Vida de profesor: lo bueno y lo genial

Continúo con la valoración general de mi trabajo que empecé hace dos entradas. Esta vez toca el turno al lado bueno de la balanza:

– El trabajo de profesor es ameno. Salvo excepciones, la mayoría de las mañanas se te pasan volando. La intensidad de la que hablaba en la anterior entrada también significa que no haya apenas espacio para el aburrimiento, y que de hecho muchas veces te sorprenda el timbre y ni los alumnos ni tú os hayáis dado cuenta de que acababa la clase (me ha pasado este curso, y varias veces).

– El trabajo de profesor puede ser divertido, imaginativo, dinámico. Tienes total libertad para impartir las clases como a ti te dé la gana, por lo que puedes echar a volar tu imaginación. Hay mil y una formas de dar clase; puedes introducir el aprendizaje cooperativo, el aprendizaje por proyectos, los recursos multimedia, juegos de rol, teatro. Porque…

– …La imaginación de los críos no tiene límite. Y si eres capaz de encontrar las herramientas para espolearla, te lo vas a pasar como un enano (y ellos más). Yo este curso he sustituido los habituales ejercicios de boli y libreta por actividades de role-playing o pequeños teatros cuyos guiones escribían los propios alumnos. Y nos hemos reído muchísimo al tiempo que aprendían.

– A pesar de lo que diga la corriente catastrofista que impera en cuanto sale alguna noticia relacionada con la educación, el 99% de los chavales que abarrotan un instituto son buena gente. Pueden ser mejores o peores estudiantes, pueden estar más o menos interesados, pueden dar más o menos la lata en clase, pero es raro encontrar a un chico con mala baba y la etiqueta “futuro delincuente juvenil” colgada de la chepa. No, no tienen la misma actitud que teníamos nosotros respecto a nuestros profesores, pero eso no quiere decir que no sea posible, y fácil, llevarse bien con ellos. Tan sólo se necesita un poco de buena voluntad, empatía y respeto. Los casos de agresiones son lo suficientemente aislados para convertirse en portadas de periódicos.

Trabajar de profe te hace mejor persona. Sí, porque te permite cultivar una serie de cualidades como la asertividad, la paciencia, la creatividad. Exponerte todos los días a cuatro o cinco clases de treinta adolescentes hace que, poco a poco, vayas perdiendo el miedo al ridículo o al qué dirán los demás. También aprendes a mantener la calma, a controlar los nervios en la mayoría de situaciones. Todas las herramientas que has incorporado en el aula después se trasladan a la vida diaria, donde resultan ser muy útiles.

– Tus años de profe interino te permiten conocer ciudades donde nunca has estado y pueblos donde jamás hubieras estado. Durante un curso entero puedes explorar los contornos del destino donde hayas caído ese año. Tu familia y amigos, por supuesto, encantados de la vida.

– También te permite conocer gente. Compañeros de distintos institutos que por una razón u otra acaban formando parte de tu vida. Profesores con los que compartes horas de recreo, guardias, claustros, evaluaciones, y de los que acabas aprendiendo muchísimo.

– El horario, si exceptuamos el trabajo que hacemos en casa, no es malo, ni depende de los caprichos del jefe de turno. Los dos meses de vacaciones permiten desconectar y recargar las pilas para el nuevo curso.

– Cuando das clase a una media de 100-120 alumnos por año es inevitable que conectes de forma especial con algunos de ellos, que tengas repercusión en tu forma de ser o de pensar y que años después todavía te recuerden como alguien que les influyó a la hora de tomar determinado camino en su vida. Y eso mola. Mucho.

– Cosas como estas:

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Viñeta de un cómic que me ha hecho una de mis alumnas de 1º de ESO

Y, finalmente, la razón principal: porque trabajas formando al futuro de este país. Algún día yo estaré criando malvas mientras alguno de los chicos y chicas a los que he dado clase dirigirán sus propias empresas, atenderán a enfermos en su consultorio, formarán parte de investigaciones, o sencillamente serán felices y extenderán esa felicidad a los que les rodean. Educar a las personas que continuarán nuestra labor cuando nosotros ya no estemos es una responsabilidad muy grande, e inculcarles los valores que forman parte de las Ciencias Sociales -tolerancia, multiculturalidad, autocrítica, conocimiento, respeto- mi forma de contribuir a construir un mundo mejor.

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