La vida 2.0

Hace muchos años -no tengo el valor de contarlos- cuando empezó a popularizarse la presencia de cibercafés en España, recuerdo que una de las aficiones principales de cualquier pandilla de amigos -la mía, mismamente- era quedar “para ir al cíber” y desde allí, cada uno en un ordenador o por parejas, entrar a lo que genéricamente se conocía como “el chat”, porque entonces nos parecía realmente novedoso eso de estar hablando con un señor de la Conchinchina desde un local cutre junto al bar de Paco.

Entretenimiento adolescente a finales de los años 90.

El chat, en la mayoría de los casos, solía ser el mítico IRC, y la diversión, que ahora me parece absurda, solía seguir el mismo patrón. Uno abría el mIRC, se conectaba a los socorridos canales correspondientes (#granada en nuestro caso, #sexo en el de los adolescentes de corte más salidorro) e iniciaba aleatoriamente conversaciones con los nicks que más curiosos nos parecieran de la siguiente forma:

– hola
– hola
– como estas?
– bien y tu?
– tb

Y así hasta el infinito.

Eventualmente alguno de estos desconocidos podían ir convirtiéndose en conocidos, e incluso con el tiempo -mucho tiempo- en auténticos amigos con los que se organizaban las primeras kdds y de los que a veces salía uno hasta emparejado. Pero lo más llamativo, comparándolo con la actualidad, es lo realmente difícil que era, a rasgos generales, que una de esas personas con las que pasabas horas y horas chateando te mandara una foto. Y si lo hacía, después de mil excusas, era haciéndote jurar y perjurar que no harías nada raro con ella. Visto desde hoy puede parecer ridículo que pusieran tantas pegas a enviar un mal escaneo de una foto del DNI o de la Primera Comunión -sí, de ambos tipos he recibido- pero existía una conciencia fuertemente arraigada de que era peligroso pasarle un archivo .JPG con tu jeta a alguien a quien no conocías de nada. Y personalmente creo que en esa época llevábamos razón.

Hoy, en cambio, vivimos en lo que en este post llamo la vida 2.0. Si antes guardábamos celosamente toda nuestra información -ni siquiera dábamos, a veces, nuestro nombre real- hoy lo más habitual es que cualquier anónimo que nos agregue en Twitter ya se encuentre, de entrada, con varios datos que ni siquiera somos conscientes de haber dejado. Nuestro nombre real, nuestra foto, la de nuestro novio/a, padres/madres/hermanos/tíos/primos/vecinos/amigos, los bares que visitamos, las veces que vamos al cine, los libros que leemos, el gimnasio al que acudimos, los viajes que hacemos… Todo cómodamente organizado mediante diversos servicios para quien quiera tomarse la molestia de buscarnos.

Obviamente estáis pensando que soy una exagerada. Compartir la foto de las tortitas con nata que te zampaste ayer por Instagram no es nada malo, ni tuitear que vas a estar viendo la enésima película de superhéroes en los Cines Fulanito. Hombre, en principio no. El problema es cuando damos demasiada información. Y cuando demasiada quiero decir REALMENTE demasiada.

Hace un par de meses me dio por hacer una prueba con uno de mis followers de Twitter. Sabía su nombre de pila y entrando a la web que aparecía en su perfil supe también su primer apellido. Conseguir el segundo fue tan fácil como googlear su nombre más el lugar donde sabía que vivía (dato que se deducía de las mismas fotos que subía frecuentemente). Con el nombre completo, no me costó demasiado sacar también el DNI. De paso llegué a su perfil de Facebook, donde pude ver la cara de su mujer y la foto de sus hijos (monísimos, por cierto). Ya con esa información, buscando en el sitio adecuado, di con su lugar de trabajo, el e-mail y el teléfono de sus jefes. Una información que en mis manos resultó absolutamente inofensiva, pero que otras personas con ganas de trolleo podrían haber utilizado para enviar captura de pantalla de lo que comentaba en las redes sociales mi follower sobre su lugar de trabajo. Todos estos datos se sacaron de forma completamente legítima, recopilados de las distintas redes sociales que esta persona utilizaba, y utilizando San Google. ¿Acongoja? Pues no tardé más de media hora.

Esta semana la mujer de un conocido futbolista de Primera División publicaba una foto en Instagram donde aparecía su dirección completa para el que quisiera ir a acosar a su famosísimo marido. Podría ser una anécdota pero no lo es. El mal uso que damos a las diferentes redes sociales es abrumador. Yo he visto a personas hacer check-in en Foursquare en su misma casa, por poner un ejemplo sangrante. Pero en el fondo no hace falta irse tan lejos. Hay al menos media docena de contactos en twitter a los que podría reconocer fácilmente por la calle; hay gente a la que no he visto en mi vida, pero sé qué aspecto tienen, sé dónde estudian, sé dónde viven y hasta les he visto en fotos acarameladísimas con sus parejas en la cama. En más de un caso sé cuántos hijos tienen y hasta en qué cole estudian. Absolutamente absurdo. Y peligroso.

¿Paranoia? Puede. Ahora haced memoria sobre lo mucho que sabéis de gente con la que a lo sumo cruzáis al día un par de tuits. Y preguntaos si es normal tener tantos datos de la vida de quien no deja de ser, a fin de cuentas, casi un completo desconocido.

Lo curioso es que todos lo hacemos, todos nos entregamos, en mayor o menor medida, a la fiebre de compartir hasta el mínimo detalle de nuestras vidas. Cuando nos compramos un libro publicamos la foto en Twitter, cuando nos tomamos un batido de fresa subimos una foto a Instagram y cuando hay que decirle a la pareja que se la quiere, por Dios que sea en el muro de Facebook, que así pueden hacer “Me gusta” nuestros siete mil quinientos contactos -de los que sólo conocemos personalmente a doce-. Y lo hacemos, supongo, por eso que últimamente se llama “postureo” y de toda la vida ha sido, sencillamente, aparentar.

Porque si no lo aparentamos es como si no lo hubiéramos hecho. Todos conocemos la famosa paradoja del árbol que cae en medio del bosque, ¿produce algún sonido si no hay nadie para escucharlo?  Actualmente podríamos actualizarla por otra mucho más en boga. Si has ido a una exposición de arte contemporáneo sin subir una foto del folleto para que todo el mundo sepa cuán culto eres, ¿realmente has estado? La solución a esa paradoja podría ser perfectamente que no. Porque el poste de chocolate que nos hemos comido no habría estado tan bueno si no hubiéramos compartido la foto, el último viaje al Caribe no habría estado tan bien si no hubiéramos proclamado a los cuatro vientos que nos vamos, para que nos tengan todos envidia; y desde luego, si no hacemos RT a ese “buenas noches mi vida” de la pareja para que lo lean nuestros setecientos followers y sepan cuánto nos queremos, oye, es como si nos faltara algo.

Tenemos un par de guantazos bien dados, la verdad.

Eso sin meternos en las consecuencias serias que puede tener tanto afán por compartir. En los despidos por insultar en Twitter al jefe, en los robos por publicar en Facebook que nos vamos de viaje, y en -no quiero ni pensarlo- los cientos de fotos que nuestros amigos los simpáticos pedófilos podrán robar directamente de la cuenta en Instagram de sus padres. Todo absolutamente fantástico y producto de una fiebre donde sepultamos a completos desconocidos en información de todo tipo sobre nuestra vida privada. De una moda gracias a la que ofrecemos, impulsiva e inconscientemente, datos de todo tipo para que cualquiera que los necesite pueda traficar con ellos. Luego, eso sí, nos sorprende cuando pasan cosas como ésta.  O como éstas. 

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One thought on “La vida 2.0

  1. Bueno.. es cuestión de saber qué se cuece (mi infancia no fue en los 90, fue en los 80, así que respecto al artículo publicado hoy, me aplica en grado superlativo) y no tener por ahí según qué tipo de datos y ser coherente en el tiempo. Si, de mi nombre y apellido, si te vas a Google, sacarás cosas.. pero nada personal (a lo sumo, profesional).

    Curioso blog 🙂

    Saludos.

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