La leyenda negra: martillo de herejes, espada de Roma

Hace relativamente poco, escuché -por segunda vez en mi vida- a un extranjero recién llegado a vivir a España asombrarse de la poca religiosidad del españolito de a pie. A esta persona le sorprendía profundamente que todos los domingos sus amigos y vecinos no se colocaran sus mejores galas para desfilar en masa hacia la iglesia más cercana. Al parecer, la imagen que tienen de nosotros allende fronteras y mares es la de todo un pueblo o un barrio metido puntualmente en la parroquia más cercana, como en un capítulo de Los Simpson. Como sabrá el lector nacido entre los límites territoriales de España, esta imagen, mayormente, no se corresponde con la realidad.

Tampoco hace falta estrujarse mucho la sesera para saber de dónde viene este mito del español capillita y adicto al confesionario. Las raíces católicas de España son obvias, y el impacto que han dejado en la cultura popular también. Desde manifestaciones de gran trascendencia turística como la Semana Santa, hasta el pertinente bautizo o comunión, que incluso familias que no han pisado un templo en años organizan, más que por afán religioso, por conveniencia social. Si a eso le añadimos el gran altavoz que siguen teniendo los obispos -sobre todo cuando dicen memeces que escandalizarían a su jefe el Pontifex-, algún giro conservador del gobierno democráticamente elegido, la relativa cercanía de cuarenta años de nacionalcatolicismo y nuestro pasado como martillo de herejes, luz de Trento y otras chorradas semejantes, tenemos el cuadro compuesto. España aparece a ojos del foráneo como la más católica de las naciones, donde hasta el niño se toma el Colacao disuelto en agua bendita.

Y en este mito tiene mucho que ver parte de la leyenda negra. La Inquisición, las expulsiones de musulmanes y hebreos, y la imagen eternamente siniestra del más católico de los reyes, Felipe II, nos han colocado el sambenito de ser un país dirigido desde los púlpitos desde más o menos los tiempos de Pelayo. Es innegable el poder que la Iglesia católica ha tenido -y sigue teniendo- en la política española, pero esa visión de la españa ultracatólica conviene matizarla. A ello me dispongo en el que será el último de esta serie de artículos.

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Roberto se quiere suicidar

Roberto se quiere suicidar. O al menos eso le escucharon farfullar el otro día en casa. “Voy a matarme”, exclamó dramáticamente mientras cogía el mando de su recién estrenada Play Station 4. “Esta vida es un asco”, agregó, a modo de aclaración, antes de encender la consola y empezar un partido en el último juego de la franquicia FIFA.

Roberto está disconforme con su vida y no me preguntéis por qué. Viene de un entorno familiar sin grandes problemas, vive sin estrecheces, tiene una buena casa, unos buenos padres, unos buenos hermanos e incluso un buen perro. Tiene ordenador propio, varias consolas, tablet, móvil y una habitación para él solo. También tiene amigos, aunque la mayor parte del tiempo sólo los vea a través de una pantalla. Tiene un balón que apenas coge y una bicicleta que ya se está oxidando. Tiene absolutamente todo lo que un chico de su edad puede desear, pero para él no es suficiente.

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El ángel que llora

Ángel en el Retiro

La primera vez que fui a Madrid ya era mayor de edad. La verdad es que, más allá de algún edificio emblemático y alguna que otra fuente -ejem-, no me había preocupado demasiado por saber qué aspecto tenía la capital de mi país. Según la sabiduría popular, la ciudad bonita por antonomasia en España es Barcelona. En la inevitable confrontación entre las dos grandes urbes, suele ser Madrid la que se lleva la peor parte. A ojos del que no ha ido nunca, la capital aparece como una ciudad despersonalizada, un centro administrativo sin alma. Un kilómetro cero desprovisto de encanto.

Pasé la mayor parte de aquel viaje mirando hacia arriba, no sólo por la escasa altura de una, sino por la sorpresa que me causaba cada edificio, cada monumento y diríase que cada esquina. Ese aire algo clásico, esa belleza sobria, ese carácter un tanto ecléctico sin terminar de enfilar hacia el exceso. El centro de Madrid posee un lugar que admirar en prácticamente cada paso que das. Madrid no tiene icono emblemático, sencillamente porque dispone de diez mil donde elegir. Porque la identidad estriba en el conjunto, en cada calle, en cada plaza, y no se reduce a una catedral o a un nombre en concreto.

Desde entonces habré pisado esa ciudad una docena larga de veces, y cada vez que voy y tengo un ratito para perderme por ella no termino de descubrir nuevos detalles, nuevos lugares, cosas en las que no me fijé la vez anterior; estatuas, monumentos, edificios. Sitios, no sólo que fotografiar, sino que disfrutar. Donde la belleza no se reduce a una simple cuestión de estética. Plazas y parques por donde puedes haber deambulado por varias ocasiones sin dejar de hacer nuevos descubrimientos. Porque Madrid no sólo tiene de todo, sino que lo tiene para todos. Y el hecho de no tener un monumento típico, un autor consagrado o una iglesia de visita absolutamente obligada te obliga a callejear sin dejar de captar nuevas imágenes que conforman un catálogo inabarcable que no siempre sale en los libros. A descubrir nuevos detalles como, por ejemplo, este ángel que llora.

– Madrid, 25 de agosto de 2010.

La leyenda negra: el demonio del sur

Llegamos al fin al auténtico meollo de la Leyenda negra. Y es que aunque ya hemos visto que esta serie de exageraciones y odio mal justificado tuvieron su origen en la expansión aragonesa por el Mediterráneo, y que abarca temas tan variados como la Conquista de América, la Inquisición o la Guerra de Flandes, si hay una figura que todos imaginamos automáticamente al escuchar el término “leyenda negra” es la de ese hombre rubio, algo bajito, siempre vestido de negro, de faz severa. El Rey Católico, Felipe II. El hombre que para sus enemigos encarnó todas las perversiones del espíritu español; el fanático católico, el implacable imperialista, el asesino, el -incluso- parricida e incestuoso. Serie de bondades que hicieron que se le apodara, muy gráficamente, el demonio del sur.

Aquel hombre de aspecto más nórdico que meridional, rubio de ojos azules, producto de la mezcla de varias razas, ha sido para muchos el símbolo de una España cuya imagen se confundía con la de Castilla, grave, austera, sin sonrisa.

– Antonio Domínguez Ortiz, Historia de España de Alianza.

Hace unos meses tuve la ocasión de observar un hecho curioso. Una de las aproximadamente diez mil cuentas de divulgación histórica que sigo en Twitter creó un hashtag -disculpen que no recuerde el nombre- de contradicciones y curiosidades. Lo que uno espera de un seguidor de una cuenta de este tipo es un nivel mínimo de conocimientos históricos; sin embargo, navegando entre las aportaciones al tag -casi todas curiosas y graciosas- me encontré, no podía faltar, con el que señalaba la contradicción de que el prudente Felipe II hubiera denominado Armada Invencible a la escuadra que acabaría pegándosela frente a las costas británicas.

Inmediatamente realicé mi aportación señalando el verdadero origen del término, y que España se llamó, sencillamente, la Gran Armada o Armada a secas. No recuerdo cuántos retuits obtuvo mi mensaje, pero muchos menos que la supuesta contradicción histórica que jamás fue.

Me resultó curioso que tal cosa ocurriera en el ámbito de personas supuestamente interesadas en la Historia, pero que desconocen un dato tan básico. Si recordáis la anécdota con la que abría esta serie de artículos, veremos que éste parece ser otro más de nuestros rasgos. Preferir el mito a la realidad, escudarnos en la historia romántica mil veces repetida antes que informarnos con datos y textos.

Y si hay un rey cuya imagen haya quedado enturbiada por el mito, ése es sin duda Felipe II. El último de los Austrias Mayores.

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Dale limosna, mujer

Granada al pie de Sierra Nevada

Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada. Si es usted granadino me juego la vida -me iba a jugar el portátil, pero me parecía excesivo- a que ha visto esta frase impresa en aproximadamente medio millón de azulejos a lo largo de su existencia. Si tiene usted un amigo granadino, me la juego a que se lo ha escuchado decir un centenar de veces, porque somos un pelín pesados. Que no les engañen: el verdadero origen de nuestro pique con los sevillanos es que aún no hemos conseguido decidir qué pueblo es más rematadamente chovinista.

Dale limosna, mujer. Casi todos ignoran quién fue el autor de esos versos -yo lo he mirado en Internet, la verdad- y casi nadie se pregunta por qué ha de ser la mujer la que dé limosna -pero no es ése el motivo de esta entrada-. Dale limosna, mujer, repetimos orgullosos como si el ciego siguiera siendo el único que necesita piedad en esta bendita y maldita ciudad; agujero negro de esperanzas juveniles, paro galopante, industria que va desapareciendo poco a poco y un tejido empresarial centrado en una hostelería que vive casi exclusivamente de la llegada del foráneo.

Dale limosna, mujer. Porque se han olvidado todos de ella. Porque languidece al pie de su sierra, como un juguete que alguien hubiera dejado abandonado. Zaherida por políticos indignos, sin la ayuda de los de fuera y el empuje de los de dentro. Condenada, en parte por una decisión interesada que atentaba contra su Historia, en parte por ese carácter granadino que jamás tiene otra iniciativa propia que la de echar balones fuera. Dale limosna mujer y apiádate de ella, porque un día fue grande y cada vez se va aletargando más, como ese enfermo que simplemente se resigna a morir.

Danos limosna, mujer. Porque los granadinos, en honor a la verdad, siempre hemos sido un poco ciegos.

– Granada, 28 de febrero de 2014 (día de Andalucía).

De perros y piedras

Tengo un perro. Probablemente se hayan dado ustedes cuenta, ya es mi imagen por defecto en varias redes sociales. Tener un perro está bien, entre otras cosas, porque te ahorra el trago de elegir qué foto pones de avatar en Twitter, Facebook o Whatsapp; eliges una del perro y punto. Es una más de las ventajas infinitas que supone meter un can en tu casa: por ejemplo, antes de que Dios inventara las cámaras digitales, cuando había que esperar a que el carrete se acabara para ir a revelarlo y ver las fotos de tu fiesta de cumpleaños, los afortunados dueños de perro no teníamos ese problema. Envidiadnos.

A lo que yo iba. Mi perro. La verdad es que no es el mejor perro del mundo. Probablemente tampoco sea el mejor perro del pueblo donde vivo, y somos 3.000 habitantes, así que el listón está bajo. Nunca ha rescatado a una niña de un granero en llamas -entre otras cosas porque aquí sólo hay secaderos de tabaco-, ni me ha defendido de unos matones -en honor a la verdad hay que aclarar que jamás me han atacado ningunos matones- y como no ha entrado jamás un ladrón en casa, no sé qué haría en tan comprometida situación. Deduzco que seguir durmiendo como un tronco, porque está sordo como una tapia y ni se enteraría.

Mi perro -a estas alturas debería haber aclarado ya que es una perra– nunca ha sido ni el más listo ni el más guapo -tampoco es feo- ni hacía trucos de circo, ni conseguí enseñarle siquiera a que se tumbara -o sea, tumbarse sabe, y a las mil maravillas, pero no a mi voluntad-. Tampoco levanta demasiados halagos, porque mi perra, llamémosla con propiedad, era un cuerpo redondo con dos orejas cuando la vi por primera vez, y así creció, grandota y panzuda, a pesar de todos los paseos, todas las dietas y todos los piensos -especiales para perros obesos, para perros obsesos castrados, y para perros obesos castrados adictos al sofá- que le hemos suministrado.

Mi perra en su estado natural.
Mi perra en su estado natural.

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