Hay futuro

No estaba siendo una buena semana. Nunca lo es si se empieza con la noticia de que un compañero ha sido asesinado y a la sociedad le importa un carajo. A eso se le sumaba que el ambiente en el insti estaba caldeado por otros temas, que los niños andaban revolucionados, que la primavera la sangre altera y que, madre mía, qué ganicas tengo de pillar el finde y perderme.

Sí. Estaba siendo una semana asquerosamente mala. De esas en las que algunas tardes, al volver a casa, te planteas si de verdad es esto lo que quieres hacer el resto de tu vida. Porque te quedan muchos años, piensas. Y si ya hay alumnos que se encaran contigo porque los cambias de sitio, imagínate en un futuro. Y si ya hay padres que vienen a hablar contigo porque no les gusta el grupo en el que has puesto a trabajar a su hijo, agárrate que vienen curvas. Y si ya hay casos de alumnos con enfermedades mentales sin medicar que se tap… sí, bueno. Mejor lo dejo.

Era una semana para olvidar, pero es lo que tiene esto. Que trabajas con personitas que en un 90% -a pesar de la mala educación, y la desmotivación, y demases- no buscan hacerle daño a nadie. Que reaccionan a la amabilidad, que devuelven cualquier muestra de cariño, que sonríen, que inventan y que absorben como esponjas sin que uno se dé cuenta. Y esos seres pensantes tienen la capacidad de levantarte el ánimo de una forma asombrosa.

Como pasó aquel día de finales de semana.

Yo no he venido aquí a dar lecciones a nadie

Y lo pongo bien clarito. Porque no soy quién.

Alguno recordará la que me liaron aquel día que salí en Menéame, por una frase ambigua y por habérseme ocurrido escribir un post sincero donde manifestaba que jamás había sentido la necesidad de declararme feminista. Desde ese día he aprendido mucho. Y no sólo porque 20 comentarios de una tacada llamándome de imbécil para arriba impongan lo suyo.

En aquella entrada contaba que estaba abriendo los ojos, que estaba descubriendo que el mundo en el que había crecido no era tan tolerante como yo pensaba. Que el machismo que nunca percibí en mi adolescencia se estaba haciendo presente de una forma escalofriante. Parte de ese cambio de conciencia consistió en apreciar pequeños gestos que antes pasaba por altos -los llamados micromachismos-. Y en leer. Leer mucho.

Por suerte para mí, tengo una timeline tuitera la mar de concienciada que hace RT a cuanto artículo interesante sobre identidad, género, feminismo y un largo etcétera pulula por la red. Yo me los guardo y leo casi todos. Algunos me gustan más, otros menos. Algunos no los entiendo. Otros me parecen una supina tontería. Pero intento rumiarlos todos; intento reflexionar antes de formarme una opinión. Y siempre acabo aprendiendo algo.

Lo que hacemos en el instituto

No hay vez que no se hable de estos temas en cualquier foro de debate -tele, radio, etc.- que no surja la típica voz preocupada declarando, con mucha indignación, que esto deberían de verlo en las escuelas e institutos.

Bien. No puedo hablar del colegio, pero cualquiera que se mire el currículo de Secundaria encontrará que hay al menos tres asignaturas que tratan, y muy ampliamente, estos temas: Cambios Sociales y de Género, de primer ciclo, y Educación Ético-cívica y Educación para la Ciudadanía, de segundo ciclo. Hace dos años impartí CSG a 2º de ESO, y este año me tocó dar Ética a 4º y Ciudadanía a 3º.

Yo soy una persona más bien práctica para estas cosas. Hay libros de Ética y de Ciudadanía, y todos cuentan cosas estupendas y pasmosamente aburridas sobre género, identidad sexual, feminismo y violencia de género. A mí, sin embargo, me gusta más lo audiovisual. Uso más el pendrive que la tiza. Y a ellos les tira más. Aprenden más mirando a los ojos y escuchando hablar a Ana Orantes, la mujer que acabaría muriendo quemada viva por su ex marido, que estudiándose un tema entero. Perciben más el problema si se lo humaniza, si se les demuestra que en su entorno también ocurren estas cosas en lugar de reducirlo todo a la frialdad de los datos.

No siempre es fácil, claro. Hay escepticismo, risitas y los típicos comentarios sobre las entradas a las discotecas o las mujeres que dejan al marido sin nada. Cuando este año me propuse abordar el tema, supe que sería aún más difícil, porque estamos en una zona muy rural, donde aún es lo más normal del mundo que el hombre trabaje y la mujer se quede en casa ocupándose de sus cosas. Un pueblo pequeño donde todo se sabe, pero nadie habla. Y en ese contexto me planté yo, ante unos cincuenta y pico alumnos, con mis vídeos y mis presentaciones.

No fue fácil, pero esta vez llevaba un arma extra: todo lo que había leído, todo lo que yo misma había aprendido. A mi peculiar metodología le sumé el siguiente material incalculable:

  • El experimento que hicimos unas amigas y yo, que fue publicado en este blog, y que recogía nuestras propias experiencias, algunas bastante fuertes, sobre sexismo en el día a día. Las imprimí y repartí por grupos, haciendo que las leyeran, analizaran y comentaran con el resto de la clase. Fue bastante revelador ver la cara de los chicos de clase cuando sus compañeras empezaron a confesar, sin miedo, que habían sufrido experiencias parecidas. También resultó curioso, al mismo tiempo que esperanzador, la incomprensión de las chicas hacia el sentimiento de vergüenza que manifestaban algunas de las entrevistadas.
  • Este artículo y este otro, ambos de lo mejorcito que he leído este año, y con un valor extra: haber sido escritos por hombres. Hombres dirigiéndose a otros hombres. Hombres feministas. Hombres que en su vida habían tenido la intención de hacer daño a las mujeres, pero que habían incurrido en el machismo de la misma forma que yo misma lo he hecho (y aún, inconscientemente, lo hago). Hombres que no siempre tienen que estar de acuerdo con las mujeres, pero que transmiten un mensaje muy claro: la necesidad de reflexionar y empatizar.

Con ayuda de esto, les hablé de feminismo, de hembrismo, de machismo, y de violencia de género. E intenté hacerles entender una cosa: que no era culpa suya. Que todos adoptábamos actitudes sexistas, homófobas o racistas diariamente y sin darnos cuenta, como parte de la cultura en la que hemos crecido. Que no se trata de culpar. Se trata de concienciarse. De intentar cambiar uno mismo, poco a poco, para construir una sociedad mejor.

Y me fui sin saber si lo había conseguido, sin haber podido evitar los comentarios, las risitas, y las miradas escépticas. Pero con la conciencia tranquila por haberlo intentado con todas mis fuerzas.

Y mereció la pena

Volvamos a la semana pasada. Ya saben. La horrorosa. 

Estamos a viernes y yo estoy hasta las narices. Unos señores han venido a dar la enésima charla sobre violencia de género a los zagales. Me toca echarles un ojo para asegurarnos de que no se coman a nadie, así que me escabullo a la sala de audiovisuales.

Allí están, sentaditos en hileras. Unos escuchan, otros hablan, otros escuchan y hablan, algunos se mecen en la silla al borde del desnucamiento, uno amaga con morder a otro… Como son ellos habitualmente, vaya.

Pero entonces, uno de los señores hace una pregunta.

– ¿Es el feminismo lo contrario al machismo?

Y allá que saltan, todos:

¡No!

El señor parpadea. Sorprendido.

– Efectivamente, lo contrario al machismo sería…

– ¡Hembrismo!

El señor lo está flipando. Yo también.

Durante los diez minutos siguientes los señores intentan explicar conceptos básicos de género y estereotipos, y digo intentan porque continuamente mis alumnos les interrumpen para adelantarse a ellos. Para poner ejemplos de cómo se nos imponen los estereotipos desde bebés, para quejarse de cómo la religión contribuye a crear unos roles, para hablar de patriarcado. Las chicas protestan porque la sociedad les impone casarse y parir como algo prioritario. Los chicos se quejan porque se les impone dar siempre el primer paso y comportarse como brutos sin sentimientos. Mencionan situaciones y frases textuales de algunos de los artículos que he enlazado arriba.

Los señores están entre estupefactos y encantados porque se están encontrando algo distinto que en el resto de centros donde han estado. Y yo estoy por agarrarme a la columna para no caerme redonda.

En un descanso, uno se acerca y me pregunta si soy la profesora de Ética. Les digo que sí. Me felicitan.

Me voy para la última clase hinchada como un pavo real.

Y es en ese momento cuando te das cuenta de que no todo está perdido. Hay futuro. Mucho. Hay chicos y chicas dispuestos a aprender, a cambiar, a sacudirse las imposiciones de la sociedad en la que han crecido. Sin vergüenza y sin miedo. Hay chicos dispuestos a llorar y chicas dispuestas a llevar la iniciativa. Hay en ellos solidaridad, entendimiento, empatía, buen corazón. Quizá más que en nuestra generación, hay buena gente. Hay esperanza.

Así fue cómo esa semana que había empezado tan mal terminó confirmándome lo que siempre he pensado: que merece la pena. El mínimo esfuerzo que se hace, que se está haciendo, merece la pena. Porque ellos son el futuro de este país, de esta sociedad. Porque nosotros ya nunca podremos cambiar el mundo, pero ellos sí. Y en los institutos se está haciendo todo lo posible -y más- para que así sea.

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