El escalofriante caso de los niños con dos meses de vacaciones

De vez en cuando una tiene que escribir entradas como ésta. Historias escalofriantes con una alta carga de drama humano, de las que hacen surgir los lagrimones, revuelven estómagos y hasta te dejan tan pensativo que olvidas consultar el Whatsapp durante diez minutos seguidos. Historias que -siento daros este disgusto- calan hondo y no se olvidan. Haciéndote saborear el regusto amargo de la injusticia.

Así que: almas sensibles, absténganse de seguir leyendo. El que avisa no es traidor.

Tan triste relato empieza anteayer al mediodía. En casa estaba puesta la radio con el típico programa de las dos de la tarde de la SER, y afortunadamente yo ya tenía mi plato a medio terminar cuando la radiofónica voz empezó a desgranar la historia que habría estremecido a Spielberg, si Spielberg fuese oyente de la SER. Un drama que nadie debería tener derecho a emitir, así, de sopetón y sin avisar.

Que resulta que los niños tienen dos meses -y pico- de vacaciones.

Abundo en la tristeza de este asunto: los niños tienen dos meses de vacaciones y los padres no.

Madre mía.

Imaginad el momento en el que tan tremenda revelación te deja boquiabierto -con la cucharada de gazpacho, alimento de los dioses, a medio camino de la boca- y el pesar te invade a medida que la inflexible voz de la locutora va ahondando en la herida, insensible a cómo sus palabras pueden percutir el ánimo de los pobres oyentes.

“Campamentos de verano, dejarlos con los abuelos…”

¡No!

En algunas urbanizaciones se han planteado contratar a un monitor para cuidar a los hijos de varias familias.”

No puede ser.

Pero lo peor está a punto de llegar.

Porque entonces entra el testimonio de una afectada por la terrible tragedia, mil veces más terrorífico que cualquier programa de Milenio 3.

“Yo no he tenido que llegar a ese extremo, pero conozco a una compañera que ha tenido que repartirse las vacaciones con su marido, un mes ella y él el otro, para poder cuidar a los niños. Claro, ¿qué otro remedio hay? ¿Qué vas a hacer?”.

Oh, Dios mío.

Una pareja ha tenido que repartirse las vacaciones para poder cuidar de sus propios hijos.

Qué crueldad.

Pausa para secarse las lágrimas, por favor.

Y ahora, sigamos.

Esto, en realidad, no me pilla de sorpresa. A mí no me daban la lata los padres -no tenía entidad para ello- pero el año pasado más de un compañero llegaba a la sala de profes con cara de futuro autor de homicidio y la peregrina propuesta de algún estimado o estimada padre o madre.

– Que por qué no abrimos el instituto por las tardes.

– Ja ja ja.

– Y que por qué no abrimos algún mes de verano.

– ¿Ein?

– Que dicen que no saben qué hacer con el niño cuando está en casa, que está mejor aquí.

– Pero qué coj…

Yo es que tengo la teoría de que algunos padres habrían sido felices en la sociedad espartana, donde a los churumbeles ya creciditos -siete años o así, vamos, la edad en la que el crío deja la fase graciosa de los gorgoritos y empieza a convertirse en un ser con raciocinio y al que hay que educar- se les entregaba al Estado para que hicieran con ellos lo que les viniese en gana. Cómo les molaría. Pepa, ¿ya tenemos fotos suficientes del crío para subirlas a Facebook, ponerlas de avatar en Whatsapp y demás? Pues ale, que te cuiden y eduquen otros, que yo demasiado hice con engendrarte, jomío. 

Pobres padres que no pueden disfrutar de sus vacaciones porque tienen que cuidar de sus hijos.

No es como si de toda la vida el cole hubiera terminado en junio y empezado en septiembre. No es como si de toda la vida nuestros padres se hubieran sacrificado repartiéndose las vacaciones, si trabajaban ambos, o aguantándonos sufridamente el que no lo hiciese. No es como si en España no existiese la anciana costumbre de empaquetar al niño al pueblo con los abuelos o los tíos en verano. O no es como si esas familias que realmente no tenían otro sitio donde aparcar al crío hubiesen pagado a la vecina de arriba, que es muy responsable y buena muchacha, para que le echara un ojo por las mañanas.

Vamos. Que no es como si no hubiera cosas más importantes en las que gastarte el dinero que en tus propios hijos.

Y así estamos. Yo lo traigo al mundo, exigirán dentro de poco estos padres menesterosos, pero ya está. Que me los eduquen otros, que me los cuiden por las tardes, que les paguen los libros, que me los aguanten en verano, que me den ayudas para el material escolar, que me pongan gratuito el autobús, que les regalen el uniforme y que yo no tenga que hacer el mínimo esfuerzo para criar al hijo que yo decidí tener cuando en la vida he sido capaz ni de cuidar un Tamagotchi sin que el jodido huevo se vaya a hacer puñetas.

Desgraciadamente esto no se aplica sólo a los niños.

Finalizo así con otro testimonio -éste sí, estremecedor- que me llega de boca en boca, como las leyendas urbanas de la chica de la curva, aunque estoy segura de que éste es rigurosamente cierto.

Una persona y una asistente social, frente a frente. Una persona que ha vivido toda su vida con su padre, el cuál, ya anciano, requiere de sus cuidados. Ambos jubilados, entre ambas pensiones entran en casa unos 2.000 euros limpios. Y esta persona se queja amargamente al asistente social, porque no puede cuidar a su padre, que no tiene tiempo, que entre pitos y flautos y cerveceos y balnearios se va el día, oiga. Y que tampoco tiene dinero para contratar a una persona, ¡porque, claro! ¡Entre la factura de la VISA, las letras del coche, el finde en la playa y la mensualidad del iPad no llego a fin de mes! ¡Si es que el gobierno no nos ayuda!

A lo que el asistente social, asintiendo gravemente, le da la razón.

– Pues es verdad que con la carga de tu padre no tienes tiempo para ti misma.

Hay que joderse.

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