Vida de profesor: el calor

Igual que grandes ejércitos o militares de la Historia tropezaron de forma fatal con el General Invierno, los profesores nos hemos encontrado estos días a un enemigo que, no por esperado, deja de ser molesto: el calor.

Sí, ya lo sé: es junio, estamos en el sur de España y hace calor. Eso mismo les he dicho a mis desesperados alumnos de 1º de ESO cuando he entrado, sobre la una de la tarde, a su pequeña aula abarrotada, malamente aislada y por supuesto nada acondicionada. Porque, pese a que las circunstancias climáticas sean adversas, resulta que yo tengo que darles clase. No, no puedo sacármelos al patio -no sólo hace más calor aún, sino que es un espacio reservado, lógicamente, para los profesores de Educación Física- ni tengo permitido sacarlos del instituto para meterlos en algún lugar climatizado, ni me queda otra opción que la de intentar entretenerlos como buenamente pueda mientras observo cómo el sudor les cae a chorros.

¿Pueden imaginarse el impacto que supone entrar en un aula cerrada donde veintipico adolescentes llevan horas sudando la gota gorda? ¿Pueden imaginarse en qué estado de concentración se hallan esos veintipico adolescentes, refrescándose como pueden con artesanales abanicos fabricados a partir de hojas de libreta? ¿Me pueden explicar cómo demonios se da una clase en la que a cada minuto hay una interrupción porque alguien quiere abrir una ventana, alguien quiere cerrarla, alguien necesita urgentemente ir a beber agua o alguien, sencillamente, se está mareando? ¿Con qué cara me planto ante ellos en ese contexto y empiezo a hablarles de la formación del Imperio romano?

Hace unos años caí, milagrosamente, en un centro que disponía de aire acondicionado. El comentario de muchos de mis conocidos no docentes fue bastante revelador: qué morro o qué suerte, como si estas mismas personas no desarrollaran su jornada laboral en oficinas perfectamente climatizadas, de forma que su mayor drama veraniego es tener que acudir al trabajo con una chaqueta fina. Cualquier instalación -incluso cualquier instalación de la administración pública- tiene hoy en día aire acondicionado. Incluso el transporte público lo tiene. ¿Por qué los institutos no? ¿Por qué se ve como algo lógico y normal que profesores y alumnos tengamos que pasar el último mes de clase en unas situaciones de calor y humedad que nos hacen ser completamente improductivos?

Resulta curioso que se plantee el enorme gasto económico y energético que tendría la instalación de aparatos de aire en los institutos -donde, para empezar, no tendrían que funcionar durante todo el día, exactamente igual que la calefacción, que se suele encender sólo durante un par de horas- pero no en otros establecimientos donde nos parece natural helarnos en pleno julio. O que las condiciones que no aguantaría un trabajador adulto motivado por un sueldo las tengan que soportar unos estudiantes de 12 años absolutamente agotados a estas alturas de curso escolar.

Y mientras tanto, en el instituto, yo he decidido que los tres días en los que doy clase a última hora con cada uno de mis tres primeros de ESO se pone una película relacionada con el tema en curso -ahora mismo estamos con Troya-, porque pedir concentración a mis alumnos es imposible. Eso nos permite además apagar la luz y abrir un poco las puertas para que entre algo de aire del pasillo. Un pequeño alivio en la insoportable atmósfera de clase.

Ven la película en silencio, abanicándose, algunos atendiendo, otros vencidos y amuermados. Piden frecuentemente ir a beber agua, y no los culpo, porque yo misma he rellenado mi botella tres veces hoy. Tengo que darle un caramelo a un alumno que se siente un poco mareado. Al final de la clase tienen la espalda húmeda y a mí misma se me pega la ropa al cuerpo cuando me levanto de la silla. Huimos al pasillo, donde el aire se puede respirar. Y les veo alejarse, con el libro de Ciencias Sociales que no he podido abrir en todo el día, pensando que nos quedan tres semanas así.

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