Series históricas: Isabel

Quien más y quien menos lo ha pensado alguna vez: ¿cómo es posible que una Historia tan rica y variada como es la de España esté mediáticamente tan desaprovechada? El asunto da incluso un poco de rabia. Habría que ver lo que hubiera hecho Hollywood con la Reconquista, o la que habrían liado los ingleses si hubieran sido ellos los protagonistas de la hazaña de Lepanto. Con la vida de Blas de Lezo se podría hacer una serie de películas que dejarían a los famosos Piratas del Caribe a la altura de marineritos de bañera. Y qué decir de esos Tercios de Flandes, dominando con mano de hierro un Imperio…

Pues no.

De nuestra ficción el 90% consiste en guerra civil, guerra civil y más guerra civil. Y lo restante es para echarse a temblar. Salvo por alguna joya aislada como 1492. La Conquista del Paraíso, cada vez que un director de televisión o de cine recurre a los libros de Historia en busca de inspiración, el historiador decente sólo puede taparse los ojos y rezar para que todo pase lo más rápido posible.

Nada de Lezo ni de Bazán, ni siquiera de don Juan de Austria. ¿La Reconquista? Eso sería exaltación de la intolerancia, por favor. Y los Tercios… sí, vale, pase. Pero sólo para mostrar su lado más decadente en la derrota de Roicroi -que ni mucho menos fue el final de tan poderosa fuerza militar-. Y para que aparezca Viggo Mortensen hablando raro.

Como ya he dicho alguna vez, tenemos un tortazo muy bien dado.

Afortunadamente, la situación parece –parece– estar cambiando.

Recientemente han surgido varias series que, ¡albricias! ¡No son de la Guerra Civil! La verdad es que no he echado un vistazo ni a Hispania, ni a su sucesora Imperium -tienen pinta de ser culebrones ambientados en la época, más que otra cosa- ni a la popular Águila Roja -que, sin embargo, nos dejó un memorable Himno de los Tercios-. Pero me parece estupendo que el productor español, por una vez, saque la naricita del 1936–1939.

No obstante, el auténtico soplo de aire fresco, la serie rompedora que me hace conservar la esperanza de que no todo está perdido, se estrenó hace un par de años, después de haber pasado ocho meses olvidada en un cajón de RTVE sin que nadie se decidiera a rescatarla. Quizá porque pensaban que la hacía escasa apología de la multiculturalidad y educación en valores, quizá porque creían que se situaba demasiado lejos cronológicamente de 1936 para tener éxito. Da igual. Fuera cual fuera la excusa por la que Isabel estuvo a punto de ser condenada al ostracismo, ya no importa. Porque la serie se estrenó. Y fue un rotundo éxito. Y yo que me alegro.

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Centinelas del pasado

Baños de la Encina

Muy noble y muy leal ciudad de Jaén. Guardia y defendimiento de los reynos de Castilla. Así reza el lema que rodea el escudo de Jaén, y damos fe de que no miente. Desde que en 1246 Fernando III el Santo la recibiera de manos del fundador de la dinastía narazí, hasta que en 1492 los Reyes Católicos decidieran finiquitar de una dichosa vez la Reconquista, van más de dos siglos en los que el Santo Reino es a la vez avanzadilla y retaguardia, defensora y frontera con los malafollás de ahí abajo.

Puede ser que nos hallemos ante una de las ciudades con más Historia y, a la vez, de las más infravaloradas de España. Puede ser que Jaén se subestime a sí misma, que no sepa explotar las espectaculares vistas desde el cerro de Santa Catalina, el entorno de una catedral tan impresionante como armoniosa y un patrimonio íbero y medieval del que no todos pueden presumir. Ahogada en tediosos centros de re-re-re-interpretación y sepultada por el autobombo que sabiamente se han sabido dar sus insignes vecinas, parece que evita presumir de su pasado glorioso y batallador, de su situación como bastión en el sur de la Península Ibérica.

Y es que es incómoda Jaén, es incómodo ese mar de olivos tachonado de castillos, castillos y más castillos. Esos sobrios torreones nos recuerdan una guerra que pretende ser olvidada, una guerra poco multicultural, intolerante, que casa mal con los cartelitos del legado andalusí. La provincia misma es la contradicción del pasado que nos han pretendido imponer, con sus ciudades renacentistas, su genética norteña y su bandera de color morado -tan discordante con el discurso oficial que los que mandan ya la han sustituido, unilateralmente, por un verde mucho más andaluz-.

Por suerte, siempre nos quedarán los castillos. Castillos mal cuidados, castillos olvidados, castillos mal restaurados, castillos injuriados. Castillos que, pese a todo, aún conservan ese orgullo sereno del centinela que protege a los suyos. Castillos que se alzan guardando algo más importante que una frontera, algo quizá más relevante que la propia vida. Castillos que, hoy, en ese mar de olivos eternos, protegen nuestra misma Historia.

– Baños de la Encina, Jaén. 12 de agosto de 2014.