Quiero creer

(Pequeño homenaje a la serie de mi vida.)

chris-carter-no-descarta-una-tercera-pelicula-de-expediente-x-original

La semana que viene vuelve la que sin duda ha sido la producción audiovisual que más ha marcado mi vida; tal afirmación aún me produce cierta incredulidad, porque han pasado más de diez años desde que se emitió The Truth -el último episodio- y algo menos desde que acudí a un cine a tragarme esa inclasificable película llamada I Want To Believe. Pero sí; Mulder y Scully vuelven -envejecidos y a destiempo, pero vuelven-, y yo admito que espero su vuelta ansiosa, sin miedo a la decepción ni la crítica. Con esa fe que es el santo y seña de Expediente X.

Expediente X empezó a emitirse a principios de los noventa, y finalizó diez años después. Nueve temporadas y dos películas en las cuales es posible rastrear la huella de todos los cambios políticos, sociales y tecnológicos atravesados en toda una década. También de mi propia historia personal.

No recuerdo cuándo llegó Expediente X a España y tampoco me voy a molestar en averiguarlo; no es la intención de esta entrada. Sí recuerdo cuándo la enigmática cabecera con su aún más enigmático cierre –la verdad está ahí fuera– entró en mi vida, y fue en una etapa tan impresionable y convulsa como la preadolescencia. Empecé a ver Expediente X cuando contaba con once o doce años y terminé de verlo ya universitaria -deliberadamente dejé pasar un tiempo antes de tragarme la última temporada, la novena, del tirón-. Por eso digo que no hay producto que me haya marcado tanto. Que no ha habido película ni serie, ni siquiera libro, que haya influido tanto en mi crecimiento personal, en la formación de mi pensamiento.

Porque quien piense que Expediente X son sólo ovnis, conspiraciones, monstruos de la semana y una tensión sexual -afortunadamente resuelta-, se equivoca. Expediente X es eso y al mismo tiempo no lo es. Expediente X es una historia, larga, compleja y maravillosa, que abarca un sinfín de temas, teorías, debates, y descubrimientos.

Expediente X es la historia de un hombre de fe, Mulder, y de una mujer de ciencia, Scully, y de cómo forman un binomio como jamás he visto en pantalla pequeña o grande. Expediente X es la historia de una conspiración y de la lucha encarnizada de un puñado de personas íntegras. Expediente X también es una historia de familia, de amistad, de amor, de discriminación, de vida y de muerte. Es una historia de búsqueda, de búsqueda del gran mantra de esta serie: la verdad.

Mulder y Scully me enseñaron muchas cosas, y curiosamente ninguna tiene nada que ver con los hombrecillos verdes -en los que, dicho sea de paso, no creo-. Mulder me enseñó mucho sobre honestidad, sobre la dificultad de mantenerte fiel a tus principios. Scully me enseñó mucho sobre fortaleza, sobre cómo a veces hay que tener la inteligencia de aceptar otras formas de ver el mundo sin renunciar a tus propias creencias. Ambos me hablaron del dolor, de la amistad y de la fe.

Sobre todo de la fe.

La sintonía de Expediente X, esos episodios que teníamos que arrancarle a Telecinco con cuentagotas, están presentes en toda mi adolescencia y primera juventud. Y en miles de pequeños aprendizajes de índole mucho más práctica. Por ejemplo, aprendí por primera vez lo que suponía el cáncer en esas gotas de sangre resbalando por la nariz de Scully, el abrazo interminable de Memento Mori, su determinación fría y serena de plantar combate a un enemigo tan implacable. Tuve curiosidad por la Historia al escucharles hablar de los nazis. Vi por primera vez un teléfono móvil en ese mítico Nokia ladrillo que los agentes llevaban en el bolsillo junto con la sempiterna linterna. Fuera de la pantalla, aprendí a manejar un ordenador al tiempo que buceaba en la web oficial y en las cientos de páginas creadas por aficionados. Pergeñé mis primeros fanfictions sobre la pareja del FBI. Mantuve mis primeros debates on-line con equisófilos, escribí en mis primeras listas de correo, mis primeros chats, mis primeros foros; hice mis primeros amigos internautas con la gran X como único testigo.

Fox Mulder y Dana Scully me hablaron de lucha. De una lucha sin cuartel, de una lucha cruel, larga y extremadamente dolorosa. Me enseñaron una máxima en la que creo con firmeza: que la vida es una pelea constante contra diversos enemigos.Una pelea que ellos retoman la semana que viene sin haberla abandonado jamás.

Y yo tampoco. Porque Mulder y Scully, más allá de los hombrecillos verdes y el quién mató a Kennedy, me enseñaron a pelear. A pelear por mis ideas, mi familia, mi pueblo y mi gente. Mis valores. Mi fe.

Pero lo más importante que me enseñaron es que esa lucha -su lucha, mi lucha-, difícilmente se puede ganar. Pero tampoco abandonar. Y ésa es la gran enseñanza, uno de los lemas que, gracias a Expediente X, rige mi vida. Algo que me ha sido infinitamente útil desde la primera vez que mi yo adolescente encendió la tele para seguir las aventuras y desventuras de los dos agentes del FBI.

Que, si abandonamos ahora, ellos ganan.

Breves apuntes sobre el acoso escolar

Hace tiempo -meses, en realidad- que tenía pensado escribir algo sobre el tema del acoso escolar. Debido a lo ocurrido en los últimos días con el suicidio de un joven transgénero me animo a plantear unos puntos que sólo pretenden sacar a la luz algunos de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de tratar un caso de este tipo desde los institutos:

1. El acoso escolar es un tema complejo que no se soluciona simplemente expulsando a los agresores -ése suele ser el primer paso, pero no la solución; además, a los agresores no se los puede expulsar eternamente-. Hay que entender que tras el o los agresores suele haber un grupo más o menos numeroso que silenciosamente los respalda o al menos no hace nada por evitarlo. Y tras este grupo, hay un estigma social o un gran desconocimiento -como en el caso que nos ocupa- que es en realidad el origen de todo.

2. Hay que atacar el desconocimiento desde su base, y hay que hacerlo, por supuesto, con educación. Educación en el instituto pero también en casa, porque no hay que olvidar que los principales modelos de los niños son sus padres. Hay que dar ejemplo a los críos, no sólo educándolos desde el respeto y enseñándoles que no hay que insultar ni pegar a nadie -eso lo hacen más o menos todos- sino dando un paso más allá, como no permitir una sola broma o desterrar palabras que denoten machismo, homofobia o transfobia.

3. En el instituto hay asignaturas que tocan estos temas, como Ética o Educación para la Ciudadanía. Estas asignaturas tienen los siguientes problemas: se suelen impartir con materiales anticuados que no evolucionan al mismo ritmo de las sociedad, presentan un currículo que es sistemáticamente atacado y/o modificado por la administración, y apenas tienen profesores especialistas que las impartan. Lo que me lleva al siguiente punto:

4. En el mejor de los casos estas asignaturas las impartirá el de Filosofía -si es que hay profesor de Filosofía en el instituto-, en el menos malo alguien del departamento de Ciencias Sociales y en la mayoría de ocasiones se encasquetarán al primero que pase por allí y que necesite completar horario, ya sea de Música o de Inglés. ¿Se imaginan los problemas que puede generar que alguien no especialista en Matemáticas imparta esta asignatura? Pues eso es lo que pasa habitualmente, y lo que se permite, con Ética y Educación para la Ciudadanía. Y aquí ya se depende de la buena voluntad del profesor en sí, de sus ganas de actualizarse y de aprender por su cuenta.

5. Porque es que, y esto es importante, nadie nos forma como colectivo para tratar casos de acoso o de identidad de género, como nadie en realidad nos ha formado de forma oficial para enfrentarnos al cóctel de emociones que sacude a un alumno cualquiera de Secundaria. Una licenciatura (o un grado) en el que no se toca nada de Pedagogía y un Máster o un CAP absolutamente vacíos de contenido son el bagaje que llevamos cuando nos metemos por primera vez en un aula. Aprendemos a base de experiencia, de consejos de los compañeros, de ensayo y error. Y ante determinadas situaciones, nos sentimos desorientados y desbordados. Sólo podemos recurrir a la única persona del instituto que se ha formado específicamente para comprender y saber tratar al adolescente.

6. Esta persona es el orientador. En mi instituto hay uno. Uno. ¿Sabéis cuántos alumnos hay? Mil. Sí, mil. Mil alumnos a los que aconsejar, tratar, diagnosticar y detectar problemas a tiempo antes de que vayan a peor. Mil.

7. Yo no tengo tantos; sólo 130. 130 nenes y nenas a los que no había visto nunca y a los que sólo ahora, después de tres meses, puedo decir que empiezo a conocer. Soy de la afortunadas en este sentido, tengo compañeros que por su disposición de grupos y carga lectiva asociada a cada asignatura pueden fácilmente doblar el número de alumnado. La de Ciudadanía, sin ir más lejos, ve a su clase una hora a la semana. Lo que pretendo decir con esto es que algunos casos de acoso se detectan desde el propio Equipo Educativo, pero otros nos pasan por alto sencillamente porque no conocemos tan bien a los chicos para detectarlos.

8. En mis grupos se están tratando actualmente dos casos de acoso. Uno lo detectó la propia tutora, leyendo entre líneas una redacción libre enviada durante una de las pruebas de Evaluación Inicial, en una muestra de sensibilidad que a mí me dejó admirada. Del otro nos informó la propia madre, revelándonos que la persona que todos pensábamos que era la mejor amiga de su hija, a quien se ve charlar animadamente con ella en todas las clases, es en realidad su acosadora. En ambos casos se puso inmediatamente en marcha el protocolo de actuación diseñado por la Junta de Andalucía, y actualmente desde Orientación y Jefatura se trabaja en una titánica labor de zapa y desgaste, de tirar de la madeja y de horas de charla, para averiguar lo sucedido. Porque resulta que en un caso la cría no quiere hablar -saber lo que ha pasado realmente siempre resulta muy difícil- y, en el otro, el acoso sale fuera de los ámbitos del instituto.

9. Ésa es otra: el acoso persigue al acosado, incluso cuando suena el timbre de clase. Leo que Alan se cambió de localidad, y no me extraña, porque Amanda Todd también cambió de instituto. El acoso continúa en las redes sociales, el acoso continúa por móvil, el acoso continúa en las calles si hablamos de un instituto situado en un barrio o un pueblo pequeño. El acoso, a veces, tiene el beneplácito de la propia sociedad.

10. Por eso el acoso no se puede vencer desde casa ni desde el instituto, sino desde todos los frentes a la vez. Padres, profesores, sociedad implicados en no dejar pasar ni una más, ni un desprecio más, ni un término despectivo más, ni una agresión más. En mi opinión, también sería necesario endurecer las medidas -alguien me dijo una vez que debería ser el acosador el obligado a cambiarse del instituto, costeando su familia los gastos de transporte originados- de los protocolos de actuación. Y desterrar tópicos sobre asuntos como la transexualidad con la formación obligatoria para el profesorado y más charlas de concienciación y talleres para el alumnado. Sólo así estaremos preparados para enfrentarnos a esta lacra y asegurarnos de que un caso como el de Alan no vuelve a repetirse.

Privilegios

Una de las cosas más importantes que he aprendido este año ha sido ser consciente de mis propios privilegios. Fue gracias a un tuit de una tuitstar a la que no sigo, que me hizo reflexionar sobre algo que, honestamente, jamás me había planteado. El inmenso privilegio que supone haber nacido en el Hemisferio Norte, ser de raza blanca, de orientación heterosexual y perfectamente cómoda con los rasgos sexuales asignados durante mi desarrollo en el vientre materno.

¿Os parece una tontería? Recapitulemos. Número de veces que me he sentido observada por mi color de piel: cero. Número de veces que alguien ha evitado sentarse a mi lado en el autobús por la etnia a la que pertenezco: cero también. Número de veces que he soltado el famoso “papá, mamá, tenemos que hablar”: una, pero fue cuando me admitieron en la carrera de Historia, así que no cuenta. Veces que me he tenido que dar explicaciones sobre mi propia sexualidad: ninguna.

Tampoco me han mirado mal al entrar a ningún comercio, tachándome de potencial ladrona antes de abrir la boca. No he visto mi religión, mi cultura o mi lengua siendo especialmente atacadas. Nadie me ha llamado jamás blanquita, como sí llaman a otros negrito o sudaca. No he sufrido un solo episodio de racismo o xenofobia. Ignoro cómo es eso de que te miren mal por ir de la mano con tu pareja. Nunca me han llamado viciosa o enferma mental. Jamás he temido ser agredida, física o verbalmente, por mis preferencias sexuales.

Y tampoco sé lo que es ver a mi país en guerra. Nunca he vivido una hambruna. Jamás he pasado escasez. No se han negado a atenderme en ningún consultorio médico. He podido conseguir fácilmente todas las vacunas y medicinas que he necesitado a lo largo de mis veintinueve años de vida. Tengo Internet, portátil, teléfono móvil, coche y dinero con el que mantenerlos. Tengo un techo encima de mi cabeza todas las noches y una cama mullida debajo. Tengo todas mis necesidades primarias tan cubiertas que hasta me permito el lujo de preocuparme por algo tan insignificante como un equipo de fútbol.

Todo eso, amigos míos, es un privilegio de la hostia.

Seguir leyendo

Lisboa

Este verano he tenido la relativa suerte de visitar Lisboa; suerte porque no deja de ser una ciudad bonita, y relativa porque las continuas trampas para turistas han hecho que abandonara tierras portuguesas con más de un cabreo. Pero, en cualquier caso, aquí les dejo las mejores fotos del viaje, que sin duda no hacen justicia a la decadente fotogenia de la capital del país vecino:

Lisboa centro:

 

Plaza del Comercio HDRLa preciosa Plaza del Comercio (sí, me gustan los HDR; deténganme).

 

Seguir leyendo

Hay futuro

No estaba siendo una buena semana. Nunca lo es si se empieza con la noticia de que un compañero ha sido asesinado y a la sociedad le importa un carajo. A eso se le sumaba que el ambiente en el insti estaba caldeado por otros temas, que los niños andaban revolucionados, que la primavera la sangre altera y que, madre mía, qué ganicas tengo de pillar el finde y perderme.

Sí. Estaba siendo una semana asquerosamente mala. De esas en las que algunas tardes, al volver a casa, te planteas si de verdad es esto lo que quieres hacer el resto de tu vida. Porque te quedan muchos años, piensas. Y si ya hay alumnos que se encaran contigo porque los cambias de sitio, imagínate en un futuro. Y si ya hay padres que vienen a hablar contigo porque no les gusta el grupo en el que has puesto a trabajar a su hijo, agárrate que vienen curvas. Y si ya hay casos de alumnos con enfermedades mentales sin medicar que se tap… sí, bueno. Mejor lo dejo.

Era una semana para olvidar, pero es lo que tiene esto. Que trabajas con personitas que en un 90% -a pesar de la mala educación, y la desmotivación, y demases- no buscan hacerle daño a nadie. Que reaccionan a la amabilidad, que devuelven cualquier muestra de cariño, que sonríen, que inventan y que absorben como esponjas sin que uno se dé cuenta. Y esos seres pensantes tienen la capacidad de levantarte el ánimo de una forma asombrosa.

Como pasó aquel día de finales de semana.

Seguir leyendo