La piedra contra el cristal

Louvre

 Desde que algún humano decidiera construir la primera choza con un puñado de palos y pieles, la arquitectura no ha dejado de evolucionar. Pocas formas mejores para conocer a un pueblo que fijarte en cómo construye; desde la tendencia al gigantismo de los mesopotámicos y los egipcios, pasando por las tipologías griegas, de un orden casi obsesivo, hasta el familiar sentido práctico de los romanos. La solidez oscura del románico, la ligera luz del gótico; la reivindicación del pasado de los renacentistas, a los que hoy habríamos tildado como unos insufribles locos del vintage. Las curvas barrocas, el exceso del rococó, la armonía del neoclásico; todos fueron esclavos de los materiales a su disposición y de las técnicas disponibles para trabajarlos.

Como casi siempre, la Revolución Industrial lo cambia todo. Hierro fundido, hormigón, acero. La domesticación absoluta del vidrio. Por primera vez el hombre doblega la materia, y no al revés. Surgen formas imposibles, alturas inalcanzables, muros transparentes. Maravillas de cristal y de acero que simbolizan una nueva era.

En la foto, frente a frente, una las alas del Louvre frente a la gran pirámide de cristal. Dos estilos superpuestos; la pesadez barroca contra la ligereza del vidrio. El esqueleto de aluminio contra los pilares, pilastras y muros. Dos formas de construir -dos formas de entender la vida- condicionadas por el momento en el que el hombre adquirió la facultad de poder imponer su voluntad a los materiales.

– París, 20 de febrero de 2009

Cuatro cuestiones sobre educación que quizá no conozca (pero que debería conocer si es padre)

La semana que viene comienza oficialmente el curso 2014/2015. Un curso que por desgracia, vendrá marcado por los mismos problemas que en años anteriores, pero con la novedad añadida de la magnífica LOMCE -que, si Zidane nos ampara, no llegará a aplicarse en Secundaria-. Un curso donde nuevamente los profesionales de la tiza tendrán que hacer frente a la escasez de medios, la alta ratio, la…

¡Alto, alto, alto! Espera. No cierres la ventana. En serio. No. La cierres. Retira ese cursor de la crucecita… Así. Despacito. Muy bien.

Y ahora, déjame hablar.

No te voy a llorar sobre nuestra situación, en serio. Me ha costado, ha sido un proceso largo y tortuoso, pero al final he acabado aceptando que la situación de mi gremio, al resto del mundo, le importa un carajo. Y es que un trabajador cualquiera puede despotricar a gusto contra su jefe, la miseria de sueldo o la burrada de horas extra que cargan a sus espaldas, pero… ¿Eres funcionario? Entonces calladito, que todo el mundo sabe que los funcionarios abandonan su puesto de trabajo a las 11.30 para desayunar durante un par de horas, se pasan el día jugando al solitario de Windows y son a los que hay que cortar la cabeza para poner en su lugar magníficas subcontratas donde os exploten por una miseria de sueldo cargándoos de una burrada de horas extra…

Captado.

Pero no he venido aquí a hablar de los profesores. Esa gentuza.

He venido aquí a hablar de los niños.

Tus hijos. O tus futuros hijos. O tus sobrinos. O tus futuros sobrinos. O los de tu vecino, los que te van a romper el cristal del salón de un balonazo. Da igual. El futuro de España. Los que serán tus médicos dentro de treinta años. Los que te limpiarán el culete cuando no puedas andar.

Esos.

Hablemos de tus hijos, pues. Y de cómo lo que ha sucedido en los últimos años está afectando su futuro.

Así a lo mejor, cuando salga el próximo informe PISA, en lugar de echarle la culpa íntegramente a los profesores -gentuza, repito- tienes una idea más aproximada de lo que ocurre en realidad.

La ignorada realidad del sistema educativo

El caso es: tenemos un sistema educativo muy bien montado; no os voy a decir para qué, pero muy bien montado. Unas líneas muy bien definidas; unas asignaturas variadas que permiten la formación integral de la persona. Equipos de apoyo para orientar al alumno o a la alumna. Si el nene o la nena no consiguen llegar a los contenidos mínimos y paupérrimos de la ESO, se les manda a Diversificación; si no pueden con Diver, ¡no pasa nada! Tenemos PCPI. Eso sí, al final del proceso todos reciben el mismo título; vaya a sentirse el chaval o la chavala discriminado o discriminada.

Está todo muy bien pensado.

En teoría.

Y el sistema no es que fuera una joya, pero bueno: hubo un momento en el que medio funcionaba. Luego llegaron los gobiernos, estatales y autonómicos, y empezaron a hacer sus cositas. Pequeñas reformas que exasperan a los profesores -esa gentuza- pero hacen dar palmitas con las orejas a los papás o las mamás. Porque los papás y las mamás, generalmente, no tienen la menor idea de lo que ocurre dentro de las tenebrosas paredes de un instituto.

Y me parece una situación francamente curiosa. Si uno tiene un coche, seguro que no lo lleva al primer mecánico que se cruce, sin saber si es de confianza o te va a arreglar el reventón con un poco de chicle. Si vamos a contratar un seguro, nos pasamos horas haciendo comparaciones entre una y otra compañía. Si nos queremos comprar un móvil, nos vemos hasta los vídeos del unboxing en Youtube. ¡Pero si hasta para ir a un restaurante necesitamos consultar las opiniones en Tripadvisor!

En cambio a los nenes los mandamos alegremente a clase, con el único requisito de que vuelvan, en orden de preferencia: a) limpios; b) tarde; c) enteros. Todo lo demás nos da exactamente igual, porque confiamos en que la Administración -pronúnciese con la solemnidad que la palabra requiere, por favor- velará por la buena educación de nuestros hijos e hijas hasta que sean ciudadanos y ciudadanas de provecho y provecha.

Ja.

A continuación os explicaré algunas de las novedades y situaciones introducidas recientemente -o no tan recientemente- y cómo están comprometiendo gravemente el futuro de los demonios que tienes ahora mismo en el sofá jugando a la Play Station.

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