De pagar o no pagar (reflexiones de un profe pirata)

La verdad es que nunca he sido mucho de ver pelis o series por streaming. Ya sea porque raramente he disfrutado de una conexión a velocidades decentes, y porque valoro la experiencia de ver algo sin que el vídeo se corte o mi portátil se caliente a niveles de reactor nuclear, sigo siendo ese bicho raro que aún tira del uTorrent. Fácil, rápido y seguro: en diez minutitos tienes el capítulo nuevo de tu serie favorita sin tener que soportar publicidad ni buscar un enlace que cargue a la primera.

Como digo, costumbres.

No obstante, tengo que reconocer que una vez Series.ly -o una web similar- me salvó la papeleta. Y fue, precisamente, por algo relacionado con mi trabajo.

Tenía que buscar una película sobre la autoestima y la realización personal para un grupo de 2º de ESO que tampoco fuera demasiado compleja y que no estuviera demasiado vista. Como les apasionaba el fútbol, recordé la estupenda El sueño de Jimmy Grimble, la típica historia del pringao del insti que de mayor aspira a ser futbolista. El problema era que no estaba disponible por ningún cauce legal.

Porque, por extraño que pareciera, intenté comprarla en formato digital, pensando que sería fácil encontrarla en iTunes o en algún sitio de esos. Obviamente, fracasé. Pero en el proceso descubrí, además, que pagar por descargar una película para guardarla en el soporte que nosotros queramos y poder reproducirla en el sistema operativo que elijamos es casi imposible en España.

Desesperada, recurrí a Series.ly, que creo que también tenía sección de películas. Allí descubrí que, milagro, no sólo se podía ver la peli sino que me daban gratis la posibilidad por la que yo había estado dispuesta a pagar: descargarla en un mp4 que llevar en mi pendrive de clase.

El cine en el aula y las restricciones

A mí, como profe, no me queda más remedio que ser pirata.

Utilizo muchísimo el recurso del cine en el aula. Ayer mismo terminé de ver Te doy mis ojos con mi grupo de Ética de 4º, y después de leer el cuestionario que me rellenaron sobre la película puedo asegurar que aprendieron más así que con las varias charlas y actividades sobre violencia de género que hicieron hace un par de semanas. A veces ni siquiera vemos la obra completa, sino que voy poniendo cortes de películas y series que acompañan y refuerzan mi explicación. Nunca entro en clase sin mi memoria usb en el bolsillo.

Cuando yo misma era alumna, en los coles e institutos había un aula -frecuentemente llamada de “audiovisuales”- que solía consistir en una tele más o menos pequeña con un VHS -posteriormente DVD- conectado y un puñado de sillas dispuestas enfrente. Ver una peli era entonces un acontecimiento extraordinario y casi una odisea, y los niños perdíamos más tiempo yendo a audiovisuales, sentándonos, y esperando a que el profe obligara a los más altos de la clase a colocarse detrás, que atendiendo a la película en sí.

Afortunadamente, eso ha cambiado. La mayoría de las clases disponen de ordenador de aula y de proyector o pizarra digital, lo que facilita enormemente el buscar recursos didácticos multimedia. Ya no hay que sacar a los nenes a ningún sitio. Pero el hardware sigue imponiendo ciertas restricciones. Lo más cómodo y fiable es llevar un pendrive encima. Y lo más sencillo, descargar las películas que necesitemos de las páginas por todos conocidas.

Los ordenadores de los IES de la Junta de Andalucía utilizan el sistema operativo Guadalinex con unos pocos programas educativos instalados y una conexión a Internet que, según las zonas, puede ser precaria -en mi instituto el wifi se cae puntualmente a partir de las 12h-. Ver una película comprada en la iTunes Store o Google Play es imposible o requeriría de unos conocimientos que no dispongo o de unos permisos de usuario que no tengo. Además, varias de las películas que suelo utilizar en clase ni siquiera están disponibles para su compra digital, sólo es posible alquilarlas, lo que tampoco es una opción por la calidad de la conexión y el hecho de que solemos tardar varias clases en verlas.

La cuestión no es pagar o no pagar, porque en muchas ocasiones la peli que me bajo la tengo en formato físico: la cuestión es que sea cómodo llevarla a clase. De la citada película sobre el maltrato, por ejemplo, había varias copias en DVD en la biblioteca del instituto, pero el lector del ordenador de mi aula no funciona correctamente -en otras, el ordenador ni siquiera dispone de lector-. La única solución es el archivo digital, y la única posibilidad suele ser descargarlo ilegalmente. Porque ninguna web me ofrece la opción de pagar, descargar y llevármelo.

La cuestión no es pagar o no pagar, porque con gusto pago por ebooks en Kindle, música en Amazon -compré algún álbum en iTunes Store, ocurriendo la paradoja de tener que descargar otra copia ilegalmente si quiero reproducir el CD por el que he pagado en un dispositivo que no sea de Apple-, o algún videojuego en la App Store o en Steam. Y con gusto pagaría si hubiera algún sistema que me permitiera obtener un capítulo de Sons of Anarchy al día siguiente de su estreno en EEUU.

No creo que el cierre de Series.ly vaya a acabar con la piratería de películas y series más de lo que el cierre de Napster acabó con la descarga de canciones. A la piratería no se la combate con cierres y juicios, sino ofreciendo alternativas cómodas y legales a un precio razonable.

Porque, y esto es algo que a la industria del entretenimiento aún no se le ha metido entre ceja y ceja, de verdad que no se trata de pagar o no pagar. De lo que se trata es de que, si pagas, no te sientas estafado.

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