Las mujeres del Ministerio

Ayer terminó la primera temporada de El Ministerio del Tiempo, y a poco que hayan leído algún tuit mío sobre la serie, ya sabrán que me encanta. Esa refrescante mezcla de Historia y humor -aderezada con sarcasmo nacional y un guión muy bien hilado-, se hacía necesaria. Que te traten como a un ser inteligente cuando te sientas frente a la tele es un detalle que se agradece. Y la lista de frases y situaciones épicas que hemos podido disfrutar en apenas ocho capítulos resulta interminable.

Como digo, me encanta El Ministerio del Tiempo -MdT de ahora en adelante-. Y algún día, probablemente, escribiré para argumentar por qué me gusta tanto. Pero hoy no es ese día.

Hoy vengo a quejarme de dos rasgos que se manifiestan con irritante profusión en obras de ficción y que en esta serie, precisamente por su excelencia, resultan especialmente sangrantes.

(Contiene spoilers de la serie.)

Amelia Folch o la oportunidad desaprovechada

Como ustedes sabrán, MdT está protagonizada por tres personajes: Julián Martínez, un enfermero del siglo XXI; Alonso de Entrerríos, un soldado de los Tercios del siglo XVI; y Amelia Folch, una de las primeras mujeres universitarias del siglo XIX. Antes de ver la serie imaginé que la dinámica entre ellos sería sencilla: al personaje interpretado por Rodolfo Sancho le correspondería el papel de protagonista absoluto, el de Aura Garrido sería su objeto romántico y a Nacho Fresneda le tocaría ser el contrapunto cómico, la comparsa para hacer el chiste fácil.

Me equivoqué. A medias.

En el primer capítulo es así. Julián, Amelia y Alonso son captados en sus respectivos siglos para formar parte de una patrulla del Ministerio del Tiempo, y pronto se asientan las bases. El primero es el hombre a pie de calle, viudo doliente, observador sarcástico, hijo de su siglo, cuyo trasfondo es el sostén de la trama. La segunda es la mujer muy consciente de su valía que no está dispuesta a aceptar el papel predestinado de esposa abnegada y criadora de hijos. El tercero, un honorable soldado inicialmente perdido en el nuevo siglo.

Ése es el punto de partida, pero la evolución de personajes no se hace esperar. Ya en el segundo capítulo ocurre algo muy importante: Julián deja de llevar la voz cantante, para ceder protagonismo a Amelia y Alonso. Se empieza a perfilar el personajazo que va a ser Alonso de Entrerríos, y Amelia tiene su momento de gloria cuando conoce a Lope de Vega, de cuya obra es una experta. Uno y otro empiezan a ahondar en sus propias tramas, despegándose del omnipresente drama de Julián.

Podría haber sido el inicio de algo grande. De un personaje femenino bien construido, con su propio argumento y motivaciones. Y sin embargo, resulta que ese momento con Lope es sólo el cenit de una Amelia que de ahí en adelante tomará un único papel en la serie: ser la comparsa femenina de Julián.

El inicio de la decadencia es una escena en el capítulo cuarto, donde Julián tiene que hacerse pasar por el prometido de Amelia ante los padres de ella. Ese arco argumental, que se había iniciado con una interesante incursión en casa de los Folch, finaliza en un recurso que, por trillado, resulta cansino. Tras la cena -con ese Julián de luto que sin embargo es capaz de soltar, del tirón, el más bello discurso sobre las bondades de su compañera,- acaba la etapa de Amelia como personaje independiente.

De ese momento en adelante, Amelia pierde casi por completo su propia historia, incorporándose al trasfondo de Julián. Se convierte en su acompañante, siempre guiada por él, siempre a lugares donde quiere -o necesita- ir él. De erudita independiente, con sus propias inquietudes, pasa a ser el prototipo de mujer en pantalla: apoyo del héroe, consuelo del héroe, compañía del héroe, objeto amoroso del héroe. Pero no heroína por sí misma.

En el capítulo donde la patrulla busca rescatar una factura del Guernika hay una escena que no me resisto a comentar. Ocurre cuando a Amelia, en el último estertor -metafórico- de su personaje como ser aislado de Julián, se le ocurre la solución al asunto. Escenas antes, Alonso se había sorprendido de que las mujeres pudieran votar. Tras funcionar la idea de Amelia, Julián se gira hacia a Alonso haciéndole ver lo equivocado de su opinión, resaltando la inteligencia de su compañera.

Es una escena que a algunos pudiera parecerles muy igualitaria. A mí me parece condescendiente. Como una palmadita en la cabeza. Porque no hay necesidad alguna de resaltar el honor y la bravura de Alonso, o la integridad y el ingenio casi picaresco de Julián: lo estamos viendo en pantalla. Pero sí hay necesidad de poner el acento sobre la inteligencia y la valía de Amelia. De remarcar el hecho de que ella es la jefa de la patrulla. Quizá porque, a ratos, se nos puede hasta olvidar.

La caída en picado de Amelia como personaje es tanto más doloroso si se la compara con el ascenso fulgurante de Alonso de Entrerríos. Un personaje que adquiere tal identidad propia que sin duda acaba convirtiéndose en uno de los favoritos de los televidentes. Mientras Amelia se difumina a la sombra de Julián, Alonso nos muestra todas y cada una de sus facetas. Conocemos al Alonso padre, el Alonso marido, el Alonso soldado. Mientras Amelia acompaña a Julián a diversos sitios, Alonso se agencia una moto, rescata al padre de Torquemada, lo flipa con los grupos de música de los sesenta, derrota a maleantes de dos en dos y, en definitiva, añade una serie acongojante de matices a su personaje original. Un personaje rico, que tiene vida y aspiraciones más allá del Ministerio o de sus compañeros. Justo lo que le han quitado a Amelia.

El final del último capítulo ejemplifica perfectamente la trayectoria que han seguido los tres personajes del trío protagonista: Julián sigue destrozado por su propio drama, Alonso empieza a resolver el suyo ayudando a su esposa a golpe de don Juan Tenorio. Amelia… el drama de Amelia es que el presumible futuro padre de su hija le ha asegurado que nunca podrá querer a otra mujer. Nada de sus aspiraciones profesionales -que, aparentemente, ya no tiene-, ninguna confrontación entre sus ideas y la dura política impuesta por el Ministerio. Nada de nada. Su drama, como el de la mayoría de mujeres de series de televisión, es que el héroe no la quiere

Irene o la falsa igualdad

En el otro extremo de la balanza, tenemos a Irene. Si Amelia Folch es la típica compañera del héroe, Irene es la otra mujer prototípica de ficción: la mujer fatal. Interpretada de forma brillante por Cayetana Guillén Cuervo, Irene es independiente, valiente, carismática. Y lesbiana, como nos enteramos cuando besó a Amelia en el primer capítulo sin venir demasiado a cuento.

La mayoría de la gente pensará que mostrar una mujer lesbiana como protagonista de una serie es un paso maravilloso hacia la normalización. Y, en cierto modo lo es. El problema es que cada vez que veo una lesbiana en ficción no puedo dejar de pensar en la novela El francotirador, de Pérez-Reverte, donde el autor utiliza la triquiñuela de la homosexualidad para mantener la voz Pérez-Reverte en un personaje femenino. En otras palabras, la protagonista no se comporta como una mujer lesbiana, sino como un hombre con tetas.

Confieso que no podría decir hasta qué punto el comportamiento de Irene es masculinizado. Lo cierto es que es un gran personaje. Pero pone de manifiesto otro gran déficit de las obras de ficción: la diferencia entre el tratamiento a los homosexuales masculinos y femeninos.

Comparemos precisamente la escena del beso ya mencionada con otra del último capítulo, cuando Julián se despide para siempre de Federico García Lorca. En ambos casos hay dos personajes mirándose frente a frente. En ambos casos uno de ellos es abiertamente homosexual. Pero sólo en uno de esos casos hay beso. ¿Habría tenido sentido que Lorca le robara un beso a Julián? Pues tanto como el beso que le robó Irene a Amelia. Pero en el caso de los hombres, tal gesto tiene que estar justificadísimo. Porque ya se sabe, las mujeres vamos besándonos por ahí. Así, de gratis.

Pero Irene no sólo besa a Amelia; a lo largo de la primera temporada la vemos en actitud tórrida con varias mujeres, siendo probablemente el personaje con más cuota de fornicio en pantalla. En principio no supone ningún problema. Ahora, pensemos: ¿sería igual con un personaje gay? ¿Disfrutaríamos con tanto lujo de detalles de sus revolcones? ¿Cuántos personajes gays hemos visto en la pequeña pantalla nacional? ¿A cuántos de ellos les han permitido pasar del casto besito con los labios cerrados?

Irene no es lesbiana por normalización. Es triste, pero no es así. Irene, como la mayoría de personajes lésbicos a los que se permite explayarse en sus amoríos, está ahí para seguir ofreciendo placer visual al varón, que a fin de cuentas es la mente pensante tras la ficción. La normalización llegará cuando veamos a un personaje gay gozar de la misma libertad que Irene -o que Julián en sus relaciones heterosexuales-, en prime time*, en la televisión española y en horario familiar.

Las excepciones que confirman la regla

Todo lo anteriormente expuesto no es demérito exclusivo de El Ministerio del Tiempo. De hecho, representan la tónica habitual. Por eso considero a colación mencionar dos series que para mí han marcado el camino de lo que deben ser la presencia de personajes femeninos y la normalización de la homosexualidad, respectivamente.

La primera de ellas tiene nombre propio: Isabel. La gran serie histórica de RTVE nos regaló una ingente cantidad de personajes maravillosamente construidos y coherentes entre los que se incluyen, novedosamente, varias mujeres. Empezando, obviamente, por Isabel la Católica, pero pasando por Juana de Avís, Catalina de Aragón, y mi debilidad personal, Beatriz de Bobadilla. Todas mujeres fuertes -que no necesariamente fatales-, con caracteres dispares pero una característica en común: tener vida, aspiraciones e ideas más allá de sus maridos. Y teniendo en cuenta la época de la que hablamos, eso es mucho decir.

La segunda es una serie desconocida aquí en España, que utilizaba a los zombis como excusa para elaborar una maravillosa metáfora sobre la discriminación, y que fue dolorosamente cancelada por la BBC -si hubiera sido RTVE nos habríamos hartado de criticar la Marca España-. Hablamos de In The Flesh, una rara avis donde el protagonista no sólo era gay, sino que era muchas más cosas además de gay. La homosexualidad de Kieren Walker sólo era un rasgo más de su personalidad; de hecho, ni siquiera era su principal problema. Sus relaciones, aunque con cierto peso en la trama, no la condicionaban totalmente. Su enamoramiento de otro personaje se representó con toda la naturalidad del mundo, de forma realista: dos chicos que se conocen, se gustan, y -drama zombi aparte- se enrollan. Como si fueran personas normales. Como si fueran, de hecho, cualquier pareja heterosexual; de esas que no tienen que justificarse.

Hacia la igualdad

Al final, la ficción sólo es un reflejo de la sociedad en la que se produce. Ni el El Ministerio del Tiempo ni Isabel habrían sido posibles cuando lo que se llevaba era la serie cañí, la del abuelete gracioso y la criada con acento andaluz. Su misma existencia pone de manifiesto un viaje hacia la madurez que estamos, de momento, iniciando.

De ese viaje queda mucho por recorrer. Y me temo que asuntos como los expuestos no desaparecerán hasta que nuestra sociedad alcance ese punto donde la homosexualidad sea considerada completamente normal, o la mujer se incorpore plenamente a todos los sectores laborales -como el de creadoras de series de televisión-. Hasta entonces, veremos series maravillosas como MdT empañadas -que no estropeadas- por los mismos tópicos de siempre. Y nos perderemos grandes personajes femeninos por obligarlas a estar -siempre sufridas y deseosas de otorgar consuelo-, a la sombra del héroe.

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One thought on “Las mujeres del Ministerio

  1. Muy bien explicado todo.

    En uno de los primeros episodios, no recuerdo cuál, Julián le explica a Alonso que las mujeres ya pueden votar. Entrerríos se extraña y Julián le explica que las mujeres están igual de capacitadas y tal y tienen los mismos derechos (ahora no recuerdo si Amelia está presente en la escena o no; creo que no). El caso es que mi impresión es que el parlamento no va dirigido a Alonso, sino al espectador; está siendo didáctico con el espectador porque aún hay que justificarlo, o el guionista siente que aún debe justificar el liderazgo de la mujer; hasta tal punto es insólito. Me imagino que no es fácil no dejarse llevar por las convenciones y por eso Amelia va perdiendo solidez o importancia.

    En la Liga de los hombres extraordianarios, de Alan Moore, la líder del grupo en el tebeo es Mina Harker. Pero en su adaptación cinematográfica no; ahí es Alan Quatermain. Queda mucho por hacer, en fin, aunque vayamos avanzando.

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