Sobre Rubén Castro y la vergüenza de la víctima

He estado dando vueltas toda la semana a la idea de escribir esta entrada. La he escrito mil veces en mi mente, tantas como la he modificado o la he borrado. He pensado en este tema en la cama, antes de dormirme, o mientras iba conduciendo a trabajar. He dudado, llena de rabia y a la vez de impotencia. Yo, que pocas veces eludo tratar algún tema polémico en el blog o en un tuit, he estado a punto de callar. Y quizá lo haga. No lo sabré hasta que llegue el momento de darle al botoncito de publicar.

Ya sé lo que están ustedes pensando. Si vas a hablar de lo de Rubén Castro llegas un poco tarde, maja. Ya. En esta semana se ha escrito mucho sobre los vergonzosos -paso de enlazar el vídeo- cánticos que se escucharon en el Benito Villamarín a favor del jugador acusado de violencia de género. Y buena parte de lo que se ha escrito me lo he leído. Desde artículos magníficos, hasta comunicados oficiales penosos, pasando por los típicos comentarios exculpatorios o directamente hirientes.

Una tarde estuve cerca de una hora leyendo con fascinación unos tuits de aficionados del Betis; en ellos discutían la posibilidad de cambiar la letra a la famosa cancioncilla para seguir apoyando a su jugador sin incurrir en el delito. Lo que me llamó la atención no fueron sus buenas intenciones, que no voy a poner en duda, sino que en ningún momento pensaron en dejar de jalear a un tipo acusado de haberle puesto a su señora la cara como un mapa.

Es por eso, y no por otra cosa, por lo que escribo esta entrada.

Pero antes de continuar, unas aclaraciones para que nadie se me eche encima:

  1. Rubén Castro está imputado en espera de juicio, lo que significa que la acusación no ha sido probada y, como el resto de españoles, tiene derecho a la presunción de inocencia. Pero también significa, y si lo he entendido mal agradecería rectificación, que el juez ha encontrado indicios de que efectivamente podría haber un delito, lo que de entrada debería haber hecho que el Betis y sus aficionados, en mi opinión, se condujeran con más cautela en sus demostraciones de afecto al jugador.
  2. No toda la grada del Villamarín entonó el cántico, pero sí una buena parte del fondo donde están situados los ultras. No voy a ser yo la que reproche al resto de presentes no haber dicho ni mu, porque cualquiera que acuda con asiduidad a un campo de fútbol sin un grupete de colegas dispuesto a apoyarle sabe que, por desgracia, afear la conducta de ciertos individuos sólo puede tener como resultado que pasen el resto del partido increpándote a ti o algo peor. Porque…
  3. No soy yo quien tiene que vigilar lo que dice mi vecino de asiento. No soy yo quien tiene que decirle al energúmeno que no para de proferir insultos racistas que se calle la boca, arriesgándome a que me parta la mía. Son los clubes, que en muchos casos financian o apoyan a los grupos ultras o las gradas de animación, los que tienen que intervenir en cuanto se escuche algo fuera de lo común -quizá aquí esté el problema: estos cánticos no son algo fuera de lo común-. Son los clubes los que tienen que expulsar al abonado que se inclina al campo para llamar “mono” al jugador sudamericano propio o ajeno. No yo.
  4. Y es la LFP, por supuesto que sí, la que tiene que vigilar para que esto se haga efectivo. Pero se queda a medias. Y ojo, me parece genial que esté mal llamar borracho a Cristiano o subnormal a Messi, pero no hay que quedarse ahí. Como conté el otro día por Twitter, en Los Cármenes puntualmente la grada de animación salta al son de “maricón el que no bote”. La LFP nos ha sancionado por insultar a jugadores rivales o a la ciudad de Elche, lo que está muy bien, pero jamás por este cántico. Aparentemente, luchar contra la homofobia no luce tanto como proteger a Messi o a Cristiano.

Dicho esto:

Lo que ha pasado con Rubén Castro es algo que por desgracia no me sorprende. No me sorprende porque lo he vivido. Ahora viene la razón por la que me he pensado mucho si escribir esta opinión: yo misma he sido víctima colateral, como se dice ahora, de la violencia de género. Dicho de otra forma, durante toda mi infancia, adolescencia y parte de mi vida adulta he presenciado cómo el hombre que me engendró maltrataba, a veces físicamente pero sobre todo psicológicamente, a la madre que me parió.

Ah, ¿nota eso? Es probable que ahora mismo se esté removiendo en la silla. No se preocupe, lector, no es más que la incomodidad que siente uno ante las víctimas de maltrato, que son las únicas víctimas -junto con las de delitos sexuales- que tenemos que pedir perdón por el hecho de serlo. No se preocupe, lector, si es que aún sigue leyendo estas líneas, porque estoy más que acostumbrada. El hacerse el longui, las miradas esquivas, o el no sé qué decir de las pocas personas a las que les contaba lo que me pasaba en casa con la misma vergüenza que confiesa uno que tiene un herpes genital. No sé qué decir, en ese tono que claramente quería expresar por favor cambiemos de tema. Porque son cosas de casa. Cosas de las que no se hablan. Cosas que hacen que los vecinos bajen las persianas y suban la tele. Cosas que hacen que los familiares dejen de llamar o apaguen los móviles. Cosas que ni siquiera se mencionan cuando aparece la policía, y de las que se sigue sin hablar cuando han pasado los años y te has curado, más o menos, de todo aquello.

No, no se preocupe, lector. Que yo no le quiero incomodar. Para eso ya están los programas lacrimógenos de la tele, donde van mujeres llorosas que desde ese momento en adelante pasan a ser VÍCTIMAS DE MALTRATO y nada más. No quiero llevar etiqueta de víctima alguna, porque Dios, como a muchas otras personas, me dio los ovarios suficientes para oponerme a una infancia de respiraciones contenidas y de pasos por la escalera que ponían el estómago del revés. Y hoy lucho para que otros niños y niñas no tengan que pasar por lo que yo pasé, y lo hago con la mejor herramienta que conozco, que es la educación.

Pero se me abren las carnes, lector, y necesito que usted y quien quiera leerlo sepa todo lo que voy a contarle.

Que cuando la agresión pasa, queda la vergüenza; que cuando los años de plomo terminan -si lo hacen- queda esa incomodidad que te hace poner una sonrisita de circunstancias cuando algún cotilla de pregunta por qué ves tan poco a tu padre. Y es ridículo. Porque si una banda de maleantes entra a mi casa y se lleva hasta el cepillo de dientes, al menos me queda el consuelo de contarlo; pero si he vivido una situación de maltrato en casa, el único consuelo es ese silencio embarazoso. Ese silencio que te hace pensar que en parte era culpa tuya; culpa vuestra.

Y me indigna. Cada algo habrá hecho. Cada ellas se quedan con la casa y con el sueldo -en mi caso, al menos, absolutamente mentira-. Cada comentario jocoso plagado de desconocimiento que a veces cruza por mis orejas o por mi TL, y al que no respondo por pura y simple vergüenza de tener que confesar que esto lo viví. Cada chorrada demagógica sobre falsas denuncias, cuando les puedo asegurar que la policía española está perfectamente entrenada, por lo que yo vi, para discernir el grano de la paja. Cada risita y comentario ligero, en ocasiones realizado por gente a la que aprecio.

Me indigna, lector, porque hay algo que usted quizá no sepa, y es que ellos -los maltratadores, sean hombres o mujeres- siguen por la vida con la cabeza bien alta. Siguen con su vida mientras son ellas -las víctimas, sean hombres o mujeres- las que tienen que cambiar de residencia, de ciudad o de trabajo por miedo. Ellos continúan con el apoyo de su familia mientras a ellas los cuñados o suegros a los que conocen desde hacen treinta años y han cuidado cuando estaban enfermos les dejan de hablar. Ellos pueden involucrarse en otra relación sentimental sin que la otra persona sepa que fueron condenados por violencia de género, mientras ellas sufren consecuencias psicológicas que repercuten en la posibilidad de volver a abrir esa parcela de su vida a otra persona.

Le juro, lector, que eso es lo que pasa.

Porque, lector, a las personas que entonaron la famosa cancioncilla les importa un carajo la presunción de inocencia. Esas personas están convencidas de que Rubén Castro le arreó a su novia. Esas personas puede incluso que estén orgullosas de que sea así, porque demostraría lo machote que es el delantero de su equipo. Esas personas creen, no sólo que lo hizo, sino que lo hizo bien. Porque ella era una puta. Y punto.

Yo no sé si Rubén Castro es inocente o culpable. Sólo sé que se ha evitado condenarle de antemano por si es inocente al mismo tiempo que le daban palmaditas en la espalda por si resultaba ser culpable. Que el presunto maltratador ha tenido el multitudinario apoyo que, muy probablemente, se le haya negado a la presunta víctima. Y sé, eso sí puedo afirmar, que eso es lo que normalmente ocurre. Ellos siguen normalmente con sus vidas mientras ellas callan.

Eso es lo que tenía que decirle, lector. Y espero no haberle incomodado. Pero si lo he hecho, aguántese. Porque yo ya me he cansado de los nosequédecir y las sonrisas de compromiso. Me he cansado de la vergüenza; yo, lector, ahora sólo quiero luchar, con todas las armas a mi alcance, contra el ninguneo que sufren las víctimas. 

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One thought on “Sobre Rubén Castro y la vergüenza de la víctima

  1. Lo más triste es que si condenamos este hecho, muchos nos dirán “es que os pasáis la presunción de inocencia con este tema por el arco del triunfo” (como si estuviésemos diciendo que él es culpable) y suerte sino te dicen “feminazi” o algo peor. Yo no estoy condenando a Rubén Castro, estoy condenando que haya aficionados que CREAN que lo hecho y LE APOYEN, que lo hagan a voces en un estadio donde hay familias con hijos y los familiares de “esa puta” lo verán por la tv. Estoy condenando que los ultras puedan hacer este tipo de cosas porque, oiga, es que animan, es que “si tuviéramos que cerrar todos los estadios de fútbol por los insultos, no habría fútbol”. Pues que no haya, señor. Me encanta este deporte, pero sino sabemos disfrutar de él como es debido, pues mejor que no haya hasta que aprendamos. Estoy condenando y me REPUGNA que los que cantaron eso en su estadio, luego se fueron a casa con sus madres, novias o mujeres, hijas y hermanas pensando que no les han faltado el respeto, porque si lo han hecho. Solo me queda felicitarte por haber tenido el valor de escribir esta entrada, que es necesaria, por tu integridad y por haberte convertido ahora en una educadora (ya no digo profesora, que también) de las de verdad, luchando desde la raíz. Un saludo.

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