Desmontando mitos: cuando Castilla deshizo a España.

“La tierra está desnuda junto al cielo”. Hace unos días leí esa frase referente a Castilla, y desde entonces se repite periódicamente, como un eco. Hablar de la orografía de Castilla sin caer en el tópico de la meseta infinita y la inacabable planicie es difícil. La metáfora de la tierra desnuda junto al cielo es probablemente lo más original y exacto que haya leído; no puedo evitar evocar con el aire romántico de un viajero decimonónico mis propios viajes atravesando esa tierra en cueros bajo el cielo infinito.

El caso es que esa frase forma parte de una tremenda hipérbole con la que Fernando García de Cortázar comienza su capítulo dedicado al mito de Castilla en su libro dedicado a los mitos de España. En un inicio que pasa, punto por punto, por todos los tópicos de la arcaica e imperialista meseta, desnudándolos hasta el punto de que rozan el ridículo. Pero he aquí que una de esas hipérboles te llega y te toca el alma. Dice mucho de Castilla, como tótem, que no se pueda ironizar sobre ella sin rozar la verdad, y no se pueda tampoco analizar la verdad sin caer, un poco, en el mito.

Dijo el importante geógrafo Élisée Reclus, y así lo recoge Manuel de Terán en su obra sobre la Geografía de España, que Castilla es la España por excelencia. Esta identificación está tan extendida que todos hemos caído en ella en algún momento de nuestras vidas. Quizá desde un punto geográfico tenga cierto sentido, aunque me cuesta pensar que el turista extranjero relacione más España con la meseta castellana que con las playas de la costa levantina o andaluza donde probablemente veranea.

La meseta es más una entidad geopolítica que un producto de la formación geológica de Iberia. Una meseta para dominarlos a todos, habrá pensado más de uno en la periferia. Una meseta de tierras y mentes yermas, catolicismo ardiente, atraso secular casi genético, orgullo de raza hidalga. La meseta que supuestamente nos define a los que vivimos en el verde norte, el cosmopolita levante o las suaves ondulaciones de los campos de olivos sureños. La meseta de los Cides y los Quijotes.

Vista de Segovia, de Zuloaga.
Vista de Segovia, de Zuloaga.

Disgregación personal.

Tengo la suerte de vivir en un lugar pisado por tantas personas que resulta imposible diferenciar cada huella. Digo suerte porque mi orgullo de raza está mezclado con tantos orgullos y tantas razas que es raro el pueblo hispano que me resulta ajeno. Me siento heredera del pueblo íbero bastetano y del Municipium Florentinum Iliberitanum, y de la Ilíberis visigoda, así como de la musulmana Garnata. Agradezco profundamente a Pelayo y sus conmilitones que detuvieran el avance del ismaelita, que lo de ir tapada hasta los tobillos en verano lo llevo fatal, pero también agradezco a los de abajo que inventaran las acequias que riegan los campos que rodean mi pueblo y que a veces inundan mi calle -eso no lo agradezco, pero no es culpa suya-. Me gusta, no lo niego, que un tal Muhammad Ibn Nasr decidiera mandar a los almohades sevillanos a meterse los alfanjes por donde les cupieran y decidiera fundar el reino nazarí, cuyo papel en la transmisión de la cultura andalusí ha sido tan infravalorado que duele. Y sería tan estúpido por mi parte lamentarme de la conquista de Granada y su incorporación a la Corona de Castilla como si lo hiciera de la asimilación de los pueblos iberos por Roma o la llegada de los visigodos.

Y por toda esta serie de circunstancias en las que yo no intervine ni presencié, se configuró la ciudad en la que hoy vivo y de cuya herencia andalusí disfruto tanto como de los mosaicos romanos que hoy se están descubriendo en la zona de los Mondragones, al igual que de la figura de la Dama de Baza y -por qué no- de la influencia castellana que introdujo plenamente a Granada en la modernidad.

Es por eso por lo que, creo yo, hay una gran cantidad de españoles que no viven en la demonizada meseta pero se sienten herederos directos de ella. Y también me siento en la obligación moral de escandalizarme ante los ataques a la atrasada Castilla, como defendería con uñas y dientes la herencia del reino nazarí. Porque está muy en boga culpar de los problemas propios a la maltratada Castilla y a los mesetarios, palabra que me suena francamente ridícula, como si a mí me llamaran penibética -cosa que espero que nadie haga porque suena verdaderamente mal-.

Y con esto termino mi inciso personal.

Castilla hizo España y España la deshizo.

Se quejaba Claudio Sánchez Albornoz con esta frase irónica que repetía uno de los mitos más sonados de la Generación del 98 -Castilla hizo España y Castilla la deshizo, como dijo Ortega-. Don Claudio era de Ávila, y suponemos que estaba hasta las narices del mito castellano que es la única razón por la que España se hallaba sumida en el atraso y tal.

Hay un momento en el que nacen los mitos. Dice García de Cortázar que “un mito es una raíz, una boca de sombra, un eco fosilizado”. Es la Generación del 98 la que fosiliza el mito de Castilla, como es la Reinaxença catalana la que fosiliza el de la rica y medieval Cataluña triunfante. Un mito nace en un momento determinado por obra y gracia de un puñado de escritores, poetas y pintores dispuestos a plasmarlos en sus obras por alguna razón; y de un estrato de la población dispuestos a abrazarlos como propios, probablemente para huir de una realidad que se le antoja amarga, en el caso del mito positivo, o para explicarla sin tener que asumir errores propios, en el caso del negativo.

Señala acertadamente García de Cortázar el carácter periférico de los del 98: el gallego Menéndez Pidal, el andaluz Machado, el levantino Azorín, el vasco Unamuno… todos pontificaron sobre la Castilla romántica y atrasada de curas cerriles e iglesias oscuras, de raza admirable pero arcaica. Concluye parafraseando a Sánchez Albornoz que la periferia inventaba Castilla y la periferia la destruía. La periferia recurría a esa Castilla romántica, en parte como necesidad de quien se siente ineludiblemente heredera de ella, y en parte por el poderoso instinto, en boga hoy en día, de achacar nuestros propios errores a la herencia recibida.

¿Castilla hizo España? Indudablemente. Pero no estuvo sola.

Nacida para la guerra.

Para mí Castilla es la punta de lanza de la Reconquista hispana; creo que no hay mito ni exageración en esto si hablamos de que Castilla surge como un reino nacido de la propia expansión cristiana. Aunque no se llamaran León, Navarra o Cataluña, en estos tres sitios hubo alguien que rechazó la imparable oleada musulmana llegada por Gibraltar, que mira que nos ha dado disgustos el dichoso peñoncito de marras. En Castilla nadie rechazó nada porque Castilla apenas era algo; un territorio en el que los leoneses construyen fortificaciones para defender sus recientemente repobladas tierras del agareno, y que con el tiempo adquiere una personalidad propia, siempre vinculado al núcleo leonés. Hasta el punto de que su primer rey, Fernando I, después de declarar Castilla independiente se dedicó a conquistar León para Castilla. Con un par.

Castilla surge de los castella edificados para contener al invasor; Castilla nace, como condado y como reino, para la guerra.

Además de ese carácter reconquistador nato, es Castilla quien es motor de las grandes empresas y los grandes hitos que van confinando Al-Ándalus hasta reducirlo al reino nazarí. Pero eso no quiere decir que, en esta labor, Castilla esté sola. Es más: eso no quiere decir que este carácter imperialista y belicoso que se atribuye a los castellanos no sea compartido con el resto de pueblos ibéricos. Pues el monarca aragonés Jaime I el Conquistador, el Jaume que con tanto orgullo defienden los nacionalistas catalanes y que nació en Montpellier, no era menos imperialista y belicoso que Fernando III el Santo. A otro aragonés, Alfonso I, le llamaban el Batallador por alguna razón. Ambos se regían por los mismos principios que Alfonso VIII o Fernando I de Castilla. Y ya no hablemos de la belicosidad de los astures, los cántabros y los gallegos que iniciaron la empresa de echar al moro a pedrada limpia. La Reconquista, como Hacienda, es cosa de todos.

Y de ese horizonte común llamado España hablaron también todos. Desde el navarro Jiménez de Rada, hasta el toledano Alfonso X o el mismo mito catalán nacido en Montpellier, Jaume el Conqueridor.

El atraso impuesto.

Pero el mito de Castilla cobra más fuerza inclusive cuando lo enfrentamos al mito de Cataluña. Al igual que la Generación del 98 exalta la Castilla quijotesca, en el siglo XIX los componentes de la Reinaxença catalana, hastiados de un presente con el que no se identifican, se fabrican el mito de la Cataluña medieval progresista que poco a poco fue ahogada por el peso de la meseta.

Vayamos por partes.

Uno, la Cataluña medieval era bastante más atrasada que la Castilla de la época. El sistema pactista que tanto se loa hoy en día no suponía mejora alguna para el pueblo, y sí para los nobles que hacían y deshacían a su antojo salvo cuando surgía un monarca fuerte capaz de meterlos en vereda. Recordemos la que le lía la oligarquía catalana al pobre Juan II, por ejemplo. Y que su hijo, Fernando -el Católico- pierde los calzones por unirse en matrimonio a Castilla por puro pragmatismo; Aragón estaba en ruinas y sumido en un sistema absolutamente arcaico y feudal. En 1615 el obispo de Vic trasladaba al rey de España el sentir de la gente de su diócesis “Dicen que S.M. envíe gente y los conquiste, que todos se la darán, para que siente la justicia como en Castilla…”

Dos, en la Corona de Aragón, y en Cataluña en particular se hablaba castellano antes de que llegaran por allí los mesetarios imponiendo la lengua de Cervantes, cosa que de hecho no ha sucedido salvo en los años del franquismo, y con muchos matices. La Conquista de América, el Imperio español y todas esas cosas hicieron que el castellano se convirtiera en el idioma de moda en muchas cortes europeas. En Cataluña las élites presumían de hablar castellano como hoy en día se presume de hablar inglés; algunos catalanes rehuían de su idioma vernáculo como hoy gente normal y sin ninguna tara aparente en el cerebro tuitea en un mal inglés desde su casa en Albacete o Villaviciosa de Odón. Los hipsters medievales.

Tres, varios hitos históricos catalanes se han visto reducidos a una confrontación entre Castilla y Cataluña: la revuelta de los segadores, la guerra de Sucesión, los Decretos de Nueva Planta. Los segadores se alzaron contra la oligarquía que los tenía oprimidos; más tarde fue instrumentalizada para dirigirla contra el rey de España. En la guerra de Sucesión entre austracistas y borbónicos, Cataluña fue parte de los Habsburgo y parte de los Borbones; la propia Barcelona fue hasta 1705 una plaza de Felipe V, y los barceloneses la defendieron contra el ejército austracista. Y por supuesto que en ningún momento se vio como otra cosa que en el marco de una guerra internacional que tuvo en España un campo de batalla más: “por nosotros y toda la nación española, combatimos” dijo Villarroel.

Perfecta cabeza de turco, ésa es Castilla. Castilla fue hogar de la Inquisición, pese a adoptarla mucho después que Aragón, en una institución trufada de aragoneses. Castilla fue intolerante, pese a que expulsó a los judíos tres siglos después que en la Al-Ándalus crisol cultural. Castilla es la culpable de la mala imagen del español, pese que son los aragoneses quienes, con sus campañas en Italia, empiezan a forjar esa visión que dará lugar a la Leyenda Negra.

El nacionalismo catalán siempre culpó a Castilla de imponer su idea de España. Y lo que ellos olvidaron es que, mucho antes, en el seno de la propia Castilla había surgido un movimiento de rebeldía contra esa misma idea.

Castilla desangrada contra el Imperio español

En pleno reinado de Carlos V, que trajo a España el Imperio, surge en Castilla un fuerte movimiento de rechazo: la Revuelta de las Comunidades, también conocidos como los comuneros. Un grupo al que no le hacía gracia -y a qué me recordará esto- que el dinero que se generaba con el sudor y la fuerza de trabajo castellana se gastase en Alemania, en Aragón o en Nápoles. Los comuneros le pedían al rey de Castilla que no desangrara más su reino en empresas cuyos beneficios no veían los castellanos.

Batalla de Villalar, por Manuel Picolo.
Batalla de Villalar, por Manuel Picolo.

Porque Castilla sangró. Sangró de todas las formas posibles, en oro y en vidas. La decadencia del Imperio caza a Castilla siendo el antiguo reino que más ha aportado a la empresa. Y mientras la periferia sigue teniendo su industria, su comercio y su mar, en esa tierra desnuda bajo el cielo no faltará quien no se acuerde del día en el que Castilla , para su suerte o su desgracia, decidió inventar España.

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