La piedra contra el cristal

Louvre

 Desde que algún humano decidiera construir la primera choza con un puñado de palos y pieles, la arquitectura no ha dejado de evolucionar. Pocas formas mejores para conocer a un pueblo que fijarte en cómo construye; desde la tendencia al gigantismo de los mesopotámicos y los egipcios, pasando por las tipologías griegas, de un orden casi obsesivo, hasta el familiar sentido práctico de los romanos. La solidez oscura del románico, la ligera luz del gótico; la reivindicación del pasado de los renacentistas, a los que hoy habríamos tildado como unos insufribles locos del vintage. Las curvas barrocas, el exceso del rococó, la armonía del neoclásico; todos fueron esclavos de los materiales a su disposición y de las técnicas disponibles para trabajarlos.

Como casi siempre, la Revolución Industrial lo cambia todo. Hierro fundido, hormigón, acero. La domesticación absoluta del vidrio. Por primera vez el hombre doblega la materia, y no al revés. Surgen formas imposibles, alturas inalcanzables, muros transparentes. Maravillas de cristal y de acero que simbolizan una nueva era.

En la foto, frente a frente, una las alas del Louvre frente a la gran pirámide de cristal. Dos estilos superpuestos; la pesadez barroca contra la ligereza del vidrio. El esqueleto de aluminio contra los pilares, pilastras y muros. Dos formas de construir -dos formas de entender la vida- condicionadas por el momento en el que el hombre adquirió la facultad de poder imponer su voluntad a los materiales.

– París, 20 de febrero de 2009

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