Sobre machismo, patriarcado y los macarrones de mi abuela

ACTUALIZACIÓN: en vista de que por alguna razón hay gente leyéndose esto me veo en la necesidad de editar con una aclaración que ya he copiado y pegado (pido perdón por la descortesía, porque lo es) a quien me lo señala en los comentarios:

Antes de nada me gustaría aclarar que no confundo feminismo con lo que por lo visto se denomina hembrismo. Para mí como historiadora el feminismo es un movimiento social que tiene su fin en la igualdad de derechos. Me han comentado varias personas que hay un párrafo que puede inducir ese error, pero simplemente pretendía concatenar varias ideas para “curarme en salud” ante posibles ataques de machistas acusándome de “feminazi” (ya lo han hecho). Es un error de expresión mío, o mejor dicho, falta de cuidado al redactar un párrafo de lo que consideraba un simple post de opinión de un blog que sólo leen mis amigos cercanos. Lo lamento.

No obstante, queridos transeúntes que hoy por alguna razón transitáis por un blog que, como señalo, sólo leen mis cercanos, me resulta terriblemente curioso que por una simple frase que puede ser interpretada de ambas formas (con continuidad y sin continuidad; en realidad sólo hacía una concatenación de ideas, como ya he dicho, por curarme en salud) se me esté insultando, cuestionando mi formación y -aún peor- mi desempeño como docente cuando si se lee de forma reflexiva el resto del post está claro que me posiciono claramente a favor de la igualdad y que intento que mis jóvenes alumnos y alumnas lo hagan.

Sin más, el post original:

(Esta semana tocaba hablar de los mitos del Descubrimiento/Conquista de América, pero ciertos problemas de salud me han tenido más en fuera de juego que David Villa, así que tengo poca o ninguna gana de embarrarme con los conquistadores, Theodore de Bry y la Brevísima. En su lugar ofrezco una opinión, prescindible como todas las mías, de algo que sin embargo me preocupa bastante más que nuestras leyendas negras, rosas o multicolores.)

No recuerdo que edad tenía cuando aconteció la anécdota que me dispongo a contar, una de esas imágenes de la infancia que se han quedado grabadas a fuego en mi memoria. Imagínense la típica reunión familiar en casa de la abuela, con sus hijos, sus cónyuges y la patulea de molestos críos (yo entre ellos) correteando toda la mañana de aquí allá. Imaginen la hora de la comida, todos sentados, hambre canina, aparece mi abuela llevando una fuente de, lo recuerdo como si fuera ayer, macarrones con su carne picada y su chorizo.

Mi abuela, que en paz descanse, no permitió hasta el día de su muerte que nadie le arrebatara su papel de matriarca. Era su casa, cocinaba ella, servía ella. Y sólo sus hijos del sexo masculino tenían derecho a hacer ademán de contradecirla. Faltaría más.

Fue ése el día en el que me di cuenta, probablemente porque tenía los ojillos clavados en la carne picada y el choricillo, porque tenía más hambre que el perro de un ciego, qué se yo. Me di cuenta, salivando como estaba, que mi abuela sirvió la comida en un estricto orden: primero sus hijos varones, después mis primos varones (desde el que era mayor que yo hasta el que era menor que yo), después su única hija mujer. Y ya después el resto. Para cuando llegó a mí, ya no quedaba nada del condumio que tanto me había hecho rugir el estómago. Para cuando sirvió a la menos preferida de sus nueras (también conocida como la señora que me dio a luz) su ración era sustanciosamente menor que la de cualquiera de mis tíos.

Y así fue siempre.

Probablemente os estéis preguntando a santo de qué viene esto. Quizá la escena que acabo de describir la has vivido tú mismo. Quizá la sigues viviendo. Quizá te parece una chorrada. Quizá no. Quizá te preguntes por qué siempre estoy hablando de comida (tienes derecho a hacerlo).

Quizá te des cuenta de que esta anécdota sólo refleja el final de una época y de una mentalidad, los que yo creía últimos coletazos de una sociedad donde el hombre, de la edad que fuera, estaba naturalmente por encima de la mujer y tenía derecho a alimentarse mejor, a vestirse mejor, a cobrar más, a recibir mejor educación. Últimos coletazos, digo, porque esta mentalidad machista fue muriendo a medida que menguaba el poder de la matriarca y las comidas familiares se diversificaban en casa de hijas y nueras. A medida que se ampliaba la familia, a los niños siempre se les servía primero, los adultos recibían su plato de comida de forma equitativa y aleatoria y todo el mundo veía normal que los primos con pene y los primos con vagina jugáramos a los mismos videojuegos.

La antigua generación

Y para mí todo ambiente machista acabó ahí. Nunca he sido especialmente feminista porque nunca he sentido la menor discriminación mientras crecía. Mis padres me regalaban igual una figurita de acción de las Tortugas Ninja que un carricoche para acunar al nenuco de turno. En mi colegio -religioso concertado, como ya he explicado alguna vez- no se hacía la mínima discriminación entre niños y niñas. De hecho, recuerdo un memorable año en el que las monjas decidieron que aprendiéramos a hacer punto de cruz en la hora de manualidades. Durante todo el curso, todos los martes a última hora, cualquiera que entrase en nuestra aula podía ver a los treinta y pico niños y niñas inclinados sobre un paño con cara de concentración o intentando enhebrar una aguja. Ningún niño se negó y ningún padre se quejó. El último día llevamos todos nuestra obra debidamente enmarcada, orgullosísimos de nuestras torpes puntadas. No sé exactamente qué pretendían las monjitas con aquello, pero después de un día entero de clases, aquella hora nos relajaba un montón.

¿Lucha de sexos? Apenas la percibí. Los típicos piques entre niños y niñas, que se diluyeron completamente cuando llegó esa horrible etapa llamada adolescencia. Si una chica era lo suficientemente bestia para irse a la cancha de fútbol a jugar al pelotazo, era libre de hacerlo. Si un chico prefería quedarse con nosotras a jugar al pilla pilla o el escondite, también. Obviamente el tema de ser un “maricón” o “marimacho” era peliagudo, pero estamos hablando de los años 90. En el cole y en el instituto, chicos y chicas convivimos pacíficamente en las aulas y en el patio. Y salvo que hubiera interés amoroso de por medio, poco importaba si se tenía o no tetas.

Con esto pretendo decir que la gente de mi edad no era ni machista ni feminista, o al menos eso percibía yo. Semejantes conceptos, me parecía, estaban arcaicos y lejos de nuestra mentalidad de jóvenes que en el nuevo siglo empezaban a estrenar los primeros móviles, ordenadores y chats. Si alguna vez sentí retazos de ese viejo machismo -de esas creencias que había personificado mi abuela con sus macarrones con chorizo, tantos años antes- siempre venía de gente mayor. La cosificación sexual, de hombres que podrían haber sido mínimo nuestros padres. Yo debía tener unos catorce años el día que, al bajar del autobús urbano en el que un grupo de chicas íbamos y veníamos del cole, advertí que una compañera se echaba a llorar. Amparado en la lata de sardinas de un autobús a las tres de la tarde, un señor se había pasado todo el trayecto tocándola. Situaciones similares, aunque no tan extremas y desagradables, nos habían sucedido a casi todas. Que te rozaran, te tocaran al pasar, se pegaran demasiado; a veces creías haberlo imaginado y a veces deseabas que lo hubieras simplemente imaginado. Pero siempre lo tomé como lo que entonces pensaba que eran: retazos de otro tiempo.

La nueva generación

Como los más veteranos de este blog sabréis, me tocó impartir una asignatura que fue a la vez mi cruz y mi iluminación: Cambios Sociales y de Género. Ignoro si con esta nueva ley educativa seguirá vigente -supongo que al ministro Wert y sus adlátares les hará poca gracia una asignatura cuyo programa trata abiertamente temas como la homosexualidad-, a mí me cayó como una losa -no había materiales, ni recursos, ni nada- y acabó convirtiéndose en mi preferida por lo mucho que yo aprendí. Por lo mucho que yo constaté. Por lo mucho que yo -por qué no decirlo- me horroricé.

Mis jóvenes alumnos se parecían muy poco a la clase en la que yo había convivido con doce años. Esa natural camaradería que yo había tenido con mis compañeros varones existía… a medias. Aquellas niñas de 2º de la ESO ya eran sexualmente cosificadas por sus compañeros… con su consentimiento. Hicimos docenas de ejercicios y tests en ese trimestre. La mayoría de mis alumnos varones consideraban normal que un hombre ejerciera la violencia contra una mujer si le había sido infiel. La mayoría de las chicas consideraba que debían ir guapas a clase para agradar a sus compañeros. Conseguí poco a poco cambiar la mentalidad de muchos, recurriendo a escalofriantes historias como la de Ana Orantes, la mujer que fue quemada viva por su ex marido y descubierta por su hija de catorce años.

Algunos -muy pocos- se mantuvieron en sus trece. Uno de ellos, uno de esos chicos con los que se utiliza el maravilloso eufemismo alumno disruptivo -ya pueden imaginar lo que significa-, mantuvo convencido hasta el último día que si alguna vez una chica le ponía los cuernos, la mataría. Lo decía delante de su novia, también alumna en la misma clase; una chica que camuflaba bajo una actitud pasota y agresiva una autoestima bajísima.

Cuando se lo comenté a un compañero profesor (hombre), se rió y me dijo que probablemente el chico sólo estaba intentando escandalizarme.

La generación futura

Este enero de 2014  ha sido el mes con más casos mortales de violencia de género en la última década en España.

Y yo cada vez advierto más machismo en mi entorno. En la generación futura. En la generación anterior. En los que yo suponía que habían avanzado. En la propia sociedad. Con veintiocho años me han dicho cosas por la calle que jamás me dijeron a los dieciocho. A mi edad adulta, he sufrido lo que no sufrí de adolescente. A estas alturas de la vida, y por primera vez, he sentido que un hombre me trataba, no como persona y mujer, sino como un trozo de carne con tetas.

Nunca he sido feminista. Nunca he creído que los hombres deban ser menos que nosotras. Ni siquiera vi bien la famosa ley de la paridad de Zapatero, por considerar que la paridad acabaría llegando por méritos, no por imposición. Entiendo que un hombre está físicamente más capacitado que yo para ciertos oficios. Me horrorizan las denuncias falsas por violencia de género. Sé positivamente que la policía ha mejorado muchísimo en su forma de atender a las mujeres agredidas. Estoy totalmente a favor de la custodia compartida. Si bien estoy en contra de la ley del aborto, me horripilan algunos de los eslóganes que utilizan algunas asociaciones feministas para atacarla. No creo, en definitiva, que la solución sea pasar de una sociedad patriarcal a una matriarcal.

Pero me preocupa tantísimo lo que estoy viendo que empiezo a pensar que era yo la que estaba equivocada.

Ayer enlacé en twitter este corto. Evidentemente es una exageración que pretende crear polémica y remover conciencias, pero os aseguro que a mí personalmente me ha sucedido al menos una de las situaciones desagradables por las que pasa el protagonista. Os invito, seáis hombres o mujeres, a que hagáis una pequeña encuesta en vuestro entorno.

Pero lo más revelador eran los comentarios a la noticia, casi todos de hombres. La mayoría acusando a la autora de querer criminalizarlos (?). Alguno comentando jocosamente que a él no le importaría que le violaran mujeres. En ese momento comprendí que la autora del corto se había equivocado. Debía haber mostrado a un hombre heterosexual asfixiado por una sociedad masculina homosexual. Un hombre acosado, manoseado y agredido por otros hombres. Y entonces, quizá, el gracioso comentarista se habría identificado con el sufrimiento de la víctima.

No se puede describir mejor.
No se puede describir mejor.

Quizá mi opinión esté equivocada, quizá no, quizá vivo en un entorno demasiado atrasado, o para opinar debería haber tomado datos de doscientos institutos elegidos aleatoriamente por toda España y haber elaborado una gráfica de esas tan chulas de Excel. Quizá te parece que exagero al hablar sólo de sensaciones o no te gustan los macarrones con chorizo (fuera de mi blog, ya). O que esta entrada sólo es un ataque contra los hombres porque las mujeres somos todas unas feminazis y queremos esclavizaros y fundar el Imperio Matriarcal del Zara (yo soy más de Fórmula Joven, las cosas como son).

Pero si tienes hijos del sexo que sean o planeas tenerlos, y pretendes que en un futuro puedan integrarse en una sociedad y no en una manada de monos salvajes, por favor, edúcalos en la igualdad, el respeto y la creencia de que nadie es menos que nadie sólo porque le cuelgue o no algo de entre las patas. Por favor, dale ejemplo tratando con respeto a tu cónyuge, no humillándolo o humillándola. Por favor, déjale claro que ni las mujeres ni los hombres de los anuncios son reales -salvo Xabi Alonso, naturalmente-, que el sexo real no es el de las películas, que nadie es un objeto, que no está bien gritar cosas soeces por la calle ni tocar un culo -sea de hombre o mujer- si antes te han dicho NO.

Por favor, padres, madres del futuro, hagan posible que a los pringados de Sociales no nos sangren los oídos y que la bisnieta de alguna de las chicas a las que he dado clase no tenga que ver, en su propia casa, cómo se la discrimina respecto a sus familiares varones.

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103 thoughts on “Sobre machismo, patriarcado y los macarrones de mi abuela

  1. Me gusta recalcar aquello que esta delante de nuestras narices pero que algunos no ven y otros no se atreven a decir. También está muy bien ser critico con la caza ilegal de rinocerontes en África o contra el uso de bombas de racimo, pero creo que el debate en torno a esos temas no tiene demasiado interés, ya se encarga de sacar esos temas a la palestra cualquier “analfabeto” que lea un par de eslogan y/o copie un par de ideas que haya oído en un mass media, creo constituye un terreno de lucha fácil, para aficionados a esto de pensar. Yo prefiero involucrarme en temas mas escabrosos y polémicos, procurando aportar ideas innovadoras y originales. Siempre suelo criticar aquello que considero injusto y que sin embargo la mayoría de la población respeta por conformismo, falta de lucidez o miedo. Generalmente estos temas suelen estar relacionados con la economía capitalista y la propiedad privada, que son las que generan la lucha de clases, estos conceptos fueron combinados primero con la monogamia eclesiástica que daba soporte estructural a la institución familiar y después con el “feminazismo” que se esta gestando actualmente, y que al ser consecutivos en este periodo de la historia están dando lugar a una lucha no solo de clases sino también de genero que trato sin éxito de destruir. Creo que no voy en ningún caso contra las mujeres, sino contra un pequeño sector de ellas que aliadas con una mayoría de hombres sumisos planean sistemáticamente desde hace años una venganza contra los nietos de los hombres que supuestamente “esclavizaban” a sus abuelas. Todo esto se entrelaza con el avance del sistema económico global capitalista al cual en un momento dado le interesó la emancipación de la mujer para aumentar la tasa de consumo, no por ninguna cuestión moral, esto ha derivado en un ensañamiento legal y social contra el hombre haciéndole parecer el culpable de todo y el enemigo contra el que combatir, cuando el verdadero enemigo que tiene la mujer es el propio sistema capitalista que en su afán por privatizarlo todo osa también hacer de la mujer una propiedad privada a la que se accede a través del capital y no a través de los sentimientos o las capacidades del hombre, la sociedad contemporánea alenta la distinción de los hombres y las mujeres en base a su poder adquisitivo y no en base a criterios biológicos de selección reproductiva, la filosofía del tanto tengo tanto soy y no la de tanto soy tanto tengo. Al capitalismo le interesa mucho mas el poder de la mujer que el del hombre, porque ese modelo es capaz de administrar mucho mas consumo y porque es capaz de incitar una competitividad mayor entre los hombres por el alcance del éxito económico, por eso esta abandonando el anterior y también erróneo modelo social que se basaba en la familia y oprimía a las mujeres. Las “feminazis” no son mas que soldados del libremercado, títeres, aunque ellas inconscientemente se consideren progres de izquierdas, juegan a favor del enemigo y sin darse cuenta realmente cooperan con una conspiración global que trata de esclavizar al ser humano obligandole a participar en una competición constante y descarnada. Nunca jamas se conseguirá la igualdad de genero sin la igualdad económica y social, ningún sistema capitalista puede conseguir la igualdad de genero porque esta misma está ligada a la economía y la sociedad. Por todo eso y por mi condición de ser humano, hombre y pobre, lucho aun sin mucho éxito contra el avance de mis enemigos.

    Adoro a las mujeres. Pero no me gustan algunos aspectos sociales de La Mujer ni a lo largo de historia ni en la época actual.

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  2. Mientras la gente discute por la semántica y las palabras, el problema sigue vigente.

    El machismo existe, las feminazis también. Todos hablamos de igualdad, y al final el sentido común y la educación es lo que debería guiarnos a la hora de tratar a los demás con respeto, que en el fondo es lo único que hace falta: respetar a las personas (hombres y mujeres) de igual forma. Así evitaríamos cualquier tipo de discriminación (sexual, racial, social…).

    Personalmente me quedo con el sentido de lo que escribes. Me da igual si las palabras encajan estrictamente en las definiciones que aparecen en la DRAE, La wikipedia o los sobrecitos de azúcar. Me quedo con tu mensaje y lo aplaudo. Educación y respeto. No a la violencia, no al sexismo y la discriminación. Todos sabemos lo que es correcto y lo que no. Dejemos de jugar al scrabble y vayamos al turrón!!

    Un saludo y encantado de leerte

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  3. Yo compartía tu misma visión del Mundo, pero recientemente también me di dado cuenta de que estaba equivocado y darse cuenta de eso con más de treinta fue un shock con el que todavía estoy lidiando.

    Sin darnos cuenta en papel de la mujer se ha vuelto a “cosificar”. Y cuanto más lo pienso más rabia me da y más me duele, tanto la educación que hemos recibido, como la información diaria que nos llega por todos los medios de comunicación e interacción disponibles. Y lo peor de todo esta por llegar y es herencia cultural que le quedara a nuestra prole, que no tiene visos de cambiar.

    El que te ha acusado de “feminazi”, claramente no sabe leer.

    Un saludo

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