Roberto se quiere suicidar

Roberto se quiere suicidar. O al menos eso le escucharon farfullar el otro día en casa. “Voy a matarme”, exclamó dramáticamente mientras cogía el mando de su recién estrenada Play Station 4. “Esta vida es un asco”, agregó, a modo de aclaración, antes de encender la consola y empezar un partido en el último juego de la franquicia FIFA.

Roberto está disconforme con su vida y no me preguntéis por qué. Viene de un entorno familiar sin grandes problemas, vive sin estrecheces, tiene una buena casa, unos buenos padres, unos buenos hermanos e incluso un buen perro. Tiene ordenador propio, varias consolas, tablet, móvil y una habitación para él solo. También tiene amigos, aunque la mayor parte del tiempo sólo los vea a través de una pantalla. Tiene un balón que apenas coge y una bicicleta que ya se está oxidando. Tiene absolutamente todo lo que un chico de su edad puede desear, pero para él no es suficiente.

Roberto solía ser un niño feliz, antes que la adolescencia le enseñara a estar siempre amargado. Visitó todos esos lugares que todo niño desea visitar, incluido Eurodisney. Tenía una colección entera de cómics y películas a su disposición. En su carta a los Reyes Magos pocas veces quedaba una petición por satisfacer: de hecho, una vez se encontró con tantos paquetes de regalos que se cansó de abrirlos, y acabó yéndose a dormir.

Roberto solía sacar más o menos buenas notas, antes de que algo se cruzara en su cerebro y dijera basta, convirtiéndose a partir de entonces en un trozo de carne con ojos pegado a un pupitre. Un ser que no habla, no contesta, no se porta mal, no hace los deberes y la mayoría de veces ni siquiera escribe nada en los exámenes. Un chaval de catorce años absolutamente indiferente ante el futuro que tiene ante él.

Sería muy fácil para mí decir que a Roberto le mataron las ilusiones a medida que aprendía a conseguir todo lo que deseaba tan sólo abriendo la boca, –aunque ésa es exactamente la sensación que tengo-. Y probablemente alguien -con razón, o no- me acusaría de querer generalizar y demonizar a su generación. Sería fácil argumentar que estamos ante unos chavales cuyos padres apenas tuvieron nada, y por eso procuraron que sus hijos accedieran fácilmente a todo. Pero cualquier persona diez años mayor que yo podría decirme, acertadamente, que ellos piensan lo mismo de la gente de mi edad. Otros opinarán que cosas así son normales en esa etapa -estoy de acuerdo, pero sólo a medias-. Y habrá quien se pregunte cómo sé yo tanto de la vida personal de un alumno; los más avispados se habrán dado cuenta de que en ningún momento he dicho que lo fuera.

Pero he tenido varios Robertos en clase. Distintos nombres, distintas edades, la misma mirada aletargada, la misma nula ilusión por todo lo que no fuera refugiarse en una única afición -para unos el ordenador, para otros el fútbol, para otros salir los sábados por la noche-. Con uno de estos ejemplares, generalmente dóciles, a los que es fácil ignorar porque se convierten en otro elemento decorativo más del aula, mantuve en un descanso entre clases la siguiente conversación

– ¿Tú has pensado en lo que quieres hacer con tu futuro?

– ¿Eh?

– Tu futuro. Lo que vas a hacer de mayor, vaya.

Silencio.

– Pues no sé. Dar vueltas con la moto, maestra.

Otro silencio.

– Quiero decir, para vivir.

– ¿Para vivir?

– Que cómo vas a conseguir el dinero para comprar la gasolina para dar vueltas con la moto. Porque tus padres no te van a poder mantener toda la vida, ¿sabes?

– Bueno, cobraré del paro.

Me rasqué la nuca. Miré al infinito. Tenía que haber estudiado Derecho, como quería mi madre.

– ¿Sabes que para cobrar el paro es necesario haber trabajado antes?

Parpadeó, confuso. En ese momento sonó la sirena de cambio de clase y murió esta conversación que, aunque les cueste creerlo, es completamente real.

Les voy a confesar que cuando estaba en segundo de carrera tuve una crisis de fe. De fe en mi carrera, en la Universidad, en el sistema en sí y hasta en los bocadillos que servían en la cafetería de mi facultad. Mis padres, después de consentir que faltara a clases un par de semanas, me sentaron en la mesa de la cocina y vinieron a decirme más o menos lo siguiente:

– Ésta es la nómina de tu padre -maestro- y con esto vivimos los tres. No tenemos negocio en el que puedas trabajar, ni hermanos ricos, solteros y sin hijos que te vayan a dejar en herencia una millonada. Tampoco tiene pinta de que te vayas a ligar a un torero que te mantenga –cachis– ni nosotros vamos a vivir eternamente. Así que te va a tocar trabajar. Tú decides de qué y tú verás con qué nivel de estudios. Piénsatelo.

No hace falta aclarar que esa charla -esa nómina, los gastos de casa desglosados, e incluso el tiempo que podría vivir de la sopa boba una vez ellos dos pasaran a mejor vida y yo tuviera que comerme mi herencia- dio carpetazo absoluto a mi crisis.

Sospecho que ni Roberto ni otros chicos de su cuerda han tenido jamás esta charla. Intuyo que muchos de ellos no sabrán cuánto dinero entra en casa al mes, qué es un subsidio y bajo qué circunstancias se cobra, cuánto cuesta la cesta de la compra semanal, la comida del perro o encender la calefacción. Sé positivamente que hay padres y madres que aíslan a sus hijos de los estragos de la crisis que estamos viviendo, que dan vagas explicaciones para justificar el hecho de que papá ahora pase todo el día en casa, que procuran que mantengan el mismo nivel de vida, que prefieren prescindir de cosas básicas para ellos mismos antes que recortarles un euro de la paga. Y me parece comprensible. Pero no siempre es beneficioso.

Roberto ahora vive en un limbo donde todo es una eterna partida del World of Warcraft. Ignora que su madre está en paro indefinidamente, que su padre tiene el sueldo cada vez más recortado, que van tirando gracias a las pagas extras y que los ahorros de la familia han disminuido en los últimos años. Ignora que ese ordenador y esa Play Station 4 se pagan con lo que sus padres han dejado de gastar en ropa para sí mismos. Vive en un mundo imaginario donde el dinero no existe o se consigue fácilmente. Está inmerso en el único universo donde es feliz y, cuando le obligan a salir de él, patalea y opina que todo lo que hay más allá del ordenador o la consola no merece la pena. Así de tajante, así de terrorífico.

Chicos como él ha habido siempre, por supuesto. Todos conocemos al típico vago que tarde o temprano no tenía otro remedio que ponerse a trabajar. El problema, y eso es lo más sangrante, es que los Robertos actuales no son conscientes de que en un par de años pasarán a engrosar las filas de un paro juvenil cada vez más galopante . Que si ya hay licenciados con dos carreras, tres másters y cuatro idiomas poniendo cafés en Londres, los chicos como él no van a servir ni de carne de cañón en un país donde muchos jóvenes recién salidos de la Universidad se dan codazos por trabajar gratis sólo para mejorar su currículum. Mientras sueña despierto con el anhelado momento en el que no tenga que asistir obligatoriamente a clase, Roberto no sabe que muchos estudiantes han tenido que dejar sus carreras, buscarse un trabajo mal pagado o asfixiar económicamente aún más a sus familias ante el brusco recorte de las becas.

Roberto no sabe nada. Ni siquiera que es culpable, y a la vez víctima, de un sistema que tritura ilusiones y una educación casera que no plantea retos ni responsabilidades. Él lo ignora absolutamente todo mientras vive enganchado a sus mundos virtuales. Y yo sólo espero que, cuando decida abrir los ojos a la realidad y dejar de decir tonterías, ya no sea demasiado tarde.

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One thought on “Roberto se quiere suicidar

  1. No hay nada peor que demasiado tarde, leí una vez. Y estoy de acuerdo totalmente.
    He visto bastantes Robertos en mi colegio (concertado, bastante estricto) y no te digo ya en el instituto, donde de hecho entre mis amigos había dos o tres que casi eran Robertos. Yo no entendía por qué seguían perdiendo el tiempo de esa forma (y eso que yo había ‘tirado’ un año, aunque no de esta forma).
    En el colegio, mi compañera de pupitre era una Roberta. Estábamos en la última fila y no molestaba mucho en general, solo intentaba distraerme a veces y quería pintarme los libros y las reglas porque era lo único que hacía con lo suyo -y yo la odiaba por esto, porque joder eran míos… Me caía mal y eso para mi era tomarse confianzas.
    Le quedaron todas y ese verano la ví paseándose con una moto nueva por la calle. Me pregunté qué demonios estaba haciendo yo mal, la verdad.

    Mi madre mientras comía (o le hacía compañía en la cocina) me decía de vez en cuando cosas como que por ejemplo, ella iba a 4 sitios distintos a comprar porque así era, aunque más coñazo, más barato. También que mi hermano se estaba sacando la carrera porque conseguía siempre becas. O: “X mucho quejarse de que como llegamos nosotros y ellos no, pero luego sus 2 o 3 carajitos en el bar todas las tardes no le faltan ni tampoco el paquete de tabaco”.

    En resumen, he crecido enterándome del esfuerzo y el valor de las cosas si bien no me ahogaban con sus problemas y sus penas. Es lo que considero lo más beneficioso, para todos.

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