¡Están locos, estos reyes! Locura en la realeza española, desde Isabel de Portugal a Carlos II

La idea de este artículo surgió mientras investigaba sobre la vida -la muerte, mejor dicho- de nuestro viejo amigo don Carlos para mi serie de entradas sobre la leyenda negra. Si hacen ustedes memoria, recordarán que, lejos de la imagen del joven gallardo que le atribuye la famosa ópera de Giuseppe Verdi, el retoño de Felipe II era un ser un tanto extraño cuya dispar conducta nos hace pensar, varios siglos después, que estaba como una auténtica regadera.

Escudriñando el árbol genealógico del desafortunado don Carlos, nos daremos cuenta de que el suyo no es un caso ni mucho menos aislado. Hay entre los Austria y sus antecesores, los Trastámara y los Avís, tantos antecedentes de locura que casi sorprende que al pobre Felipe le saliera algún hijo normal. Y es que los zumbados se cuentan a pares a lo largo de toda la línea sucesoria; desde Isabel de Portugal a Carlos II, encontramos más de un rey -y más de dos,- que, más que con corona, gobernaron con un embudo en la cabeza.

Incesto y endogamia en la realeza

Aunque en el deterioro del coco puede haber un factor ambiental -como veremos al hablar de Juana-, hoy aceptamos de forma prácticamente unánime que los casos de locura y deformaciones varias que salpican las casas reales se deben a la brutal endogamia que durante siglos sufrieron los linajes de sangre azul.

Endogamia es una palabra que utilizamos en varios contextos, y siempre con sentido peyorativo. Y no es para menos. Hoy en día conocemos lo perjudicial que es casarse con un pariente consanguíneo; desde la mítica cola de cerdo del último de los Buendía hasta el “tus padres son primos” que frecuentemente se utiliza como insulto, tenemos bien asimilada la repulsa al incesto y la idoneidad de tener ocho bisabuelos sin cruces raros entre sí.

Sin embargo, no siempre fue así. Para los reyes, príncipes, caudillos y nobleza varia el tema incestuoso siempre fue menos peliagudo para nosotros, ya desde la misma Antigüedad. En la propia Biblia hay abundantes referencias al asuntillo, y una de las más escabrosas es la que concierne a las hijas de Lot. Lot, sí, aquél cuya mujer se convirtió en sal al mirar atrás durante su huida de Sodoma, todo esto después de que el marido ofreciera a sus vecinos violar a sus propias hijas. La cosa no debió prosperar, porque éstas, al ver que no había maromo que se interesara en ellas, decidieron emborrachar a Lot para tener hijos con él y asegurar la descendencia. Y tú te quejabas de tu familia.

Más complicada es la situación del antiguo Egipto. Gracias al curioso panteón de dioses egipcios, no estaba nada mal visto que algunos faraones desposaran a sus propias hijas y hermanas por el bien de la unión familiar. Es el caso de Akhenatón, más conocido como el marido de Nefertiti. Akhenaton es un faraón polémico; nacido Amenhotep IV -o Amenofis IV-, es famoso por haber mandado al garete el complicado panteón de dioses egipcios, sustituyéndolos por una deidad monoteísta llamada Atón en lo que se conoce como Cisma de Amarna. Tal locura sólo duró un reinado, y su hijo Tutankhatón no tardó en volver al redil de la religión tradicional, cambiando su nombre a uno que quizá les suene: Tutankhamón.

Akhenatón no sólo puso el sistema de valores de su país patas arriba, sino que la muerte de su amada Nefertiti no se le ocurrió otra cosa que casarse con su primogénita Meritatón, con la que tuvo una preciosa hija-nieta. Pero como el amor paternal del bueno de Akhenatón no conocía límites, parece que también desposó a otra de las hijas habidas con Nefertiti, Ankhesenamón, con la que también habría tenido un churumbel. Lo que es seguro es que Ankhesenamón también se casó con su hermanastro Tutankhamón; no quedó ahí la cosa, sino que a la muerte del famoso faraón-niño, contrajo matrimonio con su abuelo Ay, el padre de Nefertiti. Lo que se dice una familia estrechamente unida.

Aunque así es como nos lo cuentan las -escasas- fuentes a nuestra disposición, hay que advertir que no son suficientes para asegurar con certeza que el incesto fuera tan práctica común entre los faraones; además, el complicado sistema de escritura egipcio puede habernos inducido a algún error semántico. Lo que es cierto es que no son pocos los faraones que, según las fuentes, se casaron con sus hermanas o sus hijas. Si debemos interpretarlo de forma literal o hay algún detalle que se nos escapa, es algo que difícilmente llegaremos a saber con seguridad.

Pero los jefazos de la sexualidad abierta fueron, sin duda, las antiguas Grecia y Roma. En el panteón de dioses grecolatinos -y recordemos que la peculiaridad de los dioses griegos y romanos es que compartían los vicios y virtudes del hombre- hay casos incestuosos para aburrir. Y en la sucesión de emperadores romanos, también.

La palma se la llevan en la dinastía julio-claudia, en donde encontramos el curioso caso de Calígula, Claudio y Nerón. Calígula, familiar cariñoso donde los hubiera –y siempre según los cuestionables cronistas de la época, que le odiaban un pelín– tomó por amantes a sus tres hermanas. Una de ellas fue Agripinila -también conocida como Agripina la Menor-, a quien debió de caerle en gracia lo de tener intimidad con sus parientes, por lo que a la muerte de Calígula se casó con su tío Claudio, a quien convenció para que adoptara al hijo de su primer matrimonio, Nerón. Nerón no fue un personaje tan oscuro como habitualmente se piensa, pero sí parece ser cierto que padecía de cierto complejo de Edipo, porque obligó a su madre a completar su triplete particular acostándose con ella.

Siempre se ha dicho que en la Edad Media la laxa moral clásica se endureció. Lo cierto es que no fue un cambio tan brusco -en la Alta Edad Media aún se están sacando a la luz casos, sobre todo referidos a homosexualidad, que pueden sorprendernos- pero en último tramo de esta era, y comienzos de la Edad Moderna, la religión ya había tomado completamente las riendas de la vida sexual de los nobles y el vil populacho. Aquello de encamarse con un pariente comenzó a estar un tanto mal visto, aunque en caso extremo y bula mediante, los matrimonios entre primos o entre sobrinos y tíos no fueron nada raros. Que se lo digan a Juana La Beltraneja, desposada con el hermano de su madre. O a Isabel y Fernando, que eran primos segundos.

La pregunta del millón es ¿por qué?. Muy fácil: si las personas de sangre real sólo podían matrimoniar entre ellas, era previsible que en algún momento todas las dinastías estuviesen emparentadas en mayor o menor grado. Además en la época esto no se veía como algo peyorativo sino todo lo contrario: se reforzaba la pureza de la sangre azul, y se acumulaban más honores y propiedades en los descendientes del incestuoso matrimonio.

Y así es como llegamos a nuestros queridos reyes hispanos.

Isabel de Portugal

“La demencia de Isabel de Portugal” de Pelegrín Clavé

No confundir con alguna de las otras cien Isabeles de Portugal esparcidas por ahí, ya que estamos hablando de la señora madre de Isabel la Católica. Miembro de la potente Casa de Avís y nieta de reyes, Isabel se casó con el rey de Castilla, Juan II, con quien tuvo dos hijos: Isabel y Alfonso. Aunque tradicionalmente se ha aceptado que la salud mental de Isabel de Portugal degeneró gravemente en los últimos años de su vida, hoy en día su locura es un hecho controvertido sobre el que es imposible pronunciarse de forma fehaciente ante lo dudoso de los testimonios.

Isabel de Portugal causó una impresión tremendamente favorable en la corte cuando llegó a Castilla para casarse con el rey Juan II, que había enviudado de la madre de su heredero, el futuro Enrique IV. Todos coinciden en alabar, no sólo la belleza de la nueva reina, sino su inteligencia y buenas maneras. Jorge Manrique menciona que tenía buen “seso” para su edad. Alonso de Palencia señala que era una tierna doncella, de “honesto trato”.

Es precisamente Palencia el principal testimonio en el que nos basamos para considerar la supuesta locura de la madre de Isabel la Católica. Según este cronista, la madre de la reina, Isabel de Barcelós, se fue a vivir con ella a Arévalo tras la muerte de Juan II para atender su casa debido a la “creciente locura de su hija causada por la muerte de su esposo”. La propia Isabel de Portugal parece rebatir al cronista cuando en su testamento declara “…y en mi juicio e seso natural qual Dios me lo quiso dar…”.

¿A quién creer? Como sucede habitualmente en la disciplina histórica, ninguna fuente escrita es totalmente objetiva. Los escritos de Alonso de Palencia, uno de los principales cronistas de los reinados de Juan II, Enrique IV e Isabel la Católica, siempre deben de ser pasados por el tamiz de la duda. Pero también, como es obvio, resulta lógico que Isabel de Portugal no admitiera una posible enfermedad mental en su testamento.

Existe un documento, la Historia de la bienaventurada fundadora de la Orden de la Concepción, sobre la vida de una tal Beatriz de Silva y Meneses, que antes de fundar la citada Orden había acompañado a Isabel de Portugal en su llegada a Castilla. Según esta crónica, a la reina le pareció que su esposo miraba a su dama de compañía con ojos lascivos, por lo que no tuvo otra ocurrencia que encerrar a la pobre Beatriz dentro de un baúl con llave. Beatriz se salvó de milagro de lo que podría haber sido una muerte horrible, y tal episodio, de ser cierto, podría establecer un inquietante paralelismo entre los enfermizos celos de la portuguesa y los que dos generaciones más tarde harán presa en su nieta.

La realidad es que nunca sabremos con certeza si la madre de Isabel la Católica estaba loca o no. La hipótesis es perfectamente plausible, pero no existen fuentes fiables que la corroboren. Personalmente me inclino a pensar que el amigo Palencia pudo haber llevado algo de razón en este punto, pero ante la ausencia de otros testimonios habrá que colocar la enfermedad mental de Isabel de Portugal en ese cajón de hechos históricos que nunca podrán demostrarse con total seguridad.

Juan II de Castilla

Si la figura de Isabel de Portugal es controvertida, no lo es menos la de su esposo, el rey Juan II.

Juan II es un rey que en la actualidad apenas es conocido por haber sido padre de dos reyes de Castilla, Enrique IV e Isabel I. Y sin embargo, merecería la pena que nos detuviéramos un poco en la figura de este monarca, que a la sazón puede ser considerado el rey impulsor del Renacimiento en Castilla, mecenas de escritores y poetas y poseedor de un inquieto espíritu humanista. Con un carácter que nos recuerda invariablemente a su hijo, Juan II casó dos veces -con María de Aragón, madre de Enrique, y la citada Isabel de Portugal- pero su vida, sin lugar a dudas, ha quedado asociada a la aún más polémica figura de Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y Maestre de la Orden de Santiago.

Juan nació en 1405; tan sólo un año después fallecía su padre, Enrique III de Castilla. La Crónica de don Álvaro de Luna nos revela que los deseos que el rey expresaba en su testamento respecto a la educación de su hijo no fueron respetados por la reina, quien prescindió de los tutores nombrados por Enrique III y eligió en su lugar a don Álvaro, que con dieciocho años se convirtió en tutor del futuro rey.

Varios autores señalan el paralelismo entre la relación que unió a Juan II y Álvaro de Luna con la que más tarde mantendrían Enrique IV y Juan Pacheco. En el estudio biológico que el doctor Gregorio Marañón dedicó a la figura de este último rey, se desliza una clara acusación que afecta tanto al padre como al hijo: “Desde el punto de vista psicológico, encontramos en el padre las mismas cualidades, poco deseadas, que luego alcanzarán en que todo su siniestro esplendor”. Sigue incidiendo Marañón: “débil de carácter y sugestionable hasta el punto de su vergonzosa sumisión a la larga tutela de Don Álvaro de Luna”. Como el lector perspicaz habrá adivinado, Marañón insinúa una relación homosexual entre el rey y su consejero, de quien algunos coetáneos comentaban jocosamente que era el auténtico rey de Castilla.

Don Álvaro de Luna como Maestre de Santiago.

Desde luego, las páginas que el amigo Palencia dedica a la relación entre don Juan II y don Álvaro son bastante curiosas, sobre todo en lo referido al conocido distanciamiento que desembocará, con el tiempo, en la ejecución del Maestre de Santiago. Según Palencia, el desencuentro entre ellos comienza cuando Álvaro de Luna decide dejar intimidad al rey tras la boda para que afiance la relación con su nueva esposa“…no atreviéndose el Maestre en aquellos primeros tiempos del matrimonio a turbar con la acostumbrada energía el regalo y no interrumpida serie de goces del soberano”. Ni aun así se consiguió que don Juan pasase el tiempo preceptivo con su esposa, pues apenas dos años después Palencia nos cuenta que “E allí vino la Reyna, que en mucho deseo estaba de ver al Rey, que avía asaz largo tiempo que no le avía visto”. Todo esto después de que don Álvaro invitase al rey Juan a su villa sin la compañía de la reina, “en la qual el Maestre le tobo aparejados tantos modos e tantas diversidades de deportes e agradosos plazeres, e tanta abundancia de honestas e apaziles deleytaciones…”.

Pero el distanciamiento entre ambos se haría total tras el nacimiento de Alfonso y de Isabel; Isabel de Portugal, que temía el poder alcanzado por Álvaro de Luna, ya tenía la suficiente influencia sobre su esposo para pedirle que lo mandara detener. El Condestable y Maestre de Santiago, quizá el hombre más poderoso del reino, fue ajusticiado en verano de 1453. Juan II sólo le sobreviviría un año: amargado, sus palabras ante el lecho de muerte podrían haber salido de los labios del mismo Enrique IV: “Naciera yo hijo de un labrador e fuera fraile del Abrojo, que no rey de Castilla”.

¿Tuvo Juan II una relación homosexual con Álvaro de Luna? Permítanme divagar un poco antes de responder a esta pregunta.

Hay una amplia corriente en la historiografía -afortunadamente, cada día menor- a la que se le ponen los pelos como escarpias al escuchar hablar de homosexualidad. Por eso este tema suele quedar obviado, o mencionado muy por encima. Para los historiadores de hace una década, parece que la homosexualidad es un fenómeno que se interrumpió en el año 476 d. C y volvió a reanudarse en 1492; no hay ningún problema en discutir las sucesivas amantes de los reyes, pero oiga, de ninguna forma hubo monarcas gays.

Lo que hay que tener claro es que Juan II pudo ser homosexual o pudo no serlo, y ambas posibilidades son perfectamente naturales y asumibles. Mantuvo una relación de total y absoluta dependencia con Álvaro de Luna, aunque nunca sabremos si esa relación fue más allá en el plano personal. Pero lo que es incontestable es que Alonso de Palencia, por muchas interpretaciones que quieran oponerse a su texto, le acusa de homosexual. Y esa acusación es la que recoge Gregorio Marañón, que con la mentalidad de un hombre de su época considera esta actitud del rey castellano con su consejero una enfermedad mental en toda regla -una enfermedad que transmite, además a su hijo-, lo que me ha servido para incluir a Juan II en esta lista de reyes dementes.

Enrique IV de Castilla

Enrique IV de Castilla en la magnífica interpretación de Pablo Derqui para la serie “Isabel”.

Medio hermano de Isabel la Católica, hijo de Juan II, supuesto padre de Juana La Beltraneja. Un rey débil, manipulado por la nobleza castellana y su principal consejero Juan Pacheco, y eclipsado por la potente figura de su hermanastra. Enrique IV ha pasado a la Historia como el prototipo de rey veleidoso, inestable y con una sexualidad más que dudosa. Veremos qué hay de cierto en esto.

La primera mujer de Enrique IV fue Blanca de Navarra. Según Carmen Alicia Morales, autora de una gran psicobiografía sobre su hermana, “debido a que se sospechaba que a Enrique IV le gustaban poco las mujeres, la reina doña María fue aconsejada para que procurara el casamiento de su hijo, como un mecanismo más para asegurarse de que, en su momento, heredaría el trono de Castilla”. Nos relata Palencia, siempre tan discreto él, que en los festejos “…sólo falto el verdadero gozo del matrimonio, porque después la Princesa quedó tal cual naciera”. Añade el cronista que pronto la corte empezó a burlarse del matrimonio no consumado, “y aludiendo a la facilidad que D. Enrique encontraba en sus impúdicas relaciones con sus cómplices”. Más claro, el agua.

El matrimonio de Enrique con Blanca fue anulado, casando de nuevo con Juana, hermana del rey Alfonso V de Portugal y que le daría una hija: la tristemente conocida como Beltraneja. Escarmentado del primer matrimonio, el rey no permitió que en la noche nupcial con Juana se formara el habitual corrillo frente a su puerta para comprobar que el casamiento había sido debidamente consumado. No fue la mejor decisión de don Enrique, que no pudo impedir que la facción nobiliaria que apoyaba a su hermanastra Isabel en la guerra de Castilla esgrimiese su supuesta impotencia para tildar de ilegítima a su hija.

Sobre la impotencia de Enrique hay testimonios contradictorios. Por un lado tenemos a Palencia, que como ya hemos visto le acusa directamente de homosexual. Hay que tener siempre presente que Palencia es un decidido partidario de Fernando de Aragón, y no duda en maquillar los hechos para ensalzar al rey -en detrimento, a veces, de su misma esposa Isabel-, por lo que no deben extrañar estas duras palabras contra su enemigo en la guerra civil castellana.

Pero el testimonio de Palencia parecen corroborarlo otros cronistas como Hernando del Pulgar, que en cierto modo es aún más explícito: primero defiende que don Enrique jamás mantuvo relación sexual con ninguna mujer –“…y muchas veces las hacía dormir con él en su cama, las cuales confesaron que jamás pudo haber con ellas cópula carnal”-, pero al mismo tiempo admite que el rey, en su juventud, se entregó a “deleidades que la mocedad suele demandar y la honestidad debe negar”. ¿Insinúa Del Pulgar que Enrique era incapaz de copular con mujeres, pero sí con otros hombres? Desde luego, es lo que parece.

Por otro lado en la sentencia de la nulidad matrimonial del rey, se pone gran empeño en asegurar su virilidad: según la sentencia, un eclesiástico visitó a varias mujeres de Segovia, que aseguraron que “había habido en cada una de ellas conocimiento de hombre a mujer, así como cualquier hombre potente, y que tenía una verga viril firme y daba su débito y simiente viril”. Un explícito y exagerado ejercicio de afirmación que visto con los ojos de nuestro tiempo parece confirmar más aún la incapacidad reproductiva de Enrique.

Gregorio Marañón recoge todas estas acusaciones y, tras examinar la momia del rey, realiza su particular diagnóstico: esquizoide con timidez sexual. Para Marañón, la supuesta homosexualidad de Enrique era un rasgo más de una enfermedad mental que pudo hacerse más acusada en los últimos años de vida; una enfermedad, además, heredada directamente de sus padres. De hecho, el célebre doctor concluye con rotundidad:

“Doña Isabel, la futura Reina Católica, fue un producto genial de esta triste herencia, un eslabón excelso -como es siempre el genio- en una cadena de miserias. Pero rebrotó la pesadumbre degenerativa en su nieta, la loca Doña Juana, y en varios más de sus sucesores”.

Y de ellos hablaremos ahora.

Juana I de Castilla

La loca por excelencia, probablemente una de las pocas reinas españolas que han tenido cierto impacto en la cultura popular. Y desvirtuada su imagen en la de una muchacha tonta, celosa hasta el punto de caer en la demencia, y consumida por el amor hasta el extremo de recrearse ante en cadáver putrefacto de su marido. ¿Qué hay de cierto en la leyenda de Juana la Loca?

Cabe empezar con un breve apunte sobre la identidad de la susodicha: estamos hablando de la primera persona que, con todas las de la ley, merece ser llamada rey o reina de España. Tradicionalmente se considera a Carlos I como el primero en aglutinar bajo un solo mando la rica herencia de sus abuelos, pero fue Juana, aunque nominalmente, la primera persona que pudo denominarse reina de Castilla, Navarra y Aragón. Tan sólo por esto ya merece más respeto que el que se le guarda; estamos hablando de la primera reina netamente española.

Juana fue la tercera hija de los Reyes Católicos, convertida en Princesa de Asturias después de que fallecieran su hermano Juan, su hermana Isabel -la primogénita- y su sobrino Miguel -hijo de ésta-. La historia de los cinco hijos de los Reyes Católicos es realmente dramática, y la política matrimonial que establecieron sus padres a través de ellos, demasiado compleja para explicarla en su totalidad en esta entrada. Baste decir que Isabel y Fernando casaron a sus vástagos con descendientes de las principales monarquías europeas con dos objetivos en mente: uno, fortalecer su propia dinastía y dos -principalmente- aislar a su mortal enemiga, Francia.

Imaginen ustedes la cara que se les quedaría a los buenos Católicos cuando, muertos sus dos hijos mayores y su nieto Miguel -que estaba siendo criado con mimo por la propia Isabel- el título de heredero a la Corona recaía sobre Juana y su marido, un flamenco fuertemente partidario del rey de Francia -de quien era, de hecho, vasallo-.

Previamente a esto, la infanta y su hermano Juan, cual pack de 2×1 matrimonial, se habían casado con los dos herederos de los Habsburgo, Margarita y Felipe. Tras la muerte de Juan, Margarita volvería a su tierra natal, y con el tiempo se acabaría ocupando de la crianza de su sobrino, el futuro Emperador.

Juana, sin embargo, marchó a Flandes, donde tuvo que enfrentarse prácticamente sola a los misterios de una corte y unas costumbres muy distintas. Desde el primer momento en que puso un pie en tierra extranjera, su marido Felipe se esforzó por aislarla de todo lo que pudiera recordarle a su hogar. La mayoría de los sirvientes castellanos que acompañaban a Juana fueron despedidos; los demás, comprados con oro borgoñón. El estipendio que se había pactado en el matrimonio -y que sí llegaba con puntualidad a Margarita en Castilla- jamás llegaba a manos de Juana, quien se vio sin poder disponer de dinero propio. Se vio cada vez más aislada, y probablemente habría muerto sin haber vuelto a ver jamás a sus padres, si la fatalidad no hubiera hecho que Reyes Católicos no tuvieran otro remedio que mandarles llamar, a ella y a Felipe, para ser jurados como herederos de Castilla y Aragón.

Pero Juana no encontró ninguna liberación en Castilla. Con sorpresa, la futura reina descubrió, al llegar a casa, que su propio padre se aliaba con su marido para marginarla. Probablemente, ante la ya patente enfermedad de Isabel, el taimado Fernando intentara alejar un poco a su yerno de la órbita profrancesa -cosa que no consiguió- y por ello trató a Felipe como si fuera él, y no su hija, el heredero del trono.

Esta marginación acabaría siendo una constante en la vida de Juana. Muerta la Reina Católica, padre y esposo, tan distintos en sus opiniones, parecieron ponerse milagrosamente de acuerdo en algo: Juana no podía ejercer el reinado sobre Castilla que le correspondía por derecho, porque, oh casualidad, estaba loca. Y comenzó su encierro, mientras Fernando y Felipe peleaban por ser reyes de unos territorios que no les pertenecían. Muerto el marido, fue el padre quien prolongó el enclaustramiento de su hija. Muerto el padre, surgió otro hombre a quien le interesaba que trataran a Juana como una demente: Carlos, su propio hijo, que tuvo la desfachatez de proclamarse rey de Castilla en vida de su madre.

Conviene hacer unas consideraciones sobre la relación de Juana con Felipe. Parece innegable que entre ambos jóvenes se estableció desde el primer momento una fuerte atracción sexual. Esta atracción, sin embargo, se fue suavizando con la edad. A diferencia de su madre, Juana nunca fue capaz de asumir que su marido buscase la compañía de otras mujeres; sus enfermizos celos, vistos desde hoy, nos recuerdan a esa jovencísima Isabel, que para el bien del reino supo aceptar los devaneos de Fernando como algo inevitable.

Su forma de llamar la atención, en una corte donde se la marginaba, era adoptar actitudes que fácilmente podían confundirse con las de una loca -negarse a comer, por ejemplo-. Por otro lado, el trato que Felipe le dispensó no fue precisamente el más amoroso; su solución a los problemas de confianza de su esposa solía consistir en encerrarla.

Por tanto, la pregunta que debemos hacernos no es si Juana estaba loca. La pregunta que debemos hacernos es cómo podía no acabar loca una mujer que se había visto alejada completamente de los suyos, aislada de todo lo que conocía, maltratada por su marido, ninguneada por su padre, y finalmente humillada por su propio hijo. Durante su encierro en Castilla, debió sufrir tales tratos que el regente Cisneros, al interesarse por su estado, relevó a su virtual carcelero, Bernardo de Sandoval y Rojas, de una forma tan rápida como discreta. Y sin embargo, los testimonios de sus últimos días dan muestras de una lucidez que no sólo no se corresponde con la leyenda, sino que resulta admirable en una mujer que había sufrido tanto.

Se ha hablado mucho de la muerte de Felipe y de cómo Juana pedía ver su cadáver mientras lo trasladaban a su tumba en Granada. Según Vicenta Márquez, esta escena puede ser explicada desde un punto de vista completamente lógico: las constantes aperturas del ataúd obedecían a la necesidad de comprobar que el muerto no hubiera sido profanado -existía le peligro de que los mercenarios alemanes que el Hermoso había llevado consigo, y que no habían llegado a recibir sus pagas, lo saqueasen-, y el traslado del cuerpo a Granada se hizo motivado por una epidemia de peste y el deseo del propio muerto. No hubo escena de amor enfermizo post-mortem; es dudoso que Juana, a esas alturas, siguiera conservando algo de afecto por uno de los hombres que había hecho su vida imposible.

Pues, como dice la autora ya citada:

“Tres reyes la desplazaron de su lugar y la despojaron del gobierno a que tenía derecho: su marido, su padre y su hijo, y ello con crueldad innecesaria.”

Aun tuvo Juana la oportunidad de salir de su encierro en Tordesillas cuando los comuneros fueron a reivindicarla como la auténtica reina de Castilla. Pero ella tuvo la locura o la sensatez, de no apoyar completamente a los sublevados, negándose a traicionar a su hijo. En 1555, tras un largo encierro de cuarenta años, moría -olvidada por todos y creída endemoniada-, la primera reina de España.

“Doña Juana la Loca”, de Pradilla.

Carlos II de Austria

El último miembro de la rama española de los Habsburgo, y el exponente más claro de cómo la endogamia y la consanguineidad fueron mermando a la familia real española. Para comprenderlo, merece la pena hacer un repaso de las generaciones que le separan de la reina Juana.

Volvamos a los hijos de los Reyes Católicos. Dejamos a Juana casada con Felipe el Hermoso, al que dio un hijo llamado Carlos. Otra hija de Isabel y Fernando, María, se casó con Manuel I de Portugal, a la sazón viudo de su hermana Isabel. De ellos nacería Isabel de Portugal, que se acabaría convirtiendo en la esposa de Carlos I.

Fruto de ese matrimonio nacería Felipe. Aunque nunca se ha llegado a catalogar a Felipe II como loco, sí es cierto que algunos rasgos de su personalidad pueden hacernos pensar en una enfermedad mental incipiente. E incluso hay quien ha querido ver idénticas señales en su padre Carlos I o en su medio hermano, Juan de Austria.

Como lo de casarse entre primos causaba furor en la época, Felipe continuó tan entrañable tradición matrimoniando en primeras nupcias con María Manuela de Portugal, que era hija de Juan III de Portugal y la archiduquesa Catalina, hermana del emperador Carlos I. Con ella tuvo un solo hijo: el infante don Carlos, a quien ya conocemos, y que desde su juventud mostró señales de estar como un cencerro. Deforme, débil y un tanto psicópata, don Carlos le hizo un favor al reino, a su padre y a sí mismo muriendo antes de poder portar la corona.

La cuarta mujer de Felipe II fue Ana de Austria, hija de su primo Maximiliano II. Con ella tuvo al futuro Felipe III, que se casó con una pariente lejana, descendiente del emperador Fernando I, hijo de Juana y Felipe el Hermoso y por tanto hermano de Carlos I. De ellos nacerá Felipe IV.

Felipe IV se casó en segundas nupcias con su sobrina, Mariana de Austria -hija de su hermana María Ana y el emperador Fernando III- que además había sido esposa de su propio hijo, el fallecido príncipe de Asturias Baltasar Carlos. Con ella engendraría al que estaba llamado a ser el último de su dinastía: Carlos II.

Visto lo visto, a nadie le extraña que tenga estas pintas (“Carlos II”, de Carreño de Miranda).

Y en Carlos II se manifestaron, con todo su esplendor, los frutos de la consanguinidad que ya se habían insinuado en el infante don Carlos. Estéril, de cortas entendederas y llamado el Hechizado por su extraño aspecto, hay serias sospechas de que padecía el síndrome de Klinefelter, que afecta directamente a los cromosomas. Recientes estudios apuntan a que Carlos II pudo no ser tan poco inteligente como tradicionalmente se ha creído, e incluso hay quien defiende que pudo dar algunas muestras de buen gobierno. En cualquier caso, Carlos II murió antes de los cuarenta años de edad, enfermo y sin hijos, desencadenando la guerra de Sucesión española.

En el pobre Carlos se aunaron, potenciadas por la endogámica política matrimonial de los Austrias, todas las taras mentales y físicas que se habían ido manifestando en diversos miembros de la familia desde tiempos de los Trastámara. Como si la naturaleza tuviera su peculiar forma de hacer justicia, generaciones de matrimonios entre primos y parientes cercanos acabaron cristalizando en un ser deforme incapaz de reproducirse. Fue el retorcido, y triste final, de la dinastía más poderosa de la Historia de España.

Bibliografía:

AVILÉs y otros. Historia de España 9: La crisis del siglo XVII bajo los últimos Austrias. Gredos.

FERNÁNDEZ DE PALENCIA, Alonso. Crónica de Enrique IV [online]

MARAÑÓN, Gregorio. Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo. Espasa.

MÁRQUEZ DE LA PLATA, Vicenta. El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. Aguilar.

MORALES, Carmen Alicia. Isabel de Castilla: una psicobiografía. Editorial Adoquín.

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One thought on “¡Están locos, estos reyes! Locura en la realeza española, desde Isabel de Portugal a Carlos II

  1. Magnifica entrada, de verdad. Me ha gustado mucho lo que comentas sobre Juan II y Enrique IV, aunque siempre me he preguntado ante su fama de homosexuales y débiles de caracter (delegando las funciones de gobierno en otros) cual de las dos iba aparejada a la otra, como dejando caer que un rey que se deja influenciar excesivamente por otro hombre debe ser necesariamente homosexual (o bien que un rey homosexual va a ser necesariamente sumiso a otro hombre). Me intriga y mucho, de hecho, ese gap que comentas en el que la homosexualidad pasa de ser el pan nuestro de cada día y una amenaza real a la procreación (recuerdas aquella tesis que leimos?) a una enfermedad mental y herejía. ¿Existe entrada? ¿La tienes planeada?

    Aunque sin duda, mi parte favorita es sin duda la de Juana. Me choca mucho que mientras su madre Isabel pasó a la historia como la mujer más importante de la historia europea (junto con la Isabel inglesa) por adoptar actitudes propias de hombres (como echar a un lado a Fernando para evitar que se hiciese con un poder que no era suyo, como atreverse a, que locura, ser mujer y gobernante activa), algo tan historicamente negativo para una mujer, a Juana se la considerase una loca por ceñirse a aquello para lo que la habian educado toda su vida: a ser una buena hija, buena esposa y buena madre. Su padre, su marido y su hijo confabularon contra ella, su poder y su gobierno y ella, en lugar de arremangarse los faldones como hizo su madre y decidir que nadie iba a pasar por encima de ella y de su reino por mucho pene que tuviese, se hizo a un lado, maltratada, denostada y psicologicamente destrozada. Y ella es la Loca, que hizo lo que fue educada para hacer, no Isabel, que se rebeló contra las convenciones y las tradiciones e hizo, practicamente, lo que le salio de su catoliquisimo cetro.

    La historia, siempre enseñandonos que una mujer solo vale el valor de las pollas (con perdón) que se atreva a pisar.

    Buenísima entrada, felicidades.

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