De perros y piedras

Tengo un perro. Probablemente se hayan dado ustedes cuenta, ya es mi imagen por defecto en varias redes sociales. Tener un perro está bien, entre otras cosas, porque te ahorra el trago de elegir qué foto pones de avatar en Twitter, Facebook o Whatsapp; eliges una del perro y punto. Es una más de las ventajas infinitas que supone meter un can en tu casa: por ejemplo, antes de que Dios inventara las cámaras digitales, cuando había que esperar a que el carrete se acabara para ir a revelarlo y ver las fotos de tu fiesta de cumpleaños, los afortunados dueños de perro no teníamos ese problema. Envidiadnos.

A lo que yo iba. Mi perro. La verdad es que no es el mejor perro del mundo. Probablemente tampoco sea el mejor perro del pueblo donde vivo, y somos 3.000 habitantes, así que el listón está bajo. Nunca ha rescatado a una niña de un granero en llamas -entre otras cosas porque aquí sólo hay secaderos de tabaco-, ni me ha defendido de unos matones -en honor a la verdad hay que aclarar que jamás me han atacado ningunos matones- y como no ha entrado jamás un ladrón en casa, no sé qué haría en tan comprometida situación. Deduzco que seguir durmiendo como un tronco, porque está sordo como una tapia y ni se enteraría.

Mi perro -a estas alturas debería haber aclarado ya que es una perra– nunca ha sido ni el más listo ni el más guapo -tampoco es feo- ni hacía trucos de circo, ni conseguí enseñarle siquiera a que se tumbara -o sea, tumbarse sabe, y a las mil maravillas, pero no a mi voluntad-. Tampoco levanta demasiados halagos, porque mi perra, llamémosla con propiedad, era un cuerpo redondo con dos orejas cuando la vi por primera vez, y así creció, grandota y panzuda, a pesar de todos los paseos, todas las dietas y todos los piensos -especiales para perros obesos, para perros obsesos castrados, y para perros obesos castrados adictos al sofá- que le hemos suministrado.

Mi perra en su estado natural.
Mi perra en su estado natural.

Mi perra es un cocker spaniel inglés. Para los que no entiendan mucho de chuchos, digamos que son unos animales de tamaño mediano/pequeño, con la fuerza bruta de un toro, un estómago con una capacidad que dobla su tamaño y unas orejas que tienen un imán para atraer todo el polvo, bichos, espigas y cualquier cosa que se cruce. Una mopa canina, en definitiva, aunque en vez de absorber la suciedad la esparce por la casa, dejando también de regalo unas bolas de pelo que a veces cruzan por el salón en plan película del oeste, normalmente cuando hace un día que pasaste la aspiradora y tienes visitas.

Mi perra era y sigue siendo extremadamente juguetona. La verdad es que, aunque le gustaba morder huesos de nailon, pelotas de goma y juguetes de cuerda, su objeto preferido para hincar los dientes solían ser mis manos, mis brazos, mis piernas o cualquier prenda de ropa adosada a mi cuerpo. Tampoco entendió aquello de ir a por el palito y devolverlo, ni de ir a por la pelota y devolverla, ni de ir a por… bueno, no entendió nunca el concepto devolver, por lo que cada vez que le lanzaba algo tenía que ir detrás de ella para quitárselo, lo que hacía el juego un tanto cómico para los que observaban. Al final me acostumbré a lanzarle piedras, que en los descampados suele haber a cientos y no necesitaba correr tras ella hasta que me la devolviera; bastaba coger otra, silbar para que me hiciera caso, y volver a tirársela.

No sé las horas de mi vida que he pasado tirándole piedras a mi perra en un descampado. Más que viendo jugar bien al Madrid, eso seguro.

A veces te descuidabas y agarraba la última piedra, bajaba la cabeza con disimulo, apretaba las mandíbulas como un perro de presa y se llevaba el pedrusco a casa. Al llegar la escondía en su cesta o bajo el cojín de algún sofá. En el zafarrancho de limpieza semanal solíamos retirarle de entre media docena a una decena de piedras. Las cogíamos, intentaba recuperarlas, y acababa viéndolas partir con pena rumbo al cubo de la basura. Yo no sé si es que pretendía pavimentarse la cesta o construirse una caseta adosada.

Hace ya años que mi perra no persigue piedras. Tiene casi catorce años y aproximadamente menos de media dentadura intacta por una enfermedad crónica. Ya no juega con pelotas, ni rollos de cuerda, ni esas cosas. A veces me sigue mordiendo a mí, que soy más blandita y más apta para la tercera edad perruna, pero lo cierto es que no juega mucho. Se pasa el día durmiendo y sentada en su escalón viendo pasar en silencio a la gente por la calle, que es el equivalente de los perros al programa de sobremesa de Juan y Medio. Cuando busca compañía humana, en lugar de atacarme ferozmente como antaño se me restriega como un gato, pidiendo mimos o metiendo la cabeza bajo mi brazo. Está completamente sorda gracias a todas las otitis que ha ido sufriendo a lo largo de su vida, pero el resto de sentidos le funcionan perfectamente con una precisión que asustaría a la mismísima CIA. No se abre un yogur en la casa sin que ella se entere.

Anteayer estaba con ella en un descampado. Cogí una piedra, no sé por qué, probablemente porque cuando uno pierde la cobertura 3G le entran ganas de interactuar con su entorno y esas cosas. Pensé en tirársela pero sabía que no iría tras ella, no la escucharía y no tendría dientes para sujetarla. Así que acabé dejándola en cualquier sitio, agarré su correa, di la vuelta sin mirar atrás y nos fuimos.

Hoy en pleno zafarrancho de limpieza, he mirado en su cesta y -por primera vez en años- he visto una piedra.

La piedra.

No me vio cogerla ni tirarla, así que quiero pensar que pasó por al lado, percibió mi olor y con la dificultad de su pobre dentadura la cogió sin más.

Quiero pensar que lo hizo por la misma razón por la que es capaz de abandonar la cesta más mullida del mundo para ir a tumbarse o sentarse encima de cualquier prenda de ropa que haya tirado o se me haya caído al suelo. Por esa forma simple que tienen los perros de expresar lo que sienten -esto huele a ti y me lo quedo porque te quiero; me subo en tu cama y te babeo la cara porque te quiero; me quedo junto a ti cuando estás enfermo o triste porque te quiero. Deberías darme esa hamburguesa, amo, que tiene demasiadas calorías para ti, pero sólo porque te quiero, ¿eh?-, y que tanto contrasta con nuestra absoluta capacidad para ser francos y honestos con la gente que nos importa.

Quiero pensar que alguna vez un ser humano mereció esa lealtad profunda y ese amor incondicional que sólo puede ofrecer un ser canino, pero sé que me estaría equivocando.

Tengo una perra. No es la mejor perra del mundo ni lo será nunca. Deja bolas de pelo, llora para pedir comida y se sube al sofá cuando no estamos en casa. Y lleva literalmente media vida conmigo sin fallarme una sola vez. Sin dejar de ofrecerme un solo día un gesto de cariño, un lametón a traición, un hocico que se restriega contra la palma de la mano o esa mirada limpia y sin dobleces.

Tengo una perra de casi catorce años que tiene la capacidad de -con un simple pedrusco de la calle-, emocionarme lo suficiente para que decida escribir hoy sobre ella.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s