La piedra contra el cristal

Louvre

 Desde que algún humano decidiera construir la primera choza con un puñado de palos y pieles, la arquitectura no ha dejado de evolucionar. Pocas formas mejores para conocer a un pueblo que fijarte en cómo construye; desde la tendencia al gigantismo de los mesopotámicos y los egipcios, pasando por las tipologías griegas, de un orden casi obsesivo, hasta el familiar sentido práctico de los romanos. La solidez oscura del románico, la ligera luz del gótico; la reivindicación del pasado de los renacentistas, a los que hoy habríamos tildado como unos insufribles locos del vintage. Las curvas barrocas, el exceso del rococó, la armonía del neoclásico; todos fueron esclavos de los materiales a su disposición y de las técnicas disponibles para trabajarlos.

Como casi siempre, la Revolución Industrial lo cambia todo. Hierro fundido, hormigón, acero. La domesticación absoluta del vidrio. Por primera vez el hombre doblega la materia, y no al revés. Surgen formas imposibles, alturas inalcanzables, muros transparentes. Maravillas de cristal y de acero que simbolizan una nueva era.

En la foto, frente a frente, una las alas del Louvre frente a la gran pirámide de cristal. Dos estilos superpuestos; la pesadez barroca contra la ligereza del vidrio. El esqueleto de aluminio contra los pilares, pilastras y muros. Dos formas de construir -dos formas de entender la vida- condicionadas por el momento en el que el hombre adquirió la facultad de poder imponer su voluntad a los materiales.

– París, 20 de febrero de 2009

La ciudad gris

París HDR

París nos recibió con lluvia, nos acogió plomiza y nos despidió entre nieblas. Si es la ciudad de la luz, desde luego disimuló muy bien cuando yo estuve allí. Gris y fría como el ánimo de los parisinos con los que nos cruzábamos, algún resquicio de luz y de sol como las sonrisas y las simpatía de los inmigrantes que se dedicaban a la venta ambulante y te hablaban en español con tan sólo mirarte a la cara. Gris y monumental, abrumadora en ocasiones; extraña, con el botín que Napoleón se trajo de Egipto diseminado por aquí y por allá.

No se ofendan: no dudo de que París tenga su encanto, sencillamente yo no se lo vi. Salvo dos honrosas excepciones -una cierto museo, otra cierta catedral- la ciudad me pareció digna de ser visitada sí, pero sólo una vez en la vida. Al contrario que Roma o Madrid, por donde me gustaría perderme mil veces sin que nadie me encontrara, París no me invitaba ni a sacar la cámara, que ya tiene tela, y todas las fotos de esos días tienen una neblina de fondo, colores apagados, un aura desvaída. Vaho en los cristales y gotas de agua sobre los telescopios en la cima de la torre más sobrevalorada del mundo.

Hace exactamente cinco años de la foto que encabeza el texto. Yo acababa de terminar oficialmente la carrera. Sería bonito hacer una metáfora sobre la foto, el puente y cómo la figura adosada parece contemplar un lejano futuro, pero la verdad es que yo entonces no pensaba en eso. Yo sólo tenía frío y quería sacar la foto. Quería sacar todas las fotos que pudiera cuanto antes, y hacía bien, porque me faltaban menos de veinticuatro horas para hacerme un esguince en la planta del pie (tal cual). El resto del viaje lo haría cojeando, como cojeando recorrí maravillada lo poco que pude ver del Louvre. Aun hoy, cinco años después, cuando llueve y estoy cansada suelo notar un dolor sordo, la sombra de aquella lesión inoportuna. De ahí quizá sí se pueda sacar alguna metáfora. París no me encandiló, pero ese dolor, sin duda alguna, me hará recordarla toda la vida.

– París, 18 de febrero de 2009.

El (improvisado) Arco del Triunfo

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Cualquier persona normal abriría un fotoblog con alguna de las mejores fotos que tenga. Yo la normalidad la dejé muy atrás hace tiempo. Esta foto, de hecho, si por mí fuera ni siquiera habría salido de la tarjeta de memoria de mi cámara.

Me explico. Yo volvía de visitar el Louvre, con los pies destrozados y hasta los mismísimos ovarios de mis acompañantes. Con más hambre que el perro de un ciego, además. Paramos por el Arco del Triunfo como última visita del día -como se aprecia en la foto está atardeciendo- y la verdad es que no tenía ganas ni de sacar la cámara de la mochila. Dejé a la gente aparcada y me fui a buscar algo de comer. Por esa zona, más abajo del lugar donde se tomó la foto, hay varias panaderías, así que hacia allá me dirigía cuando, supongo que por cargo de conciencia, me paré a sacar la cámara y tiré la foto con una desgana absoluta, sin fijarme ni en el encuadre. Me dio también igual, como veis, que el balance de blancos estuviera completamente desajustado.

Pero lo que son las cosas, resulta que la probablemente peor foto que saqué de ese viaje fue la foto que le gustó a mi madre, y por esa razón ha pervivido en mi disco duro durante años. Es de hecho una de las pocas fotos que me ha pedido ampliar, y yo aún hoy la miro y me pregunto por qué.

Es bueno empezar un nuevo proyecto preguntándose por qué.

– París, Francia, 28 de febrero de 2009.