Privilegios

Una de las cosas más importantes que he aprendido este año ha sido ser consciente de mis propios privilegios. Fue gracias a un tuit de una tuitstar a la que no sigo, que me hizo reflexionar sobre algo que, honestamente, jamás me había planteado. El inmenso privilegio que supone haber nacido en el Hemisferio Norte, ser de raza blanca, de orientación heterosexual y perfectamente cómoda con los rasgos sexuales asignados durante mi desarrollo en el vientre materno.

¿Os parece una tontería? Recapitulemos. Número de veces que me he sentido observada por mi color de piel: cero. Número de veces que alguien ha evitado sentarse a mi lado en el autobús por la etnia a la que pertenezco: cero también. Número de veces que he soltado el famoso “papá, mamá, tenemos que hablar”: una, pero fue cuando me admitieron en la carrera de Historia, así que no cuenta. Veces que me he tenido que dar explicaciones sobre mi propia sexualidad: ninguna.

Tampoco me han mirado mal al entrar a ningún comercio, tachándome de potencial ladrona antes de abrir la boca. No he visto mi religión, mi cultura o mi lengua siendo especialmente atacadas. Nadie me ha llamado jamás blanquita, como sí llaman a otros negrito o sudaca. No he sufrido un solo episodio de racismo o xenofobia. Ignoro cómo es eso de que te miren mal por ir de la mano con tu pareja. Nunca me han llamado viciosa o enferma mental. Jamás he temido ser agredida, física o verbalmente, por mis preferencias sexuales.

Y tampoco sé lo que es ver a mi país en guerra. Nunca he vivido una hambruna. Jamás he pasado escasez. No se han negado a atenderme en ningún consultorio médico. He podido conseguir fácilmente todas las vacunas y medicinas que he necesitado a lo largo de mis veintinueve años de vida. Tengo Internet, portátil, teléfono móvil, coche y dinero con el que mantenerlos. Tengo un techo encima de mi cabeza todas las noches y una cama mullida debajo. Tengo todas mis necesidades primarias tan cubiertas que hasta me permito el lujo de preocuparme por algo tan insignificante como un equipo de fútbol.

Todo eso, amigos míos, es un privilegio de la hostia.

Un privilegio que me he pasado años sin ver. Que he negado. Que me ha cabreado cuando me lo han echado en cara. Porque sí, amigos, yo he sido tan cretina como lo son los hombres a los que no se les cae la palabra feminazi de la boca. Yo me he enfadado cuando alguien decía que España era un país racista. Yo he saltado cuando alguien decía que España era un país homófobo. Yo he dicho, y varias veces además, la chorrada de por qué no hay un día del orgullo hetero. Yo me he permitido el lujo de juzgar a esas locazas que van sobre las carrozas y hasta de decirles a mis amigos LTGB que tal cosa les daba muy mala imagen. Como si yo tuviera una mínima idea de lo que para ellos representa poder manifestarse libremente, tan sólo por un día; como si hubiera participado, siquiera por un segundo, de su lucha.

Yo he juzgado a los bisexuales y me he negado a entender a los transexuales, y lo he hecho como si mi opinión fuera mínimamente relevante o comparable a la de ellos. Yo he dicho que era un hecho aislado si se hablaban de agresiones a los gays, y los he acusado de victimistas.

Yo he contestado sin avergonzarme lo más mínimo que ni todos los blancos somos unos racistas ni todos los heteros unos homófobos. Y me he ofendido porque generalizaban.

Yo he restregado mis enormes privilegios, por la cara, a gente que jamás los ha tenido y, probablemente, jamás los tendrá.

Fue jodido darse cuenta, creedme. Porque siempre me había considerado una persona muy tolerante y amiga de los gays, para nada racista ni xenófoba. Es complicado abrir los ojos, porque te niegas a sentirte culpable pero al mismo tiempo sabes que debes hacerlo. Porque quizá nunca haya participado en ninguna agresión homófoba, ni haya insultado a un negro, de la misma forma que la gran mayoría de los hombres jamás le han puesto -y ni siquiera se les ha pasado por la cabeza-, la mano encima a una mujer.

Pero sí que he hecho otras cosas y, lo que es peor, he permitido que otros las hicieran. He reído chistes y me he callado cuando a mi alrededor alguien usaba la palabra panchito. He elegido sentarme al lado del blanco en lugar de al lado del negro, el sudamericano o el gitano. Me he burlado de las locazas. He afirmado que la bisexualidad es un vicio. Y he contribuido con mi granito de arena a la cultura del heteropatriarcado, que si bien me oprime un poco por ser mujer, me coloca muy por encima de las personas de otras razas u orientaciones sexuales.

Aceptar todo esto cuesta un poco.

Dar el paso siguiente y asumir que formas parte de esa pequeña minoría del mundo que tradicionalmente ha oprimido a la gran mayoría, cuesta bastante más. Opresor, ¡qué palabra más fea! Además, ¿no es cierto que hay mujeres que dominan a sus hombres, negros que asesinan a blancos, gays que de alguna forma -no sé cuál, pero aceptemos barco– discriminan a los heteros?

Sí, por supuesto. Pero seamos sinceros: ésa no es la tónica habitual. Lo históricamente tradicional, y esto es indiscutible, es que el Norte ha dominado al Sur, el blanco ha esclavizado al negro, el hetero ha oprimido al homosexual, el payo ha acorralado al gitano y el hombre, queridos míos, ha prevalecido sobre la mujer.

Aceptar esto sí que es difícil.

¿Y una vez lo haces? ¿Pedimos perdón por haber nacido del lado de los opresores? No, no tendría ningún sentido. No lo hemos pedido, sería absurdo. Tú puede que directamente jamás hayas hecho daño a nadie. Yo creo que tampoco. Así pues, ¿qué hacemos ahora?

Ahora luchamos, desde el inmenso pedestal que nos otorgan nuestros privilegios. Sí, amigo: siempre se escuchará mucho más a un hombre feminista, a un blanco antirracista, a un heterosexual defensor de los derechos de los LGTB. Nuestro entorno, nuestras familias, nuestros amigos, siempre nos harán más caso que a ellos si no reímos ciertos chistes, si les pedimos que dejen de utilizar determinadas palabras, si les explicamos que no somos nadie para opinar sobre a quién mete otra persona en su cama.

Ahora escuchamos, sin que eso equivalga a darle la razón mecánicamente a lo que diga la otra persona. No siempre tienen que llevar la razón, y puede que muchas veces estén exagerando. Pero antes de llegar a esa conclusión, lo menos que podemos hacer es escuchar, sin que nuestros privilegios empiecen a dar alaridos al verse amenazados. Lo mínimo es empatizar, ponernos en su lugar, valorar lo que hemos interiorizado y entonces, ya sí, opinar.

Y nos seguimos equivocando, por supuesto. Porque esos privilegios siguen siendo lo que somos, en dónde nos hemos educado, en qué familia nos hemos criado. Porque esas pequeñas actitudes racistas, sexistas u homófobas no se van a borrar de la noche a la mañana. Quizá no se borren nunca. Pero, al menos, tendremos la conciencia tranquila de haber iniciado el camino. De haber empezado a reparar una mínima parte del daño que, por simple omisión, hemos hecho.

Todo esto es la opción difícil.

La opción fácil es negarlo todo, hacerte el ofendido, tachar de exageradas y exagerados e ir de víctima cada vez que un colectivo concreto se sacude de dolor e indignación ante una nueva agresión a uno de los suyos.

Si lo haces, enhorabuena. Ahora sí eres culpable, y lo eres con todas las letras. Ahora sí eres un opresor, que oprime con su silencio, con sus burlas, con su injustificado victimismo o su falta de empatía. Ahora sí te has convertido en el problema, dejando pasar la oportunidad de ser parte de la solución.

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