De rocas y recuerdos

matalascañas

Hay un año en el que todo cambia, creo yo. En el que dejas de ser un adolescente tardío – adulto joven (llámenlo como quieran) y pasas a convertirte en una persona mayor de pleno derecho, de las que ven engordar una cuenta de banco y pagan facturas. Hay un momento en el que te ves haciendo cosas que nunca pensaste que harías, vives en lugares que no habrías sabido situar en el mapa y te acostumbras a una vida que será para siempre la tuya.

Y cuando tratas de volver a esa fase anterior que has dejado, a los restos de esa etapa post-adolescente que incluyen bares que ahora no pisarías ni obligado, actitudes de las que desdeñas y amigos que quizá nunca lo fueron, descubres que ese cambio ha sido total e irrevocable. Que ni volverás a ser la misma persona, ni remotamente querrías volver a serlo.

No me gustan las playas ni me gustaba aquel sitio. Quizá por ello no llevé la cámara, limitándome a inmortalizar un plano con el móvil, en blanco y negro para mayor gloria retro, que por alguna razón subí a Flickr. Allí lo he encontrado hoy, y parece curiosa la cantidad de recuerdos que puede despertar una simple roca que sobresale en la orilla, con un espléndido sol convirtiendo el mar en una superficie plateada.

Al final me lo acabé pasando bien. Y acabó siendo un buen año. Quizá el mejor.

– Matalascañas, 17 de marzo de 2012.

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