Fobia en las gradas

Ayer el futbolista del FC Barcelona Dani Alves, en un gesto que probablemente pasará a los anales de imágenes memorables del fútbol español, contestó al ofensivo lanzamiento de un plátano despellejándolo y comiéndoselo, tan pancho, mientras sacaba un corner. La reacción de Alves, un señor al que, como madridista que soy, guardo tanto aprecio como al actual Ministro de (in)Cultura, me parece de una frialdad encomiable, una dignidad absoluta, una contundencia que marcará un antes y un después.

Engullendo tranquilamente el que pretendía ser fruto de la indignidad, el lateral brasileño envía un mensaje claro, a las antípodas de lo que consiguió aquella memorable pataleta de Eto’o: no ofende quien quiere. Sino quien puede.

Andaba yo penando el sábado en la grada del Nuevo Los Cármenes -porque penar y ser aficionado del Granada CF son sinónimos absolutos-, cuando escuché algo curioso. Usualmente se describe a las gradas como masas de gente irracionalmente enfervorizadas y vociferantes, y lo cierto es que esta realidad lo es sólo a medias. Salvando ejemplos muy concretos, la mayoría de las gradas en las que he tenido a bien aposentar el trasero son sectores más bien tranquilos, donde la gente suele rumiar callada sus miserias o sus éxitos sin que tan sólo un esporádico canto, unos aplausos, una queja al árbitro, un uy o un ay rompan el meditabundo silencio del abnegado hincha.

Esto, por supuesto, tiene sus contrapuntos. Al igual que cada corte solía disponer de su bufón, en cada sector suele haber un payasete o payasetes. Normalmente es ese hombre joven, habitualmente acompañado de sus colegas, cuyo propósito en la vida parece ser dar muestra a voces de su falta de educación y cultura balompédica. Sustituyan colegas por familia, y encontrarán otro subtipo de la irracionalidad. También está el abuelo inmune a la vergüenza y al miedo que añora el fútbol de barro y bigotes, y clama al cielo por todos y cada uno de los jugadores del actual equipo. Aunque escasos, también están los bufones de sexo femenino: siempre recordaré un Granada – Elche de Segunda División donde dos muchachas envueltas en camisetas de Leo Messi se desgañitaban hasta tal punto que pensé que les daba un soponcio.

El sábado tuve la inmensa suerte de estar situada entre dos de estos bufoncillos de grada, el uno justo a mi izquierda, el otro en el asiento de detrás. Uno del tipo yayo quejica con nietos, el otro todo un padre de familia, un hombretón que sentaba cátedra ante la mirada de sus dos hijos y rechazaba estoicamente las galletas que trataba de alcanzarle su mujer -probablemente para que mantuviera la boca ocupada-. En mitad de una de esas actuaciones tan voluntariosas como desesperantes a las que nos tiene acostumbrados el delantero marroquí Youssef El-Arabi, el padre de familia soltó su perla cultivada de sabiduría futbolística.

(Traduzco directamente del granadino, eliminando los lavín, los foh y las alusiones a determinada parte de la anatomía masculina que a buen seguro no interesan al lector.)

Qué malo es el moro éste, claro que a quién se le ocurre ir a buscar un delantero a Marruecos.

En este momento podemos pararnos y plantearnos dos posibilidades.

a) Que el hombre de detrás fuera en realidad un Maldini del fútbol africano y supiera que la Selección marroquí es un equipo con una trayectoria bastante pobre, con escasas participaciones en el Mundial de fútbol y sólo una Copa Africana de Naciones en comparación con las 7 de Egipto.

O que lo acabara de mirar en la Wikipedia, como he hecho yo.

b) Que en realidad lo que estaba intentando expresar es que a santo de qué van a venir los marroquíes a jugar al fútbol, cuando lo suyo es hacernos llegar las codiciadas tarjetas de Al Jazeera Sports que muchos hogares españoles esperan como agua de mayo.

Justifique y razone su respuesta.

Racismo lingüístico, fobia secular

No faltan las voces -y muy numerosas- que defienden que el platanazo a Alves no es una señal de racismo, sino un simple gesto que buscaba exasperarle, como en su día muchos -yo inclusive, lo reconozco- defendimos que el famoso “negro de mierda” del inolvidable Luis Aragonés a Reyes era simplemente una forma de motivarle. Yo misma tiendo a pensar que la sociedad española no es especialmente racista y que tampoco es especialmente homófoba, y que esas trazas de fobia –utilizar maricón, negro o gitano como insultos– son más bien una pervivencia en el lenguaje, un manierismo inconsciente. Algo que deliberadamente se utiliza desde las gradas para exasperar al rival, al igual que a un célebre portero se le cantó el nombre de su famoso suplente, o a un jugador de béisbol le enseñaron, creo recordar, la foto de la amante que había provocado su divorcio.

Este argumento, sin embargo, tiene sus fallas. La primera es que mi condición de mujer blanca y heterosexual me hace relativizar o sencillamente no ver ciertas muestras de racismo, xenofobia u homofobia que cuando son machistas sí me resultan estruendosamente visibles. La segunda es que, como mantiene la experta en cantera del Barça Sita Aguilera en Twitter, nadie insulta a nadie llamándole blanco o hetero. ¿Simple anécdota o manifestación de un problema más profundo? La sociedad debería reflexionar seriamente sobre esto, a partir de dar voz a las partes afectadas.

Y las partes afectadas, de momento, se expresan con claridad.

Lo curioso de la anécdota que he relatado antes es que el mismo Granada CF, este mismo año, sufrió un caso de racismo. Durante un caliente partido en casa del que es nuestro más legendario, enconado y mortal enemigo desde hace aproximadamente tres temporadas, el defensa Allan Nyom se quejó de insultos racistas que fueron reflejados en el acta. Probablemente el fan de la selección marroquí que se sentó detrás de mí el sábado aplaudiera ese día la acción de Nyom, pensando golosamente en la sanción que, sin duda, conllevó para el conjunto ilicitano. Ah, no, espera

Pero hay más situaciones curiosas. Hace dos o tres años, en lo más ardiente de la rivalidad Madrid-Barcelona, al jugador Sergio Busquets se le acusó -acertadamente o no, ahí no entro- de llamar “mono” a Marcelo, también lateral y brasileño como Alves, pero del Real Madrid. Muchos madridistas lo recuerdan hoy con cierto resentimiento, como si el insulto a Alves se contrarrestara con la posible falta de su compañero y no formara todo parte de un único, transversal e inmenso problema. Algo curioso cuando en el propio Santiago Bernabéu se han escuchado cánticos racistas. El “pero a los suyos no se lo cantan” no es un argumento válido, porque en algunos casos resulta que sí se lo cantan.

Las dos respuestas que se plantean a este dilema son, en el fondo, la misma. Yo aún recuerdo cuando al actual técnico del Celta de Vigo se le cantaba “Luis Enrique, tu padre es Amunike”. Muchos de los que lo corean hoy en día no tienen ni idea de quién es Amunike. Aunque estamos de acuerdo en que ese cántico sólo pretendía molestar a Lucho, pregunto: ¿por qué Amunike? Si se trataba de ofender a Luis Enrique poniendo en duda la paternidad de su padre, ¿no habría funcionado con cualquier otro? ¿Insinuar que su padre era Stoichkov, Bakero o Cruyff no habría sido igual de ofensivo que atribuir su paternidad a Amunike? Rimas aparte, si lo piensan, descubrirán que no.

No se canta sólo lo que ofende, sino lo que es intrínsecamente malo. A Messi le dicen que su hijo es de Cristiano -y viceversa- porque son rivales en todo. A Guti nadie le insultaba llamándole rubio, porque rubio no es insulto: maricón, sí. A Alves le tiran plátanos, no se burlan de su heterosexualidad, porque no es algo que suela ser objeto de burla. Los porteros -las criaturas más sufridas del fútbol, junto con los árbitros- escuchan un habitual cántico que les compara con una “puta de cabaret”. Y cuando el árbitro pita algo que no nos gusta todo el estadio clama, a la vez, “hijo de puta”. Porque aunque muchos hombres no duden en utilizar los servicios de las prostitutas, resulta que nadie quiere ser hijo de una.

Y puede que el “uh uh” o el lanzamiento de plátanos no sea por racismo, sino por ofender. Vale. Pero somos nosotros, únicamente nosotros, los que definimos qué es ofensivo y qué no. Y aquí sí anida el racismo, el machismo y la homofobia que aún se percibe, aunque sea de forma más o menos residual, en la mentalidad española.

Un lento cambio

Pero volvamos a la anécdota del principio. Habíamos dejado a nuestro pater familias dando un ejemplo estupendo de educación a sus dos retoños -ese tema, el de los niños en el fútbol, me queda en el tintero-. Obviamente, no hablaba para ellos. Lo que caracteriza a estos bufones de grada es que siempre que sueltan algunas de sus perlas levantan la cabeza buscando las miradas cómplices de los de alrededor, las sonrisas, o incluso alguien que les dé la razón y se les una.

Lo que ocurre en el 90% de los casos es que la gente los ignora porque la mayoría de los aficionados al fútbol, aunque muchos piensen lo contrario, tenemos mucha más educación que estos especímenes. Se puede discutir si es mejor la abierta repulsa que la indiferencia -aunque una grada, se lo aseguro, no es el lugar más adecuado para ponerse a discutir; yo al menos, aspiro a volver a casa con todos mis dientes y mis huesos en su sitio- pero ese silencio ominoso e incómodo hace ver que la mayoría no nos identificamos con estas actitudes.

Queda muchísimo por avanzar -desde mi condición de hincha con tetas lo digo- pero poco a poco se dan pequeños pasos hacia delante. Los insultos racistas que hace unas décadas eran aceptados, hoy se rechazan casi unánimemente; la homofobia empieza, poco a poco, a ser visible. Un abonado me decía que en su primera juventud no se veían apenas mujeres asistiendo a un partido de fútbol; la conquista del derecho a disfrutar de un espectáculo que debería ser para todos, de un espectáculo sano y sin discriminaciones, es lenta pero inapelable.

Quienes además de futboleros sean lectores habrán reconocido la referencia del título de esta entrada. Fiebre en las gradasFever Pitch si son ustedes de esa gama de modernillos insufribles que hasta la Teletienda la ven subtitulada en inglés- es la auténtica biblia del aficionado del fútbol, escrita por un aficionado del Arsenal hoy casi sesentón. Cuando lo leí por primera vez percibí que en esas páginas, tan loadas, pueden vislumbrarse algunos retazos de ese pensamiento inamovible, de ese fútbol de hombres blancos y heterosexuales. Pero no le di importancia, pues lo atribuí -y lo atribuyo- al tiempo y a la época en la que Hornby se convirtió en un aficionado al fútbol.

Y espero que dentro de varios años, cuando los aficionados del futuro consulten las crónicas de hoy, todos estos síntomas de fobia (de fobia al negro, al amarillo, al gitano, a la mujer, al gay y al que en definitiva no es como nosotros) se atribuyan a los últimos coletazos de la mentalidad de una época que ya está tardando demasiado en morir.

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