Recaredo cambiando arrianismo por catolicismo para aumentar el  feeling, que diría Guardiola, con su gente-. Así pues, Guillermo de Orange y sus partidarios no sólo desobedecían a su señor natural, sino al principio que les obligaba por lo civil o por lo criminal a rezar al mismo dios.

¿Qué salida quedaba a los protestantes flamencos? O volver a la obediencia al rey, o poner en duda su legitimidad. Como la primera opción estaba descartada, Guillermo de Orange justificó su desobediencia acusando al rey Felipe II de incivilizado e indigno de considerarse un príncipe cristiano. Justificaciones vertidas en un documento conocido como la Apología de Guillermo de Orange. Una simple cita bastará para que capten la naturaleza del texto:

“Ya no me extrañará más lo que todo el mundo cree, a saber, que la mayoría de españoles y en particular los que se consideran aristócratas son de raza de los moros y judíos.”

En efecto Guillermo no sólo volvía contra la vieja acusación que ya vimos ser utilizada en Italia, sino que hacía extensible a toda España los crímenes del duque de Alba, recogía todos los mitos de la matanza de los indios en América -lo veremos en otra entrega- y sobre todo presentaba esa imagen que de Felipe II seguimos teniendo hoy en día.

La Apología causó furor y extendió sus mentiras y exageraciones incluso hasta la época de la Ilustración. El mismo Montesquieu bebió de sus argumentos para su Cartas persas. Pero no fue el único ni el primer texto escrito con este ánimo; si la leyenda negra española se cimenta en la literatura, Guillermo de Orange utilizó como base tres obras que, junto a su Apología, han sido base de acusaciones más o menos deformadas durante años: la Brevísima relación de la destrucción de la Indias de fray Bartolomé de las Casas y las Relaciones y las Cartas de Antonio Pérez.

Resulta pues, sumamente curioso, que en pleno siglo XXI, personas que no tienen la más remota idea de quién fue Guillermo de Orange sigan repitiendo inconscientemente los argumentos de un noble flamenco (nacido alemán) que -desde un lógico sentimiento nacional que entonces ningún gobernante español supo entender- sencillamente buscaba justificarse a sí mismo ante la entonces inaceptable desobediencia a su rey legítimo.

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