Centinelas del pasado

Baños de la Encina

Muy noble y muy leal ciudad de Jaén. Guardia y defendimiento de los reynos de Castilla. Así reza el lema que rodea el escudo de Jaén, y damos fe de que no miente. Desde que en 1246 Fernando III el Santo la recibiera de manos del fundador de la dinastía narazí, hasta que en 1492 los Reyes Católicos decidieran finiquitar de una dichosa vez la Reconquista, van más de dos siglos en los que el Santo Reino es a la vez avanzadilla y retaguardia, defensora y frontera con los malafollás de ahí abajo.

Puede ser que nos hallemos ante una de las ciudades con más Historia y, a la vez, de las más infravaloradas de España. Puede ser que Jaén se subestime a sí misma, que no sepa explotar las espectaculares vistas desde el cerro de Santa Catalina, el entorno de una catedral tan impresionante como armoniosa y un patrimonio íbero y medieval del que no todos pueden presumir. Ahogada en tediosos centros de re-re-re-interpretación y sepultada por el autobombo que sabiamente se han sabido dar sus insignes vecinas, parece que evita presumir de su pasado glorioso y batallador, de su situación como bastión en el sur de la Península Ibérica.

Y es que es incómoda Jaén, es incómodo ese mar de olivos tachonado de castillos, castillos y más castillos. Esos sobrios torreones nos recuerdan una guerra que pretende ser olvidada, una guerra poco multicultural, intolerante, que casa mal con los cartelitos del legado andalusí. La provincia misma es la contradicción del pasado que nos han pretendido imponer, con sus ciudades renacentistas, su genética norteña y su bandera de color morado -tan discordante con el discurso oficial que los que mandan ya la han sustituido, unilateralmente, por un verde mucho más andaluz-.

Por suerte, siempre nos quedarán los castillos. Castillos mal cuidados, castillos olvidados, castillos mal restaurados, castillos injuriados. Castillos que, pese a todo, aún conservan ese orgullo sereno del centinela que protege a los suyos. Castillos que se alzan guardando algo más importante que una frontera, algo quizá más relevante que la propia vida. Castillos que, hoy, en ese mar de olivos eternos, protegen nuestra misma Historia.

– Baños de la Encina, Jaén. 12 de agosto de 2014.

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