La leyenda negra: el demonio del sur

Llegamos al fin al auténtico meollo de la Leyenda negra. Y es que aunque ya hemos visto que esta serie de exageraciones y odio mal justificado tuvieron su origen en la expansión aragonesa por el Mediterráneo, y que abarca temas tan variados como la Conquista de América, la Inquisición o la Guerra de Flandes, si hay una figura que todos imaginamos automáticamente al escuchar el término “leyenda negra” es la de ese hombre rubio, algo bajito, siempre vestido de negro, de faz severa. El Rey Católico, Felipe II. El hombre que para sus enemigos encarnó todas las perversiones del espíritu español; el fanático católico, el implacable imperialista, el asesino, el -incluso- parricida e incestuoso. Serie de bondades que hicieron que se le apodara, muy gráficamente, el demonio del sur.

Aquel hombre de aspecto más nórdico que meridional, rubio de ojos azules, producto de la mezcla de varias razas, ha sido para muchos el símbolo de una España cuya imagen se confundía con la de Castilla, grave, austera, sin sonrisa.

– Antonio Domínguez Ortiz, Historia de España de Alianza.

Hace unos meses tuve la ocasión de observar un hecho curioso. Una de las aproximadamente diez mil cuentas de divulgación histórica que sigo en Twitter creó un hashtag -disculpen que no recuerde el nombre- de contradicciones y curiosidades. Lo que uno espera de un seguidor de una cuenta de este tipo es un nivel mínimo de conocimientos históricos; sin embargo, navegando entre las aportaciones al tag -casi todas curiosas y graciosas- me encontré, no podía faltar, con el que señalaba la contradicción de que el prudente Felipe II hubiera denominado Armada Invencible a la escuadra que acabaría pegándosela frente a las costas británicas.

Inmediatamente realicé mi aportación señalando el verdadero origen del término, y que España se llamó, sencillamente, la Gran Armada o Armada a secas. No recuerdo cuántos retuits obtuvo mi mensaje, pero muchos menos que la supuesta contradicción histórica que jamás fue.

Me resultó curioso que tal cosa ocurriera en el ámbito de personas supuestamente interesadas en la Historia, pero que desconocen un dato tan básico. Si recordáis la anécdota con la que abría esta serie de artículos, veremos que éste parece ser otro más de nuestros rasgos. Preferir el mito a la realidad, escudarnos en la historia romántica mil veces repetida antes que informarnos con datos y textos.

Y si hay un rey cuya imagen haya quedado enturbiada por el mito, ése es sin duda Felipe II. El último de los Austrias Mayores.

Carlos V y Felipe II: dos reyes, dos leyendas

Si preguntamos a cualquier persona elegida al azar qué opina de Carlos V y de Felipe II, probablemente la respuesta sea que Carlos V de Alemania (Primero de España) fue un gran emperador y un gran rey, mientras que Felipe, su hijo, fue un fanático que se dejó llevar por la defensa del catolicismo, un represor implacable de herejes de diversa índole e incluso puede que le acusen de haber fundado la Inquisición, de haber medio despoblado América él solito o haber matado a Manolete. Señala Joseph Pérez el contraste entre la relativamente blanca imagen que conserva Carlos V y el oscurantismo que rodea a su hijo. Algo curioso si tenemos en cuenta que fue bajo el reinado de Carlos cuando surgió el protestantismo, que fue él quien intentó reprimirlos, que su intransigencia personal hacia la herejía era total y que si acabó cediendo en el Sacro Imperio porque su poder era más teórico que de facto.

Cuando Carlos V tuvo plenos poderes los herejes no conocieron esa flexibilidad. En 1520, ya había declarado la herejía como delito de lesa majestad en los Países Bajos. En la primavera de 1558 el Emperador, ya retirado en Yuste, descubrió con horror varios focos protestantes en Sevilla y Valladolid. Tradicionalmente se ha presentado este hecho como los primeros autos de fe de Felipe II; lo cierto es que en ese momento el ya rey de España no se hallaba siquiera en el país, y Carlos rogó a su hija Juana, que ejercía de regente, que fuera implacable con los protestantes.

Queda claro que Carlos fue tanto o más católico que su hijo. Pero también hay que aclarar que no podemos observar su política, ni la de Felipe II, como exclusivamente católica. En esta época la defensa de la religión era la mayoría de las ocasiones una simple excusa para alzar las armas en bien de otros intereses: dos de los grandes caballos de batalla del Emperador, la lucha contra el protestantismo y la guerra al turco, principalmente pretendían preservar los territorios de los Habsburgo. La catolicidad de un rey a menudo no era óbice para que se enfrentara al mismísimo Papa si la defensa de sus intereses así lo requería -recordemos al propio Carlos V enviando a sus ejércitos hacia Roma-. Es importante entender este punto, ya que en pleno siglo XXI aún hay personas que piensan que Felipe II y Carlos V, al igual que sus abuelos los Reyes Católicos, estuvieron subordinados a la Iglesia; cuando, en la mayor parte del tiempo, fue justamente al revés.

Quede claro pues, quién fue Carlos, pues a partir de él podremos entender mejor la psique de su hijo: un borgoñón miembro de la Casa de Habsburgo (conocidos en España como los Austria) que por políticas matrimoniales acabó siendo heredero del Sacro Imperio Romano Germánico, amén del primer rey de España -su madre Juana I de Castilla, la Loca, había sido la primera persona en unir de forma efectiva las coronas castellana y aragonesa-. Carlos fue, como todo rey de la época, un decidido defensor de la religión que cohesionaba sus territorios y un enemigo feroz de cualquiera que osase amenazarlos.

Pero Carlos no fue visto propiamente como un rey español. Había nacido en Gante y era emperador de Alemania. Sus súbditos españoles, tanto castellanos como aragoneses, le vieron como un extranjero que sangraba sus territorios para favorecer sus aspiraciones Imperiales -recordemos las revueltas de los comuneros en Castilla y las Germanías en Valencia-. Y también las personas que acabarían labrando la mala fama de su hijo le veían como un rey más alemán que español. Ésa es una de las razones de que los pecados de Felipe II no se hagan extensibles a su padre. Si recordamos que Guillermo de Orange, el de la Apología, había gozado del aprecio y el cariño del Emperador, comprenderemos el por qué.

Carlos reinaba sobre España, pero era alemán; Felipe gobernaba Flandes, pero era español. Carlos era el gran emperador; Felipe, simplemente, un tirano y un demonio. Y esta visión, impregnada del pertinente romanticismo, acabó pasando a la Historia.

Dom Carlos

La Apología de Guillermo de Orange lanzaba las siguientes acusaciones contra Felipe II:

  • Relaciones incestuosas con su hermana Juana y su sobrina Ana de Austria.
  • Bigamia y tendencias lujuriosas varias.
  • Asesinato de su tercera esposa, Isabel de Valois.
  • Asesinato de su propio hijo, el infante heredero don Carlos.

Como ya expliqué al hablar de la Apología, Guillermo aprovechaba así para justificarse, rematando:

“Así pues si decimos que rechazamos el gobierno de semejante rey incestuoso, parricida y asesino de su mujer, ¿quién podría acusarnos justamente?”

Obviando el hecho de que Felipe II sí mantuvo relaciones con Ana de Austria, concretamente porque se casó con ella con la dispensa papal -algo muy habitual en la época, recordemos simplemente el matrimonio de Juana La Beltraneja con su tío Alfonso de Portugal- y porque fue la madre de su heredero, Felipe III, el resto de acusaciones cayeron en el olvido en ese mismo momento, por su total ausencia de base. Sólo una de ellas logró pervivir, llegando con cierto oscurantismo hasta nuestros días: la supuesta ejecución de su hijo don Carlos.

El Infante don Carlos fue el primer hijo de Felipe II, tenido con su primera mujer María de Portugal, que falleció a los dos años de casada -poco después de nacer el infante-, cuando Felipe aún sólo era un príncipe. Se crió en Alcalá de Henares junto a su medio tío don Juan de Austria y Alejandro Farnesio -hijo de Margarita de Parma, hija ilegítima de Carlos V, y por tanto sobrino tanto de Felipe II como de don Juan-, y murió a los veintirés años de edad, encerrado en el alcázar de Madrid por orden de su padre.

El acontecimiento horrorizó a varias cortes europeas y al mismo Papa. Guillermo lo mencionó en su célebre obra y los protestantes no lo olvidaron. En 1673, más de cien años después de la muerte de don Carlos, una suerte de historiador de la época, el abad de Saint-Réal, publicó una novela histórica llamada Dom Carlos. Esta novela recogía las viejas acusaciones y relataba la historia del desventurado infante envolviéndola en un trasfondo político y romántico que en su misma época fue criticado. Don Carlos aparecía como simpatizante de los protestantes flamencos -lo que según Saint-Réal, ojo al dato, había heredado de su abuelo el Emperador, que supuestamente había muerto siendo proclive a los derechos de los luteranos-, enérgico opositor a la política de su padre y, por si fuera poco, además se había enamorado de su madrastra, Isabel de Valois -hija de Enrique II de Francia- antes de que su padre la obligara a contraer matrimonio con él. Conocidas las relaciones de su hijo con su esposa, Felipe II mandaba ejecutar a Carlos y envenenar a Isabel. El relato no sólo tuvo éxito, sino que inspiró obras posteriores que serían aún más conocidas. Otro siglo después, en 1787 Friedrich Schiller escribía la más famosa: su drama Don Carlos.

Fuente: Wikipedia

Otro siglo más tarde, con motivo de la Exposición Universal de París, se encargó a un compositor que escribiera una ópera basada en la obra de Schiller. Ése compositor era un tal Verdi, y su obra, Don Carlo, pasó casi desapercibida en su estreno en 1867, pero tuvo un gran éxito en los países protestantes.

La ópera de Verdi inmortalizó la imagen de un don Carlos luchador por la libertad, frente a la tiranía representada por los personajes de Felipe II y el Inquisidor General. Sin entrar en su calidad -obviamente indiscutible- la ópera tiene un trasfondo histórico tan poco fiable como el drama en el que se basa, incluyendo personajes que en realidad no existieron, y destacando el momento en el que el propio emperador Carlos V, –el que se había retirado a Yuste amargado por no haber podido enfrentar el protestantismo, sí-, sale de su tumba para hacer un pequeño discurso por la libertad y llevarse con él a su nieto ante los ojos atónitos del Inquisidor y su hijo. En el siguiente vídeo con subtítulos en inglés pueden observar el final de la ópera, donde don Carlos e Isabel se prometen encontrarse en el cielo antes de que Felipe II y el Inquisidor aparezcan para mandar asesinarles. En esta versión, el Emperador no aparece en persona, sólo su voz de ultratumba surgiendo de su sepulcro:

O si lo prefieren una versión con Luciano Pavarotti y sin subtítulos donde sí aparece el monje identificado con Carlos V. En ésta otra, de montaje más moderno, se ve aún más claro, con Felipe II amenazando a su hijo y a su esposa con un bastón de vendedor de cupones.

Vale.

Ahora hagan el favor de observar este retrato del infante don Carlos, obra de uno de los pintores de cámara del rey, Sánchez Coello:

Esa capa sobre los hombros no es casualidad. El pintor la colocó para ocultar piadosamente la incipiente joroba del infante. Porque, aunque la historia del Dom Carlos sea de lo más romántica y novelera, la realidad es que el pobre primogénito de Felipe II era una de esas víctimas de la consanguinidad que a menudo encontramos salpicando los linajes reales.

El Infante don Carlos nació de la unión de dos primos que tenían una abuela común, Juana I de Castilla, alias la Loca. Encontramos brotes de desequilibrio mental bien repartidos tanto en la Casa de Austria, como en la de Trastámara y la de Avis -la madre de Isabel la Católica, Isabel de Portugal, también estaba como un auténtico cencerro-. Además de todo eso, el infante don Carlos tenía un aspecto enfermizo y a decir de las fuentes de la época incluso desagradable. Fernand Braudel -historiador de la Escuela de Annales, que acudió a las fuentes primarias para realizar dos magníficos estudios de Carlos V y de su padre– nos lo define con mucha exactitud:

Para Felipe II el drama será mucho más preocupante, aunque previsible. Sabía, desde hacía muchos años, que el hijo de su primer matrimonio no era un niño normal y que, salvo un milagro, sería incapaz de sucederle. Bastaba además verle “medio idiota, escrofuloso, cojo, encorvado, con dificultades en el habla”, “repugnante de aspecto y desagradable” con “un rostro pálido y descompuesto”.

Por si fuera poco, la desgracia del príncipe iba a ampliarse cuando en 1562 sufrió un accidente en Alcalá de Henares, donde estudiaba. Un golpe en a cabeza estuvo a punto de costarle la vida, pero tras una trepanación se recuperó milagrosamente. Lo cierto es que a partir de ese momento su carácter empeoró aún más. Caprichoso, tiránico e incluso con una vena sádica, don Carlos estaba muy alejado de ser un heredero en el que se pudiese confiar.

Felipe II, además, había tenido una relación de cariño y admiración mutua con su padre el Emperador. Observemos que antes de su retiro definitivo, Carlos V había ido abdicando títulos en favor de su hijo, confiriéndole cada vez mayores parcelas de poder: en 1545 le cedió el Milanesado, en 1554, Nápoles y Sicilia, y en 1555, los Países Bajos. Murió con la amargura de no haberle podido conseguir el título de emperador del Sacro Imperio, pero Carlos no tuvo más que palabras de afecto y confianza hacia Felipe. “Y si más tarde deseáis alguna vez buscar como yo reposo en la vida privada, ojalá tengáis un hijo que merezca que le tendáis el cetro con tanta alegría como lo hago yo hoy”, le dijo en uno de sus discursos.

¿Podemos ponernos por un momento en el lugar de Felipe II? Un hombre que había tenido semejante relación con su padre, que era un auténtico obseso del trabajo, ve crecer a un hijo de aspecto deforme y personalidad rayana en la locura. Lo hace, además, con la añadidura de compararle continuamente con su hermanastro Juan de Austria y con su sobrino don Alejandro Farnesio, dos hombres extraordinarios que debían de poner aún más de manifiesto la debilidad del heredero legítimo.

Todo indica que para Felipe II fue un auténtico drama advertir la incapacidad para reinar de su hijo. Desconfió de sus capacidades y pronto llegó el momento en el que el infante don Carlos se dio cuenta de que, al contrario que a don Juan y Alejandro Farnesio, su padre no le confiaba las responsabilidades que correspondían a su cargo. Tanto desconfiaba Felipe II de él que, aunque su idea inicial era casar a su primogénito con la hija de Enrique II de Francia tras la paz de Cateau-Cambresis, fue él quien acabó desposando a Isabel de Valois ante los temores de que su hijo muriera pronto o fuera incapaz de procrear. Sabemos que don Carlos e Isabel se conocieron, pero nada hace indicar que existiera por parte de ella más que un cariño cargado de compasión, y teniendo en cuenta el aspecto físico y el carácter del hijo, podemos incluso aventurar que la princesa se sintiera más que aliviada de tener que casarse finalmente con el padre.

Esta desconfianza lógica no hizo más que alimentar el odio que don Carlos ya sentía hacia su padre. Está aceptado que tuvo contactos con algunos protestantes flamencos, y que planeó una huida a los Países Bajos. Quizá estos planeasen utilizarle contra el rey -al igual que los comuneros habían intentado sacar de su encierro a Juana la Loca cuando se rebelaron contra su hijo-. El caso es que el heredero pidió ayuda a don Juan de Austria para salir de España y éste, consciente de que don Carlos era un peligro andante, avisó a su hermanastro. Felipe II acabó decretando su prisión en 1568, no sólo por su propio bien, sino por el del reino.

Semejante decisión provocó la lógica consternación de las cortes europeas y el Papa, hasta tal punto que Felipe II debió ofrecerles unas vagas explicaciones acerca del encierro de don Carlos. En todo momento el rey sostuvo que su hijo no era culpable, insinuando una enfermedad mental de éste sin terminar de ser demasiado explícito. En su encierro, don Carlos intentó quitarse la vida y acabó muriendo víctima de una de sus locuras, tras estar varios días bebiendo agua helada y comiendo ciruelas secas. En sus últimas horas parece que solicitó la presencia de su padre, pero éste le visitó sin que pudiera verlo, probablemente por temor a exaltarle.

La realidad es que el infante don Carlos murió como un desequilibrado. La realidad es que su supuesta simpatía por los protestantes flamencos sólo era una forma de dañar al padre al que odiaba. La realidad es que el emperador Carlos V que en la obra de Verdi va a buscar a su nieto en la hora de su muerte, se horrorizó al verlo por primera vez. La realidad, sí, es que Felipe II tampoco supo sobrellevar ni el carácter ni la enfermedad de su hijo. Y que cuando murió se sintió tan apenado como padre como aliviado como rey.

Como bien señalan Manuel Fernández Álvarez y Ana Díaz Medina en la parte dedicada a los Austrias Mayores de la Historia de España de Gredos, el hecho de que Felipe II ordenara que a su hijo lo representaran en el mausoleo realizado por Pompeyo Leoni en el Escorial, refuerza la hipótesis de que no le consideraba culpable ni traidor. Simplemente le consideraba como lo que realmente fue el pobre infante don Carlos de Austria: un enfermo.

La familia de Felipe II, por Pompeyo Leoni, en El Escorial. El rey aparece representado con sus tres esposas hasta la fecha y con el infante don Carlos.

Aunque Braudel no descarta del todo la posibilidad del asesinato, su conclusión sobre el asunto es rotunda:

La desgracia de don Carlos, podemos decir retrospectivamente, fue no sucumbir al terrible accidente de Alcalá de Henares.

Las Relaciones de Rafael Peregrino

Pero si la Apología de Guillermo de Orange es poco conocida para el público en general, sí lo es más la historia del secretario real, Antonio Pérez, que tras ser condenado por el Rey Católico, huyó hacia Inglaterra, donde publicó libelos con el seudónimo de Rafael Peregrino. Pero, ¿quién fue realmente Antonio Pérez?

Hijo bastardo del secretario del rey, Gonzalo Pérez, Antonio sucedió a su padre tras la muerte de éste. Como señalan varios historiadores, era un hombre extremadamente trabajador que no pudo menos que ganarse la simpatía de otro adicto al trabajo como era el rey. El Consejo real lo formaban entonces varias personas de opiniones incluso contrapuestas. También se acepta que Felipe, desconfiado como era, prefería que hubiera varias camarillas dentro de su consejo, para que ninguno pudiera alzarse con una cota demasiado alta de poder.

Según Gregorio Marañón, Antonio Pérez formó parte de una de estas camarillas y aprovechó la confianza que el monarca tenía en él para convencerlo de la necesidad de asesinar a Escobedo, el secretario de don Juan de Austria. Según Pérez, Escobedo estaba inculcando ideas peligrosas en don Juan. Tenemos que entender lo que para Felipe II suponía tener un hermanastro bastardo militarmente brillante, pero que nunca se caracterizó por su prudencia ni su capacidad de reflexión. Don Juan, inmortalizado para siempre por la hazaña de Lepanto, había gozado siempre del favor de su hermanastro, pero era representaba a la vez un peligro para éste si se le ocurría volverse contra él. A la postre resulta obvio que autorizar la muerte de Escobedo, amén de toda la gestión del caso Pérez, fue una terrible torpeza política. En aquel momento, en embargo, Felipe necesitaba asegurarse la absoluta lealtad de su hermano.

Al final la conjura se acabó descubriendo y Felipe II mandó atrapar a Pérez. Pero el juicio se postergó durante diez años, debido al miedo del rey a que los secretos que su ex secretario poseía acabaran saliendo a la luz. Antonio Pérez logró escapar de Madrid y, aprovechándose de las leyes de la Corona de Aragón, consiguió escapar de la justicia, huyendo primero a Francia y después a Inglaterra, donde no sólo proporcionó datos muy jugosos a los ingleses, sino que tuvo total libertad y difusión para poner su granito en la leyenda negra contra el rey de España, repitiendo básicamente las mismas acusaciones que encontramos en la Apología.

Falleció en Francia, empobrecido, después de haber intentado conseguir el perdón de la Corona. Pero el daño que ocasionó a la imagen del rey habría de sobrevivirle durante años. Un ejemplo de gestión nefasta que hoy calificamos, sin ninguna duda, como uno de los grandes borrones del reinado de Felipe II.

El Rey Católico

Uno de los aspectos que más se relacionan con Felipe II es el de su extremo catolicismo, que lo hace parecer, a ojos de nuestro tiempo, como un personaje antipático, fanático y cerril. Paseando por la espartana sobriedad del Monasterio de El Escorial -sobriedad que tiene tanto que ver con el carácter seco de Felipe, como con la peculiar implantación del Renacimiento en España y las directrices de la Contrarreforma- cuesta poco imaginarse a ese rey serio, pálido y vestido siempre de riguroso negro.

Como ya vimos al hablar de Carlos V y como no me cansaré de repetir, Felipe II no fue ni más ni menos religioso que la mayoría de los reyes y no reyes de su época. El título de Rey Católico no se le otorgó por rezar más que los demás, sino por herencia del que llevaron sus bisabuelos, Isabel y Fernando. Felipe no era sólo rey de España, sino que gobernaba sobre territorios fuera de la Península. Puesto que no podía usar el título de Emperador que había lucido su padre, Su Católica Majestad parecía el apelativo más adecuado.

¿Fue Felipe un adalid del catolicismo? Por supuesto, de la misma forma que lo habían sido sus bisabuelos y su padre. Fue un ferviente creyente, defendió los intereses del catolicismo cuando coincidían con los suyos, y puso sus razones de Estado por encima de su fe cuando ocurría todo lo contrario.

Varios ejemplos: se opuso a Enrique IV de Francia (el de “París bien vale una misa”, sí) por su protestantismo, pero no dejó de hacerlo cuando se convirtió a la fe católica, ya que su auténtica razón era conseguir que su hija accediera al trono francés. Intentó, prudente como era, desde su papel de rey consorte de la reina María Tudor, atemperar el ánimo represor antianglicano que a su señora esposa le valió el apodo de Bloody Mary. Cuando María murió, no le importó demasiado que la hija de Enrique VIII y Ana Bolena, Isabel I, restaurara el protestantismo en Inglaterra, mientras eso alejara del trono inglés a la escocesa María Estuardo, que estaba bajo el influjo francés.

Se hablado mucho de la enemistad de Felipe II con Inglaterra en general y con Isabel I en particular, pero lo cierto es que el anglicanismo de Isabel no le molestó en absoluto mientras la Reina Virgen no le tocó las narices a España. Incluso llegó a pedir al Papa que no la excomulgara, y a solicitar formalmente su mano. La verdad es que mantuvo buenas relaciones con Inglaterra hasta que María Estuardo murió e Isabel se alió con los rebeldes flamencos. Sólo entonces, con el catolicismo por bandera, el Rey Católico consideró a la reina anglicana su mortal enemiga. Según el manual francés de Malet-Isaac:

Si bien Felipe II fue deliberadamente el adalid del catolicismo en sus propios Estados, no lo fue siempre en sus relaciones con Inglaterra y Francia. Felipe II no rompió con Isabel, ni siquiera después de que esa reina hubiese establecido el anglicanismo en Inglaterra […]. Prefería ver reinar en Londres a una hereje antes que a María Estuardo, católica, cierto es, pero que había sufrido la influencia francesa.

Bajo el mismo prisma práctico debe verse la rebelión de los moriscos en las Alpujarras. La comunidad morisca granadina -unas 150.000 personas- aunque oficialmente cristiana, seguía viviendo bajo las costumbres y creencias de sus antepasados hasta tal punto de que, según cuenta Domínguez Ortiz:

Roma había llamado la atención a Guerrero, Arzobispo de Granada, escandalizándose de que su arzobispado fuera el menos cristiano de toda la Cristiandad.

Como expliqué en mi entrada sobre la expulsión de los judíos, tal hecho era sencillamente intolerable en un reino que debía aspirar a alcanzar la coherencia política y religiosa cuanto antes. Carlos V en 1526 había emplazado a los moriscos a abandonar sus costumbres en un plazo de 50 años; cuando el plazo expiró, Felipe II decidió abordar el problema de cristianizar de una vez a sus súbditos.

La Guerra de las Alpujarras, en la que acabó interviniendo el mismo hermanastro del rey, don Juan, fue extremadamente cruel por ambas partes y esencialmente rural. Con pobres efectivos, liderada por Hernando de Córdoba -que tomó el nombre de Aben Humeya-, también Domínguez Ortiz señala acertadamente que si llegó a durar tres años fue porque en el interior de la Península no había tropas de calidad, concentradas entonces todas en Flandes. Tuvo que aparecer don Juan para terminar de aplastar la rebelión morisca, que culminó con su expulsión de Granada. Las razones fueron más políticas que religiosas, más prácticas que ideológicas: las mismas por las que Carlos V había intentado desesperadamente mantener la unidad religiosa en los Estados alemanes.

El auténtico Felipe II

No son pocos los historiadores que señalan la dificultad que supone intentar aproximarse a la verdadera personalidad de Felipe II. Y es que este monarca, que tanta documentación generó a lo largo de su reinado, era extremadamente celoso en su vida privada -recordaremos sus reticencias a la hora de admitir la inestabilidad mental de su hijo-. Aún hoy resulta complicado acercarse al auténtico Felipe, aunque un examen más concienzudo de la documentación y el descubrimiento de nuevas fuentes -como las cartas a sus hijas Isabel y Catalina descubiertas en el siglo XIX por Luis Próspero Gachard- nos permiten una aproximación más objetiva y más humana.

El amor por la naturaleza de Felipe II y su afición a dar paseos por el campo le llevó, entre otras razones, a elegir el enclave de El Escorial para construir su célebre Monasterio multiusos.

¿Quién fue Felipe? Profesionalmente, un rey extremadamente trabajador y exageradamente desconfiado, tanto que jamás supo delegar y tomaba personalmente todas las decisiones, generando una burocracia lenta y tortuosa. Heredó los problemas de su padre y continuó su misma línea política: mantuvo el tira-y-afloja con Francia, infligió una dolorosa derrota al turco formando parte de la alianza que combatió en Lepanto, y luchó por la unidad religiosa de sus territorios. Reivindicó sus derechos sobre Portugal -los tenía- y quiso conquistar Inglaterra en una empresa que no fracasó por su imprudencia, como se cuenta, sino por circunstancias climatológicas y por la ausencia de un jefe adecuado debido a la muerte unos meses antes del mejor marino que probablemente haya dado España, uno de los artífices de Lepanto, don Álvaro de Bazán.

¿Quién fue Felipe? Personalmente, parece, un hombre algo tímido, quizá en oposición con su extrovertido padre, con el que mantuvo una relación de confianza. Católico devoto, amante de la naturaleza, mecenas de artistas, poseedor de la biblioteca más grande de occidente –14.000 volúmenes- impulsor del magnífico Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, edificio que es a la vez iglesia, monasterio, panteón, biblioteca y palacio. Según Henry Kamen, uno de sus biógrafos, el monarca más cosmopolita y moderno de su época.

Felipe II, por Tiziano. Según señalan algunas fuentes, para los estándares de la época era bastante guapete.

Casó cuatro veces, las cuatro, como es lógico, por matrimonio de Estado. Su primera esposa fue María de Portugal, con la que apenas estuvo dos años, y que fue la madre del desafortunado don Carlos. Aún príncipe, casó por segunda vez con María Tudor, que murió cuatro años después sin darle hijos.

Su tercera esposa fue Isabel de Valois, ya citada, fruto del tratado de Cateau-Cambresis que sellaba la paz con Francia; tanto fue así que el pueblo la llamó Isabel de la Paz. Parece que en Isabel encontró la felicidad, e incluso podríamos decir que llegó a estar enamorado de ella. Fue la madre de Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, las dos hijas a las que más quiso y a las que escribía periódicamente, contándoles sus anécdotas en una relación paternofilial tan entrañable como la que él mismo había tenido con Carlos V.

El final de su tercer matrimonio cerró una etapa donde parece que el severo rey fue feliz en lo personal. La muerte de Isabel se unió a la desgracia acontecida a don Carlos, exacerbando su religiosidad. Podemos aventurar que el Felipe se hizo aún más introvertido, se refugió aún más en su fe, sin que esto tenga que ser necesariamente nocivo.

Tampoco parece que fuera especialmente infeliz casándose con su sobrina Ana de Austria, a la postre la madre de su heredero. Su carácter serio no debe ser confundido con amargura, y parece que Felipe sobrellevó con notable entereza todos los golpes personales recibidos. Puede ser que una de sus penas, en sus últimos días, fuera no haber podido otorgar a su heredero, el futuro Felipe III, la concienzuda educación que él había recibido en materia de gobierno por parte del Emperador; Felipe III nació en 1578 y había tenido tres hermanos mayores que le adelantaban en la línea de sucesión; dos de ellos, Fernando y Carlos, murieron antes de que él naciera, y uno, Diego, fue el heredero hasta su muerte en 1582. Cuando Felipe II falleció había visto morir a nada más y nada menos que a seis de sus ocho hijos; sólo le sobrevivieron Felipe y su hermanastra Isabel Clara Eugenia. El heredero al trono tenía entonces unos veinte años.

Trabajador incansable, rey prudente, burócrata pesado, gobernante hábil, seguidor implacable del principio maquiavélico de que el fin justifica los medios. Aliado de la religión, católico piadoso, pero no sometido a los designios de Roma. Defensor a ultranza de las fronteras que le habían sido heredadas y de sus derechos legítimos. Buen hijo que intentó ser un buen padre, pero que no supo tratar a su primogénito enfermo. Enamorado de su tercera esposa, y sólo algo menos mujeriego que su progenitor. De carácter serio en general, más alegre en su juventud, más introvertido en su vejez y hermético ante el investigador. Bien parecido, de aspecto más flamenco que español, piel blanca y pelo rubio.

Se suele decir que Carlos V llevó el título, pero Felipe II fue el auténtico emperador. También fue el único rey consorte que Inglaterra ha tenido en toda su Historia. No fue un rey de campos de batalla sino de despachos. Y murió en el recogimiento que le proporcionaba El Escorial, quizá amargado, quizá no, tras una vida demasiado longeva para la época.

Todo eso y mucho más fue el hombre al que los protestantes y su propaganda etiquetaron de enemigo eterno. El hombre que personificó todos los males que aquejaban el carácter español. Aquel a quien sus rivales llamaron el demonio del sur.

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One thought on “La leyenda negra: el demonio del sur

  1. Sin Comentarios, demasiado interesate tendre que leerlo nuevamente con mas detenimiento y con algunas fuentes para consultar. No soy Español sin embargo he leido bastante sobre dicho pais, pero me parece que con su ayuda terminare conociendo la historia completa de aquel pais.

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