Series históricas: una necesaria introducción.

Cuando hablamos de recursos multimedia, muchos profesores se limitan a los manidos documentales o presentaciones en Power Point. Y es cierto que cuando uno ha estudiado a base de libro de texto y diapositivas -diapositivas originales, de las que tenían un botoncito para pasar de una a otra que, con suerte, el profe dejaba apretar al menos gamberro de la clase- el despliegue que permite la pizarra digital puede parecer novedoso. Pero seamos sinceros: una ficha con más de diez líneas proyectada en la pared no es atractiva ni para ellos ni, probablemente, tampoco para nosotros.

Reconozco que dediqué una gran parte del tiempo que destinaba a preparar mis clases a buscar recursos novedosos e impactantes que pudieran conseguir la proeza de mantener callados a mis bestezuelas durante cinco minutos. Sin ningún pudor recurrí a lo que yo denomino aprendizaje mediante el trauma© y es que no es lo mismo un documental aséptico de 50 minutos del History Channel sobre los nazis que ver a un apacible abuelo sentado en el programa de Ana Rosa llorando a lágrima viva mientras cuenta las atrocidades que le han hecho. Los documentales, salvo en algunos casos muy concretos, deberían desterrarse de las aulas. Está matemáticamente comprobado que los nenes empiezan a bostezar en cuando sale el logo de Discovery, National Geographic o alguno de la decena de canales documentales con los que personalmente fui torturada durante mi infancia -sólo que, en mi caso, con el añejo sabor de un VHS cascado y con interferencias-.

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