Historias sobre lo que no tienen (II)

Ocho y veinte de la mañana. La horrible sirena del instituto anuncia el inicio de las clases. En la sala de profesores tenemos las ventanas completamente abiertas para ventilar y permitir entrar el aire, que a esas horas aún refresca -y bastante-. Pero, al entrar en el aula que me corresponde, me encuentro las persianas bajadas y a los alumnos esperándome, desesperados, para que les permita ir en busca del mando del aire acondicionado.
– ¿Por qué no abrís las ventanas?
Se me quedan mirando, con la boca algo entreabierta, sin parpadear. Tan inexpresivos como un puñado de vacas.
– A ver, es temprano. En la calle hace fresco. Abrid las ventanas, y veréis como no hace calor.
– Entonces, ¿no nos dejas ir a por el mando? -es la brillante conclusión a la que llegan, tras unos segundos de hacer rechinar engranajes.
– ¿Pero qué problema tenéis con abrir las ventanas, hijos míos?
Me miran como si les hubiera sugerido regalar la Play 3, refunfuñan un poco y acaban subiendo las persianas y descorriendo las ventanas. Les falta parpadear y ponerse las manos ante los ojos, como los nenes de la Nicole Kidman en Los Otros. Una corriente bastante agradable empieza a recorrer la clase, pero algunos siguen quejándose del calor, arremangándose sus camisetas de manga larga, mientras miran de reojo el aparato al que estos días santificarían con sus vidas -por delante del router wifi-.
El aire acondicionado. En muchos institutos, el aire acondicionado es una leyenda urbana, como la autoridad del profesor o la calidad de la educación. En otros, es un lujo presente en la sala de profesores. Este centro tiene la fortuna de ser pequeño y poder permitirse una consola de aire en casi todas las aulas. No es asunto baladí: tener una clase bien climatizada es algo que se agradece cuando son las dos de la tarde y los alumnos, hambrientos y sudorosos, empiezan a valorar la idea de asesinarte para poder escapar cinco minutos antes a la comodidad (o comodidades) de sus casas. También es un atentado a la garganta del docente, cuando asomas la nariz en un aula y te parece ver a un pingüino esperando junto a la pizarra. Pero bueno.
Desgraciadamente, también pone de manifiesto lo poco acostumbrados que están nuestros pupilos a valorar lo que tienen.
Unas horas después de obligar cruelmente a mis alumnos a abrir un par de ventanas, me toca entrar a otra clase. Es el aula más impopular del instituto, porque tiene el aparato de aire acondicionado roto. Por esta razón, y siempre que queda alguna otra libre, mis alumnos huyen en desbandada como un puñado de cachorrillos buscando el frescor bajo los árboles. Pero a veces no hay más aula libre, ni más opción que la que apechugar y dar clase en lo que algunos han bautizado como “el horno crematorio” (algo se les pega de mis clases de Historia).
En el horno crematorio hace calor, pero mucho menos del que podrías sufrir un día cualquiera en mi viejo instituto sevillano. Cualquier clase en la que no salgas con la ropa pegada al cuerpo como si hubieras entrado en una sauna me parece francamente soportable. Como los alumnos que tengo delante no son críos de 1º, sino chicos ya talluditos de 4º, tiendo a pensar que podrán soportarlo.
Craso error.
Nada más entrar, una chica se dirige a mí.
– Es que es un cachondeo, maestra, que ese aire lleve roto tanto tiempo y no vengan a arreglarlo. Así no podemos estar.
Lo más asombroso es que expone su problema con el aplomo y la dignidad de los que están convencidos de llevar la razón. Puedes imaginártela diciendo eso delante de algún tribunal internacional, y por unos segundos me dan ganas de releer la Constitución, a ver si en algún lado está escrito que el aire acondicionado es un derecho inalienable.
– ¿Sabéis que en algunos institutos no hay aire acondicionado? -les pregunto, así, por preguntar.
– Pero no hará tanto calor.
– Institutos de Sevilla. Créeme, hace calor.
– ¿Y cómo dan clase? -me preguntan, en el mismo tono con el que me suelen preguntar cómo se construyeron las pirámides de Egipto.
– Se aguantan.
Palabra clave. Aguantarse. Siento cómo se la repiten mentalmente. Me parece que alguno está a punto de buscarla en uno de los diccionarios de aula. Normal:  no entra dentro de su vocabulario.
Y vuelvo al pasado. A una clase en la que apenas cabían algo más de cuarenta pupitres con algo más de cuarenta zagales. El sudor perlándonos la piel bajo el polo blanco del uniforme -no os quiero ni decir lo que picaba la puñetera falda, de tela tan áspera como pesada-. Abrir las ventanas era un dilema serio, puesto que con el ansiado aire fresco se colaba el producto de los tubos de escape -esos antiguos tubos de escape- de las decenas de coches que pasaban por una de las calles más céntricas y asfixiantes de la ciudad. En las dos últimas horas, siempre estábamos sedientos, pues no nos dejaban salir al baño ni llevarnos botellas de agua.
Pero nos aguantábamos. Si algo aprendimos los de mi generación, fue a aguantarnos. Básicamente, porque no conocíamos otra alternativa. No pensábamos si en otros lugares hacía menos o más calor, el aire acondicionado, en aquella época, apenas si se veía en algunos coches. No odiábamos al profesor por no dejarnos salir a beber, ni pensábamos en elevar una queja para que nos quitaran el uniforme. Sencillamente estábamos a las puertas del verano, hacía calor y nos aguantábamos.
Ellos no saben aguantarse. No lo han practicado. Sus padres no les han enseñado, los mismos profesores ya no están en posición de enseñarles. Me los imagino de adultos, en una de esas situaciones donde has de soportar estoicamente el calor, la sed o el cansancio, y no soy capaz. Se echarán a llorar, o empezarán a gritar. Yo qué sé.
Criamos a una generación tan acostumbrada a las comodidades que los lujos para ellos no son un regalo, sino un derecho. Y están muy dispuestos a reclamarlo. Básicamente, porque serían incapaces de sobrevivir de otra forma.
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Historias sobre lo que no tienen (I)

[Post kilométrico que publicaré dividido en varias partes.]
 
Estoy de guardia -tarea que consiste en aguantar estoicamente durante 60 minutos a un puñado de chavales que no tienen nada que hacer- cuando Diego se levanta y empieza a hacer el imbécil. Diego es un bigardo de casi dos metros; juega en el equipo de baloncesto local, pero es un poco manta, sencillamente porque se esfuerza tanto en la cancha como en el instituto: o sea, nada.
Si a mí hay algo que me exaspera es que los bichos se levanten sin mi permiso, así que le ordeno a Diego categóricamente que se siente. 
– Diego, abajo -como los perrillos.
Me mira enfurruñado. 
– Es que me aburro.
– ¿Te aburres? ¿En el instituto? ¿En serio?
Parpadea.
Nota mental: rebajar los niveles de ironía con los alumnos.
¿Ein?
– Que te sientes.
– Pero es que me abu…
– Que te sientes.
Diego se sienta. Les he dado permiso para sacar el teléfono móvil -total, lo hacen de todas formas- y la mayoría de sus compañeros se entretienen escuchando música con los cascos -el requisito indispensable para que se lo permita es que no me torturen con esa basura que escuchan-, jugando o mensajeándose por whatsapp con otros alumnos -¿veis, como al final lo sacan de todas formas?-. Pero Diego sigue dando la lata porque se aburre, se aburre y se aburre.
Aburrirse. Sin querer vuelvo a recordar mis tiempos de alumna, las soporíferas -para mí- clases de Química o Matemáticas, incluso alguna asignatura especialmente pesada a la que tuve que asistir en la facultad, sin demasiada alegría, pero con el convencimiento de que era lo que debía hacer. Vuelvo a mi clase del cole, visualizo a uno de mis antiguos maestros pero, cuando intento imaginarme a alguno de mis compañeros echándole en cara que “la clase es aburrida”, mi imaginación se corta. No puedo. Es un concepto incompatible. Como esperar ver a un oso polar en la selva tropical -por más que Lost diga lo contrario-. 
Pero ahora estamos en la era de lo divertido. Ordenadores, Internet, whatsapp, videojuegos, no debe haber un solo momento de aburrimiento para los chavales, ¡hombre, por Dios! Faltaría más. Incluso a nosotros se nos dice -perdón: exige– que el aprendizaje debe ser divertido. 
En efecto, mi área se presta mucho a las anécdotas, a las fotos, a los vídeos, a hacer de las clases algo ameno e incluso interesante. Pero siempre hay -y siempre debe de haber- una dosis, aunque mínima, de aburrimiento. ¿No forma el aburrimiento parte de la vida? ¿Cuántas veces, de adulta, me habré encontrado esperando pacientemente una cola, sentada en la consulta de un ambulatorio, aguantando una celebración familiar que me resulta soporífera? ¿Sería capaz de hacerlo si de niña no me hubieran enseñado que hay momentos en los que uno debe esperar sin quejarse? 
Eso ando cavilando cuando me doy cuenta de que Diego, finalmente, se ha quedado callado, sentado, mirando con aire distraído por la ventana. Perdido en su mundo interior. 
Aburrido. 
Y -aunque sin saberlo- aprendiendo a ser adulto.