El lugar al que siempre hay que volver

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Por razones sentimentales, y a pesar que estoy inmersa en la edición de fotos de mi segunda patria, hoy toca instantánea de la primera.

Supongo que un granadino hablando de la Alhambra no es lo más original del mundo. Supongo que alguien hablando de la tierra en la que nació y que lleva dentro, tampoco. Y eso que yo nací en Granada por casualidad. No había nada en mi familia que me vinculara con la ciudad nazarí. Quizá por eso fui a venir al mundo aquí. A la vera del Genil y a la vista de nuestra reina y señora. La que lleva ocho siglos vigilando desde su colina una tierra por la que a veces -y esto no es un halago- no parece pasar el tiempo.

Canta uno de mis grupos preferidos, los asturianos Warcry, que “si tengo que morir sea un día de lluvia y mirando hacia el mar”. Morir, me temo, es algo que tenemos que hacer todos. La lluvia en Granada es un fenómeno menos anecdótico de lo que la gente piensa, pero tampoco me importaría que hiciera sol. Sustituyan el mar por el Darro o el Genil y yo sería feliz, pero me parece que no hay tantos hospitales con esas vistas, y si sucede inesperadamente no creo que en semejante tesitura esté yo para apreciar exquisiteces. Me conformo con que me metan bajo tierra para siempre  en el cementerio situado significativamente cerca de la Alhambra. Como si ni después de muertos los granadinos quisieran separarse de la vieja señora, altiva y roja, que habrá siempre de vigilarnos.

 

– Granada, 25 de agosto de 2013.

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