Historia de una desconexión

Ponte en situación: estás tan tranquilo, tienes diez minutos, una hora o toda la tarde libre. Te dispones a pasarlos resolviendo una tarea pendiente, viendo una peli, leyendo un libro o rascándote la panza. Todo está en calma; no se escucha una mosca, estás en paz con el mundo y el imbécil de tu vecino ya ha soltado el taladro. Que ya era hora, por cierto.

Y en ese momento bucólico, en ese instante de unión espiritual con el universo, en ese anhelado minuto de…

Piticlín

Anda, mira, si me ha llegado un tuit.

Tirirí

Cuchi. Un whatsapp.

Bip

¿Y éste para qué demonios me abre ahora una conversación en Facebook? Quiere dinero, fijo. Fijísimo.

Total. Que coges el móvil, miras el Whatsapp, contestas el tuit, abres Facebook. Y ya que estás, revisas el álbum de fotos que ha subido un amigo tuyo después de venir de la playa -no olvides dar me gusta a la imagen donde se ve su cabeza de lejos sobre las olas, con la barriga fofa del abuelito en primer plano-. Mientras tanto te entran dos tuits más, que contestas medio distraído. Porque ya que hemos cogido el teléfono, abrimos Instagram para ver cuántos corazones tiene la foto de los macarrones que nos hemos comido al medio día -para eso te esforzarse en disponer el queso rallado con forma de corazón-. Te siguen hablando en Facebook -sí, quería dinero-. Comentas “¡guapa!” a una foto que ha subido una amiga con el subtítulo “qué feaaaaa”. Alguien se ha unido a la conversación en Twitter, y las menciones se suceden mientras estás ocupado escribiendo un “jajaja” en todos y cada uno de los dieciocho grupos de Whatsapp a los que estás lamentablente unido. Entre todas las líneas de información intrascendente que se suceden en la pantalla de tu sufrido móvil, descubres que un famoso acaba de fallecer, así que vas corriendo a la Wikipedia para poder decir algo que suene erudito y sesudo junto al inevitable tag de #DEP. Que tú no eres menos que nadie.

De repente tus menciones en Twitter se empiezan a suceder a una velocidad endiablada; el pajarito está afónico de tanto piarte que tienes nuevos mensajes. Con horror descubres que has sido involucrado en una Conversación con Menciones Múltiples entre tres o más usuarios y un sudor frío te recorre la nuca sabiendo que es el final. Te has dejado coger desprevenido. Has cometido un error y lo vas a pagar caro con cada segundo de tu apreciado tiempo.

Y cuando te quieres dar cuenta, se te ha ido la tarde y no has hecho nada, absolutamente nada, de lo que tenías planeado.

¿A quién no le ha pasado?

Pues a mí ya no. Ya no más.

Primer paso: asumirlo

El primer paso para poner solución al problema de las redes sociales es asumir que tienes un problema con las redes sociales.

De esto ya hablé en un post –La vida 2.0– aunque sinceramente, y por aquel entonces, no consideraba que tuviera ningún problema con las diferentes RR.SS. que utilizo. Que, comparado con el promedio general, son pocas.

Tengo, o tenía, cuenta en Twitter, Instagram y Facebook. De estas, sólo las dos primeras las utilizaba de manera frecuente. En tiempos pretéritos llegué a probar MySpace, Fotolog (sí), Tuenti y, cómo no, Foursquare, la red social amiga del ladrón a domicilio. En cuanto a Facebook, la mantengo simplemente por los grupos de estudio a los que estoy unida -¡apuntes gratis! ¿Quién puede decir que no a eso?-. En definitiva, tan sólo Twitter e Instagram me provocaban el suficiente interés para hacerme consultarlas de manera regular. A pesar de eso, la situación arriba descrita se ha repetido en mi vida con demasiada frecuencia.

Tengo cuenta en Twitter desde 2007. Al principio era algo que no me llamaba la atención, me la hice porque tengo que registrarme en todas las tonterías nuevas que salen -debe de ser un síndrome raro sin diagnosticar-. Pero a medida que mis amigos y conocidos se fueron uniendo me encontré más y más enganchada. En ese tiempo, Twitter era muy divertido. No sólo me ayudaba a mantener el contacto con la gente con la que de otra forma no habría hablado a diario, y estar al tanto de sus avatares y desventuras, sino que comentar en directo series, programas de televisión o partidos de fútbol con tus followers le daba una dimensión nueva a la experiencia televisiva. Recuerdo esta época como algo casi bucólico, donde no tenía que preocuparme demasiado por lo que decía o dejaba de decir y me lo pasaba realmente bien.

Hay un momento en el que todo cambia, y es cuando Twitter se hace masivo, y los principales servicios informativos e instituciones se abren su cuenta. La red social evoluciona y empieza a ser, principalmente, una poderosísima fuente de información. Todo pichigato se hace cuenta, ganas en seguidores y aparece gente a la que no conoces de nada pidiéndote explicaciones por un tuit de hace un año y medio. Fantástico, oye.

En este momento es fácil convertirse en esclavo de tu @username y en pasarte la vida discutiendo de temas que realmente no tienen importancia con gente a la que no conoces o a la que conoces pero en realidad no te importan un carajo. Afortunadamente (para mí) siempre he tenido muy claro que, igual que no le daría explicaciones a un desconocido que me parara con malos modos por la calle, tampoco suelo hacerlo con un desconocido que me aborde con malos modos por Internet. Sin embargo, y pese a que ignoro de forma automática a los trolls, en más de una ocasión me encontré perdiendo espectacularmente el tiempo en discusiones estériles. Discusiones que, además, me provocaban una frustración enorme.

Además, hay otras situaciones. ¿Quién no se ha sobresaltado al recibir una notificación en el móvil estando ya acostado y a punto de dormirse? ¿Quién no ha perdido un solo instante en publicar una foto en Instagram estando de viaje? ¿Quién no ha podido evitar consultar compulsivamente el móvil durante una cena con los amigos?

Tú tampoco puedes vivir sin esto, y lo sabes (Fuente: El pais.es)

Si tú, que estás leyendo esto, has asentido tres veces, te doy la enhorabuena: asumirlo, como ya he dicho, es el primer paso.

Segundo paso: reflexionarlo

Una vez aceptado que tenemos un ligero problema con las redes sociales, toca hacer reflexión y pensar en cómo podemos solucionarlo. Este momento normalmente se alarga hasta el infinito, en parte por pereza, en parte por el horror vacui del siglo XXI: el terror a mirar la pantalla del móvil y verla completamente vacía. ¡Nadie se acordará de nosotros cuando nos hayamos deslogueado!

Reconozco que probablemente no habría hecho absolutamente nada, y por ende no estaría escribiendo este post, si no hubiera leído un artículo muy interesante (la frase anterior debería ir acompañada de un enlace; pero no lo guardé y no consigo encontrarlo) sobre alguien que, estando en mi misma situación, había optado por dar al problema una solución cien por cien radical y efectiva: convertir el iPhone en un simple teléfono capaz de hacer llamadas y enviar sms. Nada más.

Desde el primer momento en el que vi el artículo supe que yo jamás podría hacer algo así. Porque no sé vosotros, yo no puedo vivir sin leer en Feedly noticias de dispositivos que nunca me compraré, sin mirar TrypAdvisor justo después de salir descontenta de un bar, o sin utilizar la app de Renfe para… ¿La app de Renfe le funciona a alguien? Y obviamente no pensaba borrar Tweetbot; es la mejor aplicación que existe. Incluso los que no tenéis twitter deberíais instalar Tweetbot. En serio. Hacedlo.

No obstante, sí estaba claro que ciertas aplicaciones sencillamente tenían que desaparecer de mi móvil, por el bien de mi cordura. Tras pensarlo detenidamente, apunté a las sospechosas y las coloqué en la antesala del pasillo de la muerte. La sentencia era firme e irrecurrible.

Tercer paso: acción

Y llegó el día.

Lo primero que hago: agarrar la base de carga de mi teléfono, desenchufarla de la mesita de noche y enchufarla a unos metros, sobre mi escritorio. Así, una vez deje el móvil para cargarse al caer la noche y me dirija a la cama, será definitivo. No más tentaciones de mirar twitter, de consultar el agregador de feeds o de buscar cualquier chorrada; si no puedo dormir, cogeré un libro.

También vamos a modificar un poco el comportamiento de ciertas apps de las que no puedo deshacerme. Por ejemplo, uso regularmente Goodreads y TVShotwime; la primera para llevar un recuento de los libros que leo, y la segunda porque soy la típica persona que nunca se acuerda del día que se emite tal serie. Las voy a seguir usando, obviamente, pero sin pena ninguna elimino la integración social con Twitter y Facebook. Lo mismo hago con las aplicaciones de contenido similar: a partir de ahora lo que vea, lo que lea o lo que escuche será cosa mía, y únicamente mía.

Lo segundo: normas. Todo el mundo necesita normas, y si vas a convivir bajo mi techo, Twitter, es hora de que las aceptes. En realidad fue algo sencillo, sólo tuve que reforzar las estrategias de neutralización de trolls que ya llevo implementadas de serie. Primer punto: nada de discusiones interminables con nadie; en caso de desacuerdo, tras los primeros dos o tres tuits se abandona la conversación educadamente o a la francesa. Segundo punto: no pienso esforzarme lo más mínimo en hacer cambiar de opinión a alguien a quien no conozco de nada. Tercer punto: bloqueo y silenciador a los trolls para que no molesten. En caso de estar aburrida, me permito a mí misma un poco de vapuleo antes de condenarlos al ostracismo.

Lo tercero: respira hondo, coge el móvil, abre la tapa. Míralo, perfectos iconos redondeados que parecen suplicar tu perdón. Me recuerdan a los infortunados anónimos que Goya pintó ante el pelotón de fusilamiento; la misma desesperación, la misma certeza irrevocable de que van a morir.

Pulsa el icono, aprieta, borra. Parece fácil. No lo es. Elimino de un plumazo casi todos los programas sociales del teléfono -algunos no sé ni para lo que sirven- pero entonces mi voluntad flaquea. ¡Ah, el logo de Instagram! Cuántos buenos momentos hemos pasado juntos, parece decirme. ¿De verdad vas a borrarme?

Y dudo. Tú también dudarías, pensando en la cantidad de fotos de sándwiches, cupcakes, cachorros de perro, gatos durmiendo -los gatos siempre están durmiendo-, camisetas de fútbol, atardeceres o mediodías -el cielo de tu ciudad siempre es más azul e increíble que ninguno- que vas a perderte. ¿Qué vas a hacer cuando te vayas de viaje, insensato? ¿Con quién vas a compartir tus magníficas fotos de doscientos filtros? ¿Quién va a saber que te estás leyendo ese libro tan gordo? ¿Cómo vas a presumir de tu intelectualidad si no te haces una autofoto en la entrada del cine con el cartel de una película eslovaca subtitulada en inglés a tu vera?

Lo reconozco: me costó. Porque, confieso: a mí también me gustaba. Durante un tiempo también me enganché un poco al postureo de la Instacosa, a las fotos con títulos pseudointelectuales, al “mirad cuánto sé y cuantísimo viajo”. La carne es débil, amigos, y nadie queda libre de la batalla de los megustas. Pero me desenganché, y aquí estoy hoy, ante vosotros, ofreciendo testimonio: si yo he podido hacerlo, tú podrás hacerlo.

¿Quién puede decir que no a ese logo tan bien pensado y esa fuente tan estilosa?

Juro que casi sentí alivio cuando el logotipo de la cámara de fotos vintage se esfumó elegantemente de mi pantalla.

¿Y ahora qué?, me dije.

Ahora, a esperar.

Cuarto paso: resultados

La verdad es que pensaba que el mono iba a ser terrible. Que no podría vivir sin estar consultando cada cinco minutos la vida y milagros de mis contactos. Cuando te planteas la desconexión parcial, te haces preguntas de enorme carga existencial, como qué diantres vas a hacer ahora en la parada del autobús, o qué vas a mirar mientras esperas a que hierva el agua del té. Ese tipo de cosas.

Sin embargo, para mi sorpresa, fue sorprendentemente sencillo acostumbrarse a vivir sin ir narrando todas y cada una de mis acciones a tiempo real. Pero, por otro lado, resultó liberador. Iba al cine sin que se enterara nadie salvo mis acompañantes, me comía un helado de cookies del Mercadona sin sacarle antes una foto y hasta -pásmense- me cortaba el pelo y no dejaba costancia de mi nuevo look en las redes sociales. Inaudito.

De repente fue como si hubiera retrocedido en el tiempo, y viviera en la época en la que el móvil era un trasto cuya batería duraba una semana y que sólo servía para mensajear a mis amigos y para que mis padres me gruñeran cuándo pensaba volver a casa. Si estaba aburrida, en lugar de mirar el teléfono, cogía un libro. En las esperas me conformaba con leer o escuchar música. Podían pasar varios días sin que en mi Timeline de Twitter apareciera una mención nueva. Ya ni siquiera sentía la necesidad de torturar a mis followers con fotos de las tapas de Graná. ¿Pero qué me está pasando? ¡Con lo que yo he sido!

Para ser sinceros, tengo que admitir que en algún momento puntual lo echo de menos. A veces hago una foto y pienso “ésta quedaría curiosa en la instacosa”. A veces estoy aburrida esperando al autobús y me dan ganas de consultar alguno de los grupos de FB que siguen interesándome. A veces me ponen un batido de helado de chocolate con toda su nata artísticamente montada y… Pero hago acopio de toda mi fuerza de voluntad, porque el mundo no está hecho para los débiles.

También reconozco que hago ciertas trampas. Sigo consultando por web los perfiles de Instagram de algunas personas que suben fotos realmente curiosas e interesantes. Obviamente, sigo utilizando Twitter, y si realmente no tengo nada que hacer o está el día entretenido, me lo paso bien. Pero en general he vuelto a los orígenes, cuando cualquier persona salía corriendo en cuando veía llegar a su colega de vacaciones, álbum de fotos cutres bajo el brazo: no, gracias.

Y muy feliz que soy.

[Artículos relacionados con la temática original de este blog, pronto. Hay una cosa muy horrible llamada Oposiciones que, de momento, me tiene completamente saturada de fechas y nombres.]

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