Tiene gracia porque es verdad

No iba a escribir nada sobre el famoso libro de la editorial Alfaguara por tratarse de un tema del que otros profesores, con muchísima más sabiduría y experiencia que yo, se habían pronunciado de forma acertada. Twitter permite esas licencias: un simple RT o una cita, firmas bajo las palabras de otro y te ahorras tener que argumentar lo que ya ha sido argumentado. Que los dos meses de vacaciones pasan rápido y no hay que desaprovechar el tiempo en tonterías.

No iba a hacerlo, repito. Pero he aquí que ayer me llega por retuits un artículo de Elvira Lindo defendiendo el dichoso libro que me remueve en lo más hondo por varias razones. Primero porque admiro a la señora Lindo: pertenezco a la generación que creció con Manolito, y cuando fui demasiado mayor para emocionarme con las aventuras del niño de Carabanchel (alto), pasé a leer otras obras de la misma autora, que me encantaron. Segundo, porque los argumentos que proporciona me dejaron perpleja como educadora y como persona con dos dedos de frente. A grandes rasgos, Elvira Lindo proclama que hay que dejar que los niños se acerquen a cualquier libro, y que ellos solos ya discernirán el bien, el mal, la ironía o la sátira. Como profesora con un carácter marcadamente irónico que se ha pasado el último año dando clase a unos 90 chavales de 12 y 13 años, puedo asegurar que eso no es cierto.

Elvira Lindo tiene palabras muy duras hacia las 30.000 personas que firmamos en Change.org por la retirada del libro. Incluso se atreve, de una forma un poco absurda, a compararlo con la censura que ella sufrió en la versión estadounidense de uno de sus Manolitos, donde el puritanismo americano decidió que una foto de Las tres gracias de Rubens no podía aparecer en un libro para niños -es exactamente lo mismo, sí. Igualico-. Pero la defensa de Lindo me chirría profundamente porque tengo la sensación de que obvia la raíz del problema, la razón por la que esas 30.000 personas, muchos de ellos profesores, pedimos a Alfaguara que se retirara el ya famoso 75 consejos para sobrevivir en el colegio.

Mi problema con ese libro no está tanto en los párrafos referidos a tener novio como ese otro consejo, presentado en forma de post-it, a modo de recordatorio importante para la supervivencia en el colegio o instituto: siempre se tienen que meter con alguien así que asegúrate de que ese alguien no seas tú. Cierra los ojos si ese alguien es tu mejor amigo; es más, permítelo. Lo importante es que no seas tú.

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Fuente: @YaraCobaain

Como dirían los Simpson: tiene gracia porque es verdad.

Nuestro problema con el texto de Alfaguara es que se limita a recoger por escrito lo que viene siendo una tradición antigua y asentada en todos los centros educativos del país. Y cualquier profesor que haya dado clase durante más de unos días en la ESO (o en los cursos finales de Primaria) sabe que en el acoso escolar no sólo actúan, como actores principales, el acosador y el acosado. No, en cualquier caso de bullying intervienen otras personas que pueden inclinar la balanza hacia uno o otro lado: la actitud de los profesores o de los padres, por ejemplo. Pero lo que más marca la diferencia, en mi opinión, es el silencio cómplice de la mayoría que calla -o participa en los abusos de forma más o menos activa- movidos por una simple motivación: no ser los siguientes.

Imagino que Frisa se creía muy imaginativa y graciosa cuando daba esos consejos a chavales de 6º de Primaria. Lo que no sé si sabía es que no hacía falta que lo hiciera, proque esos chavales saben más que ella sobre la ley del silencio. Ignoro hasta qué punto hay sitio para la sátira y la ironía en un país donde el acoso escolar apenas empieza a ser visibilizado. Donde los protocolos de actuación de los centros son insuficientes, donde los profesores no recibimos formación para enfrentarnos a estos casos -no, al menos, por parte de la Administración- y donde los chicos y chicas para los que ir al colegio es un infierno no encuentran otra cosa en sus compañeros que ese silencio. Ese jodido silencio del que prefiere ser cómplice a víctima.

No deja de resultarme curioso que el mismo sector ideológico que defiende a capa y espada el libro de Frisa -y aquí aclaro que ya no hablo de Elvira Lindo, cuyas opiniones políticas desconozco- sean los mismos que ponen el grito en el cielo ante tuits de humor negro. Que los que presuponen sentido crítico y capacidad para hilar fino a chicos de 6º de Primaria no otorgan esa misma merced a los seguidores de Guillermo Zapata o al líder de Def con dos, por poner dos ejemplos muy en boga en estos últimos días. No deja de indignarme, sí, indignarme, que la misma sociedad que se echa encima con cada caso de acoso escolar, exigiendo soluciones inmediatas sin comprender la inmensa complejidad del problema -conozco historias que volarían la cabeza de cualquier guionista de Perdidos– permita que sus hijos lean mamarrachadas cuando la vida es tan corta y hay demasiados y buenos libros que leer.

Al contrario que Elvira Lindo, yo no creo que haya que dejar que los niños se acerquen a cualquier libro. Porque no se nos debe olvidar que una sarta de gilipolleces no deja de serlo por el simple hecho de estar encuadernada y tener tapa dura o blanda. No hay que presuponer que los potenciales lectores de Frisa van a entender la finísima ironía que rebosa su autora. No hay que comparar obras como Manolito Gafotas, enmarcado en el contexto de la España de hace dos décadas, con un manual actual de consejos estúpidos francamente prescindible.

No, una sociedad avanzada no debe censurar libros. Pero sí debe establecer una gradación por edades. 75 consejos para sobrevivir en el colegio, sencillamente, es inadecuado para la edad a la que va dirigido. Una edad en la que no todos los niños saben discernir la fantasía de la realidad o comprender la sátira y el sarcasmo.

Este curso vi a un buen chico de 1º de ESO salir de clase con un ataque de ansiedad morrocotudo ante el silencio de sus compañeros. Vi a este chico responsable, estudioso y educado decir que estaba hasta los cojones del puto instituto. Lo triste es que ni fue la primera vez, ni será la última.

Así que mi problema con el libro de María Frisa es que no dice más que la pura verdad. Y por eso no me hace ninguna gracia.

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Privilegios

Una de las cosas más importantes que he aprendido este año ha sido ser consciente de mis propios privilegios. Fue gracias a un tuit de una tuitstar a la que no sigo, que me hizo reflexionar sobre algo que, honestamente, jamás me había planteado. El inmenso privilegio que supone haber nacido en el Hemisferio Norte, ser de raza blanca, de orientación heterosexual y perfectamente cómoda con los rasgos sexuales asignados durante mi desarrollo en el vientre materno.

¿Os parece una tontería? Recapitulemos. Número de veces que me he sentido observada por mi color de piel: cero. Número de veces que alguien ha evitado sentarse a mi lado en el autobús por la etnia a la que pertenezco: cero también. Número de veces que he soltado el famoso “papá, mamá, tenemos que hablar”: una, pero fue cuando me admitieron en la carrera de Historia, así que no cuenta. Veces que me he tenido que dar explicaciones sobre mi propia sexualidad: ninguna.

Tampoco me han mirado mal al entrar a ningún comercio, tachándome de potencial ladrona antes de abrir la boca. No he visto mi religión, mi cultura o mi lengua siendo especialmente atacadas. Nadie me ha llamado jamás blanquita, como sí llaman a otros negrito o sudaca. No he sufrido un solo episodio de racismo o xenofobia. Ignoro cómo es eso de que te miren mal por ir de la mano con tu pareja. Nunca me han llamado viciosa o enferma mental. Jamás he temido ser agredida, física o verbalmente, por mis preferencias sexuales.

Y tampoco sé lo que es ver a mi país en guerra. Nunca he vivido una hambruna. Jamás he pasado escasez. No se han negado a atenderme en ningún consultorio médico. He podido conseguir fácilmente todas las vacunas y medicinas que he necesitado a lo largo de mis veintinueve años de vida. Tengo Internet, portátil, teléfono móvil, coche y dinero con el que mantenerlos. Tengo un techo encima de mi cabeza todas las noches y una cama mullida debajo. Tengo todas mis necesidades primarias tan cubiertas que hasta me permito el lujo de preocuparme por algo tan insignificante como un equipo de fútbol.

Todo eso, amigos míos, es un privilegio de la hostia.

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Las mujeres del Ministerio

Ayer terminó la primera temporada de El Ministerio del Tiempo, y a poco que hayan leído algún tuit mío sobre la serie, ya sabrán que me encanta. Esa refrescante mezcla de Historia y humor -aderezada con sarcasmo nacional y un guión muy bien hilado-, se hacía necesaria. Que te traten como a un ser inteligente cuando te sientas frente a la tele es un detalle que se agradece. Y la lista de frases y situaciones épicas que hemos podido disfrutar en apenas ocho capítulos resulta interminable.

Como digo, me encanta El Ministerio del Tiempo -MdT de ahora en adelante-. Y algún día, probablemente, escribiré para argumentar por qué me gusta tanto. Pero hoy no es ese día.

Hoy vengo a quejarme de dos rasgos que se manifiestan con irritante profusión en obras de ficción y que en esta serie, precisamente por su excelencia, resultan especialmente sangrantes.

(Contiene spoilers de la serie.)

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Sobre Rubén Castro y la vergüenza de la víctima

He estado dando vueltas toda la semana a la idea de escribir esta entrada. La he escrito mil veces en mi mente, tantas como la he modificado o la he borrado. He pensado en este tema en la cama, antes de dormirme, o mientras iba conduciendo a trabajar. He dudado, llena de rabia y a la vez de impotencia. Yo, que pocas veces eludo tratar algún tema polémico en el blog o en un tuit, he estado a punto de callar. Y quizá lo haga. No lo sabré hasta que llegue el momento de darle al botoncito de publicar.

Ya sé lo que están ustedes pensando. Si vas a hablar de lo de Rubén Castro llegas un poco tarde, maja. Ya. En esta semana se ha escrito mucho sobre los vergonzosos -paso de enlazar el vídeo- cánticos que se escucharon en el Benito Villamarín a favor del jugador acusado de violencia de género. Y buena parte de lo que se ha escrito me lo he leído. Desde artículos magníficos, hasta comunicados oficiales penosos, pasando por los típicos comentarios exculpatorios o directamente hirientes.

Una tarde estuve cerca de una hora leyendo con fascinación unos tuits de aficionados del Betis; en ellos discutían la posibilidad de cambiar la letra a la famosa cancioncilla para seguir apoyando a su jugador sin incurrir en el delito. Lo que me llamó la atención no fueron sus buenas intenciones, que no voy a poner en duda, sino que en ningún momento pensaron en dejar de jalear a un tipo acusado de haberle puesto a su señora la cara como un mapa.

Es por eso, y no por otra cosa, por lo que escribo esta entrada.

Pero antes de continuar, unas aclaraciones para que nadie se me eche encima:

  1. Rubén Castro está imputado en espera de juicio, lo que significa que la acusación no ha sido probada y, como el resto de españoles, tiene derecho a la presunción de inocencia. Pero también significa, y si lo he entendido mal agradecería rectificación, que el juez ha encontrado indicios de que efectivamente podría haber un delito, lo que de entrada debería haber hecho que el Betis y sus aficionados, en mi opinión, se condujeran con más cautela en sus demostraciones de afecto al jugador.
  2. No toda la grada del Villamarín entonó el cántico, pero sí una buena parte del fondo donde están situados los ultras. No voy a ser yo la que reproche al resto de presentes no haber dicho ni mu, porque cualquiera que acuda con asiduidad a un campo de fútbol sin un grupete de colegas dispuesto a apoyarle sabe que, por desgracia, afear la conducta de ciertos individuos sólo puede tener como resultado que pasen el resto del partido increpándote a ti o algo peor. Porque…
  3. No soy yo quien tiene que vigilar lo que dice mi vecino de asiento. No soy yo quien tiene que decirle al energúmeno que no para de proferir insultos racistas que se calle la boca, arriesgándome a que me parta la mía. Son los clubes, que en muchos casos financian o apoyan a los grupos ultras o las gradas de animación, los que tienen que intervenir en cuanto se escuche algo fuera de lo común -quizá aquí esté el problema: estos cánticos no son algo fuera de lo común-. Son los clubes los que tienen que expulsar al abonado que se inclina al campo para llamar “mono” al jugador sudamericano propio o ajeno. No yo.
  4. Y es la LFP, por supuesto que sí, la que tiene que vigilar para que esto se haga efectivo. Pero se queda a medias. Y ojo, me parece genial que esté mal llamar borracho a Cristiano o subnormal a Messi, pero no hay que quedarse ahí. Como conté el otro día por Twitter, en Los Cármenes puntualmente la grada de animación salta al son de “maricón el que no bote”. La LFP nos ha sancionado por insultar a jugadores rivales o a la ciudad de Elche, lo que está muy bien, pero jamás por este cántico. Aparentemente, luchar contra la homofobia no luce tanto como proteger a Messi o a Cristiano.

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Yo le hago daño a mi equipo

(Me van a perdonar que comente un tema futbolístico por aquí. Ya sé que pan y circo y todo eso. Pero como dice Luis García Montero en el poema con el título más bonito que podrá escribirse jamás: ”Son noventa minutos en un vaso de agua. Pero a mí me han quitado muchas veces la sed.”)

El motivo de esta entrada es pedir perdón.

Gracias a la LFP, esa liga tan genialmente organizada, hoy me he enterado de que daño a mi equipo. Me lo han dicho así, tal cual, claramente: “Cuando pirateas fútbol le haces daño a tu equipo”. Como soy visitante habitual de Rojadirecta y usuaria de esa maravilla llamada Sopcast, me he sentido aludida. Y oigan, duele. Porque yo a mi(s) equipo(s) los quiero más que a algunos de mis familiares de sangre. En serio.

Como nunca se me han caído los anillos -entre otras cosas porque no llevo- a la hora de disculparme cuando consideraba que estaba equivocada, escribo esta entrada para disculparme públicamente con mis equipos, a la sazón el Real Madrid Club de Fútbol y el Granada Club de Fútbol, por todas las veces que les he dañado por abrir en mi ordenador un stream en flash bastante pixelado.

Aficionado con una camiseta de mínimo 80 euros y una bufanda de entre 15 a 20 euros haciendo daño a su equipo.

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El efecto menéame y el efecto de una frase

La cosa va así:

He tenido muchísimos blogs a lo largo de mi vida. Algunos compartidos, la mayoría en solitario, ninguno lo ha leído ni el Tato. Actualmente soy co-autora del probablemente mejor blog que puede encontrarse sobre la cantera del Real Madrid, intento mantener un fotolog que normalmente alcanza picos de tres visitas por post (una es la de mi madre, a la que aprovecho para mandar un saludo. ¡Te quiero, mamá!), y escribo en un tuiter (alias @naru) donde tras casi siete años (dentro de 7 días los cumplo según Tuitutil, que nunca pensé que fuera a ser útil para algo) tuiteando he alcanzado la barbaridad de setecientos y pico followers, pico que es variable según el día -hoy digo que Lass Diarrá es el mejor mediocentro del mundo y gano diez de una tacada, y mañana digo que el Granada va a meter muchos goles y obviamente los pierdo; o sea, lo normal-. De vez en cuando digo algo que hace gracia y me lo retuitea mucha gente (creo que no he llegado ni a cien retuits) pero vamos, para que ustedes se entiendan, normalmente nadie me hace mucho caso y veo normal que así sea porque no digo nada interesante o que otros no hayan dicho ya. Honestidad ante todo.

Hace tres años me llamaron por primera vez para cubrir una sustitución en un instituto (hablo aquí de la experiencia) y lógicamente a todos mis amigos les despertó la curiosidad y quisieron saber cómo lo llevaba, si algún alumno me había mordido y ese tipo de preguntas que todo el mundo suele hacerte cuando eres docente. Alguien se inventó el término “profeaventuras” para las batallitas que iba contando, y como era un poco cansino andar siempre repitiendo las cosas por distintas redes sociales, me abrí un blog. Un blog que no es éste, aunque los artículos son (casi) los mismos. Un blog donde contaba mis cosas del día a día, mis experiencias de profe novata y esos secretos que nadie se atreve a preguntar, como si es verdad que se hacen sacrificios rituales en la sala de profesores -debo de decir que yo en la sala de profesores he visto y escuchado cosas que nadie creería, pero si las contara os tendría que matar, así que no hablaremos de ello. Hoy-.

Entre la Junta de Andalucía y el gobierno central, ambos igualmente queridos por mi persona, nos mandaron a casi 5.000 interinos a la calle, por lo que se me acabaron las anécdotas y las profeaventuras diarias. Decidí darle un ligero cambio al blog, ejemplificado en una mudanza de blogger a wordpress, con un nuevo diseño muy majete y un tono bastante más general. Tuve que limar alguna de las entradas anteriores, alguna directamente la borré -la de los sacrificios rituales- comenté alguna serie, alguna chorrada y ahora me ha dado por hablar de Historia porque para eso es mi blog y hablo en él de lo que quiero -mientras no sea delito-.

Normalmente me leen cuatro gatos muy contados. De mis setecientos y pico followers, normalmente me retuitean o enlazan el artículo de entre dos a cinco, la mayoría sólo porque me quieren mucho, como mi amiga @ElaBlackriver, co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid. A veces he tenido algún pico de lectores importante, como con este artículo que escribí en un momento de cabreo tras el informe PISA de las narices, que fue bastante RT. Adjunto una captura de pantalla con el histórico de posts con más visitas para que veáis el nivel (no cuento la entrada de Spartacus porque doy por hecho que más de uno habrá caído en ella por error, al ser una serie conocida y tal).

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Como veis aquella entrada no llegó a las 200 visitas y ya entonces me pareció un locurón. Cuando hablo de Historia no me leen ni 100 personas, lo que veo muy normal porque la brevedad, como ya habéis comprobado, no forma parte de mis virtudes.

A lo que iba.

Como podéis comprobar si hacéis scroll y tiráis p’abajo, últimamente estaba enfangada en un tema que me apasiona, la leyenda negra. No es que espere cambiar el mundo, pero al menos tener algo que enlazar cuando el próximo 12 de octubre vuelva a leer tonterías. Cuando escribo un artículo de historia lo hago a conciencia, y cuando digo a conciencia quiero decir con al menos tres libros de consulta sobre la mesa. Lo reviso unas diez mil veces antes de publicarlo, con el objetivo de que ninguna frase pueda malinterpretarse. Y obviamente de vez en cuando se me cuela algún gazapo. Porque oigan, nadie es perfecto. No, ni siquiera los licenciados en Historia (estamos ahí ahí pero no).

Esta semana me habría tocado investigar sobre Colón y el pecado original que aparentemente arrastramos los españoles desde hace 500 años, pero dio la casualidad de que llevo más de una puñetera semana sin apenas moverme de la cama por problemas de espalda y ayer que pude sentarme a escribir me apetecía hablar de otra cosa. De una cosa que llevo un tiempo comentando con mis amigas por determinadas circunstancias desagradables que nos han ocurrido de una forma más o menos reciente y que nos han hecho pensar que el machismo ha avanzado. Lo enlacé con situaciones que había vivido en clase y ya tenía un post. No lo revisé mucho (dos o tres veces, lo mínimo en mí) porque era una opinión. De hecho el quid del post es el relato de cómo he vivido unos 10 años equivocada. O sea: no puedo pretender llevar menos la razón. No puedo arrepentirme más de cómo yo pensaba que la discriminación iría quedando atrás con el paso natural de las generaciones. Y lo digo. Varias veces.

Le di al botón de publicar pensando que me leerían los cuatro gatos y medio de siempre.

En ese momento mi amiga @dagasutil, que también me quiere mucho y está al quite de todo, y por cierto también es co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid existente, me advirtió de que estaba confundiendo feminismo con hembrismo. Yo le contesté que el concepto de hembrismo lo conocí hace dos días (fui a buscar si estaba en el DRAE pero en ese momento justo estaba caído el servidor del Diccionario) que obviamente tengo muy claro lo que es el feminismo desde el punto de vista histórico y que no era la intención dar a entender que feminismo buscara la superioridad. Ahí consideré aclarado el tema y no creí necesario revisar la entrada porque no pensaba que fuera a leerla nadie más. Después @dagasutil y yo estuvimos debatiendo con el que considero una de las mejores personas que puede encontrar uno en tuiter, @ivanof_ivan, autor del que probablemente sea el mejor blog sobre historia y cantera del Real Madrid, sobre el de avance o no del machismo y si a veces los medios de comunicación hablan muy parcialmente de este tema y si algunos hombres, como a él le ha pasado, se ven injustamente tildados de machistas (en su caso por cederle el asiento a una mujer).

Tras esto, me tomé mi dosis de analgésicos, que falta me hacían, y me fui a dormir.

Esta mañana al levantarme he visto que alguien más había compartido el post. Tenía dos comentarios en tuiter que me han llamado la atención: uno diciendo que había un párrafo que sobraba y otro diciendo que había quedado muy “womensplaining”, cosa que admito que he tenido que preguntar lo que significaba. Yo he contestado diciendo que es mi opinión en mi blog y que no considero que ninguna opinión sobre, a lo que, tras insistirme que sí, he dado por zanjado el tema porque a mí nadie me dice lo que tengo que escribir en mi espacio web personal. Todo esto, en medio de la calle y sin tener la más remota idea de cuántas personas habían visitado o no el post.

Al llegar a casa, poder encender el ordenador y entrar por casualidad al panel de wordpress me he encontrado con decenas de comentarios y he empezado a adivinar por dónde iban los tiros cuando alguien ha mencionado la palabra “menéame”. Conozco el efecto menéame pero nunca había imaginado que acabaría siendo víctima de él. Aunque la mayoría de comentarios eran, tengo que decirlo, bastante respetuosos, casi todos me acusaban de no tener claro lo que era el feminismo. Después de hacer un sondeo en tuiter varias personas me han señalado dónde estaba el error. En esta frase:

Nunca he sido feminista. Nunca he creído que los hombres deban ser menos que nosotras.

Vale.

Más de dos mil palabras de post y UNA FRASE, UNA, arma la de Dios.

Analicemos la frase:

Nunca he sido feminista PUNTO Nunca he creído que los hombres deban ser menos que nosotras PUNTO. No estaban relacionadas. No pretendía dar a entender que el feminismo equivalga a luchar por la superioridad de la mujer. Quizá debía haber expresado mejor ese párrafo, no lo pongo en duda, pero vuelvo a explicar que no pensaba que nadie que no me conociera fuera a leerlo.

El caso es que, entre más de 2000 palabras, UNA FRASE podía ser interpretada en un sentido o en otro. Y pese al que EL RESTO DEL POST demostraba claramente que tengo de machista lo mismo que de socia culé, al menos una veintena de comentaristas decidieron interpretarlo de la peor forma e indignarse.

Y lo más curioso es que todo ese párrafo lo escribí para ahorrarme los más que previsibles calificativos de “feminazi”, etc, que suelen asaltarme en tuiter cuando menciono el tema. O como ha resumido muy acertadamente un comentarista que firma como David:

Has querido librarte de avinagradas acusaciones masculinas de feminazi,y por tu correcto uso de las comas has acabado con un ejército de feministas aclarándote los términos.

Tal cual.

Después de cansarme repitiendo a todo el mundo lo mismo, he hecho caso a mi amiga @MissRakelU91, que por cierto ha escrito un poema precioso de San Valentín, he copiado el texto aclarando el error en la entrada del post y ahí, más o menos, se ha calmado un poco la Furia.

Y ahora vamos al tema.

Ustedes, salvo las personas mencionadas y algún otro comentarista, no me conocen un pimiento.

Ustedes no saben quién soy, cómo soy, qué pienso, a quién defiendo, con qué me indigno. Ustedes no saben más de lo que he contado en el anterior post porque ustedes hasta hace unas horas no conocían la existencia de este blog. Y sin embargo, por una frase malinterpretada, ustedes se creen con derecho a juzgarme.

Me han juzgado como persona, como mujer, como estudiante de Historia y de Máster y, lo que más me duele, como docente. 

Por una frase.

Me he tomado la molestia de contestar -o intentarlo, puesto que no dejan de llegar- todos los comentarios. Todos, menos uno, con educación. Alguno con mi característica malafollá. Algunos comentaristas han respondido para aclarar, para acotar, para aceptar el malentendido. Puesto que por alguna razón WordPress no me deja responderles, desde aquí les doy las gracias. La mayoría, sin embargo, no lo han hecho.

Y no se tomen como revanchismo, sino simple aprendizaje -simple muestra de hasta qué punto asusta que más de diez mil personas que no te conocen de nada lean tus palabras- voy a hacer una recopilación de todo lo que se me ha dicho o de lo que se me ha acusado por una, repito, frase mal interpretada o por el resto del contenido del post. Pueden comprobarlo en los comentarios (que por cierto, son moderados por el spam, pero los apruebo todos).

– Medio idiota (Twitter).

– Se me acusa de “trazas de machismo inducido”.

– Tonta (el autor se ha disculpado por la agresividad de su primer mensaje, lo que agradezco).

– Inocular esas creencias [confundir feminismo con hembrismo].

– Se me acusa de no conocer el concepto de feminismo habiendo impartido CSG (con la autora de este mensaje también ha quedado el malentendido aclaro, también se lo agradezco).

– Se me echa en cara cómo puedo decir que nunca he sido feminista siendo una licenciada con máster (?).

– Se me acusa de ser “el típico pagafantas” (¡!).

– De nuevo se pone en duda mis conocimientos para impartir CSG (pero la persona se toma la molestia de leer los comentarios y comentar inmediatamente para aclarar que ha entendido el malentendido, lo que le honra aún más).

– Se pone en duda si sé lo que es el feminismo y se me acusa de dar cancha a los que piensan que equivale no a igualdad sino a superioridad.

– Se me acusa de criminalizar a los hombres porque me hayan dicho cosas yendo por un barrio chungo (?).

– Se me acusa de adoctrinar por impartir una asignatura establecida por el currículo de la ESO.

Y el mejor comentario de todos, del que extracto la mejor parte (educadamente lo he mandado a freír monas, como pueden ustedes comprender). Las negritas son mías:

Las horribles experiencias que ustedes han tenido sobre ser servidos en el ultimo momento por sus abuelas, de ser miradas mal o sobadas en los transportes públicos o por haber experimentado algunos inconvenientes por causa de su condición de mujeres me hacen pensar que son unas lloricas, eternas victimas profesionales, incapaces de reconocer las muchas razones que tienen para ser felices estando agradecidas y continuamente ocupadas en magnificar cualquier carencia por pequeña que sea.

Todo esto con la perplejidad de gente que da la casualidad que sí me lee en Twitter y me conoce, como @Matiasea_, al que por cierto deberían leer si son aficionados del Granada, @Rokko69_RM, al que siempre es un gustazo leer en Varikyno, @ChiquiPalomares que además de ser una cuenta que hay que seguir por defecto al entrar a Twitter resulta que tiene un libro muchísimo más interesante que lo que estáis leyendo ahora y que deberíais ir a comprar YA (son 0,89 céntimos, tacaños).

Y por supuesto, de mi amiga @lady_valkyria, que es co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid.

Sí, llevo todo el post intentando aprovechar el efecto menéame para publicitar a gente que me sigue en Twitter y ha hablado conmigo de este tema a lo largo del día de hoy, y así intentar sacar algún provecho de tanta acusación falsa y tanto insulto de señores y señoras que no me conocen de nada. Tanta puesta en duda sobre mi formación académica, sobre mi trato a los alumnos/as y sobre mi labor como profesional de la enseñanza.

También he sacado provecho de las experiencias interesantísimas que han compartido la mayoría de los que se han parado a leer los comentarios anteriores antes de prejuzgar, y comparto los enlaces que me han dejado Vicente (vídeo sobre una sociedad homosexual), Antonio (la conversación que deberías tener con tus hijos), Heli (sobre el concepto de femininazismo), y CristinaNeliel (todo su comentario es recomendable, pero además deja un anuncio sexista al que muchos no dan importancia). A todos ellos, gracias.

Porque al final de todo se aprende.

En el momento previo a publicar este post (20:48h) , la entrada de la discordia ya lleva más de 11.000 visitas, con unos 36 comentaristas, de las cuales unas 13 personas malinterpretaron mi frase pero sólo 3 contestaron conciliadoramente al ofrecer yo la explicación.

Y las conclusiones de este post las sacáis vosotros, que se os da mejor que a mí.

Ahora vais y lo meneáis.

Sobre machismo, patriarcado y los macarrones de mi abuela

ACTUALIZACIÓN: en vista de que por alguna razón hay gente leyéndose esto me veo en la necesidad de editar con una aclaración que ya he copiado y pegado (pido perdón por la descortesía, porque lo es) a quien me lo señala en los comentarios:

Antes de nada me gustaría aclarar que no confundo feminismo con lo que por lo visto se denomina hembrismo. Para mí como historiadora el feminismo es un movimiento social que tiene su fin en la igualdad de derechos. Me han comentado varias personas que hay un párrafo que puede inducir ese error, pero simplemente pretendía concatenar varias ideas para “curarme en salud” ante posibles ataques de machistas acusándome de “feminazi” (ya lo han hecho). Es un error de expresión mío, o mejor dicho, falta de cuidado al redactar un párrafo de lo que consideraba un simple post de opinión de un blog que sólo leen mis amigos cercanos. Lo lamento.

No obstante, queridos transeúntes que hoy por alguna razón transitáis por un blog que, como señalo, sólo leen mis cercanos, me resulta terriblemente curioso que por una simple frase que puede ser interpretada de ambas formas (con continuidad y sin continuidad; en realidad sólo hacía una concatenación de ideas, como ya he dicho, por curarme en salud) se me esté insultando, cuestionando mi formación y -aún peor- mi desempeño como docente cuando si se lee de forma reflexiva el resto del post está claro que me posiciono claramente a favor de la igualdad y que intento que mis jóvenes alumnos y alumnas lo hagan.

Sin más, el post original:

(Esta semana tocaba hablar de los mitos del Descubrimiento/Conquista de América, pero ciertos problemas de salud me han tenido más en fuera de juego que David Villa, así que tengo poca o ninguna gana de embarrarme con los conquistadores, Theodore de Bry y la Brevísima. En su lugar ofrezco una opinión, prescindible como todas las mías, de algo que sin embargo me preocupa bastante más que nuestras leyendas negras, rosas o multicolores.)

No recuerdo que edad tenía cuando aconteció la anécdota que me dispongo a contar, una de esas imágenes de la infancia que se han quedado grabadas a fuego en mi memoria. Imagínense la típica reunión familiar en casa de la abuela, con sus hijos, sus cónyuges y la patulea de molestos críos (yo entre ellos) correteando toda la mañana de aquí allá. Imaginen la hora de la comida, todos sentados, hambre canina, aparece mi abuela llevando una fuente de, lo recuerdo como si fuera ayer, macarrones con su carne picada y su chorizo.

Mi abuela, que en paz descanse, no permitió hasta el día de su muerte que nadie le arrebatara su papel de matriarca. Era su casa, cocinaba ella, servía ella. Y sólo sus hijos del sexo masculino tenían derecho a hacer ademán de contradecirla. Faltaría más.

Fue ése el día en el que me di cuenta, probablemente porque tenía los ojillos clavados en la carne picada y el choricillo, porque tenía más hambre que el perro de un ciego, qué se yo. Me di cuenta, salivando como estaba, que mi abuela sirvió la comida en un estricto orden: primero sus hijos varones, después mis primos varones (desde el que era mayor que yo hasta el que era menor que yo), después su única hija mujer. Y ya después el resto. Para cuando llegó a mí, ya no quedaba nada del condumio que tanto me había hecho rugir el estómago. Para cuando sirvió a la menos preferida de sus nueras (también conocida como la señora que me dio a luz) su ración era sustanciosamente menor que la de cualquiera de mis tíos.

Y así fue siempre.

Probablemente os estéis preguntando a santo de qué viene esto. Quizá la escena que acabo de describir la has vivido tú mismo. Quizá la sigues viviendo. Quizá te parece una chorrada. Quizá no. Quizá te preguntes por qué siempre estoy hablando de comida (tienes derecho a hacerlo).

Quizá te des cuenta de que esta anécdota sólo refleja el final de una época y de una mentalidad, los que yo creía últimos coletazos de una sociedad donde el hombre, de la edad que fuera, estaba naturalmente por encima de la mujer y tenía derecho a alimentarse mejor, a vestirse mejor, a cobrar más, a recibir mejor educación. Últimos coletazos, digo, porque esta mentalidad machista fue muriendo a medida que menguaba el poder de la matriarca y las comidas familiares se diversificaban en casa de hijas y nueras. A medida que se ampliaba la familia, a los niños siempre se les servía primero, los adultos recibían su plato de comida de forma equitativa y aleatoria y todo el mundo veía normal que los primos con pene y los primos con vagina jugáramos a los mismos videojuegos.

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