Vida de profesor: lo bueno y lo genial

Continúo con la valoración general de mi trabajo que empecé hace dos entradas. Esta vez toca el turno al lado bueno de la balanza:

– El trabajo de profesor es ameno. Salvo excepciones, la mayoría de las mañanas se te pasan volando. La intensidad de la que hablaba en la anterior entrada también significa que no haya apenas espacio para el aburrimiento, y que de hecho muchas veces te sorprenda el timbre y ni los alumnos ni tú os hayáis dado cuenta de que acababa la clase (me ha pasado este curso, y varias veces).

– El trabajo de profesor puede ser divertido, imaginativo, dinámico. Tienes total libertad para impartir las clases como a ti te dé la gana, por lo que puedes echar a volar tu imaginación. Hay mil y una formas de dar clase; puedes introducir el aprendizaje cooperativo, el aprendizaje por proyectos, los recursos multimedia, juegos de rol, teatro. Porque…

– …La imaginación de los críos no tiene límite. Y si eres capaz de encontrar las herramientas para espolearla, te lo vas a pasar como un enano (y ellos más). Yo este curso he sustituido los habituales ejercicios de boli y libreta por actividades de role-playing o pequeños teatros cuyos guiones escribían los propios alumnos. Y nos hemos reído muchísimo al tiempo que aprendían.

– A pesar de lo que diga la corriente catastrofista que impera en cuanto sale alguna noticia relacionada con la educación, el 99% de los chavales que abarrotan un instituto son buena gente. Pueden ser mejores o peores estudiantes, pueden estar más o menos interesados, pueden dar más o menos la lata en clase, pero es raro encontrar a un chico con mala baba y la etiqueta “futuro delincuente juvenil” colgada de la chepa. No, no tienen la misma actitud que teníamos nosotros respecto a nuestros profesores, pero eso no quiere decir que no sea posible, y fácil, llevarse bien con ellos. Tan sólo se necesita un poco de buena voluntad, empatía y respeto. Los casos de agresiones son lo suficientemente aislados para convertirse en portadas de periódicos.

Trabajar de profe te hace mejor persona. Sí, porque te permite cultivar una serie de cualidades como la asertividad, la paciencia, la creatividad. Exponerte todos los días a cuatro o cinco clases de treinta adolescentes hace que, poco a poco, vayas perdiendo el miedo al ridículo o al qué dirán los demás. También aprendes a mantener la calma, a controlar los nervios en la mayoría de situaciones. Todas las herramientas que has incorporado en el aula después se trasladan a la vida diaria, donde resultan ser muy útiles.

– Tus años de profe interino te permiten conocer ciudades donde nunca has estado y pueblos donde jamás hubieras estado. Durante un curso entero puedes explorar los contornos del destino donde hayas caído ese año. Tu familia y amigos, por supuesto, encantados de la vida.

– También te permite conocer gente. Compañeros de distintos institutos que por una razón u otra acaban formando parte de tu vida. Profesores con los que compartes horas de recreo, guardias, claustros, evaluaciones, y de los que acabas aprendiendo muchísimo.

– El horario, si exceptuamos el trabajo que hacemos en casa, no es malo, ni depende de los caprichos del jefe de turno. Los dos meses de vacaciones permiten desconectar y recargar las pilas para el nuevo curso.

– Cuando das clase a una media de 100-120 alumnos por año es inevitable que conectes de forma especial con algunos de ellos, que tengas repercusión en tu forma de ser o de pensar y que años después todavía te recuerden como alguien que les influyó a la hora de tomar determinado camino en su vida. Y eso mola. Mucho.

– Cosas como estas:

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Viñeta de un cómic que me ha hecho una de mis alumnas de 1º de ESO

Y, finalmente, la razón principal: porque trabajas formando al futuro de este país. Algún día yo estaré criando malvas mientras alguno de los chicos y chicas a los que he dado clase dirigirán sus propias empresas, atenderán a enfermos en su consultorio, formarán parte de investigaciones, o sencillamente serán felices y extenderán esa felicidad a los que les rodean. Educar a las personas que continuarán nuestra labor cuando nosotros ya no estemos es una responsabilidad muy grande, e inculcarles los valores que forman parte de las Ciencias Sociales -tolerancia, multiculturalidad, autocrítica, conocimiento, respeto- mi forma de contribuir a construir un mundo mejor.

Vida de profesor: el calor

Igual que grandes ejércitos o militares de la Historia tropezaron de forma fatal con el General Invierno, los profesores nos hemos encontrado estos días a un enemigo que, no por esperado, deja de ser molesto: el calor.

Sí, ya lo sé: es junio, estamos en el sur de España y hace calor. Eso mismo les he dicho a mis desesperados alumnos de 1º de ESO cuando he entrado, sobre la una de la tarde, a su pequeña aula abarrotada, malamente aislada y por supuesto nada acondicionada. Porque, pese a que las circunstancias climáticas sean adversas, resulta que yo tengo que darles clase. No, no puedo sacármelos al patio -no sólo hace más calor aún, sino que es un espacio reservado, lógicamente, para los profesores de Educación Física- ni tengo permitido sacarlos del instituto para meterlos en algún lugar climatizado, ni me queda otra opción que la de intentar entretenerlos como buenamente pueda mientras observo cómo el sudor les cae a chorros.

¿Pueden imaginarse el impacto que supone entrar en un aula cerrada donde veintipico adolescentes llevan horas sudando la gota gorda? ¿Pueden imaginarse en qué estado de concentración se hallan esos veintipico adolescentes, refrescándose como pueden con artesanales abanicos fabricados a partir de hojas de libreta? ¿Me pueden explicar cómo demonios se da una clase en la que a cada minuto hay una interrupción porque alguien quiere abrir una ventana, alguien quiere cerrarla, alguien necesita urgentemente ir a beber agua o alguien, sencillamente, se está mareando? ¿Con qué cara me planto ante ellos en ese contexto y empiezo a hablarles de la formación del Imperio romano?

Hace unos años caí, milagrosamente, en un centro que disponía de aire acondicionado. El comentario de muchos de mis conocidos no docentes fue bastante revelador: qué morro o qué suerte, como si estas mismas personas no desarrollaran su jornada laboral en oficinas perfectamente climatizadas, de forma que su mayor drama veraniego es tener que acudir al trabajo con una chaqueta fina. Cualquier instalación -incluso cualquier instalación de la administración pública- tiene hoy en día aire acondicionado. Incluso el transporte público lo tiene. ¿Por qué los institutos no? ¿Por qué se ve como algo lógico y normal que profesores y alumnos tengamos que pasar el último mes de clase en unas situaciones de calor y humedad que nos hacen ser completamente improductivos?

Resulta curioso que se plantee el enorme gasto económico y energético que tendría la instalación de aparatos de aire en los institutos -donde, para empezar, no tendrían que funcionar durante todo el día, exactamente igual que la calefacción, que se suele encender sólo durante un par de horas- pero no en otros establecimientos donde nos parece natural helarnos en pleno julio. O que las condiciones que no aguantaría un trabajador adulto motivado por un sueldo las tengan que soportar unos estudiantes de 12 años absolutamente agotados a estas alturas de curso escolar.

Y mientras tanto, en el instituto, yo he decidido que los tres días en los que doy clase a última hora con cada uno de mis tres primeros de ESO se pone una película relacionada con el tema en curso -ahora mismo estamos con Troya-, porque pedir concentración a mis alumnos es imposible. Eso nos permite además apagar la luz y abrir un poco las puertas para que entre algo de aire del pasillo. Un pequeño alivio en la insoportable atmósfera de clase.

Ven la película en silencio, abanicándose, algunos atendiendo, otros vencidos y amuermados. Piden frecuentemente ir a beber agua, y no los culpo, porque yo misma he rellenado mi botella tres veces hoy. Tengo que darle un caramelo a un alumno que se siente un poco mareado. Al final de la clase tienen la espalda húmeda y a mí misma se me pega la ropa al cuerpo cuando me levanto de la silla. Huimos al pasillo, donde el aire se puede respirar. Y les veo alejarse, con el libro de Ciencias Sociales que no he podido abrir en todo el día, pensando que nos quedan tres semanas así.

Vida de profesor: lo malo, lo regular y lo peor

Como ya dije en la anterior entrada, es común que gente que ha terminado o está terminando la carrera -o incluso los propios alumnos- me pregunten si ser profesor es una buena salida o si merece la pena buscar trabajo de cualquier otra cosa antes que coger una tiza y aventurarse a entrar al aula.

Es una pregunta de difícil respuesta, que por supuesto depende de la situación personal de cada uno. Merece la pena valorar, sin embargo, los que a mi juicio son los pros y los contras de ser profesor. Y como al empezar a redactarla me ha quedado una lista bastante larga, vamos a empezar con estos últimos: los aspectos más negativos de la profesión docente.

– El camino para llegar a ser profesor es una auténtica carrera de fondo. Tened en cuenta que casi todo profesor con plaza ha pasado por estas fases: preparación inicial de oposiciones (mínimo un año), entrada en la bolsa de sustituciones y espera de la primera llamada (si hay mucha mucha suerte puede producirse en unos meses, pero lo normal es que se tenga que esperar otro año o más), primer año (con suerte) de sustituciones, segundo año (siendo muy optimista) cogiendo vacantes de curso completo y acercándote a casa. Tirando por lo bajo, un recién licenciado o graduado que quiera trabajar de profesor se pasará un par de años estudiando y esperando su primera llamada. No incluyo a los pocos que consiguen aprobar las oposiciones a la primera, sin tiempo de servicio, por ser tan escasos como heroicos.

– Pero la lucha por la estabilidad no acaba cuando uno se convierte en funcionario con plaza; en realidad, tu odisea particular dando vueltas por tu región acaba de empezar. El profesor recién aprobado obtiene primero un destino provisional que suele ser más o menos cerca de casa, pero que no puede mantener por muchos años por no ser una plaza fija. En un período determinado de tiempo (que puede ser de muchos, muchos años) obtiene su plaza definitiva, normalmente allá en la quinta puñeta. Y desde ese momento empieza la lucha por acercarse de nuevo a Ítaca, esta vez mediante irrisorios Concursos Generales de Traslados donde a veces la posibilidad de trasladarse es mínima o directamente nula. Por si fuera poco, siempre existe la posibilidad de tener que salir del centro desplazado porque supriman tu plaza, aunque teóricamente no deberían enviarte demasiado lejos. La estabilidad en nuestro gremio es una quimera que no se consigue pasados muchos, demasiados años.

– Establecerse en un lugar concreto o formar una familia son, por tanto, decisiones que un profesor no puede tomar con la misma tranquilidad que otros trabajadores con un sueldo más o menos asegurado, a no ser que esté dispuesto a llevar tras de sí a los hijos (y la pareja, y exista esa posibilidad) o resignarse a verlos sólo los fines de semana. En caso contrario, se da la que suele ser la situación habitual en todos los institutos donde he trabajado: compañeros y compañeras siendo padres rozando los 40 o más allá. Antes es imposible.

– No recibimos ninguna compensación por tener que desplazarnos a 400 km de nuestro lugar de residencia. No nos pagan tampoco la comida si tenemos que quedarnos a comer cerca del instituto por un claustro, o por una sesión de evaluación, o para una reunión con padres. Al contrario que otros trabajadores, se da por hecho que el profesor debe costearlo absolutamente todo de su bolsillo. 

– Se hace muy duro ir rebotando de pueblo en pueblo, de instituto en instituto, de piso de alquiler en piso de alquiler. Es una pequeña tortura que se repite todos los años, y para la que a veces apenas tienes unos pocos días (o menos) simplemente para buscar un sitio donde dormir. Es agotador montar y desmontar casa todos los cursos, repetir el viaje para llevar y traer ropa de verano y de invierno, dar de alta y baja contratos de luz, agua, Internet. Esto alcanza su paroxismo durante el año (o los años) que te toque hacer sustituciones. He conocido a compañeros que se han recorrido hasta cuatro institutos por curso, en algunos teniendo que residir en hostales ya que nadie les quería alquilar sin saber cuánto tiempo duraría su baja. Yo, afortunadamente, siempre he hecho sustituciones largas.

– Se hace aún más duro estar lejos de los tuyos, de tus amigos, de tu familia, de tu ciudad, de tu casa. Verles sólo los fines de semana o cada varias semanas si vives muy lejos. Estar completamente solo en un pueblo desconocido. Y saber que ésta será la situación que te espere durante varios años.

– Entrando en materia de la profesión en sí, el primer choque con la realidad de la educación suele ser brutal. Para mí lo fue, y volví a un instituto como profesora apenas diez años después de haberlo abandonado como alumna. Olvídate de lo que recuerdes de tu época de estudiante: ya no sirve. Los castigos que valían entonces ya no sirven de nada ahora, la forma en la que te daban clase empieza a ser anacrónica y poco efectiva, los alumnos jamás te van a tratar como tú tratabas a tus profesores. No es ni mejor ni peor; simplemente distinto. Muy distinto.

– Los IES están, en general, bien dotados respecto a las TIC, pero su mantenimiento es deficiente. Que no se te rompa un proyector, una pizarra digital o un ordenador del aula, porque muy probablemente no volverás a verlo hasta el curso siguiente. Después está la calidad o configuración de los ordenadores en sí: equipos sin lector de CD cuando la mayoría de libros digitales siguen viniendo en ese formato, configuraciones de Guadalinex que incluyen navegadores prehistóricos que no son capaces de correr las webs que necesitamos consultar (he intentado introducir Classcraft en mi clase, por ejemplo, pero no funciona) y un largo etcétera que te dificulta eso tan necesario de innovar.

– Los padres tienen escaso o ningún control sobre sus churumbeles. Es muy frustrante ver a una madre acongojada frente a su propio hijo, o que otra venga a pedirte a ti consejo sobre lo que hacer con su vástago de apenas 12 años, que se le está poniendo rebelde. Es tremendo.

La educación que se recibe en casa ya no es la misma que recibí yo. A día de hoy sigo teniendo que explicar a mis alumnos por qué no se ponen los pies encima de la silla, por qué no se puede sentar uno encima de la mesa o por qué no hay que comer en clase. Por pasillos y escaleras van en avalancha, sin pararse en las puertas si son estrechas, sin mirar si no hay nadie pasando, sin ceder el paso a nadie, sea otro alumno más pequeño o el mismísimo director del instituto. O te apartas o te llevan por delante: en mi centro a una profesora mayor la tiraron por las escaleras.

La tolerancia a la frustración de mis alumnos es mínima por no decir inexistente. No conciben aguantar para ir al servicio en el recreo (hablamos de forma habitual, no en caso de emergencia o menstruación inesperada). En mi centro hay dos pausas de recreo, una de veinte minutos y otra de diez, y aún así es común que pille a alumnos comiendo en clase porque tienen hambre y no pueden aguantar. Ya ni hablamos de estudiar, de hacer deberes o de mantenerse callados al menos durante los exámenes; da para post aparte.

– La alta ratio que se está viviendo últimamente en algunos IES, al menos andaluces, sobre todo a partir de 3º ESO en adelante. Es absolutamente imposible ofrecer una atención personalizada cuando tienes a treinta alumnos por aula. Sí, ya sé que en nuestros tiempos los grupos eran así o aún más numerosos (cuarenta y cinco compañeros fuimos en un curso) pero entonces veníamos educados de casa.

La alta atención a la diversidad (bien) que se nos exige y los escasos medios y apoyo (mal) que contamos para hacerlo. Tengo en cursos altos a alumnos que apenas saben escribir o entender lo que leen. Tengo alumnos que rozan la deficiencia mental. Tengo alumnos con problemas graves de conducta. Tengo alumnos con situaciones terribles en casa. Tengo alumnos que vienen sin dormir o sin desayunar. Tengo treinta situaciones y niveles distintos por clase y a todos se supone que he de atenderlos adecuadamente en todo momento. Desgraciadamente, no me puedo multiplicar ni clonar.

– El agotamiento físico y mental. El trabajo de profesor tiene un buen horario, pero es intenso. ¿Son sólo seis horas? Correcto, pero son seis horas dándolo todo, concentrados desde el minuto uno al sesenta. Salvo las guardias en las que no pringo o los escasos huecos, no tengo apenas momento de respiro en toda la mañana. Ni Twitter, ni periódicos, ni pausa del café propiamente dicha (ir a la cafetería del instituto en el recreo incluye abrirse paso entre la marea de alumnos que están haciendo lo propio, lo que desde luego no es muy relajante que digamos). No puedo bajar la guardia un solo momento de los que dura una clase; literalmente a veces no puedo ni siquiera pasar lista tranquilamente hasta los minutos finales, cuando los suelo poner a hacer ejercicios. Sí, son pocas horas, pero son horas de una intensidad altísima, que te dejan completamente agotado al final de la jornada y, desde luego, dificultan cualquier trabajo intelectual posterior (como pueda ser estudiar).

El estrés. No siempre te llevas trabajo a casa, pero siempre te llevas problemas. A lo largo del día tienes muchos momentos en el instituto, unos buenos y otros malos, y es probable que en algún momento de la tarde pienses en cómo podrías haberlo hecho mejor. A los alumnos les sorprendería saber hasta qué punto una mala contestación, un parte de disciplina, una discusión o una mala clase pueden fastidiarnos toda la tarde o incluso el fin de semana. A final de trimestre, y, sobre todo a final de curso, los niveles de cansancio y estrés (tanto de ellos como de nosotros) dificultan aún más las clases.

Las lamentables condiciones ambientales en las que se trabaja, al menos en Andalucía. He trabajado en institutos donde en invierno profesores y alumnos dábamos clase con el abrigo puesto. Y es absolutamente intolerable que clases de veinte o treinta chavales tengan que pasar seis horas al día en condiciones de humedad y calor que ningún oficinista toleraría. Me resulta inconcebible que en todos los edificios públicos exista hoy en día aire acondicionado excepto en los institutos. Y que nadie se lo plantee.

¿Sigues queriendo ser profesor? Bien: todo el puñetero mundo sabrá hacer tu trabajo mejor que tú. Desde tu cuñao el que no terminó ni la ESO a tu primo el ingeniero o el abogado, pasando por tu colega el que vende pollos o tu mejor amiga la dependienta del Zara. Todos, sin excepción, todos tienen la receta mágica para mantener el orden en clase, para hacer que los chavales se interesen por tu asignatura, para tratar a los padres. Si eres profesor de idiomas, además tendrás que soportar las continuas comparaciones con academias privadas donde ni de coña permitirían el número de alumnos por clase a los que tú enseñas todos los días  (llevando tu radio CD cascado en la mano, por supuesto, porque los libros digitales con las audiciones no funcionan bien o no se pueden poner en el modernísimo ordenador de aula sin lector).

Y después de todo esto: de estar a dos o tres horas en coche de tu familiar sanguíneo más cercano, del coste de mantener una casa en tu pueblo de acogida y otra en el lugar del que eres y al que un día esperas regresar, de ver a tus hijos por Skype entre semana, de haberte partido los cuernos estudiando sin obtener plaza, de tener que pararle los pies a energúmenos a quienes ni sus propios padres soportan, de asarte de calor en aulas masificadas, de ir a trabajar afónico, de que Paco el de la charcutería te dé una clase magistral sobre cómo enseñar Inglés (“¡ej que no los ponéis a hablar!”, ¡póngalos a hablar usted, buen hombre, a ver si puede escucharles y corregirles a todos a la vez!), de salir cada día del instituto con la garganta destrozada, de pelearte por enésima vez para que tus alumnos se coman el bocadillo en el recreo… Vendrán y te dirán: “¡hay que ver qué bien vivís los profesores!”.

Y llegará un tiempo en el que ni siquiera contestarás o lo harás con una ironía, sencillamente por no mandarlos al mismísimo carajo.

Vida de profesor: introducción

Alguien me preguntó hace tiempo si había abandonado definitivamente el blog. La respuesta es no, pero es año de oposiciones, y eso quiere decir que ocupo la mayor parte de mis tardes con la preparación de clases y el estudio; no es que no tenga tiempo libre, pero he de priorizar entre las distintas opciones de ocio.

Llevo meses con una idea en mente: una serie de pequeños artículos sobre el día de un profesor. Intentando ser lo más realista posible, huyendo de dramas y de exageraciones, y agrupado por temáticas. El de hoy tiene la intención de servir de introducción y dejar claro algunos aspectos esenciales de mi trabajo.

– Empecemos por lo más importante: me gusta ser profesora. No me veo haciendo otra cosa. Nunca he hecho otra cosa. No conozco otro trabajo que éste. Desde mi punto de vista, mi labor es transmitir el conocimiento y ayudar a formar a un puñado de jovenzuelos que, por suerte o desgracia, representan el futuro de este país. No existe para mí mayor responsabilidad, mayor orgullo y -a veces- mayor suerte.

– Mi horario se divide en dos: regular y no regular. El regular consta de veinte horas lectivas y cinco horas no lectivas, de las cuáles tres son guardias, una corresponde a la programación de actividades educativas y otra a la reunión de departamento. El horario no regular corresponde a aquellas actividades que no tienen ubicación fija en el horario semanal, pero que han de ser computadas. Un ejemplo son las sesiones de evaluación, que computan como una hora semanal aunque en realidad las hagamos todas juntas una vez al trimestre. En total tengo treinta horas de permanencia obligatoria en el centro.

¿Se trabaja mucho o poco? Depende. Yo he decidido que voy a ser realista desde el principio, así que ahí va: sólo muy puntualmente tengo que corregir algo por las tardes, porque he aprendido a aprovechar al máximo el tiempo libre (huecos) entre clase y clase, las guardias y hasta los recreos. También domino lo suficiente mi temario para no tener que prepararme demasiado la materia que voy a impartir. ¿Qué me ocupa más tiempo por las tardes? Pues principalmente la búsqueda de recursos audiovisuales, la realización de presentaciones para la pizarra digital o proyector, y todos esos pequeños detalles que no son realmente necesarios pero sí hacen más amena la clase. En otras palabras: son cosas que podría no hacer, dejándome las tardes completamente libres (si exceptuamos el estudio), pero que elijo realizar en una continua búsqueda de mejora. Soy, claro está, consciente de que hay compañeros que no tienen más remedio que marcharse cada tarde a casa con toneladas de libretas, exámenes y ejercicios varios, pero no es mi caso.

– El trabajo de profesor es más exigente físicamente de lo que podríais pensar. Obviamente no somos obreros o mineros, pero tampoco oficinistas al uso. Algunas clases exigen pasar bastante tiempo de pie, esquivando mochilas entre las mesas. Algunos institutos son auténticos laberintos, y entre clase y clase cargamos con varios kilos de libros y material arriba y abajo. En el instituto donde trabajo este año se da la peculiaridad de estar dividido en varios edificios, uno de los cuáles se encuentra en la acera de enfrente y tras una cuesta arriba muy larga y pronunciada. Yo por suerte no doy clases allí, pero imaginad a los compañeros que deben estar cambiando continuamente entre uno y otro, y esto sin ningún margen entre clase y clase.

– Evidentemente, la parte más castigada de nuestro cuerpo es la garganta y las cuerdas vocales, y no es raro ver a compañeros completamente afónicos en algún momento del curso. Yo me he hecho adicta a la Lizipaína, los caramelos Hall’s y hasta los Pictolín. Y la leche calentita con miel, en según qué épocas del año, que no falte tampoco.

A menudo gente que está planteándose escoger esta vía tras sus estudios me pregunta si el trabajo merece la pena o no. En resumidas cuentas, sí y mucho, pero hablaremos largo y tendido de esto en la próxima entrada.

Breves apuntes sobre el acoso escolar

Hace tiempo -meses, en realidad- que tenía pensado escribir algo sobre el tema del acoso escolar. Debido a lo ocurrido en los últimos días con el suicidio de un joven transgénero me animo a plantear unos puntos que sólo pretenden sacar a la luz algunos de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de tratar un caso de este tipo desde los institutos:

1. El acoso escolar es un tema complejo que no se soluciona simplemente expulsando a los agresores -ése suele ser el primer paso, pero no la solución; además, a los agresores no se los puede expulsar eternamente-. Hay que entender que tras el o los agresores suele haber un grupo más o menos numeroso que silenciosamente los respalda o al menos no hace nada por evitarlo. Y tras este grupo, hay un estigma social o un gran desconocimiento -como en el caso que nos ocupa- que es en realidad el origen de todo.

2. Hay que atacar el desconocimiento desde su base, y hay que hacerlo, por supuesto, con educación. Educación en el instituto pero también en casa, porque no hay que olvidar que los principales modelos de los niños son sus padres. Hay que dar ejemplo a los críos, no sólo educándolos desde el respeto y enseñándoles que no hay que insultar ni pegar a nadie -eso lo hacen más o menos todos- sino dando un paso más allá, como no permitir una sola broma o desterrar palabras que denoten machismo, homofobia o transfobia.

3. En el instituto hay asignaturas que tocan estos temas, como Ética o Educación para la Ciudadanía. Estas asignaturas tienen los siguientes problemas: se suelen impartir con materiales anticuados que no evolucionan al mismo ritmo de las sociedad, presentan un currículo que es sistemáticamente atacado y/o modificado por la administración, y apenas tienen profesores especialistas que las impartan. Lo que me lleva al siguiente punto:

4. En el mejor de los casos estas asignaturas las impartirá el de Filosofía -si es que hay profesor de Filosofía en el instituto-, en el menos malo alguien del departamento de Ciencias Sociales y en la mayoría de ocasiones se encasquetarán al primero que pase por allí y que necesite completar horario, ya sea de Música o de Inglés. ¿Se imaginan los problemas que puede generar que alguien no especialista en Matemáticas imparta esta asignatura? Pues eso es lo que pasa habitualmente, y lo que se permite, con Ética y Educación para la Ciudadanía. Y aquí ya se depende de la buena voluntad del profesor en sí, de sus ganas de actualizarse y de aprender por su cuenta.

5. Porque es que, y esto es importante, nadie nos forma como colectivo para tratar casos de acoso o de identidad de género, como nadie en realidad nos ha formado de forma oficial para enfrentarnos al cóctel de emociones que sacude a un alumno cualquiera de Secundaria. Una licenciatura (o un grado) en el que no se toca nada de Pedagogía y un Máster o un CAP absolutamente vacíos de contenido son el bagaje que llevamos cuando nos metemos por primera vez en un aula. Aprendemos a base de experiencia, de consejos de los compañeros, de ensayo y error. Y ante determinadas situaciones, nos sentimos desorientados y desbordados. Sólo podemos recurrir a la única persona del instituto que se ha formado específicamente para comprender y saber tratar al adolescente.

6. Esta persona es el orientador. En mi instituto hay uno. Uno. ¿Sabéis cuántos alumnos hay? Mil. Sí, mil. Mil alumnos a los que aconsejar, tratar, diagnosticar y detectar problemas a tiempo antes de que vayan a peor. Mil.

7. Yo no tengo tantos; sólo 130. 130 nenes y nenas a los que no había visto nunca y a los que sólo ahora, después de tres meses, puedo decir que empiezo a conocer. Soy de la afortunadas en este sentido, tengo compañeros que por su disposición de grupos y carga lectiva asociada a cada asignatura pueden fácilmente doblar el número de alumnado. La de Ciudadanía, sin ir más lejos, ve a su clase una hora a la semana. Lo que pretendo decir con esto es que algunos casos de acoso se detectan desde el propio Equipo Educativo, pero otros nos pasan por alto sencillamente porque no conocemos tan bien a los chicos para detectarlos.

8. En mis grupos se están tratando actualmente dos casos de acoso. Uno lo detectó la propia tutora, leyendo entre líneas una redacción libre enviada durante una de las pruebas de Evaluación Inicial, en una muestra de sensibilidad que a mí me dejó admirada. Del otro nos informó la propia madre, revelándonos que la persona que todos pensábamos que era la mejor amiga de su hija, a quien se ve charlar animadamente con ella en todas las clases, es en realidad su acosadora. En ambos casos se puso inmediatamente en marcha el protocolo de actuación diseñado por la Junta de Andalucía, y actualmente desde Orientación y Jefatura se trabaja en una titánica labor de zapa y desgaste, de tirar de la madeja y de horas de charla, para averiguar lo sucedido. Porque resulta que en un caso la cría no quiere hablar -saber lo que ha pasado realmente siempre resulta muy difícil- y, en el otro, el acoso sale fuera de los ámbitos del instituto.

9. Ésa es otra: el acoso persigue al acosado, incluso cuando suena el timbre de clase. Leo que Alan se cambió de localidad, y no me extraña, porque Amanda Todd también cambió de instituto. El acoso continúa en las redes sociales, el acoso continúa por móvil, el acoso continúa en las calles si hablamos de un instituto situado en un barrio o un pueblo pequeño. El acoso, a veces, tiene el beneplácito de la propia sociedad.

10. Por eso el acoso no se puede vencer desde casa ni desde el instituto, sino desde todos los frentes a la vez. Padres, profesores, sociedad implicados en no dejar pasar ni una más, ni un desprecio más, ni un término despectivo más, ni una agresión más. En mi opinión, también sería necesario endurecer las medidas -alguien me dijo una vez que debería ser el acosador el obligado a cambiarse del instituto, costeando su familia los gastos de transporte originados- de los protocolos de actuación. Y desterrar tópicos sobre asuntos como la transexualidad con la formación obligatoria para el profesorado y más charlas de concienciación y talleres para el alumnado. Sólo así estaremos preparados para enfrentarnos a esta lacra y asegurarnos de que un caso como el de Alan no vuelve a repetirse.

Hay futuro

No estaba siendo una buena semana. Nunca lo es si se empieza con la noticia de que un compañero ha sido asesinado y a la sociedad le importa un carajo. A eso se le sumaba que el ambiente en el insti estaba caldeado por otros temas, que los niños andaban revolucionados, que la primavera la sangre altera y que, madre mía, qué ganicas tengo de pillar el finde y perderme.

Sí. Estaba siendo una semana asquerosamente mala. De esas en las que algunas tardes, al volver a casa, te planteas si de verdad es esto lo que quieres hacer el resto de tu vida. Porque te quedan muchos años, piensas. Y si ya hay alumnos que se encaran contigo porque los cambias de sitio, imagínate en un futuro. Y si ya hay padres que vienen a hablar contigo porque no les gusta el grupo en el que has puesto a trabajar a su hijo, agárrate que vienen curvas. Y si ya hay casos de alumnos con enfermedades mentales sin medicar que se tap… sí, bueno. Mejor lo dejo.

Era una semana para olvidar, pero es lo que tiene esto. Que trabajas con personitas que en un 90% -a pesar de la mala educación, y la desmotivación, y demases- no buscan hacerle daño a nadie. Que reaccionan a la amabilidad, que devuelven cualquier muestra de cariño, que sonríen, que inventan y que absorben como esponjas sin que uno se dé cuenta. Y esos seres pensantes tienen la capacidad de levantarte el ánimo de una forma asombrosa.

Como pasó aquel día de finales de semana.

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De pagar o no pagar (reflexiones de un profe pirata)

La verdad es que nunca he sido mucho de ver pelis o series por streaming. Ya sea porque raramente he disfrutado de una conexión a velocidades decentes, y porque valoro la experiencia de ver algo sin que el vídeo se corte o mi portátil se caliente a niveles de reactor nuclear, sigo siendo ese bicho raro que aún tira del uTorrent. Fácil, rápido y seguro: en diez minutitos tienes el capítulo nuevo de tu serie favorita sin tener que soportar publicidad ni buscar un enlace que cargue a la primera.

Como digo, costumbres.

No obstante, tengo que reconocer que una vez Series.ly -o una web similar- me salvó la papeleta. Y fue, precisamente, por algo relacionado con mi trabajo.

Tenía que buscar una película sobre la autoestima y la realización personal para un grupo de 2º de ESO que tampoco fuera demasiado compleja y que no estuviera demasiado vista. Como les apasionaba el fútbol, recordé la estupenda El sueño de Jimmy Grimble, la típica historia del pringao del insti que de mayor aspira a ser futbolista. El problema era que no estaba disponible por ningún cauce legal.

Porque, por extraño que pareciera, intenté comprarla en formato digital, pensando que sería fácil encontrarla en iTunes o en algún sitio de esos. Obviamente, fracasé. Pero en el proceso descubrí, además, que pagar por descargar una película para guardarla en el soporte que nosotros queramos y poder reproducirla en el sistema operativo que elijamos es casi imposible en España.

Desesperada, recurrí a Series.ly, que creo que también tenía sección de películas. Allí descubrí que, milagro, no sólo se podía ver la peli sino que me daban gratis la posibilidad por la que yo había estado dispuesta a pagar: descargarla en un mp4 que llevar en mi pendrive de clase.

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