Vida de profesor: introducción

Alguien me preguntó hace tiempo si había abandonado definitivamente el blog. La respuesta es no, pero es año de oposiciones, y eso quiere decir que ocupo la mayor parte de mis tardes con la preparación de clases y el estudio; no es que no tenga tiempo libre, pero he de priorizar entre las distintas opciones de ocio.

Llevo meses con una idea en mente: una serie de pequeños artículos sobre el día de un profesor. Intentando ser lo más realista posible, huyendo de dramas y de exageraciones, y agrupado por temáticas. El de hoy tiene la intención de servir de introducción y dejar claro algunos aspectos esenciales de mi trabajo.

– Empecemos por lo más importante: me gusta ser profesora. No me veo haciendo otra cosa. Nunca he hecho otra cosa. No conozco otro trabajo que éste. Desde mi punto de vista, mi labor es transmitir el conocimiento y ayudar a formar a un puñado de jovenzuelos que, por suerte o desgracia, representan el futuro de este país. No existe para mí mayor responsabilidad, mayor orgullo y -a veces- mayor suerte.

– Mi horario se divide en dos: regular y no regular. El regular consta de veinte horas lectivas y cinco horas no lectivas, de las cuáles tres son guardias, una corresponde a la programación de actividades educativas y otra a la reunión de departamento. El horario no regular corresponde a aquellas actividades que no tienen ubicación fija en el horario semanal, pero que han de ser computadas. Un ejemplo son las sesiones de evaluación, que computan como una hora semanal aunque en realidad las hagamos todas juntas una vez al trimestre. En total tengo treinta horas de permanencia obligatoria en el centro.

¿Se trabaja mucho o poco? Depende. Yo he decidido que voy a ser realista desde el principio, así que ahí va: sólo muy puntualmente tengo que corregir algo por las tardes, porque he aprendido a aprovechar al máximo el tiempo libre (huecos) entre clase y clase, las guardias y hasta los recreos. También domino lo suficiente mi temario para no tener que prepararme demasiado la materia que voy a impartir. ¿Qué me ocupa más tiempo por las tardes? Pues principalmente la búsqueda de recursos audiovisuales, la realización de presentaciones para la pizarra digital o proyector, y todos esos pequeños detalles que no son realmente necesarios pero sí hacen más amena la clase. En otras palabras: son cosas que podría no hacer, dejándome las tardes completamente libres (si exceptuamos el estudio), pero que elijo realizar en una continua búsqueda de mejora. Soy, claro está, consciente de que hay compañeros que no tienen más remedio que marcharse cada tarde a casa con toneladas de libretas, exámenes y ejercicios varios, pero no es mi caso.

– El trabajo de profesor es más exigente físicamente de lo que podríais pensar. Obviamente no somos obreros o mineros, pero tampoco oficinistas al uso. Algunas clases exigen pasar bastante tiempo de pie, esquivando mochilas entre las mesas. Algunos institutos son auténticos laberintos, y entre clase y clase cargamos con varios kilos de libros y material arriba y abajo. En el instituto donde trabajo este año se da la peculiaridad de estar dividido en varios edificios, uno de los cuáles se encuentra en la acera de enfrente y tras una cuesta arriba muy larga y pronunciada. Yo por suerte no doy clases allí, pero imaginad a los compañeros que deben estar cambiando continuamente entre uno y otro, y esto sin ningún margen entre clase y clase.

– Evidentemente, la parte más castigada de nuestro cuerpo es la garganta y las cuerdas vocales, y no es raro ver a compañeros completamente afónicos en algún momento del curso. Yo me he hecho adicta a la Lizipaína, los caramelos Hall’s y hasta los Pictolín. Y la leche calentita con miel, en según qué épocas del año, que no falte tampoco.

A menudo gente que está planteándose escoger esta vía tras sus estudios me pregunta si el trabajo merece la pena o no. En resumidas cuentas, sí y mucho, pero hablaremos largo y tendido de esto en la próxima entrada.

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