La leyenda negra: América y la Brevísima

El vídeo que encabeza la entrada se hizo relativamente famoso el año pasado, por lo que puede que ustedes ya lo hayan visto; si no lo han hecho, les emplazo ahora mismo a hacerlo. Más allá de la opinión que me merezca el alcalde de Mijas (en Youtube hay vídeos de otras intervenciones suyas, menos gloriosas) lo cierto es que aquel día estuvo tremendamente inspirado y dio una respuesta absolutamente soberbia a un discurso que sólo manifiesta -“Descubrimiento“ es un término imperialista y por eso planteamos sustituirlo por ”Villa Romana”…¿en serio?– una profunda falta de cultura.

Lo triste es que esta falta de cultura no sea exclusiva del concejal que habla en el vídeo ni del grupo al que representa -por si a alguien le interesa, una coalición entre el grupo Los Verdes y un partido llamado Alternativa Mijeña en cuya página web pueden ver que se presentan con una doble nomenclatura, Artehnatiba Miheña, imagino que redactado en un supuesto idioma andaluz-. Lo triste es que esta falta de razonamiento crítico ante la Historia y de falta de capacidad de contextualización de la mayoría de la población española. De eso, me temo, no tiene culpa nadie salvo los profesores.

Reconozco que aún no he terminado de entender por qué esta virulencia y esta capacidad de ofensa cuando se habla del llamado Descubrimiento. Me explico: a mí se me enamora el alma cuando veo una falcata. La cultura ibera, su divergencia, su heterogeneidad -desde la riqueza de los turdetanos (zona de la actual Sevilla) hasta el relativo atraso neolítico de los gemnetas (Baleares)- sus rasgos celtas en el norte… Todo lo relacionado con los iberos es fascinante, y no sé cuántas horas habré pasado mirando fijamente la réplica de la Dama de Baza que saluda a los viajeros que entran al Aeropuerto de Granada. Ella y su prima hermana, la Dama de Elche, son los más famosos vestigios de los que quizá pudieran ser llamados habitantes primigenios de estas tierras, si antes no hubieran existido culturas tan desconocidas -tanto que no sabemos realmente dónde estuvieron exactamente situadas- como Tartessos, amén de las colonizaciones griegas y fenicias. Un auténtico sustrato de pueblos que convivían, comerciaban, se peleaban y configuraban lo que un señor llamado Heródoto denominó -prácticamente por primera vez- Iberia.

Y sin embargo, este sustrato inicial, esto que podríamos llamar, generalizando bastante, los primeros españoles -al menos en etapa histórica- acabó siendo absorbido por un pueblo mucho más avanzado tecnológica y militarmente, después de que Iberia se convirtiera en uno más de los campos de batalla entre ellos y otro pueblo antagónico, también muy desarrollado. Algunos pacíficamente, otros manu militari, la mayoría de pueblos iberos fueron siendo conquistados y aculturados por los más imperialistas de los imperialistas: el Imperio romano.

Y aun así, me la juego a que jamás habrán visto a un español reprochándole a un italiano romano oriundo del monte Capitolino -pues el resto casi que también es territorio conquistado- el genocidio perpetrado con la rica cultura ibera.

Entre otras cosas, porque nos obligaría a plantearnos… ¿qué han hecho por nosotros los romanos?

Con la desintegración del Imperio romano (y en parte siendo culpables de ella) vinieron los que tradicionalmente se llamaban pueblos bárbaros. Ellos nos trajeron la Edad Media con todo lo que ello significa; a los visigodos les debemos, entre otras cosas, algo tan arquitectónicamente fundamental como el arco de herradura, invento que erróneamente se ha atribuido durante mucho tiempo a los árabes. A las invasiones del norte de África se les deben tantas cosas que no cabrían en una sola entrada. Y después llegarían los pueblos cristianos del norte, para devolvernos lo más importante de todo: naturalmente, hablo del jamón.

¿Con esta introducción tan larga qué quiero decir? Que quien no ha conquistado Iberia, Hispania, llámenla como quieran, es porque no ha querido. Que de esas sucesivas conquistas, emigraciones e inmigraciones se configura el actual pueblo español. Y que incluso el más patriota podría reconocer que, fusilamientos y carga de los mamelucos aparte, las ideas que trajeron los franceses de S. M. José I de España habrían supuesto un gran adelanto para nuestro país, -siempre y cuando hubieran dejado su horrible comida al otro lado de los Pirineos-.

¿Qué les debemos a todos ellos, tartesios, iberos, cartagineses, fenicios, griegos, romanos, visigodos, vándalos, árabes, andalusíes, beréberes, almorávides, almohades, asturleoneses, aragoneses, navarros, castellanos, nazaríes…?

Lo que somos

Y por esta simple razón, se me escapa la virulencia y la falta de contexto con la que últimamente se aborda el Descubrimiento y Conquista de América. Pues al igual que el españolito de hoy no podría negar ninguna de sus herencias sin hacer el ridículo, América, en su totalidad y heterogeneidad, se debe actualmente casi tanto a las influencias europeas y africanas como al sustrato indígena -originario, por cierto, de Asia-. América, como España, no habría sido lo que es hoy sin las sucesivas oleadas de pueblos, primero invasores, luego inmigrantes. Para bien o para mal.

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Yo le hago daño a mi equipo

(Me van a perdonar que comente un tema futbolístico por aquí. Ya sé que pan y circo y todo eso. Pero como dice Luis García Montero en el poema con el título más bonito que podrá escribirse jamás: ”Son noventa minutos en un vaso de agua. Pero a mí me han quitado muchas veces la sed.”)

El motivo de esta entrada es pedir perdón.

Gracias a la LFP, esa liga tan genialmente organizada, hoy me he enterado de que daño a mi equipo. Me lo han dicho así, tal cual, claramente: “Cuando pirateas fútbol le haces daño a tu equipo”. Como soy visitante habitual de Rojadirecta y usuaria de esa maravilla llamada Sopcast, me he sentido aludida. Y oigan, duele. Porque yo a mi(s) equipo(s) los quiero más que a algunos de mis familiares de sangre. En serio.

Como nunca se me han caído los anillos -entre otras cosas porque no llevo- a la hora de disculparme cuando consideraba que estaba equivocada, escribo esta entrada para disculparme públicamente con mis equipos, a la sazón el Real Madrid Club de Fútbol y el Granada Club de Fútbol, por todas las veces que les he dañado por abrir en mi ordenador un stream en flash bastante pixelado.

Aficionado con una camiseta de mínimo 80 euros y una bufanda de entre 15 a 20 euros haciendo daño a su equipo.

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La ciudad gris

París HDR

París nos recibió con lluvia, nos acogió plomiza y nos despidió entre nieblas. Si es la ciudad de la luz, desde luego disimuló muy bien cuando yo estuve allí. Gris y fría como el ánimo de los parisinos con los que nos cruzábamos, algún resquicio de luz y de sol como las sonrisas y las simpatía de los inmigrantes que se dedicaban a la venta ambulante y te hablaban en español con tan sólo mirarte a la cara. Gris y monumental, abrumadora en ocasiones; extraña, con el botín que Napoleón se trajo de Egipto diseminado por aquí y por allá.

No se ofendan: no dudo de que París tenga su encanto, sencillamente yo no se lo vi. Salvo dos honrosas excepciones -una cierto museo, otra cierta catedral- la ciudad me pareció digna de ser visitada sí, pero sólo una vez en la vida. Al contrario que Roma o Madrid, por donde me gustaría perderme mil veces sin que nadie me encontrara, París no me invitaba ni a sacar la cámara, que ya tiene tela, y todas las fotos de esos días tienen una neblina de fondo, colores apagados, un aura desvaída. Vaho en los cristales y gotas de agua sobre los telescopios en la cima de la torre más sobrevalorada del mundo.

Hace exactamente cinco años de la foto que encabeza el texto. Yo acababa de terminar oficialmente la carrera. Sería bonito hacer una metáfora sobre la foto, el puente y cómo la figura adosada parece contemplar un lejano futuro, pero la verdad es que yo entonces no pensaba en eso. Yo sólo tenía frío y quería sacar la foto. Quería sacar todas las fotos que pudiera cuanto antes, y hacía bien, porque me faltaban menos de veinticuatro horas para hacerme un esguince en la planta del pie (tal cual). El resto del viaje lo haría cojeando, como cojeando recorrí maravillada lo poco que pude ver del Louvre. Aun hoy, cinco años después, cuando llueve y estoy cansada suelo notar un dolor sordo, la sombra de aquella lesión inoportuna. De ahí quizá sí se pueda sacar alguna metáfora. París no me encandiló, pero ese dolor, sin duda alguna, me hará recordarla toda la vida.

– París, 18 de febrero de 2009.

El efecto menéame y el efecto de una frase

La cosa va así:

He tenido muchísimos blogs a lo largo de mi vida. Algunos compartidos, la mayoría en solitario, ninguno lo ha leído ni el Tato. Actualmente soy co-autora del probablemente mejor blog que puede encontrarse sobre la cantera del Real Madrid, intento mantener un fotolog que normalmente alcanza picos de tres visitas por post (una es la de mi madre, a la que aprovecho para mandar un saludo. ¡Te quiero, mamá!), y escribo en un tuiter (alias @naru) donde tras casi siete años (dentro de 7 días los cumplo según Tuitutil, que nunca pensé que fuera a ser útil para algo) tuiteando he alcanzado la barbaridad de setecientos y pico followers, pico que es variable según el día -hoy digo que Lass Diarrá es el mejor mediocentro del mundo y gano diez de una tacada, y mañana digo que el Granada va a meter muchos goles y obviamente los pierdo; o sea, lo normal-. De vez en cuando digo algo que hace gracia y me lo retuitea mucha gente (creo que no he llegado ni a cien retuits) pero vamos, para que ustedes se entiendan, normalmente nadie me hace mucho caso y veo normal que así sea porque no digo nada interesante o que otros no hayan dicho ya. Honestidad ante todo.

Hace tres años me llamaron por primera vez para cubrir una sustitución en un instituto (hablo aquí de la experiencia) y lógicamente a todos mis amigos les despertó la curiosidad y quisieron saber cómo lo llevaba, si algún alumno me había mordido y ese tipo de preguntas que todo el mundo suele hacerte cuando eres docente. Alguien se inventó el término “profeaventuras” para las batallitas que iba contando, y como era un poco cansino andar siempre repitiendo las cosas por distintas redes sociales, me abrí un blog. Un blog que no es éste, aunque los artículos son (casi) los mismos. Un blog donde contaba mis cosas del día a día, mis experiencias de profe novata y esos secretos que nadie se atreve a preguntar, como si es verdad que se hacen sacrificios rituales en la sala de profesores -debo de decir que yo en la sala de profesores he visto y escuchado cosas que nadie creería, pero si las contara os tendría que matar, así que no hablaremos de ello. Hoy-.

Entre la Junta de Andalucía y el gobierno central, ambos igualmente queridos por mi persona, nos mandaron a casi 5.000 interinos a la calle, por lo que se me acabaron las anécdotas y las profeaventuras diarias. Decidí darle un ligero cambio al blog, ejemplificado en una mudanza de blogger a wordpress, con un nuevo diseño muy majete y un tono bastante más general. Tuve que limar alguna de las entradas anteriores, alguna directamente la borré -la de los sacrificios rituales- comenté alguna serie, alguna chorrada y ahora me ha dado por hablar de Historia porque para eso es mi blog y hablo en él de lo que quiero -mientras no sea delito-.

Normalmente me leen cuatro gatos muy contados. De mis setecientos y pico followers, normalmente me retuitean o enlazan el artículo de entre dos a cinco, la mayoría sólo porque me quieren mucho, como mi amiga @ElaBlackriver, co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid. A veces he tenido algún pico de lectores importante, como con este artículo que escribí en un momento de cabreo tras el informe PISA de las narices, que fue bastante RT. Adjunto una captura de pantalla con el histórico de posts con más visitas para que veáis el nivel (no cuento la entrada de Spartacus porque doy por hecho que más de uno habrá caído en ella por error, al ser una serie conocida y tal).

Estadísticas_del_sitio_‹_Profeaventuras_—_WordPress

Como veis aquella entrada no llegó a las 200 visitas y ya entonces me pareció un locurón. Cuando hablo de Historia no me leen ni 100 personas, lo que veo muy normal porque la brevedad, como ya habéis comprobado, no forma parte de mis virtudes.

A lo que iba.

Como podéis comprobar si hacéis scroll y tiráis p’abajo, últimamente estaba enfangada en un tema que me apasiona, la leyenda negra. No es que espere cambiar el mundo, pero al menos tener algo que enlazar cuando el próximo 12 de octubre vuelva a leer tonterías. Cuando escribo un artículo de historia lo hago a conciencia, y cuando digo a conciencia quiero decir con al menos tres libros de consulta sobre la mesa. Lo reviso unas diez mil veces antes de publicarlo, con el objetivo de que ninguna frase pueda malinterpretarse. Y obviamente de vez en cuando se me cuela algún gazapo. Porque oigan, nadie es perfecto. No, ni siquiera los licenciados en Historia (estamos ahí ahí pero no).

Esta semana me habría tocado investigar sobre Colón y el pecado original que aparentemente arrastramos los españoles desde hace 500 años, pero dio la casualidad de que llevo más de una puñetera semana sin apenas moverme de la cama por problemas de espalda y ayer que pude sentarme a escribir me apetecía hablar de otra cosa. De una cosa que llevo un tiempo comentando con mis amigas por determinadas circunstancias desagradables que nos han ocurrido de una forma más o menos reciente y que nos han hecho pensar que el machismo ha avanzado. Lo enlacé con situaciones que había vivido en clase y ya tenía un post. No lo revisé mucho (dos o tres veces, lo mínimo en mí) porque era una opinión. De hecho el quid del post es el relato de cómo he vivido unos 10 años equivocada. O sea: no puedo pretender llevar menos la razón. No puedo arrepentirme más de cómo yo pensaba que la discriminación iría quedando atrás con el paso natural de las generaciones. Y lo digo. Varias veces.

Le di al botón de publicar pensando que me leerían los cuatro gatos y medio de siempre.

En ese momento mi amiga @dagasutil, que también me quiere mucho y está al quite de todo, y por cierto también es co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid existente, me advirtió de que estaba confundiendo feminismo con hembrismo. Yo le contesté que el concepto de hembrismo lo conocí hace dos días (fui a buscar si estaba en el DRAE pero en ese momento justo estaba caído el servidor del Diccionario) que obviamente tengo muy claro lo que es el feminismo desde el punto de vista histórico y que no era la intención dar a entender que feminismo buscara la superioridad. Ahí consideré aclarado el tema y no creí necesario revisar la entrada porque no pensaba que fuera a leerla nadie más. Después @dagasutil y yo estuvimos debatiendo con el que considero una de las mejores personas que puede encontrar uno en tuiter, @ivanof_ivan, autor del que probablemente sea el mejor blog sobre historia y cantera del Real Madrid, sobre el de avance o no del machismo y si a veces los medios de comunicación hablan muy parcialmente de este tema y si algunos hombres, como a él le ha pasado, se ven injustamente tildados de machistas (en su caso por cederle el asiento a una mujer).

Tras esto, me tomé mi dosis de analgésicos, que falta me hacían, y me fui a dormir.

Esta mañana al levantarme he visto que alguien más había compartido el post. Tenía dos comentarios en tuiter que me han llamado la atención: uno diciendo que había un párrafo que sobraba y otro diciendo que había quedado muy “womensplaining”, cosa que admito que he tenido que preguntar lo que significaba. Yo he contestado diciendo que es mi opinión en mi blog y que no considero que ninguna opinión sobre, a lo que, tras insistirme que sí, he dado por zanjado el tema porque a mí nadie me dice lo que tengo que escribir en mi espacio web personal. Todo esto, en medio de la calle y sin tener la más remota idea de cuántas personas habían visitado o no el post.

Al llegar a casa, poder encender el ordenador y entrar por casualidad al panel de wordpress me he encontrado con decenas de comentarios y he empezado a adivinar por dónde iban los tiros cuando alguien ha mencionado la palabra “menéame”. Conozco el efecto menéame pero nunca había imaginado que acabaría siendo víctima de él. Aunque la mayoría de comentarios eran, tengo que decirlo, bastante respetuosos, casi todos me acusaban de no tener claro lo que era el feminismo. Después de hacer un sondeo en tuiter varias personas me han señalado dónde estaba el error. En esta frase:

Nunca he sido feminista. Nunca he creído que los hombres deban ser menos que nosotras.

Vale.

Más de dos mil palabras de post y UNA FRASE, UNA, arma la de Dios.

Analicemos la frase:

Nunca he sido feminista PUNTO Nunca he creído que los hombres deban ser menos que nosotras PUNTO. No estaban relacionadas. No pretendía dar a entender que el feminismo equivalga a luchar por la superioridad de la mujer. Quizá debía haber expresado mejor ese párrafo, no lo pongo en duda, pero vuelvo a explicar que no pensaba que nadie que no me conociera fuera a leerlo.

El caso es que, entre más de 2000 palabras, UNA FRASE podía ser interpretada en un sentido o en otro. Y pese al que EL RESTO DEL POST demostraba claramente que tengo de machista lo mismo que de socia culé, al menos una veintena de comentaristas decidieron interpretarlo de la peor forma e indignarse.

Y lo más curioso es que todo ese párrafo lo escribí para ahorrarme los más que previsibles calificativos de “feminazi”, etc, que suelen asaltarme en tuiter cuando menciono el tema. O como ha resumido muy acertadamente un comentarista que firma como David:

Has querido librarte de avinagradas acusaciones masculinas de feminazi,y por tu correcto uso de las comas has acabado con un ejército de feministas aclarándote los términos.

Tal cual.

Después de cansarme repitiendo a todo el mundo lo mismo, he hecho caso a mi amiga @MissRakelU91, que por cierto ha escrito un poema precioso de San Valentín, he copiado el texto aclarando el error en la entrada del post y ahí, más o menos, se ha calmado un poco la Furia.

Y ahora vamos al tema.

Ustedes, salvo las personas mencionadas y algún otro comentarista, no me conocen un pimiento.

Ustedes no saben quién soy, cómo soy, qué pienso, a quién defiendo, con qué me indigno. Ustedes no saben más de lo que he contado en el anterior post porque ustedes hasta hace unas horas no conocían la existencia de este blog. Y sin embargo, por una frase malinterpretada, ustedes se creen con derecho a juzgarme.

Me han juzgado como persona, como mujer, como estudiante de Historia y de Máster y, lo que más me duele, como docente. 

Por una frase.

Me he tomado la molestia de contestar -o intentarlo, puesto que no dejan de llegar- todos los comentarios. Todos, menos uno, con educación. Alguno con mi característica malafollá. Algunos comentaristas han respondido para aclarar, para acotar, para aceptar el malentendido. Puesto que por alguna razón WordPress no me deja responderles, desde aquí les doy las gracias. La mayoría, sin embargo, no lo han hecho.

Y no se tomen como revanchismo, sino simple aprendizaje -simple muestra de hasta qué punto asusta que más de diez mil personas que no te conocen de nada lean tus palabras- voy a hacer una recopilación de todo lo que se me ha dicho o de lo que se me ha acusado por una, repito, frase mal interpretada o por el resto del contenido del post. Pueden comprobarlo en los comentarios (que por cierto, son moderados por el spam, pero los apruebo todos).

– Medio idiota (Twitter).

– Se me acusa de “trazas de machismo inducido”.

– Tonta (el autor se ha disculpado por la agresividad de su primer mensaje, lo que agradezco).

– Inocular esas creencias [confundir feminismo con hembrismo].

– Se me acusa de no conocer el concepto de feminismo habiendo impartido CSG (con la autora de este mensaje también ha quedado el malentendido aclaro, también se lo agradezco).

– Se me echa en cara cómo puedo decir que nunca he sido feminista siendo una licenciada con máster (?).

– Se me acusa de ser “el típico pagafantas” (¡!).

– De nuevo se pone en duda mis conocimientos para impartir CSG (pero la persona se toma la molestia de leer los comentarios y comentar inmediatamente para aclarar que ha entendido el malentendido, lo que le honra aún más).

– Se pone en duda si sé lo que es el feminismo y se me acusa de dar cancha a los que piensan que equivale no a igualdad sino a superioridad.

– Se me acusa de criminalizar a los hombres porque me hayan dicho cosas yendo por un barrio chungo (?).

– Se me acusa de adoctrinar por impartir una asignatura establecida por el currículo de la ESO.

Y el mejor comentario de todos, del que extracto la mejor parte (educadamente lo he mandado a freír monas, como pueden ustedes comprender). Las negritas son mías:

Las horribles experiencias que ustedes han tenido sobre ser servidos en el ultimo momento por sus abuelas, de ser miradas mal o sobadas en los transportes públicos o por haber experimentado algunos inconvenientes por causa de su condición de mujeres me hacen pensar que son unas lloricas, eternas victimas profesionales, incapaces de reconocer las muchas razones que tienen para ser felices estando agradecidas y continuamente ocupadas en magnificar cualquier carencia por pequeña que sea.

Todo esto con la perplejidad de gente que da la casualidad que sí me lee en Twitter y me conoce, como @Matiasea_, al que por cierto deberían leer si son aficionados del Granada, @Rokko69_RM, al que siempre es un gustazo leer en Varikyno, @ChiquiPalomares que además de ser una cuenta que hay que seguir por defecto al entrar a Twitter resulta que tiene un libro muchísimo más interesante que lo que estáis leyendo ahora y que deberíais ir a comprar YA (son 0,89 céntimos, tacaños).

Y por supuesto, de mi amiga @lady_valkyria, que es co-autora del que probablemente sea el mejor blog sobre la cantera del Real Madrid.

Sí, llevo todo el post intentando aprovechar el efecto menéame para publicitar a gente que me sigue en Twitter y ha hablado conmigo de este tema a lo largo del día de hoy, y así intentar sacar algún provecho de tanta acusación falsa y tanto insulto de señores y señoras que no me conocen de nada. Tanta puesta en duda sobre mi formación académica, sobre mi trato a los alumnos/as y sobre mi labor como profesional de la enseñanza.

También he sacado provecho de las experiencias interesantísimas que han compartido la mayoría de los que se han parado a leer los comentarios anteriores antes de prejuzgar, y comparto los enlaces que me han dejado Vicente (vídeo sobre una sociedad homosexual), Antonio (la conversación que deberías tener con tus hijos), Heli (sobre el concepto de femininazismo), y CristinaNeliel (todo su comentario es recomendable, pero además deja un anuncio sexista al que muchos no dan importancia). A todos ellos, gracias.

Porque al final de todo se aprende.

En el momento previo a publicar este post (20:48h) , la entrada de la discordia ya lleva más de 11.000 visitas, con unos 36 comentaristas, de las cuales unas 13 personas malinterpretaron mi frase pero sólo 3 contestaron conciliadoramente al ofrecer yo la explicación.

Y las conclusiones de este post las sacáis vosotros, que se os da mejor que a mí.

Ahora vais y lo meneáis.

Sobre machismo, patriarcado y los macarrones de mi abuela

ACTUALIZACIÓN: en vista de que por alguna razón hay gente leyéndose esto me veo en la necesidad de editar con una aclaración que ya he copiado y pegado (pido perdón por la descortesía, porque lo es) a quien me lo señala en los comentarios:

Antes de nada me gustaría aclarar que no confundo feminismo con lo que por lo visto se denomina hembrismo. Para mí como historiadora el feminismo es un movimiento social que tiene su fin en la igualdad de derechos. Me han comentado varias personas que hay un párrafo que puede inducir ese error, pero simplemente pretendía concatenar varias ideas para “curarme en salud” ante posibles ataques de machistas acusándome de “feminazi” (ya lo han hecho). Es un error de expresión mío, o mejor dicho, falta de cuidado al redactar un párrafo de lo que consideraba un simple post de opinión de un blog que sólo leen mis amigos cercanos. Lo lamento.

No obstante, queridos transeúntes que hoy por alguna razón transitáis por un blog que, como señalo, sólo leen mis cercanos, me resulta terriblemente curioso que por una simple frase que puede ser interpretada de ambas formas (con continuidad y sin continuidad; en realidad sólo hacía una concatenación de ideas, como ya he dicho, por curarme en salud) se me esté insultando, cuestionando mi formación y -aún peor- mi desempeño como docente cuando si se lee de forma reflexiva el resto del post está claro que me posiciono claramente a favor de la igualdad y que intento que mis jóvenes alumnos y alumnas lo hagan.

Sin más, el post original:

(Esta semana tocaba hablar de los mitos del Descubrimiento/Conquista de América, pero ciertos problemas de salud me han tenido más en fuera de juego que David Villa, así que tengo poca o ninguna gana de embarrarme con los conquistadores, Theodore de Bry y la Brevísima. En su lugar ofrezco una opinión, prescindible como todas las mías, de algo que sin embargo me preocupa bastante más que nuestras leyendas negras, rosas o multicolores.)

No recuerdo que edad tenía cuando aconteció la anécdota que me dispongo a contar, una de esas imágenes de la infancia que se han quedado grabadas a fuego en mi memoria. Imagínense la típica reunión familiar en casa de la abuela, con sus hijos, sus cónyuges y la patulea de molestos críos (yo entre ellos) correteando toda la mañana de aquí allá. Imaginen la hora de la comida, todos sentados, hambre canina, aparece mi abuela llevando una fuente de, lo recuerdo como si fuera ayer, macarrones con su carne picada y su chorizo.

Mi abuela, que en paz descanse, no permitió hasta el día de su muerte que nadie le arrebatara su papel de matriarca. Era su casa, cocinaba ella, servía ella. Y sólo sus hijos del sexo masculino tenían derecho a hacer ademán de contradecirla. Faltaría más.

Fue ése el día en el que me di cuenta, probablemente porque tenía los ojillos clavados en la carne picada y el choricillo, porque tenía más hambre que el perro de un ciego, qué se yo. Me di cuenta, salivando como estaba, que mi abuela sirvió la comida en un estricto orden: primero sus hijos varones, después mis primos varones (desde el que era mayor que yo hasta el que era menor que yo), después su única hija mujer. Y ya después el resto. Para cuando llegó a mí, ya no quedaba nada del condumio que tanto me había hecho rugir el estómago. Para cuando sirvió a la menos preferida de sus nueras (también conocida como la señora que me dio a luz) su ración era sustanciosamente menor que la de cualquiera de mis tíos.

Y así fue siempre.

Probablemente os estéis preguntando a santo de qué viene esto. Quizá la escena que acabo de describir la has vivido tú mismo. Quizá la sigues viviendo. Quizá te parece una chorrada. Quizá no. Quizá te preguntes por qué siempre estoy hablando de comida (tienes derecho a hacerlo).

Quizá te des cuenta de que esta anécdota sólo refleja el final de una época y de una mentalidad, los que yo creía últimos coletazos de una sociedad donde el hombre, de la edad que fuera, estaba naturalmente por encima de la mujer y tenía derecho a alimentarse mejor, a vestirse mejor, a cobrar más, a recibir mejor educación. Últimos coletazos, digo, porque esta mentalidad machista fue muriendo a medida que menguaba el poder de la matriarca y las comidas familiares se diversificaban en casa de hijas y nueras. A medida que se ampliaba la familia, a los niños siempre se les servía primero, los adultos recibían su plato de comida de forma equitativa y aleatoria y todo el mundo veía normal que los primos con pene y los primos con vagina jugáramos a los mismos videojuegos.

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La leyenda negra: Flandes y la Apología de Guillermo de Orange

En verano de 2010 la selección española de fútbol ganaba su primer Mundial frente a una revitalizada Holanda que nada pudo hacer frente a la hegemonía balompédica de España. En la víspera al partido, y entre análisis con más o menos rigor, reportajes mil y nervios -muchos nervios- más de uno señaló la ironía que se produciría en cuanto ambos equipos saltasen al campo y sonaran sus respectivos nacionales: el Wilhemus, himno holandés, hacía mención al rey del que esa noche sería el país rival.

Aquí el Wilhemus con letra (y traducido):

Y aquí el momento en el que Robben, Sneijder, Van Persie y compañía lo farfullan con el convencimiento típico de los futbolistas cuando están muertos de miedo (je):

Evidentemente el tal Wilhemus del himno no es otro que Guillermo de Orange. Sí, el que luchó contra España en la guerra de Flandes, y además escribió un texto, la Apología de Guillermo de Orange, que sería la base de nuestra leyenda negra. ¿Y qué hace el tipo éste presumiendo de ser leal al rey? Pasen y vean.

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Desde mi cielo

Panorámica Santiago Bernabéu

Fusilo impunemente el título de un libro tan triste como moñas puesto que no hay frase que defina mejor esta foto, ni la sensación de estar ahí arriba, en lo más alto del templo de los héroes. Yo imagino que para el que pase por delante todos los días o el que acuda puntualmente cada dos semanas, poner un pie en el Bernabéu tendrá la misma emoción que entrar en la parroquia -o no-. Pero para los que hemos crecido alejados del coliseo blanco, la sola visión de la fachada de hormigón acelera el pulso, espolea la imaginación, invita a soñar con esas imágenes y esos goles que mayormente sólo hemos visto por la tele.

La primera vez que vi el Bernabéu fue de lejos y de refilón, al pasar un autobús entre dos calles. La primera vez que entré dentro del Bernabéu fue después de convencer a unos amigos para hacer el tour; puedo jurar que tengo fotos con cada póster, cada panorámica y cada columna, y que si no besé el suelo como Juan Pablo II al bajar de los aviones fue por pura vergüenza. La primera vez que vi un partido en el Bernabéu fue de la selección española -ups- pero recordaré hasta el día que me muera el escalofrío al entrar, asomarme a una de las gradas y pensar que, sencillamente, era como un millón de veces más impresionante de lo que había imaginado.

Desde entonces he estado varias veces, unas más abajo, otras más arriba, pero siempre con esa sensación sobrecogedora, más pendiente del propio estadio que del mismo partido. Porque el Bernabéu es un campo que puedes pasar horas mirando, un campo que te hace sentir inmensamente pequeño, un campo a la altura de un club que, un día no muy lejano, hizo parecer diminutos a todos los que osaban ponerse a su lado. El Bernabéu es un lugar con el que soñar despierto, ansiando ir como un musulmán peregrina a la Meca. Y por eso yo digo que cuando me muera, si me he portado bien, no me busquen en las alturas. El cielo está un poco más abajo. El mío, al menos.

– Madrid, 25 de enero de 2014.