Quiero creer

(Pequeño homenaje a la serie de mi vida.)

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La semana que viene vuelve la que sin duda ha sido la producción audiovisual que más ha marcado mi vida; tal afirmación aún me produce cierta incredulidad, porque han pasado más de diez años desde que se emitió The Truth -el último episodio- y algo menos desde que acudí a un cine a tragarme esa inclasificable película llamada I Want To Believe. Pero sí; Mulder y Scully vuelven -envejecidos y a destiempo, pero vuelven-, y yo admito que espero su vuelta ansiosa, sin miedo a la decepción ni la crítica. Con esa fe que es el santo y seña de Expediente X.

Expediente X empezó a emitirse a principios de los noventa, y finalizó diez años después. Nueve temporadas y dos películas en las cuales es posible rastrear la huella de todos los cambios políticos, sociales y tecnológicos atravesados en toda una década. También de mi propia historia personal.

No recuerdo cuándo llegó Expediente X a España y tampoco me voy a molestar en averiguarlo; no es la intención de esta entrada. Sí recuerdo cuándo la enigmática cabecera con su aún más enigmático cierre –la verdad está ahí fuera– entró en mi vida, y fue en una etapa tan impresionable y convulsa como la preadolescencia. Empecé a ver Expediente X cuando contaba con once o doce años y terminé de verlo ya universitaria -deliberadamente dejé pasar un tiempo antes de tragarme la última temporada, la novena, del tirón-. Por eso digo que no hay producto que me haya marcado tanto. Que no ha habido película ni serie, ni siquiera libro, que haya influido tanto en mi crecimiento personal, en la formación de mi pensamiento.

Porque quien piense que Expediente X son sólo ovnis, conspiraciones, monstruos de la semana y una tensión sexual -afortunadamente resuelta-, se equivoca. Expediente X es eso y al mismo tiempo no lo es. Expediente X es una historia, larga, compleja y maravillosa, que abarca un sinfín de temas, teorías, debates, y descubrimientos.

Expediente X es la historia de un hombre de fe, Mulder, y de una mujer de ciencia, Scully, y de cómo forman un binomio como jamás he visto en pantalla pequeña o grande. Expediente X es la historia de una conspiración y de la lucha encarnizada de un puñado de personas íntegras. Expediente X también es una historia de familia, de amistad, de amor, de discriminación, de vida y de muerte. Es una historia de búsqueda, de búsqueda del gran mantra de esta serie: la verdad.

Mulder y Scully me enseñaron muchas cosas, y curiosamente ninguna tiene nada que ver con los hombrecillos verdes -en los que, dicho sea de paso, no creo-. Mulder me enseñó mucho sobre honestidad, sobre la dificultad de mantenerte fiel a tus principios. Scully me enseñó mucho sobre fortaleza, sobre cómo a veces hay que tener la inteligencia de aceptar otras formas de ver el mundo sin renunciar a tus propias creencias. Ambos me hablaron del dolor, de la amistad y de la fe.

Sobre todo de la fe.

La sintonía de Expediente X, esos episodios que teníamos que arrancarle a Telecinco con cuentagotas, están presentes en toda mi adolescencia y primera juventud. Y en miles de pequeños aprendizajes de índole mucho más práctica. Por ejemplo, aprendí por primera vez lo que suponía el cáncer en esas gotas de sangre resbalando por la nariz de Scully, el abrazo interminable de Memento Mori, su determinación fría y serena de plantar combate a un enemigo tan implacable. Tuve curiosidad por la Historia al escucharles hablar de los nazis. Vi por primera vez un teléfono móvil en ese mítico Nokia ladrillo que los agentes llevaban en el bolsillo junto con la sempiterna linterna. Fuera de la pantalla, aprendí a manejar un ordenador al tiempo que buceaba en la web oficial y en las cientos de páginas creadas por aficionados. Pergeñé mis primeros fanfictions sobre la pareja del FBI. Mantuve mis primeros debates on-line con equisófilos, escribí en mis primeras listas de correo, mis primeros chats, mis primeros foros; hice mis primeros amigos internautas con la gran X como único testigo.

Fox Mulder y Dana Scully me hablaron de lucha. De una lucha sin cuartel, de una lucha cruel, larga y extremadamente dolorosa. Me enseñaron una máxima en la que creo con firmeza: que la vida es una pelea constante contra diversos enemigos.Una pelea que ellos retoman la semana que viene sin haberla abandonado jamás.

Y yo tampoco. Porque Mulder y Scully, más allá de los hombrecillos verdes y el quién mató a Kennedy, me enseñaron a pelear. A pelear por mis ideas, mi familia, mi pueblo y mi gente. Mis valores. Mi fe.

Pero lo más importante que me enseñaron es que esa lucha -su lucha, mi lucha-, difícilmente se puede ganar. Pero tampoco abandonar. Y ésa es la gran enseñanza, uno de los lemas que, gracias a Expediente X, rige mi vida. Algo que me ha sido infinitamente útil desde la primera vez que mi yo adolescente encendió la tele para seguir las aventuras y desventuras de los dos agentes del FBI.

Que, si abandonamos ahora, ellos ganan.

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